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La victoria de los Panzers

A la cabeza de sus panzers, el general Heinz Guderian había sido el principal artífice de las victorias alemanas en Polonia y en Francia. ¿Alcanzaría la misma gloria en Rusia? El siguiente relato, extraído de sus memorias evocan la fulgurante ofensiva de sus tanques al principio de la operación Barbarroja. Pero demuestran también cual fue su drama de conciencia cuando estimo que su deber era oponerse a las ordenes de Hitler y de los jefes nazis.

La victoria de los Panzers

El 14 de junio, Hitler reunió a sus generales en Berlín a fin de exponerles sus motivos para atacar a Rusia. Dada la imposibilidad de derrotar a Inglaterra, dijo en substancia, tenía que triunfar en el continente; ahora bien, las posiciones alemanas en Europa no serían inexpugnables hasta que Rusia fuese aplastada... Estas justificaciones de la guerra preventiva contra Rusia no eran convincentes. Mientras la lucha prosiguiese en el oeste, toda nueva empresa militar llevaría a la guerra en dos frentes. En 1914, esta misma situación había conducido a la derrota, y la Alemania de Adolfo Hitler no parecía mejor armada que la del Káiser. De ahí que la asamblea acogiese sin comentarios el discurso de Hitler, en medio de una atmósfera muy tensa. Ningún intercambio de opiniones se produjo y nos separamos en silencio.
Antes de describir los acontecimientos, lancemos una breve ojeada sobre la situación de conjunto del ejército alemán al comienzo de esta decisiva campaña de Rusia.
Según los informes de que dispongo, las 205 divisiones alemanas se distribuían, el 22 de junio de 1941, de la manera siguiente: en el oeste habían quedado 38 divisiones, 12 se hallaban en Noruega, una en Dinamarca, siete en los Balcanes, dos en Libia; así, pues, 145 divisiones se encontraban disponibles para la campaña del Este.
Esta división de las fuerzas demostraba un lamentable desmenuzamiento de su poder. La cifra de 38 divisiones para el oeste, más 12 para Noruega, parecía exagerada. Además, la campaña de los Balcanes tuvo como consecuencia demorar el ataque a Rusia.
Pero la subestimación del adversario ruso tuvo un efecto aún más grave. Los informes del ejército, sobre todo los del general Koestring, nuestro excelente agregado militar en Moscú, sobre la potencia militar del gigantesco imperio soviético encontraron tan poco crédito en Hitler, como los informes sobre la capacidad de producción industrial o la solidez de la cohesión interna del régimen. En cambio, Hitler había sabido transmitir su optimismo irrazonado a su camarilla militar, y el O. K. W. y el O. K. H., convencidos de que la campaña habría terminado antes del comienzo del invierno, no habían previsto el equipo apropiado, en el ejército de tierra, más que para un hombre de cada cinco.



El general Heiz Guderian, que mandaba el 2º grupo blindado de la Wehrmacht, fotografiado en el frente en compañia de sus oficiales de estado mayor.

Hasta el 30 de agosto de 1941, el O. K. H. no se ocupó seriamente de dotar con este equipo a las unidades más importantes. No puedo en modo alguno admitir una afirmación que se oye ahora de vez en cuando: Hitler fue el único culpable de que faltase ropa de invierno a las fuerzas terrestres en 1941. La Luftwaffe y las Waffen S. S. se hallaban, en efecto, ampliamente provistas y habían recibido estos equipos a su debido tiempo. Pero el mando supremo soñaba con vencer militarmente a Rusia en unas ocho o diez semanas y provocar después el derrumbamiento político. Tan firmemente confiaba en este proyecto quimérico que, ya en 1941, se operó la reconversión de la industria que trabajaba para el ejército de tierra hacia otros sectores de la economía. Incluso se pensó en volver a traer a Alemania, al principio del invierno, de 60 a 80 divisiones del este, con el convencimiento de que el resto de las fuerzas bastaría para contener a Rusia durante la estación invernal; en cuanto a las tropas que quedasen en Rusia, al terminar las operaciones de otoño, se quería que invernasen en buenos acantonamientos, en una línea de apoyo. Toda parecía muy sencillo y regulado a las mil maravillas.
Se rechazaron las objeciones con optimismo. La narración de los acontecimientos demuestra cuán alejados de la dura realidad estaban estos proyectos.
Mencionemos aún otro asunto que, más adelante, fue muy perjudicial para el prestigio alemán. Poco antes del comienzo de las hostilidades, una orden del O. K. W. sobre el trato que debía darse a las poblaciones civiles y a los prisioneros de guerra en Rusia fue transmitida directamente a los cuerpos de ejército. Con arreglo a estas disposiciones, ya no era obligatorio aplicar el código de justicia militar para sancionar las sevicias cometidas contra la población civil y los prisioneros de guerra, sino que cada caso debería someterse a la apreciación de los superiores. Esta orden podía perjudicar gravemente la disciplina. Prohibí divulgarla entre mis divisiones y ordené su devolución a Berlín.
Otra orden, igualmente injusta, disponía la ejecución inmediata de los comisarios políticos, es decir, de los miembros del partido comunista destacados cerca de los jefes militares capturados. Si bien, al parecer, fue recibida en el grupo de ejércitos del Centro, jamás llegó a conocimiento de mis unidades.
Retrospectivamente, no puede menos de lamentarse que estas órdenes no hubiesen sido anuladas por el O. K. W. o el O. K. H. evitando el desprestigio del buen nombre alemán y los amargos sufrimientos de soldados irreprochables. Poco importaba que los rusos se hubiesen o no adherido a los convenios de La Haya, que hubiesen reconocido o no la convención de Ginebra; los soldados alemanes debían ajustar su actitud a estas prescripciones internacionales y a los imperativos de su fe cristiana. Aún sin estas órdenes excesivas, ya la guerra pesaba abrumadoramente sobre la población civil rusa, la cual tenía tan poca responsabilidad como la nuestra en el desencadenamiento de las hostilidades.
Así pues, el 22 de junio, las tropas alemanas cruzaron la frontera. En unas cuantas semanas realizaron un enorme avance. En el centro, Smolensk fue tomado en el transcurso del mes de julio. Moscú sólo se encontraba a 300 kilómetros. Al norte, los ejércitos marchaban a buen paso hacia Leningrado, mientras que al sur amenazaban a Kiev. El 23 de agosto fui citado a una conferencia en el grupo de ejércitos. El jefe del Alto Estado Mayor del Ejército, general Halder, asistió a ella. Me comunicó que de ahora en adelante Hitler estaba decidido a renunciar a las operaciones previstas tanto hacia Leningrado como en dirección a Moscú; quería apoderarse en primer término de Ucrania y de Crimea. Se discutió largamente sobre la manera de modificar «la Inquebrantable decisión» de Hitler. Considerábamos unánimemente que la solución, adoptada ya irrevocablemente, de dirigir nuestro esfuerzo en dirección a Kiev, nos llevaría inevitablemente a una campaña de invierno y provocaría las complicaciones que el O. K. H. tenía poderosas razones de evitar.




