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Lo que pasa en el Tíbet







El Gobierno chino ha dado un nuevo paso para estrechar el control sobre la religión. Las "reencarnaciones" de los budas vivientes deberán contar con su permiso, según una nueva normativa de la Administración Estatal de Asuntos Religiosos, hecha pública ayer. De lo contrario, serán considerados "ilegales o no válidos".








Los budas vivientes son un elemento crucial del budismo tibetano, y forman un clero de influyentes figuras religiosas. Llamados también tulku, son lamas u otras figuras espirituales que han decidido conscientemente "renacer".





Frecuentemente hay más de un candidato para ser reconocido como la "verdadera reencarnación", por lo que la autoridad que decide quién de ellos es la verdadera opción disfruta de bastante poder. Los tulku dirigen, a menudo, las ceremonias religiosas, supervisan el aprendizaje de los monjes y tienen gran influencia entre los tibetanos. De ahí que Pekín considere clave controlar el proceso de identificación de los niños y la designación de los budas vivientes.





La nueva regulación exige que los templos que formulen una petición para una reencarnación sean "lugares registrados legalmente para celebrar actividades del budismo tibetano y sean capaces de acoger y ofrecer medios adecuados de apoyo al buda viviente". "El proceso no puede estar influido por ningún grupo e individuo de fuera del país", asegura la oficina de Asuntos Religiosos, en lo que parece una referencia directa al Dalai Lama, el jefe espiritual de los tibetanos, que vive exiliado en India.









El Dalai Lama, de 71 años, huyó de Tíbet en 1959 y se refugió en India, después de un fracasado levantamiento contra la presencia china. Pekín dice que Tíbet ha sido territorio chino durante siglos, mientras que muchos tibetanos mantienen que se autogobernaron la mayor parte de ese tiempo.





El Gobierno ya se había otorgado la potestad de aprobar el nombramiento de las dos reencarnaciones con más autoridad, el Dalai Lama y el Panchen Lama. En 1995, las autoridades de Pekín rechazaron la elección de la reencarnación del 10º Panchen Lama -fallecido en 1989-, realizada por el Dalai Lama. Acto seguido, se llevaron de Tíbet al niño designado, que tenía seis años, y efectuaron su propio nombramiento. Desde entonces, el chico no ha sido visto en público. Los tibetanos en el exilio lo han calificado de "el prisionero político más joven del mundo". China se limita a decir que vive una juventud normal. El Panchen Lama elegido por Pekín, sin embargo, ha sido mostrado en actos públicos en los últimos años, en un intento de promover su figura.



Gendun Gyatso 2º Dalái Lama (1476-1542)


La Administración Estatal de Asuntos Religiosos afirma que el objetivo de la regulación es "garantizar la libertad de religión de los ciudadanos y respetar las tradiciones tibetanas sobre la sucesión de los budas vivientes". En marzo, el responsable del Partido Comunista en la región autónoma de Tíbet aseguró que el partido era el buda viviente real del remoto territorio montañoso, porque había traído el progreso y la mejora de las condiciones de vida. Los críticos dicen que Pekín controla con puño de hierro a la población, suprime la libertad de culto y está diluyendo la cultura tibetana, entre otros, con la llegada de miles de han, la etnia mayoritaria en China.





Los tibetanos, tanto los que viven dentro de la región autónoma como los que viven en otras provincias chinas como Qinghai o Sichuan, siguen siendo mayoritariamente fieles al Dalai Lama, cuya foto es posible ver en algunos templos en China, a pesar de que está prohibida. Muchos monjes llevan un broche con la imagen del líder tibetano escondida bajo la túnica.








El deseo del Gobierno de designar a los dirigentes religiosos no se limita a los budistas. Uno de los principales puntos de disensión entre Pekín y el Vaticano es quién nombra a los obispos en China. La Santa Sede asegura que es una potestad suya irrenunciable, mientras que las autoridades chinas consideran que es un asunto interno y les corresponde a ellas. Pekín teme la elección por parte de Roma de obispos que se opongan al Partido Comunista Chino y puedan desempeñar un papel desestabilizador e impulsar la caída del régimen.





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