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Las extrañas vinculaciones esotéricas de los jerarcas nazi

Las extrañas vinculaciones esotéricas de los jerarcas nazis





Desde 1933 a 1945, con Hitler en el poder, una siniestra sombra cubrió Europa de terror, crueldad y muerte, causando la astronómica cifra de 121 millones de víctimas. Pero sobre el Tercer Reich Alemán y el Nazismo, ¿se ha contado toda la verdad?

?¿Podemos resumir la Segunda Guerra Mundial sólo como un enfrentamiento entre el Tercer Reich y los Aliados Occidentales? ¿O, entre Fascismo y Democracia?

La Historia oficial responde que sí, pero en este artículo intentamos mostrar una serie de evidencias que nosindican que hay otros factores a tener en cuenta. Y un hecho que aparece con meridiana claridad es una extraña conexión esotérica en el desarrollo del Tercer Reich, que se decía que tenía que durar mil años. Uno de los primeros escritos que informaron sobre esta casi desconocida conexión esotérica la facilitaron los escritores/filósofos franceses Louis Pauwels y Jacques Bergier, en su obra “El Retorno de los Brujos”, que en uno de sus capítulos escribieron esta enigmática frase: “…No somos tan locos como para querer explicar la Historia por las sociedades secretas. Pero sí que veremos, cosa curiosa, que existe una relación y que, con el nazismo, “otro mundo” reinó sobre nosotros durante algunos años. Ha sido vencido, pero no ha muerto, ni al otro lado del río Rin ni en el resto del mundo. Y no es eso lo temible, sino nuestra ignorancia …“. En efecto, parece que una fuerza oscura y poderosa operaba en aquella Alemania. Y esta fuerza era alimentada por sociedades ocultas de raíces milenarias. Pero, ¿qué entendemos por esoterismo? Esoterismo es un término genérico usado para referirse al conjunto de conocimientos, doctrinas, enseñanzas, prácticas, ritos, técnicas o tradiciones de una corriente filosófica o religiosa, que son secretos, incomprensibles o de difícil acceso y que se transmiten únicamente a una minoría selecta denominada iniciados, por lo que no son conocidos por los profanos. Por extensión, el esoterismo se refiere a toda doctrina que requiere un cierto grado de iniciación para estudiarla en su total profundidad. En contraste, el conocimiento exotérico es fácilmente accesible para el público común y es transmitido libremente. Como ejemplo del concepto que los nazis tenían del esoterismo, pondré un ejemplo: La energía nuclear puede utilizarse para hacer el bien, como la producción de electricidad o los rayos X, o para hacer el mal, como la bomba atómica. Algo similar sucede con el esoterismo.

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Joseph Goebbels, ministro de propaganda de la Alemania nazi, ante la derrota final de la Alemania de Hitler, proclamaba: «Ésta no es solamente la derrota militar del III Reich; es toda una concepción del mundo lo que se desploma». Hoy nos podríamos preguntar: ¿cuál era esta nueva concepción del mundo que la Alemania nazi quería expandir por toda la Tierra? Probablemente habría que buscar los indicios de esta concepción del mundo hitleriana en una cierta Logia del Vril y en la personalidad de Karl Haushoffer,. De todos modos, si nos guiamos por lo que la historia nos muestra, podemos deducir claramente que esta concepción del mundo hubiese sido lo más parecido a una terrible pesadilla. Se atribuye la búsqueda Nazi de apoyo ocultista en el Tibet a las creencias de Karl Haushofer y de la Sociedad Thule. Seguramente estas vinculaciones esotéricas expliquen, pero no justifiquen, algunos de los extraños y horribles comportamientos nazis. Haushofer fue el fundador de la Sociedad Vril, relacionada con la Sociedad Thule y fue una influencia importante en el pensamiento ocultista de Hitler. Las sociedades Thule y Vril combinaban creencias de varias fuentes. Los antiguos Griegos escribieron no sólo acerca de la isla hundida de Atlantis, sino también sobre Hiperbórea, una tierra en zonas árticas, cuando tenían un clima tropical, cuyo pueblo migró al sur antes de que el hielo la destruyera. El autor sueco de finales del siglo XVII Olaf Rudbeck la situó en el actual Polo Norte y varios otros autores afirmaban que antes de su destrucción, se fragmentó en las islas de Thule y Ultima Thule. El astrónomo británico, Sir Edmund Halley, también a finales del siglo XVII, lanzó la teoría de que la tierra es hueca. El novelista francés Julio Verne popularizó la idea en Viaje al Centro de la Tierra (1864). En 1871, el novelista británico Edward Bulwer-Lytton, en su libro The Coming Race or Vril: The Power of the Coming Race, describió una raza superior, la Vril-ya, que vivía bajo tierra y planeaba conquistar el mundo utilizando el vril, una energía psico-quinética. En efecto, en 1871 se publicó una extraña novela titulada “The Coming Race“. En ella el narrador es conducido por un ingeniero de minas a un mundo subterráneo poblado por una extraña raza. Ese pueblo posee un poder misterioso que le ha permitido vivir sin maquinas y sin todos los aspectos de la civilización moderna. Ese poder es el llamado Vril.