Después de largas y estériles discusiones, el mariscal von Bock propuso que yo acompañase al general Halder al cuartel general del Führer, para exponerle nuestra posición. Como yo venía directamente del frente, creí que mis argumentos tendrían más peso y podría lograr que se nos permitiese hacer un último ataque contra Moscú. Se aceptó el proyecto, partimos a media tarde, y a la hora del crepúsculo aterrizamos en el aeródromo de Loetzen, en Prusia Oriental.
Fui a ver a Hitler. Ante un vasto auditorio del que formaban parte Keitel, JodI, Schmundt y otros generales del Oberkomando de la Wehrmatch, pero, desgraciadamente, ningún representante de las fuerzas terrestres, hice una exposición de la situación de mi panzergruppe, de su estado y de la configuración del terreno. Cuando terminé, Hitler me preguntó:
—¿Después de lo que acaban de hacer, considera usted aún capaces a sus unidades de realizar un gran esfuerzo?
—Sí; siempre que se fije a las tropas un objetivo cuya importancia pueda ser comprendida por cualquier soldado —respondí.
—Evidentemente, piensa usted en Moscú —replicó Hitler.
—Sí, dije—. Puesto que ha abordado el tema, permítame que le explique mis razones.
Hitler consintió en ello; le expuse detalladamente los motivos en pro de la prosecución de las operaciones hacia Moscú y en contra de la marcha sobre Kiev. Expliqué que, desde el punto de vista militar, lo más importante era destruir las fuerzas combatientes del enemigo, ya muy debilitadas en los últimos encuentros. Describí la importancia geográfica de la capital de Rusia. A diferencia de París para Francia, Moscú no era solamente el centro de la red de transportes y de transmisiones y el corazón político del país, sino también una importante zona industrial; su caída causaría una inmensa impresión tanto en el pueblo ruso como en el mundo. Hablé de la moral de la tropa que sólo esperaba la orden de marchar sobre Moscú y se había preparado con entusiasmo para ello. Traté de demostrar que, una vez iniciado el ataque en la dirección decisiva, los territorios de Ucrania, tan importantes desde el punto de vista económico, caerían como fruta madura en nuestro poder, pues los desplazamientos de norte a sur de los rusos se complicarían notablemente a causa de la desorganización que la toma de Moscú causaría en sus comunicaciones. Describí el estado de las carreteras en el sector de ofensiva que me había sido asignado y las dificultades de abastecimiento, que aumentarían de día en día en el caso de avanzar hacia Ucrania. Mencioné, en fin, los graves problemas que suscitaría una demora de las operaciones. Si éstas tenían que proseguir durante el período de mal tiempo, sería entonces demasiado tarde para llevar a cabo los proyectos del Estado Mayor y asestar el golpe decisivo sobre Moscú antes de terminar el año 1941.
Hitler me dejó hablar sin interrumpirme una sola vez, después tomó la palabra y explicó con todo detalle por qué había preferido adoptar otra decisión. Las materias primas y la base de abastecimiento de Ucrania, explicó en particular, eran de vital necesidad para proseguir la guerra. A partir de ahí, siguió subrayando la importancia de Crimea, «portaaviones natural que podía servir a la Unión Soviética para lanzarse sobre el petróleo rumano». Había que eliminarla de la partida. Por primera vez oí la frase: «Mis generales no entienden nada de la economía de guerra.» Por primera vez fui testigo de una escena que iba a repetirse muy a menudo: todos los presentes aprobaban cada frase de Hitler, y yo me encontré solo frente a él. Ante el bloque compacto del O. K. W., contradiciéndome, renuncié a luchar aquel día, pues en esa época todavía creía que nadie podía permitirse hacer una escena violenta al jefe supremo del Reich en presencia de su camarilla.
Era más de medianoche cuando regresé a mi alojamiento. El 24 por la mañana fui a ver al jefe del Alto Estado Mayor del Ejército y le informé del fracaso de la última tentativa de hacer cambiar de opinión a Hitler.



