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Las bombas termonucleares.




La noche del 9 de julio de 1962, los habitantes de la isla de Johnston contemplaron, por primera y única vez en la historia, las luces de una aurora boreal sobre el archipiélago de Hawai. Para su desgracia, no se trataba de un extraño fenómeno natural, sino del estallido una bomba termonuclear de 1,5 megatones a unos 400 kilómetros sobre el Océano Pacífico. El fenómeno fue observado desde diversos puntos del planeta. Durante las siguientes horas, tres satélites de órbita ecuatorial quedaron fuera de servicio y hasta siete se vieron afectados. Al mismo tiempo, centenares de hogares hawaianos se quedaron sin luz y miles de aparatos de radio y televisión dejaron de funcionar.




El proyecto Starfish Prime, encuadrado dentro de la Operación Dominic del Ejército norteamericano, consistía en la detonación de bombas nucleares en los límites del espacio exterior. Durante los primeros años de la Guerra Fría, americanos y soviéticos detonaron un total de 20 bombas termonucleares en los límites de la atmósfera, con el objeto de estudiar sus efectos en caso de guerra nuclear.

Sin embargo, el estallido de la Starfish tuvo unas consecuencias que nadie habría sabido predecir. Durante mucho tiempo, se creyó que la explosión había afectado a los cinturones de Van Allen, los dos campos naturales de radiación de nuestro planeta. Norteamericanos y soviéticos se acusaron mutuamente de haber modificado el cinturón exterior hasta que, meses después, alarmados por las consecuencias, decidieron firmar los Tratados de Prohibición de Pruebas Nucleares en el Espacio.



El efecto que la bomba Starfish había provocado sobre los aparatos electrónicos despertó un profundo interés en los teóricos. En pocos años, ambas potencias nucleares trabajaron en la fabricación de armas capaces de producir aquel efecto; inutilizar las principales comunicaciones y servicios del enemigo.

Hoy en día, tanto estadounidenses como rusos poseen en sus arsenales armas capaces de producir el denominado “ataque de pulso electromagnético de gran altitud”, o “ataque HEMP”, consistente en la detonación de un arma nuclear lejos de la atmósfera terrestre. El estallido de uno de estos artefactos podría abarcar la superficie de un continente entero, causando un completo caos civil y militar en el área alcanzada por privación de los servicios esenciales (electricidad, agua potable, distribución alimentaria, comunicaciones, etc) durante un período de tiempo indefinido.



La explicación de su efecto está en la cantidad de rayos gamma y X que se liberan durante una explosión nuclear. La radiación gamma, sobre todo, es altamente penetrante e interactúa con la materia irradiando e ionizándolo todo, incluido el propio aire circundante. La radiación gamma se consume enseguida y crea un campo electromagnético zonal de kilómetros de diámetro.

Los seres vivos y los objetos no eléctricos son inmunes al ataque HEMP de manera directa, pero indirectamente les resulta fatal. Una sola de estas bombas desarticularía completamente las infraestructuras vitales de cualquier nación moderna, provocando el despoblamiento de las grandes ciudades y un número enorme de víctimas por hambre, epidemias, aniquilación económica y desestructuración social. Es dudoso que ningún país lograra sobrevivir a semejante situación como entidad social organizada.

La altitud a la que fueron detonadas, y su capacidad para generar pequeñas auroras, llevó a bautizar a estas armas con el poético nombre de “bombas del arco iris”.





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