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Laura, la de la vida corta e intensa



La última foto de Laura Carlotto con vida, la que les mostraron a sus padres para que la reconocieran.

Estudiaba historia en La Plata y se levantaba temprano para ir a trabajar a la pinturería de su padre, en Berisso. Era una militante de base aguerrida. Estuvo detenida en La Cacha y tuvo su hijo en cautiverio.

Era de noche cuando Estela de Carlotto y su esposo, Guido, llegaron a la comisaría de Isidro Casanova. Llevaban un papelito con la convocatoria que decía: “A los progenitores de Laura Carlotto se los cita con carácter de urgente”. El subcomisario que los atendió los hizo pasar a una oficina, abrió un cajón y sacó una Libreta Cívica. “¿Conocen a esta persona?”, preguntó en un automatismo. Esa foto, una 4x4, la última de Laura con vida, la mostraba con los ojos cargados de maquillaje, la piel radiante, el pelo lacio y oscuro. “Sí, es Laura”, reconoció Estela. “Bueno, entonces lamento informarles que falleció”, dijo el policía, indolente. En el camino a la seccional habían fantaseado en voz alta con todo tipo de hipótesis junto con Ricardo, el padrino. Imaginaban que quizá la tenían detenida allí, o que la pasaban a disposición del Poder Ejecutivo, quizá hasta se volvían a casa con el bebé, Guido. “No vaya a ser cosa que estos desgraciados nos digan lo peor”, se frenaban.

Estela repasó la escena con el policía hace dos meses, cuando declaró ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata, en el juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino La Cacha, donde su hija Laura estuvo secuestrada. Se recordó a sí misma gritando con locura. “¡Asesinos! ¡Ustedes la mataron! ¿Cómo que falleció? ¡Canallas! ¿Dónde está el bebé?” Era agosto de 1978. La última vez que había tenido noticias de su hija fue el 16 de noviembre de 1977, cuando la llamó a la escuela donde Estela trabajaba. Por entonces Laura militaba en Montoneros y vivía en forma clandestina con su pareja. La llamaba y le escribía una vez por semana. En esa ocasión le contó que se sentía descompuesta y que iría al ginecólogo. Había perdido dos embarazos con anterioridad. Después de diez días sin noticias, Estela amaneció con la certeza de que le había pasado algo.

Laura, la mayor de cuatro hermanos, estudiaba historia en la Universidad La Plata. Su interés por la política y la militancia tuvo mucho que ver con su profesora de historia, Irma Zucchi, quien está desaparecida. Admiraba por su forma de enseñar y cuestionar los hechos, y de pedirles a los alumnos que no memorizaran sin comprender. Laura se levantaba muy temprano para ir a trabajar a la fábrica de pintura de su papá, en Berisso. Disfrutaba del contacto con los obreros y de las charlas con su padre, que era un hombre informado, que detestaba “a la Iglesia y a los militares”, cuenta la periodista María Eugenia Ludueña en el libro Laura, vida y militancia de Laura Carlo-tto, que recorre su vida.

En uno de los últimos cafés que se tomó con su mamá, Laura le dijo: “Vivir es lo más lindo que hay. Yo quiero vivir. Que todos podamos vivir bien. Nadie quiere morir. Pero seguramente miles de nosotros moriremos...”. No quería irse pese a las súplicas de sus padres. Laura pintaba, con los colores de la pinturería, paredes y objetos. El libro de Ludueña la describe como una militante de base hermosa y aguerrida, lúcida, sensible, convencida y valiente, quizás algo opacada dentro de una estructura vertical y machista de la organización, pero dueña de todas esas cualidades, que compartía con sus compañeras de cautiverio.

Estela y Guido desconocían el paradero de Laura. En el otoño de 1978 una mujer entró a la pinturería, que les contó que la habían liberado cinco días antes de un campo de concentración. Dijo que había estado con Laura, que estaba bien, con una panza de seis meses y medio y que por eso a veces la alimentaban mejor. Les transmitió que Laura le había pedido que fuera a verlos para decirles que su bebé nacería en junio y que estuvieran atentos a la Casa Cuna. Su deseo era que si el bebé era varón le pusieran Guido.

