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Las Mejores vacaciones de tu vida...

Las mejores vacaciones de tu vida


Luis Mey, Autor


Con la inadecuación a flor de piel, el cuerpo jugándole siempre malas pasadas, Matías tiene, sin embargo, algunas cosas claras. Va a ir a Mar del Plata a buscar a Carolina, que no quiere saber nada con él, aunque ésta parezca ser, a todas luces, la peor de las ideas. Aunque se lo advierta con sabiduría su amigo Peine –que lo acompaña en el viaje–, aunque se lo repita el taxista y aunque lo desaconsejen las normas básicas del manual de conquista forjado en la calle. Con ese deseo como única certeza, emprende su viaje iniciático el protagonista de La pregunta de mi madre , de Luis Mey, novela ganadora del Premio Décimo Aniversario de la Revista Ñ.

Inseguro y torpe como cualquier adolescente, Matías, además, es pobre. Es un chico de la periferia, un pibe argentino de los suburbios, un “ni -ni”. La crisis y el menemismo son el trasfondo difuso de esta historia, aunque esos datos sólo tienen sentido en función de narrar los deseos y los miedos de Matías, de marcar su horizonte y sus límites.

La falta de dinero escande el relato tanto como modela su vida, un factor tan determinante que cada capítulo está numerado en correspondencia con la cantidad de plata que le queda en el bolsillo. Es por eso que le miente a Carolina que es millonario. Y por ese motivo la decisión de la madre de darle unos pesos para ir a Mar del Plata está cargada de dramatismo: “Más te vale que pases las mejores vacaciones de tu vida, ¿escuchaste?”. Sacarle el jugo a ese viaje se volverá un imperativo categórico: “Pienso en mamá. En su esfuerzo para que yo esté allí. Es todo lo que necesito para ser un superhéroe”.

Protagonista y narrador de su propia aventura, será imposible separar en su relato los hechos vividos de aquellos distorsionados por su percepción o su fantasía. “¿Pasó algo entre nosotros?”, le pregunta la chica, con crueldad diurna, y, en ese instante, toda la narración de pasión y desenfreno de la noche anterior entra en el terreno de la duda. Los gestos y su interpretación, las palabras y las reacciones inesperadas que generan tienen en esta novela cierta cualidad de enigma o de malentendido. La realidad vacila. Las dudas sobre los hechos siembran de alerta una narración desopilante, vertiginosa y tierna, en la que, más allá de la risa, se intuye el borde de algún abismo.

Uno de los logros de la novela, además de la pintura sagaz del universo adolescente, es la forma en que se va construyendo la relación con la madre. Aunque el viaje implica un intento de despegue de esa figura, la conexión es profunda y se basa en un verdadero reconocimiento amoroso por parte del hijo del esfuerzo cotidiano que ella pone en su subsistencia.

El recuerdo de la madre reaparece siempre, incluso en forma de culpa. Como parte de sus estrategias de seducción, Matías le ha dicho a Carolina que su madre ha muerto, es su forma de inventarse una nueva biografía familiar y un presente próspero. Pero esto lo llena de remordimientos e instala una posibilidad que ensombrece las expectativas de la narración.

Como en otras memorables novelas de adolescencia, en La pregunta de mi madre brilla el humor y el dolor del habla juvenil, lo que recuerda los punzantes comentarios del Holden Caulfiled de El cazador oculto de Salinger o el discurso del joven protagonista de Cicatrices de Saer. A diferencia de ellos, aquí Matías no está solo: la dupla Peine-Mati resulta tan entrañable como la pareja de Tom Sawyer y Huck Finn. Si hay algo de muy vulnerable en Matías, Peine está allí para acompañarlo, firme en la promesa hecha a la madre de protegerlo.

Pero estos adolescentes no están presentes sólo a través del ingenio del discurso. Su cuerpo es un enorme protagonista, un cuerpo que nunca cabe en los asientos, que jamás está limpio, un cuerpo asediado por las urgencias escatológicas o sexuales, un cuerpo que late y explota, un cuerpo que es causa infinita de vergüenza y también motivo de goce. “Por suerte una cuadra después lo encuentro a Peine. Tiene barba con olor. Barba rusa, y en este verano: ya me hace sacudir la cabeza. Hay algo que me asusta: que se haya hecho encima. Una vez pasó y desde entonces no puedo olvidar el movimiento que hace con el pantalón cada vez que le pasa, porque sé que le pasa cada tanto,” dice el narrador de su amigo, en una descripción cuyos rasgos serán puestos en duda avanzada la novela.

La disconformidad consigo mismo también tiene matriz corporal. “Voy en cueros y pasan dos chicas y se ríen de mi cuerpo. Lo sé. No me importa. Se me ven las costillas exageradamente afuera. Y tengo en la espalda un mapa de estrellas que en realidad son granos”, cuenta Matías, que reacciona de manera desproporcionada ante la percepción paranoica de que es burlado por sus defectos. Estos detalles se van anudando para cerrar al final, a partir de la pregunta del título, y apelar así a la interpretación del lector. No se trata aquí de entrar en detalles, sí de afirmar con certeza que La pregunta de mi madre es una novela de adolescencia que merece sin exageraciones compartir el podio con las mejores de su género, aunque, eso sí, en clave muy argentina.
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