Hitler proclamó su resolución de aplastar la U. R. S. S.: «La conquista de su territorio no es suficiente. Se trata de aniquilar hasta sus posibiilidades de existencia.» Las atrocidades que se cometieron fueron innumerables.

Con arreglo a las órdenes del Führer, la batalla de Kiev se entabló el 25 de agosto. Los combates terminaron victoriosamente el 26 de septiembre. Los rusos capitularon. La cifra de prisioneros se elevó a 665.000 hombres. El general en jefe del frente sudoeste y su jefe de estado mayor perecieron en los últimos encuentros intentando perforar nuestro frente. El general que mandaba el V Ejército fue hecho prisionero. Tuve con él una conversación interesante:
—¿Cuándo se enteró usted de que mis tanques se desplegaban a su espalda?
—Hacia el 8 de septiembre.
—¿Por qué no evacuó Kiev en aquel momento?
—Habíamos recibido la orden de evacuar y de retirarnos hacia el este, y ya nos disponíamos a cumplirla cuando una contraorden nos obligó a hacer frente nuevamente al enemigo y a defender Kiev a toda costa.
La ejecución de la contraorden tuvo como consecuencia el aniquilamiento de aquel grupo de ejércitos. Nos asombramos de semejante intervención. El enemigo no volvió a repetirla. Pero nosotros padecimos, desgraciadamente, las peores intromisiones del mismo orden. Sin duda esta victoria representaba un gran éxito táctico, pero era dudoso que produjese consecuencias estratégicas de importancia. Eso dependía de una cosa: ¿lograrían los alemanes obtener resultados decisivos antes del invierno, e incluso antes de que, ya entrado el otoño, la tierra se convirtiera en un barrizal? Desde luego, ya había sido preciso renunciar al ataque proyectado para estrechar el cerco de Leningrado. Sin embargo, el Oberkomando de las fuerzas terrestres creía que el adversario no estaba ya en condiciones de oponer al grupo de ejércitos del sur un frente de defensa coherente y capaz de ofrecer una seria resistencia. Con aquel grupo de ejércitos podría, pues, conquistar la cuenca del Donetz y llegar al Don antes del invierno.
Pero Moscú era el punto donde había que asestar el golpe principal con el grupo de ejércitos del Centro reforzado. ¿Tendríamos tiempo para ello?
La ofensiva sobre Orel-Briansk constituía una fase preliminar del ataque a Moscú. Una vez más concluyó victoriosamente la batalla, pero ¿tendríamos fuerza para proseguir el ataque y explotar la victoria? Esta era la interrogación más grave que la guerra había planteado hasta entonces al mando supremo.
Mientras las operaciones de invierno proseguían de este modo, nos preocupábamos de alimentar a Alemania, a nuestros ejércitos y a la población civil rusa. Después de las abundantes cosechas del otoño de 1941, se encontraba en todo el país gran cantidad de cereales panificables. Tampoco había penuria de ganado para el matadero. Las necesidades de la tropa fueron cubiertas y como el lamentable estado de las vías férreas, hasta la primavera de 1942, impedía al II Ejército blindado enviar estos productos a Alemania, se entregaron a la población, especialmente a la de Orel.
Algunas fábricas de esta ciudad, cuya maquinaria no pudo ser evacuada por los rusos, se pusieron de nuevo en servicio para cubrir las necesidades del ejército y dar trabajo y pan a la población civil. Esto sucedió con una fábrica de hojalata y con talleres que trabajaban el cuero y el fieltro para la fabricación de calzado.
En cuanto al estado de ánimo de la población rusa, se refleja en una conversación que sostuve en Orel, durante ese período, con un viejo general zarista. «Si ustedes hubieran venido hace veinte años», me dijo, «les habríamos acogido con entusiasmo. Pero ahora, es demasiado tarde. Llegan ustedes cuando empezábamos a revivir y nos hacen retroceder veinte años atrás; tenemos que rehacerlo todo desde el principio. Ahora combatimos por Rusia y estamos todos unidos en la lucha.» Además, cuando los comisarios del Reich, todos ellos funcionarios nazis, reemplazaron a la administración militar, se las arreglaron para matar en poco tiempo toda posible simpatía por los alemanes y preparar así la plaga de los guerrilleros.



Matar es su oficio, pero no piensa que a él también le puede llegar su turno.

