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Los perros cimarrones atacan




Los perros cimarrones o asilvestrados tienen origen en los perros domésticos. Los canes que producen daños económicos de consideración en explotaciones de la jurisdicción son los mismos perros inocentes que gente inescrupulosa abandonó en el basural municipal, o algún lugar cercano del casco urbano. La problemática crece en forma alarmante. Según nuestros datos existen una treintena que se moviliza en una franja de campo adyacente al arroyo “El Pelado”.

En un caso reciente un joven matrimonio se propuso explotar una pequeña parcela de campo. Entre los animales que adquirieron se encontraban varias ovejas. La unidad productiva se encontraba a unos 5 kilómetros de la Ruta 8 y la prolongación de boulevard 50.

Antes de llegar la noche una decena de perros cimarrones atacó los animales que estaban en el corral y mataron a por lo menos dos ovejas, causando heridas de consideración a las demás. Los ataques se reproducen contra aves de corral y en varias ocasiones atacaron vacunos clasificados como terneros, vaquillonas y novillitos. Esto último se realizaron en explotaciones rurales en cercanías de el basural municipal. Los productores consultados señalaron que deben usar habitualmente armas de fuego para lograr que dejen el lugar.

En el agravamiento de la problemática se debe tener en cuenta dos cosas. Las autoridades municipales deberán determinar que se hace con los perros cimarrones dado que los entendidos en la materia indican que no son reducables. Basta recordar que existe una ordenanza especifica que prohíbe la matanza eutanásica de los canes.






Un poco de historia

Entre los revisionistas de la historia se encuentra A. M. Salas y. en su libro «Las Armas de la Conquista», le dedica un capítulo al empleo que hacían los españoles de los perros en su cruenta lucha con los nativos. En aquellos perros están los primeros antecedentes del origen del problema de los perros cimarrones. Al finalizar la lucha contra los nativos, el perro se constituyó en un grave problema.

Por ejemplo, en Cuba se alzaron en los montes y muy pronto unos 100.000 perros cimarrones, salvajes como lobos, atacaron y diezmaron el ganado, tal como ocurriría más tarde en nuestra pampa. Pronto los perros domésticos comenzaron a multiplicarse en las poblaciones, incluidas las tolderías.

Los aborígenes los adoptaron olvidando su trágico pasado en el que habían sido cebados con su propia carne, y empezaron a servirse de ellos para la caza, la guarda y hasta como alimento en casos extremos.

La primera noticia que se tiene sobre de los perros cimarrones en el Río de la Plata, corresponde a un acta del Cabildo de Buenos Aires del año 1621, que dice: ...en esta ciudad como en las chacras de sus distritos hay tanta máquina de perros que destruyen los ganados menores... que se prohibe tener mas de uno por vecino.

El autor argentino que se ocupa mas extensamente de ellos fue E. S. Zeballos en su libro «Viaje al país de los Araucanos»: «...Durante la marcha no cesaban en aparecer en cuadrillas al flanco del monte, acechándonos con ojos brillantes y un aspecto tal que pudieran pintarse como emblemas del hambre.

Nos seguían con la vista, con la lengua afuera, fatigados y hasta rabiosos. Los mas osados se deslizaban entre los altos pastizales y aparecían de repente entre nosotros mismos. ....se alimentan de gamas cuya carrera aventajan, y de avestruces cuyas gambetas anulan acosados por el hambre; pero la gama y el avestruz escasean, las privaciones aumentan y con ello su furor. Por eso los perros cimarrones acechan al viajero y son un peligro que no se debe menospreciar».

El doctor Ángel Cabrera, uno de los autores que más se ha preocupado en este siglo de los perros cimarrones, dio a conocer una carta que Justo P. Sáenz (h.) le dirigía en 1930 a su pedido, donde éste le resume los conocimientos que sobre esos animales le trasmitieron sus mayores y algunos gauchos viejos. Sáenz escribe: «El perro cimarrón no ladraba nunca.

Aullaba solamente y con mucha frecuencia; era característica su gritería en las noches cálidas y tormentosas. Tampoco meneaba la cola como signo amistoso, o si lo hacía, era esto poco visible».


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