Autores como Louis Pauwels y Jacques Bergier en su obra El retorno de los brujos intentaron analizar el nazismo. Hay otras obras, como Cruzada contra el Graal, de Otto Rahn, escritor alemán aficionado al esoterismo, miembro del Partido Nazi y Obersturmführer de las SS, que dan algunas pistas sobre los orígenes secretos de la cosmogonía hitleriana. Otra obra del mismo autor, titulada La Corte de Lucifer en Europa, explica que existía realmente un vínculo entre el nazismo y la búsqueda del Graal cátaro. Es realmente sorprendente esta relación entre el nazismo y el antiguo mundo cátaro, ya que nos parecen dos visiones del mundo radicalmente distintas. Otto Rahn nació y se crió en el seno de una familia de clase media. Por influencia de su padre, juez en la ciudad de Maguncia, inició estudios de Derecho, aunque también le agradaba la música y era un buen pianista. Durante 4 años (de 1922 a 1926) estuvo matriculado en las facultades de Derecho de Giessen, Friburgo y Heidelberg. Asistía también a clases de filología germánica e historia, disciplinas que interpretaba desde una visión esotérica y völkisch, acorde con la filosofía nazi imperante en la Alemania de la época. Sentía un interés especial por el catarismo, transmitido por su profesor de religión en el Instituto de Giessen, el barón de Gail. También le fascinaban las leyendas medievales de Parsifal, el ciclo artúrico y el Santo Grial. Su atracción por la cultura cátara le llevó a desarrollar su tesis doctoral en torno a la herejía cátaro-albigense y a viajar por Francia, Italia, España y Suiza entre 1928 y 1932. Se instaló en la aldea de Lavelanet (Languedoc, Francia) en 1929 para explorar las ruinas de Montsegur y las grutas próximas a la montaña. Entonces escribió las dos obras antes mencionadas e inspiradas en su viaje, “Cruzada contra el Grial” y “La Corte de Lucifer“. Estos libros influyeron en autores posteriores inspirados en el esoterismo medieval, como Trevor Ravenscroftl, Peter Berling o Jean-Michel Angebert, con su obra Hitler y la Tradición Catara, en que he basado este artículo, así como en defensores del misticismo nazi y/o germánico, como Nigel Pennick. Detrás del investigador francés Jean-Michel Angebert se esconden realmente dos personas cuyos verdaderos nombres son Michel Bertrand y Jean-Victor Angelini. Michel Bertrand, alias Michel Angebert, nace el 16 de enero de 1944 en Carcasona, una comuna francesa totalmente occitana. Pasa su niñez en Beziers, antigua ciudad cátara. Cursa sus estudios superiores en Aix-en-Provence, perteneciendo también a varias sociedades iniciáticas tradicionalistas. Bertrand se convierte en escritor, periodista y conocedor de la guerra marítima. Ya sea escribiendo como Michel Bertrand o Michel Angebert, sus temas recurrentes son el grial, los cátaros, el tradicionalismo y la marina francesa.






