Check the new version here

Popular channels

Los colombianos invadieron la ciudad de la furia

16.795 colombianos solicitaron residencia temporaria en la Argentina




Un clima primaveral me acompañaba en el balcón de mi casa en Buenos Aires. Era tan hermosa la noche que, sin importar que fuese domingo, decidí no quedarme en casa. Llamé a una de mis amigas a quien, tras unos minutos, logré convencer de que la noche se prestaba para salir a tomar unas cervezas sin importar que debiéramos madrugar. A eso de la 1 de la mañana estaba en el departamento de Antonella, mi amiga, listo para ir a disfrutar de un momento agradable. Decidimos ir a un lugar que nos fascina, aunque hace mucho tiempo yo no iba, por estar ubicado bastante cerca de su residencia. El Paseo del Sol, era el sitio donde íbamos a conversar sobre la vida.

Llegamos al lugar y, tras ver que no había espacio disponible en los primeros bares que dan hacia la entrada/salida que sale a la calle Arenales, nos ubicamos en una mesa que acababan de dejar libre un grupo de chicas. Le hice una seña con mi mano derecha a uno de los mozos del bar, repleto de afiches publicitarios de una de las cervezas más famosas del mundo, para que fuera a tomar nuestro pedido.

-Hola, chicos, ¿Qué desean tomar?- dijo él, con un acento que me transportó a uno de los bares del Parque Lleras. El mozo era paisa.

-Hola, ¿Puede ser una jarra de Heineken?- contestó de forma casi inmediata mi amiga.

-Vale, ¿Algo más?- dijo el rubio joven, a lo que Anto respondió:

Algunos minutos antes, cuando nos detuvimos en un Kiosco ubicado en la Avenida Coronel Díaz, otro joven colombiano nos había atendido. Por eso, mientras esperábamos la cerveza, mi amiga dijo en tono de broma: <>. Lo que fue un comentario jocoso de ella, es una realidad que ningún habitante de la capital argentina pueda desconocer. En el edificio de la facultad donde estudio, en la Universidad de Palermo, además de la sede de Abogacía está ubicada la de Diseño. Son decenas las jovencitas colombianas que escucho diariamente en el ascensor hablando entre ella o con sus cabezas clavadas en las pantallas de algún teléfono móvil. Y no solo veo eso en la universidad. En la esquina de mi casa hay una heladería, allí trabajan mínimo 5 colombianos. Y en la lavandería donde dejo mi ropa hay otro más. Y del banco con el que me manejo acá, cada vez que me llaman a ofrecerme sus productos, frecuentemente escucho del otro lado del teléfono una tonada bogotana, costeña, caleña o paisa. Los colombianos hemos invadido a la ciudad de la furia.

El año pasado 16.795 colombianos radicaron una solicitud para obtener una residencia temporaria en la Argentina. Una cifra impresionante, sin lugar a dudas. Eso es igual a que toda la población de municipios como Jardín (Antioquia), Tocaima (Cundinamarca), Aquitania (Boyacá), Toro (Valle del Cauca) o El Piñón (Magdalena) decidiera salir del país. Colombia se encarga de expulsar a sus hijos más jóvenes. No nos brinda educación de calidad, publica y gratuita. No hay empleo. El sistema de salud es un desastre. Es un país con índices de corrupción e inseguridad elevadísimos. En definitiva, es una mala patria. Por eso hay más de 6 millones de colombianos viviendo en los lugares más recónditos del mundo. Dudo que haya un país en el mundo donde no resida un connacional mío. Y es que parece que eso quiere el Estado colombiano: sacarnos a todos de allá. Es impresionante la agilidad que tiene el Ministerio de Relaciones Exteriores para entregar un pasaporte: si la comparamos con la lentitud de la Justicia, por ejemplo. Y los colombianos que siguen viviendo allá, en su gran mayoría, no dejan de buscar la forma de radicarse en el exterior.

Me duele ver a tanto joven, como yo, en las calles de Buenos Aires. Me duele ver los sacrificios que deben pasar muchos acá, para poder mantenerse. Me duele ver cómo cada día somos más los colombianos a los que ese país mezquino nos expulsó. A mí, por ejemplo, me duele tener que vivir lejos de mis padres; como también me duele que ya no exista en el recuerdo de mis sobrinos. Y lo peor del caso es ver que ese país, lejos de mejorar en algo, cada día empeora. Miren nada más quiénes son las personas que manejan el timón de ese barco miserable llamado: Colombia. Me imagino que a Juan Manuel Santos la idea de que sigamos saliendo colombianos a vivir en el exterior le encanta. Las sumas de dinero que entran al país por parte de familiares radicados en cualquier lugar del mundo son impresionantes. Desde cualquier lugar del mundo un compatriota sigue siendo un negocio para esos gobernantes que se apoderan del dinero ajeno.

Por eso la miseria en Colombia nunca se va a acabar. Un país que expulsa a sus hijos por no satisfacer sus necesidades, obligatoriamente, va a estar anclado al puerto de la desgracia. Y no escribo esto por “odiar” a Colombia, como seguramente dirán los mismos detractores de siempre, sino porque al contrario amo a ese suelo en el que nací, pero del que me sacó un pasado, presente y futuro que no permite que podamos continuar allá. El país que nos cierra las puertas a los jóvenes, quiera o no, es el lugar donde sueño morir. Espero que cuando eso pase, al menos, puedan enterrar mis restos allá.

#DESPIERTACOLOMBIA

Twitter: @andresolarte
0
0
0
0
0No comments yet