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Las guerras y conflictos en el mundo (2015)

Desde Afganistán hasta Yemen, los conflictos y crisis que afronta el mundo en el año que empieza.

El año pasado fue malo para la paz y la seguridad internacional. Por supuesto, hubo elementos positivos. El proceso de paz en Colombia es prometedor. La última ronda de negociaciones nucleares con Irán tuvo más éxito del que creen muchos. Túnez, aunque todavía no está completamente a salvo, demostró el poder del diálogo sobre la violencia. Afganistán contradijo su historia y, a pesar de los numerosos obstáculos, cuenta con un gobierno de unidad nacional. El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba emprendido por el presidente Barack Obama no puede sino ser beneficioso.

Sin embargo, en general, ha sido un año desalentador. Los conflictos vuelven a aumentar después de un importante declive tras el final de la Guerra Fría. Las guerras actuales matan y desplazan a más personas y son más difíciles de terminar que en el pasado.

El caos del mundo árabe se agravó: el Estado Islámico capturó grandes franjas de territorio en Irak y Siria, gran parte de Gaza volvió a quedar destruida, Egipto dio un giro hacia el autoritarismo y la represión, y Libia y Yemen se aproximaron a la guerra civil. En África, el mundo contempló cómo los líderes de Sudán del Sur hundían su nuevo país. El optimismo de 2013 respecto a la República Democrática del Congo (RDC) se desvaneció, el ébola asoló partes de África Occidental, y los insurgentes de Boko Haram intensificaron los ataques terroristas en el norte de Nigeria. El orden legal internacional sufrió la afrenta de que Rusia se anexionara Crimea, y la guerra ha vuelto a Europa con los combates que continúan en el este de Ucrania.

Lo que pasa en Siria, Irak y el Estado Islámico:



Desde que el EI se apoderó de una amplia franja del norte de Irak en junio, el grupo yihadista se ha convertido en foco fundamental de la política regional. Pero su éxito es un síntoma de una serie de problemas más de fondo que no se solucionan por medios militares: gobiernos sectarios en Siria e Irak, estrategias militares dependientes de unas milicias que radicalizan a las poblaciones locales y la desaparición gradual de las fuerzas suníes tradicionales. La capacidad de lucha y la moral de la oposición armada siria respaldada por Occidente siguen disminuyendo. Jabhat al Nusra, afiliado a Al Qaeda, ha expulsado ya a la mayoría de las facciones moderadas de la provincia de Idlib, en manos de los rebeldes, y el régimen de Al Assad es implacable en su empeño en aplastarlos militarmente. Los grupos apoyados por Occidente siguen siendo importantes en Alepo, el territorio más valioso que le queda a la oposición, pero los rebeldes están teniendo dificultades para impedir el acoso del régimen al tiempo que rechazan al EI en la región vecina. Una derrota allí pondría en peligro la viabilidad de las fuerzas no yihadistas en todo el norte y seguramente descartaría cualquier solución negociada al conflicto. Es esencial mantener la posibilidad de un futuro proceso de paz.


Lo que pasa en Ucrania:



Puede no ser la crisis más mortífera del mundo, pero ha transformado y empeorado las relaciones entre Rusia y Occidente. Más de 5.000 personas han muerto en el país desde que comenzó el conflicto declarado en marzo de 2014, entre ellas, alrededor de mil fallecidas después de que se declarase el alto el fuego, el 5 de septiembre. La entrada del invierno puede añadir una nueva dimensión a la crisis: la población de las regiones orientales de Donetsk y Luhansk, en manos de los separatistas, tendrán que arreglárselas como puedan sin casi calefacción, medicinas, alimentos ni dinero, que escasean debido al derrumbe de la economía local y las restricciones financieras impuestas por Kiev. Los dirigentes separatistas han creado pocas instituciones de gobierno que funcionen, casi no han formado funcionarios y no serán capaces de afrontar ninguna crisis humanitaria por sí solos. El presidente ucraniano, Petro Poroshenko, es consciente de que es urgente hacer reformas económicas y sociales para asegurar la estabilidad del país a largo plazo. Sin embargo, está dándose poca prisa en implantarlas. Occidente debe mantener la presión política para que continúe con el plan.

A corto plazo, las principales tareas de la comunidad internacional consisten en separar a las partes en conflicto, animar a Kiev a tender la mano a sus compatriotas en la región este, colocar la frontera entre Ucrania y Rusia bajo el pleno control de observadores internacionales y alejar poco a poco el conflicto del enfrentamiento armado a la negociación política. Todavía hay tiempo de evitar la aparición de otro conflicto congelado en la periferia de Europa, con algo de suerte, mucha energía y una política respecto a Moscú que aúne la presión sostenida con posibles incentivos si tranquilizan la situación.