Jean-Victor Angelini, alias Jean Angebert, nace el 21 de octubre de 1943 en Dakar la capital de Senegal, de ascendencia provenzal, pasa su niñez en Bastia (Francia) y cursa sus estudios superiores en Aix-en-Provence. Se interesa por el simbolismo y el estudio del tradicionalismo. A diferencia de Bertrand, cambio de Angelini solo conocemos sus aportes de escritor en colaboración con Bertrand, bajo el pseudónimo de Jean Angebert, sin destacar mayormente con escritos en solitario. De la unión de Angelini y Bertrand obtenemos Angerbert y los nombres Jean y Michel completan tan curioso personaje que nos ha dado 4 libros: Hitler y la tradición cátara, Los místicos del sol, Le livre de la tradition y Las ciudades mágicas. Otto Rahn falleció el 13 de marzo de 1939, congelado en la cima del Wilden Kaiser (Austria), probablemente en un suicidio ritual. Heinrich Himmler acudió a Montserrat tras la muerte de Rahn, el 23 de octubre de 1940, buscando allí un pretendido Grial y llevando consigo la obra de Rahn “La corte de Lucifer“, libro que ordenó distribuir gratuitamente entre los oficiales de alta graduación del cuerpo. La filosofía cátara trata de dos mundos opuestos, representados por la luz y las tinieblas. En la cosmología nazi, el Sol ha desempeñado, como en los cátaros, un papel esencial, en tanto que símbolo sagrado de los arios, frente al simbolismo femenino y mágico de la Luna, por parte de los pueblos semitas. Así, pues, se comprende mejor el odio, con tendencia a la locura obsesiva, que Hitler manifestaba frente a los judíos. Pero, ¿quiénes son los cátaros? Un personaje legendario de Languedoc es Meridiana. Su aparición más famosa aconteció cuando Gerberto de Aurillac (940-1003), el futuro papa Silvestre II, viajó a España para aprender los secretos de la alquimia. Silvestre, propietario además de una cabeza parlante que le anunciaba el porvenir, recibió su sabiduría de esta Meridiana, que le regaló «su cuerpo, sus riquezas y sus saberes mágicos», lo cual describe algún tipo de conocimiento alquímico y esotérico. Según la escritora norteamericana Barbara G. Walker, el nombre de Meridiana es un compuesto de «María-Diana», es decir, que vincula a esa compleja divinidad pagana con las leyendas acerca de María Magdalena corrientes en el sur de Francia. El Languedoc tuvo también la máxima densidad de caballeros templarios en Europa hasta la supresión de la Orden, a comienzos del siglo XIV, y todavía abundan allí las evocadoras ruinas de sus castillos. Béziers se encuentra en el actual departamento de Hérault, del Languedoc-Rosellón, y es una activa ciudad a escasos diez kilómetros del golfo de Lyon, en la costa mediterránea.

En 1209 todos y cada uno de sus habitantes fueron perseguidos y muertos sin contemplaciones durante la cruzada contra los albigenses. Pierre des Vaux-de-Cernat, un monje cisterciense, escribió en 1213, basándose en los relatos de cruzados que estuvieron allí. Béziers se había convertido en una especie de refugio para heréticos y por eso, cuando los cruzados la atacaron, existía allí un enclave de 222 cátaros que vivían en la ciudad sin que nadie los molestase. Aunque no se sabe si el conde de Béziers era también cátaro, o sólo un simpatizante, el caso es que no hizo nada por perseguirlos o expulsarlos, y esto enfureció sobremanera a los cruzados. Éstos exigieron que los habitantes católicos entregaran a los cátaros o salieran de la ciudad, dejando intramuros a los cátaros para que fuese más fácil exterminarlos. Aunque estas exigencias se plantearon bajo amenaza de excomunión y la alternativa concedía a los católicos la oportunidad de salvarse de la inminente matanza, sucedió algo asombroso: los ciudadanos no quisieron cumplir ninguna de las dos condiciones. Como escribió Vaux-de-Cernat, prefirieron «morir como heréticos que vivir como cristianos». Y de acuerdo con el informe que el Papa recibió de sus enviados, los habitantes de la población juraron además defender a sus herejes. En julio de 1209 los cruzados entraron en Béziers. Después de ocuparla sin dificultad mataron a todo el mundo, hombres, mujeres, niños y clérigos, tras lo cual incendiaron la ciudad. Debieron de morir entre 15.000 y 20.000 personas, mientras que los heréticos eran poco más de doscientos. «No encontraron refugio ni bajo la cruz, ni ante el altar, ni junto al crucifijo». Así fue que los cruzados preguntaron a los delegados del Papa cómo distinguirían a los heréticos de los demás ciudadanos y recibieron la célebre contestación: «Matadlos a todos, que Dios conocerá a los suyos». ¿Qué ocurrió allí en realidad? En primer lugar hay que tener en cuenta la fecha exacta de la matanza, que fue el 22 de julio, fiesta de María Magdalena, detalle cuya singular importancia destacaron todos los autores contemporáneos. Y fue en la iglesia de la Magdalena de Béziers donde cuarenta años antes murió asesinado el señor local, Raymond Trencavel, por motivos que no han quedado claros. En Béziers al menos, la relación entre la Magdalena y la herejía no era casual, y además proporciona algunos atisbos sobre el trasfondo de la cruzada albigense en su conjunto. Como escribió Pierre des Vaux-de-Cernat: “Béziers fue tomada el día de santa María Magdalena, ¡oh justicia suprema de la Providencia! [...] los heréticos afirmaban que santa María Magdalena había sido la concubina de Jesucristo [...] era justo, por tanto, que esos perros repugnantes fuesen vencidos y exterminados en la festividad de aquella a quien habían agraviado