Habíamos instalado nuestro puesto de mando avanzado en Yasnaia Poliana, la célebre finca de Tolstoi, y allí me trasladé el 2 de diciembre. Se encuentra a siete kilómetros al sur de Tula. La propiedad constaba de dos edificios: el «castillo», que fue dejado para uso exclusivo de la familia Tolstoi, y el museo, donde nosotros nos instalamos. Todos los muebles y los libros que podían haber pertenecido al gran escritor se guardaron en dos habitaciones, cuyas puertas se sellaron. Amueblamos nuestras habitaciones con muebles sencillos, construidos por nuestros hombres con toscas tablas. La leña del bosque vecino suministraba la calefacción. No se quemó ningún mueble, y ningún libro ni manuscrito fue cambiado de sitio. Todo cuanto han dicho los rusos a este respecto después de la guerra es falso. Fui a ver la tumba de Tolstoi. Se hallaba en buen estado. Ningún soldado alemán la tocó. Y así estuvo hasta el momento en que abandonamos la propiedad. Desgraciadamente, la propaganda rusa de una posguerra rencorosa no ha vacilado en tergiversar tendenciosamente la verdad para probar nuestra pretendida barbarie. Todavía viven muchos testigos que pueden confirmar mi descripción. ¡En cambio los rusos habían minado concienzudamente los alrededores de la tumba de su gran escritor!


¿Los rusos han volado los puentes? No importa; los ingenieros militares los reconstruirán en un tiempo récord; la técnica funciona a la perfección.

El 2 de diciembre, las divisiones panzer 3.ª y 4.ª abrieron brecha en las posiciones avanzadas del enemigo. El ataque le sorprendió. Prosiguió, el 3 de diciembre, con violenta nevada y fuerte viento. El hielo en los caminos dificultaba los movimientos. La división panzer 4.ª voló la vía férrea Tula-Moscú y se apoderó de seis cañones; llegó por fin a la carretera Tula-Serpukhov, pero la falta de carburante y el agotamiento de los hombres la obligaron a detenerse. El enemigo pudo zafarse hacia el norte. La situación seguía siendo tensa.
Se desarrollaron combates encarnizados en la zona de bosques, al este de Tula, el 4 de diciembre. Se progresó muy poco en la jornada. El termómetro descendió hasta —35º y el reconocimiento aéreo descubrió un poderoso grupo enemigo que se encaminaba hacia el sur desde Kachira. Una fuerte protección de cazas rusos nos Impidió observarla desde más cerca.
Como esta presencia amenazaba mis flancos y mi retaguardia y como mis fuerzas no podían maniobrar con una temperatura anormalmente baja de —50º, en la noche del 5 al 6 de diciembre decidí, por primera vez desde el comienzo de esta guerra, detener el ataque —un ataque llevado aisladamente— e hice retroceder a mi vanguardia para ponerla a la defensiva en la línea general Alto Don-Chatt-Upa.
Aquella misma noche informé telefónicamente a mi superior, el mariscal von Bock. Me preguntó: «¿Dónde se encuentra su puesto de mando?» Me creía en Orel, alejado de las operaciones. Los generales de panzers no deben alejarse del campo de batalla; pero yo me encontraba lo bastante cerca, tanto del frente como de mis soldados, para tener una opinión sólidamente fundada.
Nuestra ofensiva contra Moscú había fracasado. Los esfuerzos y los sacrificios de la tropa habían sido vanos. Acabábamos de sufrir una grave derrota, que por la obstinación del alto mando iba a ser fatal en las semanas próximas. En la lejana Prusia Oriental, los jefes del O. K. H. y del O. K. W. no podían hacerse la menor idea, pese a los informes, de la verdadera situación de sus tropas en esta guerra invernal. Este descubrimiento les condujo a exigir sin cesar desmesurados esfuerzos.
Para restablecer la situación en pocos meses, lo mejor hubiera sido replegarnos a su debido tiempo y con amplitud suficiente a posiciones fortificadas en un lugar donde la configuración del terreno nos favoreciese. En el sector del II Ejército blindado, la posición Zucha-Oka, fortificada en octubre, parecía la más indicada. Pero Hitler no se decidía a aceptar esta solución. Además de su testarudez, ¿representó la política exterior un papel importante en las decisiones que se tomaron aquellos días? Nunca lo supe. Pero me inclino a creerlo, pues el 7 de diciembre se produjo la entrada del Japón en la guerra, seguida el 11 por la declaración de guerra de Alemania a los Estados Unidos.



He aquí el monstruo de acero que se hizo legendario en los campos de batalla de Europa; sin embargo, resultó ineficaz en los terrenos pantanosos y sobre los ríos helados de Rusia, a diferencia del T 34 soviético, que no tardó en entrar en servicio.