En La Cacha, a Laura la conocían por su apodo, Rita. Cuando empezó con el trabajo de parto en las radios del centro clandestino escuchaban los partidos del Mundial 78, y ya la final Argentina-Holanda. Ella caminaba y practicaba las respiraciones que le había enseñado otra de las detenidas, Rosita. Esos días de Laura, y los que vinieron después, armarían un rompecabezas en el relato de unos pocos sobrevivientes en La Cacha: Norma Aquin, María Inés Paleo, Alcira Ríos, Luis Córdoba y María Laura Bretal.

Uno de los guardias avisó a otros detenidos cuando Laura dio a luz, dijo que era un varón, que estaba todo bien y que a ella la iban a mandar a una granja. Luego la devolvieron a La Cacha, aunque estuvo en un “chalecito”, sin contacto con el resto. Ludueña dice en su libro que se las ingeniaba para ir a conversar y que así contó que había pasado los últimos días sin su bebé, que creía que había parido en un hospital del Ejército, lejano, que la habían subido a algún lugar en ascensor, vio guardias armados custodiando la habitación. Parió engrillada y encapuchada. Y al bebé le susurró su nombre al oído: “Guido, como tu abuelo”. Como se resistía a entregarlo, la durmieron y se lo arrebataron. Después le mintieron y le dijeron que se lo habían entregado a su mamá.

El 24 de agosto le dijeron a Laura que su situación se estaba “por resolver”, que la llevarían a la ESMA y le harían un Consejo de Guerra. Logra despedirse de todos. A Alcira le pide algo de recuerdo y se lleva su corpiño negro. Lo tenía puesto cuando su papá fue a reconocer su cuerpo, en el furgón estacionado junto a la comisaría de Isidro Casanova. Tenía el rostro desfigurado por un disparo, medias verdes y ese corpiño. “Guido la besó, le acarició el rostro y se quedó unos minutos a solas con ella, contemplándola sin pronunciar palabra. Después volvió sobre sus pasos, entró en la comisaría y abrazó a Estela”, relata Ludueña en su libro. Laura tenía 23 años y había sido asesinada en una ruta de la provincia de Buenos Aires.

Cuando todavía Estela pensaba que quizá llegaría un día en que Guido recuperaría su identidad sin que ella llegara a conocerlo le escribió: “Soy la mamá de Laura. La primera hija, la soñada, la querida, la esperada, igual que los otros tres que vinieron después. Pero ella fue algo especial por la vida que vivió: una vida corta, intensa, con mucho contenido”.

La historia de Puño Montoya

El Monumento a la Memoria, de Cañadón Seco, con la imagen de Montoya.

Recién con el análisis de ADN las Abuelas pudieron conocer que el padre del hijo de Laura Carlotto fue Walmir Oscar “Puño” Montoya, un militante de Montoneros, como ella, desaparecido en noviembre de 1977. Montoya nació en Comodoro Rivadavia, en Chubut, pero vivió en Cañadón Seco hasta que viajó a La Plata para estudiar, donde conoció a quien sería su pareja.

Hasta ayer, en la página de Abuelas se recordaba que la compañera de Montoya “estaba embarazada al momento del secuestro, aunque hasta el momento no ha podido establecerse la identidad de la joven”. Ahora se sabe que esa joven era Laura Carlotto.

En mayo de 2009, en el marco de la iniciativa para la identificación de personas, pudieron ser reconocidos sus restos, que se encontraban como NN en el cementerio de Berazategui desde el 27 de diciembre de 1977. Oscar Montoya tuvo entonces su homenaje en Cañadón Seco, donde su imagen forma parte del Monumento a la Memoria erigido en el lugar junto a dos de sus compañeros: Reinaldo Oscar “Tatu” Rampoldi –muerto durante la represión– y Eduardo José Climio –quien debió exiliarse en Colombia, donde falleció en 2003–. Cada 24 de marzo, en ese lugar se hace un acto para recordar a los caídos del pueblo.

En Caleta Olivia todavía vive la madre, y la otra abuela del recuperado Guido, Hortensia Ardura, y su tío, y hermano del desaparecido Walmir Oscar, Jorge Montoya, quien tiene una imprenta y se emocionó al conocer la noticia.

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