Por más que la idea pareciese repugnante al monje y a los cruzados, es obvio que no escandalizaba a la gran mayoría de los ciudadanos que se pusieron activamente a favor de los herejes. Lo cual indica que la creencia o tradición local en cuestión ejercía un gran ascendiente en aquellas gentes. Los evangelios gnósticos y otros textos primitivos describen sin muchos eufemismos como unión sexual la relación entre María Magdalena y Jesús. Pero los evangelios gnósticos ni siquiera habían sido descubiertos. Así pues, ¿de dónde provenía la tradición? El episodio vino a ser como el preludio de la cruzada albigense, cuyos estragos en el Languedoc aún habrían de durar cuarenta años más y dejaron grandes cicatrices en la conciencia colectiva de la población. Pero, ¿quiénes fueron esos cátaros cuyas creencias justificaron que se montase toda una cruzada? ¿Qué motivos tenía el poder establecido para temerlos tanto? En el Languedoc el movimiento se convirtió rápidamente en una fuerza no desdeñable durante el siglo XI. Llegaron a ser la religión dominante del país y siempre fueron tratados allí con el mayor respeto. Los miembros de todas las familias aristocráticas eran cátaros notorios, o simpatizantes que los ayudaban activamente. Se puede afirmar que el catarismo era la virtual religión de estado en el Languedoc. Los llamaban les Bonhommes o les Bons Chrétiens, es decir buenos hombres o buenos cristianos, lo cual da a entender que no escandalizaban a nadie. Aunque asimilaron otras muchas ideas y sus doctrinas no estuvieron exentas de confusión, propugnaron un ideal de vida conforme a las enseñanzas de Jesús. Acusaban a la Iglesia católica de haberse alejado en exceso de los postulados originarios, en especial el de la pobreza apostólica. Por tanto, anatemizaban la riqueza y los fastos de la Iglesia, que juzgaban opuestos a lo que Jesús exigió de sus seguidores. Algunos estudiosos tienden a presentarlos como precursores de la Reforma protestante, lo que no es el caso, pese a algunas semejanzas. Los cátaros vivían sencillamente. Preferían congregarse al aire libre o en casa de un vecino mejor que en las iglesias, y aunque tuvieron una jerarquía con sus obispos, todos los miembros bautizados eran iguales en lo espiritual. También postulaban la igualdad entre los sexos, y esto puede sorprender más teniendo en cuenta la época. Se abstenían de comer carne, eran pacifistas y creían en una especie de reencarnación. También practicaban la predicación itinerante, para lo cual viajaban por parejas que vivían en la mayor pobreza y sencillez y se detenían dondequiera que hiciese falta ayudar y sanar.