Nuestros soldados se asombraron al ver que Hitler declaraba la guerra a los Estados Unidos sin que el Japón la declarase a su vez a la Unión Soviética, lo cual permitió que las fuerzas rusas del Extremo Oriente fueran utilizadas contra los alemanes, trayéndolas a nuestros frentes en trenes que se sucedían sin descanso. La consecuencia de esta extraña política no fue un alivio, sino una agravación de nuestra situación, cuyo alcance era difícil de calcular.
La guerra, cada vez, iba haciéndose más «total». El potencial económico y militar de la mayor parte del globo se coaligaba contra Alemania y sus débiles aliados.
Pero volvamos a Tula. Durante los días siguientes, el 24º cuerpo blindado consiguió efectuar un ordenado repliegue ante el enemigo, mientras que, desde Kachira, se ejercía una fuerte presión sobre el 53º C. A., al mismo tiempo que un ataque inesperado de los rusos la noche del 7 al 8 de diciembre arrebataba Mikhailov al 47º cuerpo blindado, infligiendo elevadas pérdidas a la X.ª D. I.M. A nuestra derecha, el II Ejército perdió Ielets aquel día; el adversario avanzó hacia Livny y se fortificó ante Yefremov.




En esta guerra, en la que se enfrentan millones de hombres, los alemanes comenzaron por hacer innumerables prisioneros. La foto de arriba, explotada por la propaganda nazi, muestra al «primer soldado ruso capturado durante la campaña.»



Una carta del 8 de diciembre refleja lo que yo pensaba entonces:
«Nos encontramos ante una triste situación: el mando supremo ha tirado demasiado de la cuerda porque no quiso creer en el descenso del poder combativo de la tropa; ha formulado sin cesar nuevas exigencias sin tomar medidas contra los rigores del invierno, y ahora se encuentra sorprendido por el frío ruso, que llega a 35º bajo cero. Nuestras fuerzas no han sido capaces de rematar con una victoria la ofensiva contra Moscú, y así fue como el 5 de diciembre, con el ánimo afligido, tomé la decisión de interrumpir un combate que a nada conducía, retirándome a una línea bastante corta, previamente elegida; con las fuerzas que tengo no aspiro más que a mantenerla. Los rusos nos acosan de manera incesante y tenemos que prever toda clase de penosos incidentes. Las pérdidas, sobre todo por enfermedad y congelación, fueron considerables, aunque haya esperanza de recuperar parte de ellas cuando las unidades puedan tomarse algún descanso. Las causadas por el frío en los vehículos y en los cañones sobrepasan todo lo previsto. Utilizamos trineos como recurso provisional, pero los servicios que prestan son pequeños. Hemos logrado conservar nuestros tanques. Pero ¿cuánto tiempo seguirán funcionando con este frío?
«Jamás hubiera creído que en dos meses cambiase hasta este punto una situación tan brillante. Si se hubiese tomado a tiempo la decisión de Interrumpir la ofensiva y de instalarse cómodamente durante el invierno en una línea adecuada para la defensa, nada peligroso podía acontecer. Por espacio de meses, todo será ahora una interrogante... No me inquieta mi propia suerte, me inquieta mucho la de nuestra Alemania; temo por ella...»
El 13 de diciembre, el II Ejército prosiguió su repliegue. Pero en estas condiciones no podía realizar su intención de mantenerse en la línea Stalinogorsk-Chatt-Upa, tanto más cuanto la XI D. I. no tenía ya la capacidad de resistencia indispensable para frenar a las fuerzas rusas de refresco. Hubo que continuar el movimiento de repliegue detrás del Plava. El IV Ejército que estaba a nuestra izquierda, y los grupos de tanques 3.º y 4.º no pudieron tampoco seguir manteniendo sus posiciones.
El 14 de diciembre hice llegar al Führer una descripción pesimista de la situación. Esperaba, al terminar el día, una llamada telefónica que me trajese su respuesta. Aquella tarde escribí: «A menudo paso la noche acostado, sin dormir, torturándome y preguntándome: ¿Qué más puedo hacer para aliviar a mis pobres soldados, obligados a permanecer a la intemperie sin protección contra este terrible frío? Es espantoso, inimaginable. Los miembros del O. K. H. y del O. K. W., que jamás han visto el frente, no pueden hacerse idea de estas condiciones de vida. No hacen más que cablegrafiar órdenes que no se pueden cumplir y denegar todas las peticiones que se les hacen.»
La respuesta telefónica que yo esperaba de Hitler llegó por la noche. Exhortaba a mantenerse firme, prohibía los movimientos de repliegue, prometía la llegada de un refuerzo —500 hombres si no me equivoco— por vía aérea. Tuvo que repetirme sus palabras porque se le oía muy mal. En vista de ello decidí, con autorización superior, trasladarme en avión al cuartel general del Führer y explicarle personalmente la situación de mi ejército, puesto que todos los informes telefónicos y escritos no habían surtido efecto. La entrevista fue fijada para el 20 de diciembre.



Por más que diga el general Guderian, los nazis saquearon la casa de Tolstoi, como lo demuestra esta foto del cuarto del escritor, tomada el 17 de diciembre de 1941, inmediatamente después de ser liberada Yasnaia Poliana.

