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Los jóvenes japoneses ya no se interesan en el sexo



Según una investigación llevada a cabo por la periodista Abigail Haworth, los hombres y mujeres japoneses menores de 40 años parecen haber perdido todo interés en las relaciones convencionales, en el matrimonio e incluso en el sexo.


Curiosamente, el fenómeno sólo parece ser preocupante para los no-japoneses y para las autoridades, quienes miran con horror cómo su población de 126 millones de habitantes se reducirá un tercio para el año 2060, mientras los jóvenes se preocupan por su carrera, su trabajo o sus amigos.



El gobierno (que da al fenómeno el nombre de “síndrome del celibato”) puede ser responsable en gran medida de esto. Kunio Kitamura, director de la Asociación Japonesa de Planificación familiar cree que “el deseo sexual viene de los hombres”, y que “las mujeres no experimentan los mismos niveles de deseo.” Cabe mencionar que este hombre es el encargado de asesorar al gobierno japonés en políticas de género y población…


Por otro lado, el nivel de competitividad laboral y el exhorbitante precio de la vida diaria vuelve poco deseable para los jóvenes el plantearse tener una familia: los niños son caros para mantener, se dice, y sólo es posible si ambos padres trabajan.

Como sociedad machista que es, las mujeres tienen las de perder en este contexto: los empleadores asumen que si una mujer se casa, pronto tendrá hijos y desatenderá su carrera, relegándola de este modo a un papel secundario.

No es nada nuevo, por desgracia, pero lo que es nuevo es que las mujeres decidan cada vez más desinteresarse por las relaciones amorosas y el prospecto de familia para dedicarse de lleno a su carrera. 70% de las mujeres japonesas dejan su trabajo cuando nace el primer (y muchas veces único) hijo.

Una encuesta del 2011 reveló que el 61% de hombres y el 49% de mujeres solteros entre 18 y 34 años no estaban en ningún tipo de relación sentimental.

Un tercio de la población menor de 30 años nunca ha tenido una cita. No existen datos sobre las parejas gay.

2012 fue el año en que menos bebés nacieron en el país del sol naciente: a diferencia de las generaciones de postguerra (donde el imperativo era reproducirse para compensar las pérdidas poblacionales surgidas a raíz de la Segunda Guerra Mundial: la reproducción como un deber patriótico), las nuevas generaciones no ven el punto en enamorarse, menos aún en tener una familia: es una pérdida de tiempo.



Es conocido el caso de aquellos jóvenes con largas adolescencias, que ya entrados en sus 30 siguen viviendo en casa de sus padres y no parecen tener mucho interés en otra cosa que videojuegos, manga y cultura popular:

se les llama hikikomori (“reclusos”), que forman una cifra difícil de precisar dentro de los tres millones de personas mayores de 35 años que viven con sus padres.

Una de las explicaciones de este cambio social según investigadores como Nicholas Eberstadt, radican en que Japón no tiene una autoridad religiosa que incite a la gent a casarse y formar una familia. Otros factores, además del económico, son la propia ecología del Japón, con sus constantes terremotos, además de los desastres provocados por el hombre: recordemos que se trata del único país donde se ha utilizado un arma atómica, a lo que hay que sumar el desastre nuclear de Fukushima hace unos años.

Los jóvenes parecen ver la empresa amorosa como un esfuerzo inútil frente a un mundo en constante riesgo de ser destruido.

La tendencia no es única en Japón: otras sociedades desarrolladas de Asia, Europa y el continente americano están priorizando el exitismo social y la carrera sobre las dificultades del sexo, el matrimonio y el amor.

Pero Japón sigue siendo un caso aparte por el grado de pragmatismo en las relaciones sexuales: a pesar de que existe un fuerte tabú en cuanto a la sexualidad femenina, las mujeres basan su precaria vida sexual en relaciones de una noche, o salen a divertirse con amigos y amigas de una manera no-sexual, o donde la tensión sexual está descartada de antemano.

Curiosamente, es una dominatrix de nombre Ai Aoyama quien educa a sus clientes (hombres y mujeres) en el valor de la intimidad “piel a piel, corazón a corazón.” La tecnología está marcando la pauta de vida, y los jóvenes adultos japoneses están marcados por ambos rasgos: un fuerte involucramiento en redes sociales y comunicación via smartphones y un desapego total por la construcción de una relación de pareja, y ni qué decirlo de las relaciones sexuales: para las mujeres es un impedimento laboral, y para los hombres es un gasto innecesario de dinero.

Aoyama es, como pocas, una esperanza para la virtual extinción que, como en una novela de ciencia ficción, parece avecinarse sobre la isla: “El sexo con otra persona es una necesidad humana que produce hormonas placenteras y ayuda a las personas a funcionar mejor en sus vidas diarias.” El manga y las fantasías brutales que representa (sexo con seres fantásticos, robots o demonios, de los cuales los hikikomori son adeptos), según Aoyama, reproducen parámetros y expectativas irreales en cuanto al sexo con otra persona, transmutando el contacto sexual en fantasía platónica, que satisface aún en su imposibilidad de realizarse.

El peligro sigue siendo que tanto esta sociedad como otras vean en el “funcionar” (como si fuéramos máquinas y no personas) la base de toda interacción social.
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