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Los científicos más chiflados de la historia


Hemos visto un montón de posts sobre científicos locos por lo peligrosos para la humanidad pero en este caso les traigo un post con científicos chiflados mal, que les patinaba el moño a mas no poder pero eran generalmente peligrosos solo para si mismos. Les dejo la lista


Colgándonos con Nicolas Minovici

La ejecución por ahorcamiento se ha estado utilizando durante miles de años con resultados fatales generalmente, pero hay muchas variables que afectan al cuerpo humano cuando se cuelga de una soga. Nicolai Minovici, un científico rumano, observó y estudió unos doscientos ahorcamientos, pero le daba la impresión de que se le escapaban algunos datos importantes. Después de todo, todos los casos que estudiaba acababan con el sujeto muerto, así que no había forma de tener un relato de primera mano porque los muertos se resistían a darle mucha información. Así que pensó que la única forma de obtener las respuestas que buscaba era ahorcarse él mismo el muy pelotudo.

En el transcurso de dos semanas, Minovici y sus colaboradores se ahorcaron varias veces para observar qué se sentía exactamente. ¿Y cuál fue el sorprendente resultado? Que dolía. Mucho. Ninguno de los investigadores pudo soportar el dolor más allá de unos pocos segundos, un hecho por el que se disculparon varias veces. Altos petardos.

¡Qué mejor que una taza de vómito para desayunar!

“Obstinación” 1 es una palabra que se queda corta para describir a Stubbins Ffirth, que a principios del siglo XIX estaba estudiando para ser médico. Procedía de Philadelphia, Pennsylvania, que había sufrido un epidemia de fiebre amarilla unos años antes. Ffirth se dio cuenta de que los casos de fiebre amarilla se daban con más frecuencia en verano que en invierno, así que llegó a la conclusión de que no podía ser una enfermedad contagiosa, porque si fuera así no se daría esa discrepancia. Para demostrar su hipótesis, obtuvo fluidos corporales de pacientes con fiebre amarilla, incluyendo saliva, sudor, orina, sangre y vómito.

Entonces empezó a verter estos fluidos en heridas abiertas, en sus ojos, tomándolos en forma de pastilla, e incluso bebiendo directamente el vómito. Tras todas estas pruebas seguía sano, por lo que creyó que los resultados apoyaban su hipótesis. Desgraciadamente, se acabó sabiendo que los pacientes que le dieron muestras de sus fluidos corporales estaban en la última fase de la enfermedad por lo que ya no eran contagiosos. Da igual. Hacer estupideces como esta no es aceptable bajo ningún concepto.

La fiebre amarilla es más frecuente durante los meses de verano porque se transmite a través de los mosquitos.

Las bacterias estomacales no son un refresco

A principios de los 80, Robin Warren y Barry Marshall colaboraron en la investigación de la bacteria H. Pylori, y ambos predijeron que estaba relacionada con algunos tipos de úlcera y cáncer gástrico. Esta idea no fue muy bien aceptada, ya que se creía que el ácido del estómago sería un entorno demasiado agresivo para que una bacteria sobreviviera. Ambos intentaron en vano hacer que la bacteria provocara úlceras en cerditos, frustrando a Marshall. Así que este ingirió un cultivo de esta bacteria pensando que podría darle algunos problemas gástricos algunos años después. Sin embargo, los resultados llegaron en pocos días.

En menos de una semana, Marshall tenía náuseas, mal aliento peor que el del mago sin dientes, debido a los residuos de las bacterias y una inflamación considerable. Entonces se hizo un cultivo de la bacteria y Marshall tomó antibióticos dos semanas después del inicio de la infección, una vez que se le hicieron todas las pruebas necesarias. Marshall y Warren publicaron sus resultados en 1985, aunque por entonces aún no se había establecido la relación con el cáncer gástrico. En 2005, ambos fueron galardonados con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por su descubrimiento.

Tener un buen corazón

A principio de la década de 1930, Werner Forßmann pensaba que se podía insertar un catéter directamente al corazón para administrar fármacos. Entonces no pudo conseguir permiso para comprobar esta idea, ya que se temía que la interacción con el corazón acabara matando al paciente. En un claro desafío al jefe de cirugía de su departamento, Forßmann convenció a la enfermera responsable del material esterilizado para que le ayudara, de forma que él pudiera probarlo sobre sí mismo para demostrar que se podía hacer. La enfermera aceptó a regañadientes, pero a cambio de que la usara a ella como conejillo de indias para que el médico no tuviera que operarse a sí mismo. Total, si el jefe de Forßmann no pudo hacerle entrar en razón, seguro que ella tampoco lo iba a conseguir.