«Fraile, frailecito, emprendes un arduo camino.» Mis camaradas me recordaron este estribillo de mi tierra cuando les comuniqué mi decisión de tomar el avión para ir a ver a Hitler. Sabía muy bien que no sería fácil convencer al Führer. Pero en aquella época todavía tenía confianza en nuestro jefe supremo; creí que haría caso de razonamientos sensatos si un general con experiencia del frente se los exponía.
El 20 de diciembre, a eso de las 3 h. 30 de la tarde, aterricé en el aeródromo de Rastenburg. Mí conversación con Hitler duró cinco horas, con dos cortas Interrupciones de una media hora para cenar y para la exhibición del noticiario cinematográfico que el Führer no dejaba de ver nunca.
A las 6 h. de la tarde fui recibido por Hitler en presencia de Keltel, Schmundt y otros altos jefes. Ni el jefe del Alto Estado Mayor ni ningún representante del O. K. H. tomaron parte en esta conferencia con el nuevo comandante en jefe de las fuerzas terrestres. (Hitler había asumido el puesto al despedir al mariscal von Brauchitsch). Igual que el 23 de agosto de 1941, volví a encontrarme solo frente a la camarilla del O. K. W. Mientras Hitler se adelantaba para saludarme observé por vez primera que clavaba en mí una mirada hostil. Esto despertó en mí el convencimiento de que le habían predispuesto en contra mía. La oscuridad del pequeño aposento aumentó mi desazón.
La conferencia empezó exponiéndoles la situación. Después hablé de mi intención de replegar por etapas los dos ejércitos hacia la posición Zucha-Oka. Mi sorpresa fue grande al oír a Hitler exclamar con violencia: «¡No; lo prohíbo terminantemente!», ya que no le quedaba otra alternativa si quería conservar sus tropas y mantenerse durante el invierno en posiciones estables.
—Es preciso incrustarse en el suelo y defender cada metro de terreno —dijo Hitler.
—No es posible incrustarse en todas partes en el suelo —respondí—; está helado hasta un metro o metro y medio de profundidad, y nuestras deficientes herramientas de campaña no nos permiten ya excavar trincheras.
—Abran hoyos en el suelo con la artillería pesada. Es lo que hacíamos en Flandes durante la primera guerra.
—En la primera guerra —rebatí—, nuestras divisiones ocupaban en Flandes sectores de cuatro a seis kilómetros de ancho, y los defendían con dos o tres grupos de cañones pesados y abundancia de municiones. Mis divisiones tienen que defender frentes de 20 a 40 kilómetros y yo tengo cuatro cañones pesados por división, dotados de 50 disparos por cañón. Jamás hubo en Flandes temperaturas tan bajas como las que soportamos. Además, necesito municiones para rechazar a los rusos. Ni siquiera podemos ya clavar postes en el suelo para instalar nuestras líneas telefónicas; tenemos que abrir los hoyos a fuerza de explosivos. ¿De dónde sacaríamos explosivos suficientes para construir una posición de semejante extensión?



En Vitebsk, en 1941. El combate ha sido implacable, y mientras el incendio continúa haciendo estragos, los soldados, agotados, comen de pie: apenas tienen tiempo para descansar.

Pero Hitler reiteró su orden: resistir donde nos encontrábamos.
—Eso significa pasar a la guerra de posiciones en un terreno inadecuado, como en el frente occidental durante la primera guerra —le advertí—. En ese caso sufriremos las mismas batallas de desgaste y las mismas pérdidas enormes que en aquella época, sin obtener un resultado decisivo. Siguiendo esa táctica este invierno, sacrificaremos a la flor y nata de nuestros oficiales y suboficiales, con sus reservas; este sacrificio será estéril, y, por lo demás, no podremos compensarlo.
—¿Cree usted que los granaderos de Federico el Grande morían por capricho? —preguntó Hitler—. También ellos querían vivir y, sin embargo, el rey podía pedirles el sacrificio de sus vidas. Considero que yo también tengo derecho a exigir el mismo sacrificio a todos los soldados alemanes.



Se combate hasta en los suburbios y las calles de cada ciudad. Cada aldea es rudamente disputada. Emboscados tras este muro, unos soldados rusos disparan contra los tanques enemigos que avanzan..