Lo que pasa en Nigeria:



En 2015, Nigeria se enfrenta a una tormenta perfecta. Primero, la insurgencia brutal del grupo islamista Boko Haram continúa creando el caos en el norte del país, sobre todo en las zonas pobres del nordeste. El grupo se apoderó de más territorio este verano; desde entonces sus ataques se han extendido al vecino Camerún y podrían llegar hasta Níger y Chad. El conflicto, que entra en su quinto año y no da señas de remitir, ha dejado más de 13.000 muertos y alrededor de 800.000 desplazados.


Lo que pasa en Sudán del Sur:



El país africano comienza su segundo año de una brutal guerra civil que, por ahora, parece que va a continuar.

El pasado mes de diciembre, las disputas latentes desde hacía tiempo dentro del partido gobernante y el Ejército estallaron en una guerra entre las fuerzas leales al presidente Salva Kiir y los leales a su antiguo vicepresidente, Riek Machar. Las guarniciones militares se dividieron, a menudo con violencia, con arreglo a las diferencias étnicas. Los choques se extendieron con rapidez desde la capital y los combates destruyeron ciudades importantes y las infraestructuras del petróleo. Como tropas de Uganda y los rebeldes sudaneses luchan junto a las fuerzas gubernamentales, y Sudán, al parecer, está armando tanto al Gobierno como a la oposición, la guerra ha arrastrado a los países vecinos y amenaza con desestabilizar aún más una región ya atribulada. El Ejecutivo está hipotecando su futuro económico para costear la guerra y dejando al país al borde de la bancarrota.

Algunos cálculos indican que la guerra ya ha dejado 50.000 muertos y casi dos millones de desplazados. Las organizaciones humanitarias han logrado evitar una hambruna, por ahora, pero se encuentran con una hostilidad considerable. El fin de la estación de las lluvias, en diciembre, supondrá seguramente una intensificación de la violencia.

Los intentos de poner fin a la guerra no han prosperado.


Lo que pasa en Republica Democratica del Congo:



En el último año se han defraudado muchas de las esperanzas suscitadas por los avances del la RDC en 2013.

Las reformas prometidas por el presidente Joseph Kabila, especialmente en el sector de la seguridad, se han estancado. Aunque en 2013 las tropas congoleñas y un contingente especial de la ONU, la Brigada de Intervención (FIB en sus siglas en inglés), derrotaron al M23, la milicia respaldada por Ruanda, los intentos de desmovilizar otros grupos armados han fracasado. Las fuerzas oficiales emprendieron ataques contra las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF), pero sus líderes permanecen en libertad y combatientes sin identificar siguen asesinando a los habitantes de los pueblos en su zona de operaciones.


Lo que pasa en Somalia:



Aunque las ofensivas combinadas de las fuerzas de la Unión Africana y el Ejército somalí han permitido obtener victorias importantes contra Al Shabab, el gobierno federal de Somalia tiene todavía dificultades para administrar su poder. A pesar de la existencia de una constitución federal provisional, las tensiones entre el presidente y el primer ministro se convirtieron a finales de 2014 en un sucio enfrentamiento que acabó con la expulsión del segundo. Ahora, las discrepancias políticas en las instancias federales y regionales amenazan la aspiración declarada por el Ejecutivo de celebrar elecciones y un referéndum constitucional en 2016. Si bien, en teoría, el gobierno central no controlaba tanto territorio desde principios de los 90, la realidad es que hay un mosaico de clanes armados locales que son los que mandan. Es probable que el doble objetivo de la formación de un Estado federal y la celebración de elecciones nacionales -dos metas que muchos siguen considerando en el país un juego de suma cero por el dominio de los clanes- genere más conflictos. En esta atmósfera, la misión de la Unión Africana, AMISOM, tratará de mantener su neutralidad, entre otras cosas porque la mayoría de sus tropas procede de Estados vecinos. Y, a pesar de las pérdidas de territorio y el asesinato selectivo de su líder en un ataque llevado a cabo por un avión no tripulado en septiembre, Al Shabab conserva la capacidad de atacar en su terreno y más allá, sobre todo en Kenia, donde asegura defender la causa de la minoría musulmana marginada.


Lo que pasa en Yemen:



La transición de Yemen se ha venido abajo. El proceso político ha caído víctima de la rivalidad entre las clases dirigentes, un cambio en el equilibrio de poder en favor de los hutíes -un movimiento chií zaidí que ha invadido gran parte del país desde su bastión en el norte- y un movimiento separatista resurgente en el sur. Con el deterioro de las condiciones económicas y de seguridad, la credibilidad del Estado y la confianza en el presidente Abdo Rabu Mansur Hadi como mediador honrado entre las facciones se han debilitado.