En muchos sentidos cabe decir que los Hombres Buenos no eran un peligro para nadie, excepto para la Iglesia. Dicha institución sí tenía numerosos motivos para perseguir a los cátaros, ya que éstos se declaraban adversarios del símbolo de la cruz, en tanto que morboso recordatorio del instrumento de suplicio en que Jesús halló la muerte. Aborrecían asimismo el culto de los difuntos y el consiguiente tráfico de reliquias, recurso principal con que la Iglesia de la época llenaba sus arcas. Pero el primer motivo de la enemistad eclesiástica fue que los cátaros no reconocían la autoridad del Papa. Durante el siglo XII varios concilios condenaron a los cátaros, pero fue en 1179 cuando ellos y sus protectores quedaron definitivamente anatemizados. Hasta esa fecha la Iglesia envió a misioneros, elegidos entre los mejores predicadores con que contaba, para tratar de obtener el «regreso al redil» de los cátaros. Incluso el gran santo Bernardo de Claraval (1090-1153) fue enviado a la región, pero regresó exasperado por la contumacia de aquéllos. Sin embargo, en su informe al Papa tuvo buen cuidado de señalar que, si bien los cátaros estaban sumidos en el error desde el punto de vista de la doctrina, «si examinamos su modo de vida no encontraremos ninguno más irreprochable». En toda la cruzada éste fue un rasgo invariable. Incluso los enemigos de los cátaros tenían que admitir que la regla de vida de éstos era ejemplar. Otra táctica de la Iglesia fue la de vencer a los heréticos con sus propias armas, haciendo que sus misioneros actuaran como predicadores itinerantes. Entre los primeros, allá por 1205, estuvo Domingo de Guzmán, monje español y futuro fundador de la Orden de los Predicadores, luego conocida como dominicos o frailes negros, que suministraron la mayor parte del personal de la Santa Inquisición. Los dos bandos se reunieron para una serie de disputas públicas, que no solucionaron el problema. Por último, en 1207, el papa Inocencio III perdió la paciencia y excomulgó a Raymond VI, conde de Tolosa, por no haber procedido contra los herejes. La medida fue muy impopular, por lo el legado papal que traía la noticia fue muerto por uno de los soldados de Raymond. Y ésa fue la gota que colmó el vaso. El Papa convocó la cruzada contra los cátaros y contra quienes los ayudasen o simpatizasen con ellos. Esta proclamación se realizó el 24 de junio de 1209, curiosamente la fiesta de San Juan Bautista. Hasta entonces se solía llamar a la cruzada contra los musulmanes, unos «infieles» extranjeros que vivían en países tan lejanos, que apenas se tenía una noción de ellos.






Pero esta cruzada iba a ser de cristianos contra cristianos. Era muy posible que algunos cruzados conociesen personalmente a algunos de los heréticos que juraron exterminar. La cruzada albigense, comenzada en 1209 con el asalto a Béziers, continuó con la mayor brutalidad, a medida que una ciudad tras otra iba cayendo en manos de los soldados bajo el mando de Simón de Montfort. La campaña duró hasta 1244. Todavía hoy, en algunos lugares del Languedoc el nombre de Simón de Montfort suscita una reacción mezcla de temor y odio. Pero pronto a las razones religiosas se añadieron razones económicas y políticas. La mayoría de los cruzados eran oriundos del norte de Francia y las atractivas riquezas y el poderío del Languedoc eran aspectos que nadie ignoraba. Antes del comienzo de la cruzada la región disfrutaba de una notable independencia. Este episodio de la Historia europea, además de ser el primer genocidio conocido perpetrado en Europa, proporcionó un impulso definitivo a la unificación de Francia y a la creación de la Inquisición. Los cátaros eran pacifistas, y además desdeñaban tanto la «vil envoltura carnal», que no tenían inconveniente en desprenderse de ella, aunque fuese por medio de un martirio tan horrible como la muerte en la hoguera. Durante la campaña, incontables millares de cátaros hallaron la muerte en las piras, pero muchos de ellos no dieron ninguna muestra de temor. A lo que parece, algunos ni siquiera sufrieron, como se evidenció singularmente cuando terminó el asedio a Montségur, su último reducto. Poco después de 1240 y conforme sus enemigos iban arrinconando a los cátaros sobrevivientes en sus reductos pirenaicos, ellos hicieron de Montségur su cuartel general. En tanto que refugio de unos 300 cátaros y más particularmente de sus cabecillas, para los hombres del Papa era el objetivo principal, tal como escribió Blanca de Castilla, la reina de Francia, refiriéndose a la importancia de Montségur, «[hay que] cortar la cabeza del dragón». Durante los meses que duró el sitio se produjo un curioso fenómeno. Varios de los soldados sitiadores se pasaron al bando de los cátaros, aun sabiendo cómo acabaría la aventura para ellos. Se ha sugerido que los impresionó tanto el ejemplar comportamiento de los cátaros, que sufrieron una profunda conversión interior. Los cátaros se enfrentaron a la muerte en el suplicio con absoluta tranquilidad, incluso mientras las llamas crecían a su alrededor. Pero la caída de Montségur creó muchos misterios que fascinaron a muchas generaciones, incluidos los nazis y los buscadores del Santo Grial.