-El soldado alemán sabe que, en tiempo de guerra, debe poner su vida a la disposición de su patria, y, verdaderamente, lo ha demostrado hasta ahora. Pero no debe exigírsele este sacrificio sino en caso de absoluta necesidad. Le ruego que piense que la intensidad del frío nos ha costado doble número de bajas que el fuego enemigo. Quien ha visto los hospitales llenos de hombres congelados sabe lo que eso significa.
—Me consta —dijo Hitler— que ha trabajado usted mucho y ha convivido con la tropa. Lo reconozco. Pero ve las cosas demasiado cerca. Le impresionan demasiado los sufrimientos del soldado y siente demasiada compasión por él. Necesitaría alejarse un poco para ver la perspectiva. Créame: de lejos se ven las cosas con mayor precisión.
—Mi deber, por supuesto, es aminorar cuanto pueda los sufrimientos de mis soldados. Pero esto es muy difícil cuando los hombres no tienen ropa de Invierno, y casi toda la infantería lleva aún pantalones de verano.
—No es cierto —dijo Hitler encolerizándose—. El jefe de la intendencia me ha dicho que el equipo de invierno ha sido enviado.
—Enviado, sí; más no ha llegado todavía —dije—. Sigo con precisión su ruta. Desde hace varias semanas se encuentra en la estación de Varsovia; está allí parado porque faltan locomotoras y a consecuencia del embotellamiento de las vías férreas.
Se llamó al jefe de la intendencia, que se vio obligado a confirmar mi relato. La campaña para el aprovisionamiento de ropas que hizo Goebbels en las Navidades de 1941 fue consecuencia de esta conversación. Pero el producto de esta colecta no llego a manos de los soldados durante el invierno de 1941-1942.
Luego tocamos la cuestión de los efectivos de las unidades de combate y de los servicios. A causa de numerosos vehículos inutilizados por los barrizales de otoño, y después por los grandes fríos, el parque de transporte para el abastecimiento era insuficiente tanto en las unidades como en los servicios de retaguardia. Como los vehículos perdidos no eran reemplazados, la tropa tenía que arreglárselas con los medios del país. Estos consistían en carros de campesinos y en trineos de capacidad muy reducida; para reemplazar a los camiones que faltaban había que utilizar un elevado número de estos vehículos, que además requerían demasiados hombres. Hitler exigió entonces la reducción implacable de los efectivos, muy numerosos a su parecer, de las unidades de abastecimiento y del parque móvil, a fin de recuperar fusiles para el frente. Ni que decir tiene que ya se había procedido a ello hasta donde era posible sin poner en peligro el abastecimiento. Para reducirlos aun más seria preciso mejorar todos los medios de abastecimiento en general y las comunicaciones ferroviarias en particular. Resulto penoso hacerle comprender a Hitler esta perogrullada.
Después, la conversación verso sobre los acontecimientos. Algunas semanas antes se había celebrado en Berlín una exposición que presentaba las medidas llenas de solicitud previstas por el O. K. H. para el invierno. El mariscal von Brauchitsch había insistido para llevar a Hitler a verla. Aunque la exposición había sido filmada por el noticiario y era tan maravillosa, la tropa no poseía, desgraciadamente, ninguna de las bellas cosas que en ella se exhibían. La ininterrumpida guerra de movimientos había impedido construir, y el país ofrecía pocos recursos. Nuestros acantonamientos eran míseros. También a este respecto la confusión en la mente de Hitler. El ministro de Armamentos, Todt, asistió a esta parte de la conversación; era un hombre razonable, de sanos y humanos sentimiento. Profundamente impresionado por la condiciones de vida en el frente que yo había descrito, me regalo dos estufas de trinchera que tenia intención de enseñar a Hitler y que debían servir a la tropa de modelos de lo que se odia fabricar con los medios del país. ¡Así obtuve, por lo menos, un resultado positivo de aquella larga entrevista!
Durante la cena, sentado junto a Hitler, aproveche la ocasión para darle detalles acerca de la vida en el frene. Pero estos relatos no surtieron el efecto que yo esperaba. A Hitler, lo mismo que a su camarilla, le parecían exagerados.
Por esta razón propuse, cuando se reanudo la conferencia después de cenar, transferir al O. K. W. y al O. K. H. a oficiales de estado mayor que hubiesen experimentado la guerra en el propio frente.
-La reacción de los miembros del O. K. W. –dije- me ha dado la impresión de que nuestras comunicaciones y nuestros informes no son bien comprendido s y que, por consiguiente, no le son correctamente presentados. Me parece, pues, necesario trasladar a los puestos de estado mayor del O. K. H. y del O. K. W. a oficiales que tengan experiencia en el frente. Decídase a proceder a un relevo de guardia. Aquí, en la cumbre, hay oficiales que forman parte de un de los dos estados mayores desde el principio de la guerra, hace ya dos años por consiguiente, y que nunca han visto el frente. Esta guerra es tan diferente de la anterior que no vale nada haber servido en la de 1914.
Me había metido en un avispero.
-¡No es ahora el momento oportuno para separarme de mis consejeros! –replico Hitler con indignación.
-No tiene necesidad de separarse de sus ayudantes personales; no se trata de eso —respondí—. Lo que importa, en cambio, es destinar a los puestos clave de los estados mayores a oficiales que tengan una experiencia reciente del frente y, sobre todo, de las campañas de invierno.
Esta petición fue también rechazada secamente. Todas mis proposiciones acababan en un total fracaso. Cuando abandonaba la sala de la conferencia, Hitler dijo a Keitel; <¡No he convencido a ese hombre.» Así se consumó entre nosotros una ruptura que ya no fue posible reparar.
El 21 de diciembre regresé a Orel para redactar y difundir las órdenes que debían ajustarse a las intenciones de Hitler.
El 24 de diciembre, el ll.º ejército perdió Livny.
La noche del 24 al 25 de diciembre perdimos Chern a consecuencia de un ataque envolvente del enemigo. El éxito de los rusos nos sorprendió por su amplitud. Di inmediatamente cuenta de este desgraciado incidente al grupo de ejércitos. El mariscal von Kluge me hizo los más vivos reproches y aquella misma noche tuvimos una violenta explicación; me acusó de haberle transmitido un Informe falso, y colgó el teléfono diciendo: «Daré un informe al Führer sobre usted.» Esta vez se había colmado la medida. Dije al jefe de Estado Mayor del grupo de ejércitos que pedía ser relevado de mi mando y transmití inmediatamente por telégrafo esta decisión. El mariscal von Kluge se me había adelantado en el O. K. H. pidiendo mi relevo, que fue, en efecto, dispuesto por Hitler; la orden me llegó el 26 de diciembre, por la mañana, juntamente con mi traslado a la reserva de mando del O. K. H. Mi sucesor era el general Rudolf Schmidt, que mandaba el 11.º ejército.