Cuando la enfermera estuvo tumbada en la mesa de operaciones, Forßmann hizo ver que le inyectaba anestesia en el brazo, pero realmente se la estaba aplicando a sí mismo. Hizo una incisión sobre la parte interior de su codo e introdujo el catéter a través de la vena antecubital hasta llegar a su ventrículo derecho; un recorrido de 65 centímetros. Al final la enfermera se dio cuenta y ayudó a insertar el catéter. Entonces ambos fueron CAMINANDO (!!) hasta la sección de rayos-X para confirmar que la colocación se había realizado correctamente. Durante los trece años siguientes el hospital le aplicó diversas acciones disciplinarias, un cambio de especialidad de cardiología a urología, un puesto de oficial médico con los nazis, en el que fue capturado y prisionero de guerra de los americanos, trabajó como leñador al finalizar la guerra, y acabó volviendo a ejercer la medicina como médico rural.

Pero el peligroso experimento que realizó mereció la pena cuando Forßmann fue galardonado en 1956 con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por su desarrollo del catéter de corazón junto con Dickinson W. Richards.

La mordedura de una viuda negra

En 1933, Allan Walker Blair dejó que una araña viuda negra le mordiera durante 10 segundos para así poder estudiar los efectos del veneno en un adulto. Le costó respirar durante unos minutos, debido a los múltiples calambres que se adueñaron de su cuerpo. Después de un par de horas, se le tuvo que llevar al hospital urgentemente a causa de la gran disminución de su tensión arterial, acompañada de sudores y desplomes en el suelo, retorciéndose de dolor.

A pesar del tremendo dolor que sufría, se las arregló para quedarse quieto el tiempo suficiente para hacerse un electrocardiograma. Se hizo otro unos días antes de dejarse morder por la araña para poder compararlos. A pesar de todo su sufrimiento, su corazón apenas se vio afectado por el calvario. Pasaron varias semanas hasta que los síntomas empezaron a disminuir, pero Blair pudo llegar a la terrible conclusión de que el veneno de una viuda negra hembra era “tremendamente venenoso para el hombre.”

Freno total

Chuck Yeager rompió por primera vez la velocidad del sonido en 1947, aunque entonces no se sabía que podía ocurrir si el piloto necesitaba ser eyectado del avión a esas velocidades. Se suponía que la deceleración repentina de la eyección sometería al piloto a más Gs de los que podía soportar el cuerpo humano, muriendo instantáneamente. En aquel entonces, se creía que 18 Gs era lo máximo que podía soportar una persona. El cirujano de vuelo John Paul Stapp decidió utilizar su propio cuerpo para determinar la magnitud de la deceleración que podrían soportar los pilotos sin fallecer.

Las fuerzas aéreas de los EE.UU. diseñaron un trineo que impulsaría a Stapp hacia delante para después frenar bruscamente en una piscina de agua. Se empezó a 145 km/h y se fue aumentando gradualmente la velocidad. Cuando hizo su última prueba a 1017 km/h había sufrido una cantidad enorme de daños, incluyendo costillas rotas, contusiones, migrañas e incluso la pérdida de visión por unos días debido a que sus globos oculares casi se salen de sus cuencas. En su última prueba llegó a los 46.2 Gs, lo cual equivale a que un elefante de 3175 kg se siente sobre su cabeza.

Comiendo gusanos

Giovanni Battista Grassi estaba haciendo una autopsia en 1878 cuando se dio cuenta de que el intestino grueso estaba lleno de huevos de tenia. En aquella época, no se entendía muy bien cómo se producían las infecciones de solitaria, así que decidió probarlo por sí mismo. Tras asegurarse de que él no estaba ya infectado, se comió unos 100 huevos de tenia (que habían sido incubados en materia fecal de un cadáver, para más inri) para comprobar si las infecciones se producían por ingestión.

Un mes después, Grassi empezó a mostrar los síntomas de infección por tenia, reforzando su hipótesis. Tras eliminar las tenias de su cuerpo, otros parasitólogos siguieron su ejemplo en una especie de rito iniciático horripilante. Nuevos doctores trataban de superarse entre ellos tragando más huevos y dejando que maduraran en su interior. Esto siguió durante muchos años, hasta que prácticamente todos se dieron cuenta de que era un plan bastante terrible. Aún así, un investigador llegó a ingerir huevos obtenidos de un cerebro de alce hace bastante poco, en 1984.



Artículo original publicado por Lisa Winter en IFLScience
Notas del Traductor:
Juego de palabras intraducible que juega con el nombre del científico (Stubbins) y el adjetivo “Obstinado” (en inglés, stubborn). ↩
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