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"La verdad ni hiere ni ofende"





La verdad hiere, ofende y es revolucionaria; por eso, la mentira es la norma social.

“La verdad ni hiere ni ofende” reza un dicho en castellano. ¡Mentira! Nada hiere ni ofende más que determinadas verdades. La verdad tiene dos caras: una que nos seduce y otra que nos atemoriza, pero no se distinguen a priori. De ahí la incertidumbre que nos depara. La verdad es tan compleja que requiere saber dosificarla, administrarla, regatearla... y necesita con harta frecuencia un buen antídoto. Somos pocos los capaces de asumirla con todas sus consecuencias, aunque la reclamemos con la boca pequeña. Hasta los que alardean de ir siempre “con la verdad por delante” nos parecen mentirosos compulsivos y presuntuosos. En nuestro fuero interno, y esta es una de las verdades que más nos duelen, somos conscientes de que carecemos del coraje necesario para asumir la verdad cruda y descarnada.
A Lenin se le atribuye la frase: “Una mentira repetida muchas veces se convierte en una gran verdad”. Quizá por eso, la mentira es la norma social que impera en nuestro entorno. Casi todos la consideramos, en muchos casos, como necesaria. Las llamadas mentiras “piadosas” se justifican para preservar a los demás de un daño o un dolor y las mentiras “sociales”, de uso habitual, ni tan siquiera se catalogan como mentiras de tan arraigadas que están. Por ejemplo, cuando decimos que algo nos gusta aunque sea incierto puede parecer hasta sinónimo de buena educación. Hasta aquí hemos llegado...





Vivir en la ignorancia puede ser una especie de antídoto contra los demoledores efectos de determinadas verdades. ¿Será por eso por lo que nos mentimos a nosotros mismos?
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