Los hutíes, apoyados por un amplio frente político harto del estancamiento de la situación, se apoderaron de la capital, Saná, en septiembre de 2014. Aceptaron un plan para nombrar un nuevo Gobierno, el Acuerdo de Paz y Cooperación Nacional, pero violaron rápidamente su espíritu al endurecer su control de la capital y extenderse hacia el sur y el oeste, hasta los territorios suníes y la región petrolífera de Marib.


Lo que pasa en Libia y el Sahel:



La transición de Libia también se ha ido al traste, y el caos creado está extendiéndose más allá de sus fronteras. El bloqueo político ha dado lugar a dos cámaras legislativas rivales, un Parlamento que cuenta con el reconocimiento internacional en Tobruk y un Congreso Nacional General dominado por los islamistas en Trípoli. El Gobierno libio no tiene ya ninguna autoridad real; la confianza en las instituciones del Estado, poco más que una fachada, se ha desmoronado. Los asesinatos de autoridades y el intento de golpe encabezado por un general anti-islamista han dividido al país y han reflejado la polarización regional. Sin embargo, las divisiones son más complejas que una mera escisión entre islamistas y anti-islamistas. Las luchas por la riqueza del gas y el petróleo, las rivalidades entre tribus y milicias, los intereses contrapuestos de las potencias extranjeras y las discrepancias sobre cómo estructurar el Estado después de Gadafi amenazan con desgarrar el país. Los líderes libios parecen incapaces de interrumpir la desintegración del país. Las intervenciones de Francia y, en menor medida, Estados Unidos han detenido el avance yihadista en el Sahel. Pero está por ver si los esfuerzos militares van a ir acompañados de la política integradora y el desarrollo socioeconómico necesarios para alcanzar una estabilidad real. Hasta ahora, las estrategias políticas están muy por detrás de las campañas militares.


Lo que pasa en Afganistan:



Por primera vez en su historia Afganistán vivió el año pasado un traspaso de poder en gran parte pacífico. El presidente Hamid Karzai dejó el cargo, Ashraf Ghani tomó posesión como sucesor y el segundo en las elecciones, Abdullah Abdullah, se convirtió en el director general de Afganistán, de acuerdo con un acuerdo de reparto de poder.

Durante una serie de visitas a China, Pakistán y Arabia Saudí en las primeras semanas de su mandato, Ghani ha hecho bien en mostrar su interés por poner fin al conflicto con un acuerdo negociado. El peligro, no obstante, es que esa salida dé más influencia a Pakistán, cuya relación con Kabul sigue siendo tensa y donde los rebeldes afganos siguen teniendo refugios junto a la frontera. Mientras tanto, los ataques de los talibanes indican que, al menos por ahora, los insurgentes van a seguir poniendo a prueba su fuerza contra la del Ejército afgano. Los combates van a ser un elemento esencial en la negociación y 2015 promete ser otro año violento para Afganistán.


Lo que sucede en Venezuela:



En comparación con muchos de los demás países de la lista, Venezuela no es una zona de guerra. La calma ha regresado a las calles de Caracas después de que los choques entre manifestantes, fuerzas de seguridad y milicias progubernamentales costaran varias docenas de vidas, sobre todo de manifestantes, a principios de 2014. Pero las causas fundamentales de la crisis siguen sin resolverse, y el país podría sufrir otro brote de inestabilidad este año.

El Gobierno del presidente Nicolás Maduro afronta una crisis económica que se ha agravado por la espectacular caída de los precios del petróleo, del que Venezuela obtiene alrededor del 96% de sus ingresos. La situación era preocupante ya antes: el país sufría una tremenda inflación (más del 60%), escasez de alimentos, medicamentos y otros artículos básicos, el fracaso de los servicios públicos y una de las tasas de crímenes violentos más altas del mundo.

El panorama que surge de esta lista de conflictos es desalentador. No obstante, hay un atisbo de esperanza: la creciente fragmentación del mundo significa que no existe una división global entre bloques. Aunque la crisis entre Rusia y Occidente preocupa a Europa, los últimos restos de la guerra fría están desapareciendo con la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Hoy es posible abordar muchos conflictos por sí solos, y el papel cada vez más importante de las potencias regionales, aunque añade más complejidad y, en ciertos casos, nuevos antagonismos, también ofrece oportunidades para ejercer una diplomacia más imaginativa.

Este no es el momento de que las viejas potencias se retiren, pero tienen que reconocer que, para mantener la paz en 2015, será necesario colaborar con una variedad mucho mayor de países que en el pasado.
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