El misterio más duradero de todos es el relacionado con el supuesto Tesoro de los Cátaros, que cuatro de éstos lograron sacar la noche antes de la matanza. Esos intrépidos herejes consiguieron escapar de algún modo, se dice que descolgándose con ayuda de sogas por el despeñadero más escarpado, a favor de la oscuridad nocturna. Aunque se habían rendido formalmente el 2 de marzo de 1244, por razones nunca explicadas se les permitió quedarse en la ciudadela quince días más, tras lo cual se entregaron para ser quemados. Algunos relatos van todavía más lejos y pretenden que bajaron y se metieron por su propio pie en las hogueras que los enemigos habían preparado en el llano, al pie de la fortaleza. Se ha especulado si solicitaron ese plazo adicional de gracia para realizar alguna ceremonia. En este punto no es fácil que llegue a saberse nunca la verdad. La naturaleza exacta del tesoro cátaro ha sido objeto de muchas especulaciones. Algunos postulan que debió de ser el Santo Grial u otro objeto ritual parecido, de mucho significado. Otros dicen que pudieron ser documentos con conocimientos secretos, o que lo importante eran las propias personas de los cuatro cátaros que escaparon. Los cátaros fueron sucesores de los bogomiles, movimiento herético que floreció en los Balcanes hacia mediados del siglo X y seguía activo en esa región cuando los cátaros se encaminaban hacia su destino fatal. El bogomilismo tuvo mucha extensión, alcanzando hasta Constantinopla, y por momentos constituyó un serio peligro para la ortodoxia. A su vez los bogomiles de Bulgaria eran los herederos de una larga sucesión de «herejías» y habían alcanzado una reputación peculiar entre sus oponentes. Los bogomiles y sus variantes, como los cátaros, eran dualistas y gnósticos. Para ellos el mundo era inherentemente malo, el alma sufría la prisión de una envoltura indigna, y la única vía de liberación era la gnosis, la revelación personal gracias a la cual el alma accede a la perfección y al conocimiento de Dios. En cuanto a su idea de la reencarnación, se basaba en el concepto de la «buena muerte», lo que significaba más comúnmente recibir el martirio por la fe. Si uno tenía la suerte de merecer ese final, no hacía falta que siguiera reencarnándose en este despreciable valle de lágrimas. Caso contrario, tendría que regresar. Una aportación original de los cátaros fue la creencia de que María Magdalena había sido la esposa de Jesús, o tal vez su concubina. Aunque este conocimiento no se juzgaba adecuado para todos los cátaros, sino sólo para los admitidos al círculo más sublime, el de los «perfectos».