Así, pues, el irresistible avance alemán no ha logrado nada decisivo. La Wehrmacht se atasca ante Moscú a pesar de los brillantes éxitos que obtiene en otros lugares, pues la brillante campaña del ejército del Centro no debe hacer olvidar que el ejército del Norte comienza, ya en septiembre, el sitio de Leningrado, ni que en el sur, especialmente, los resultados de las operaciones sobrepasan todas las esperanzas. Los alemanes ocupan las ricas llanuras de trigo de Ucrania, y a partir del 27 de septiembre, la ciudad de Kiev, su capital; el gran puerto de Odesa, sitiado desde hace dos meses, cae en sus manos el 16 de octubre. A principios de noviembre penetran en la cuenca minera del Donets, ocupan Stalino, Kursk y Kharkov y llegan a Rostov, en la desembocadura del Don. Continuando su avance, el invasor penetra en Crimea y pone sitio a Sebastopol.
Pero ¿de qué sirven todas estas conquistas si el objetivo principal no puede ser alcanzado? Y he aquí que Moscú parece inexpugnable.



El irresistible General Invierno ha entrado en escena. Los alemanes, que no contaban con una campaña tan larga, se hallaban mal preparados para enfrentarse con él, pero Hitler se niega a compadecerse de los sufrimientos de sus soldados: hay que utilizar hasta el límite el material humano.

Hitler hará recaer sobre sus generales la responsabilidad de este fracaso. A fines de diciembre diezma implacablemente las filas del alto mando. Como Guderian, von Rundstedt es relevado; von Bock es reemplazado; el brillante general Hoepner y el general von Sponeck, que había dirigido la invasión de Holanda por las tropas aerotransportadas, son degradados; por último, el mariscal von Brauchitsch dimite. ¿Quién iba a reemplazar a este hombre, al que Hitler había colocado a la cabeza de la Wehrmacht y a quien ahora trataban de «cobarde vanidoso, de cretino y de fantoche», como cuenta Goebbels en su diario? Nadie, al parecer, reunía las cualidades necesarias, y el Führer acabó por... nombrarse a sí mismo. Acababa así de realizar su sueño de dominio concentrando todos los poderes en sus manos. ¡El antiguo cabo se había convertido en amo absoluto del Reich: ministro de la Guerra, jefe supremo de los tres ejércitos! ¡Qué ascenso! Por lo que se refiere a los territorios conquistados, esta reorganización iba a tener como consecuencia un endurecimiento de la política de ocupación.
Hitler no hizo caso de las advertencias de numerosos dirigentes alemanes que hubieran deseado presentarse como liberadores del pueblo ruso, sometido al yugo bolchevique. Mas he aquí que incluso en Ucrania, donde una cierta tradición de independencia con respecto a Moscú hubiera podido ser reavivada, prevaleció la táctica de la conquista brutal, y el pillaje desenfrenado de las riquezas naturales desencadenó muy pronto la guerra de guerrillas en la retaguardia de los ejércitos alemanes, con el apoyo de la población oprimida.
A partir de 1940, Hitler se había jurado a sí mismo «aplastar a la nación soviética..., aniquilar sus posibilidades de existencia». Iba a intentarlo todo para cumplir su palabra. Los Einsatigruppen, aquellos pelotones de exterminación dirigidos por Adolf Eichmann, asesinaban judíos, comunistas y guerrilleros por centenares de millares cuando no los deportaban; las poblaciones se veían reducidas al hambre. Las salvajadas de los ocupantes tuvieron como resultado hacer imposible toda colaboración de los países bálticos o de Ucrania con Alemania. La desaparición de los antiguos jefes militares agravó la situación.
Entre los soldados disminuyó rápidamente el entusiasmo de los primeros días. «En el momento de la batalla de Moscú —escribe el general Blumentritt—, los hombres comenzaron a proferir sarcasmos dirigidos contra los responsables militares que se encontraban a cubierto en Alemania.» Profundamente decepcionados en sus esperanzas, los soldados tenían la sensación de ser vencidos no por el enemigo, sino por las desastrosas condiciones que habían presidido la preparación de esta campaña. Todavía en la actualidad los alemanes suelen pensar que el vencedor de la batalla de Moscú no fue el ejército rojo, sino el general Invierno.



A una llanura blanca sigue otra llanura blanca. Los soldados soviéticos se adaptaron admirablemente a las terribles condiciones de esta guerra. He aquí unos soldados de Infanteria arrastrándose hacia las líneas enemigas, en las que se disponen a infiltrarse.
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