Pero la noción de que Jesús y María Magdalena hubiesen sido pareja no tenía, a primera vista, nada susceptible de agradar especialmente a los cátaros. Aunque la Magdalena fuese una santa popular en la Provenza, donde se cree que vivió, fue en el Languedoc donde hicieron de ella foco de creencias abiertamente heréticas. La idea de que Jesús y María Magdalena fueron amantes también se encuentra en los evangelios de Nag Hammadi, ocultos en Egipto desde el siglo IV. Algunos estudiosos han especulado sobre si el culto de la Magdalena en el sur de Francia conservó esas primitivas ideas gnósticas. No faltan indicios de que así fue. Hacia 1330 aparecía en Estrasburgo un notable tratado titulado Schwester Katrei o «Hermana Catalina», atribuido al místico alemán Meister Eckhart. Expone una serie de diálogos entre la «hermana Catalina» y su confesor sobre la experiencia religiosa de la mujer. Y, aunque incorpora muchas ideas ortodoxas, tiene ciertos rasgos que no lo son tanto. Por ejemplo, declara expresamente que «Dios es la Madre Universal…» y revela con claridad una fuerte inspiración cátara así como la influencia de la tradición de los trovadores. Esta obra relaciona a la Magdalena con la Minne u homenaje amoroso a la mujer. Y ha dado mucho que pensar a los investigadores porque contiene ideas acerca de María Magdalena que no se encuentran en ningún otro lugar, excepto los evangelios de Nag Hammadi. La describe como superior a Pedro porque supo entender mejor a Jesús, y aparece la misma rivalidad entre ambos. El tratado de la hermana Catalina incluso describe incidentes concretos que también figuran en los textos de Nag Hammadi. La profesora Barbara Newman ha escrito: «El hecho de que Hermana Catalina utilice estos motivos plantea un espinoso problema de transmisión histórica», y confiesa que es «un problema real, pero sorprendente». El autor de Hermana Catalina manejó en el siglo XIV unos textos que no fueron descubiertos hasta el siglo XX. No puede ser coincidencia que el tratado refleje la influencia de los cátaros y los trovadores del Languedoc. Y la conclusión obvia es que éstos transmitieron el conocimiento de los evangelios gnósticos en relación con María Magdalena. Es posible que estos secretos no estuvieran sólo en los textos que hoy conocemos como los de Nag Hammadi, sino asimismo en otros que aún no hayan sido redescubiertos. Llama la atención que en el sur de Francia exista una arraigada creencia en la naturaleza sexual de la relación entre la Magdalena y Jesús. Una investigación de John Saul ha recopilado gran número de alusiones a tal relación en la literatura del Midi, hasta el siglo XVII inclusive. Aparecen en las obras de gentes vinculadas al Priorato de Sión, como Cesar, el hijo de Nostradamus.

Hemos visto en la Provenza que dondequiera que hubiese santuarios de la Magdalena también se descubría algún emplazamiento relacionado con Juan el Bautista. En vista de que los cátaros la tenían en tan alta consideración, nos figurábamos que tal vez veneraron también al Bautista. Pero, sorprendentemente, sucede lo contrario. Les desagradaba hasta el punto de describirlo como «un demonio». Ésa es otra herencia directa de los bogomiles, algunos de los cuales aludieron al Bautista, no sin cierta confusión, como «precursor del Anticristo». Una de las pocas escrituras sagradas que nos han quedado de los cátaros es el Libro de Juan, llamado tambiénLiber Secretum. Se trata de una versión gnóstica del evangelio de otro Juan muy diferente. En buena parte es idéntico al evangelio canónico, pero contiene varias «revelaciones» añadidas que supuestamente recibió en privado el «discípulo predilecto del Señor». Éstas contienen ideas dualistas y gnósticas, en correspondencia con la teología de los cátaros. En este libro Jesús enseña a sus discípulos que Juan el Bautista era en realidad un emisario de Satán, el Amo del mundo material, enviado para adelantarse a la misión salvadora. Esta idea era debida en principio a los bogomiles, pero no era aceptada por todos ellos, ni por todos los cátaros. Muchas sectas cátaras tuvieron acerca de Juan el Bautista ideas bastante más ortodoxas, y de hecho se tienen incluso indicios de que los bogomiles de los Balcanes celebraban ritos en el día de su festividad, 24 de junio. Lo cierto es que los cátaros tenían en especial consideración el evangelio de Juan, que según el parecer de los entendidos es el más gnóstico del Nuevo Testamento. En los círculos ocultistas circula un rumor de que los cátaros tenían otra versión del evangelio de Juan, hoy perdida. Ciertamente los cátaros tuvieron ideas no ortodoxas acerca de Juan el Bautista, pero ¿podemos tomarnos en serio sus afirmaciones sobre un Juan malo y un Jesús bueno? Tal como ocurre con la relación entre la Magdalena y Jesús, parece que se tuvo de la que hubiese entre Juan y Jesús una idea radicalmente distinta de la que enseña la Iglesia. Pero para los caballeros templarios Juan el Bautista fue objeto de especial veneración. Y tal como la cruzada contra los cátaros ha dejado una marca visible en los paisajes del Languedoc, también los castillos de aquellos enigmáticos caballeros se alzan todavía en los rincones más remotos de dicha comarca.


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