Check the new version here

Popular channels

Los Samurai.

LOS SAMURAIS




Voz japonesa que significa 'guardia'.
1. En el Japón feudal, militar perteneciente a la clase inferior de la nobleza que servía a un señor: los samuráis tienen un código de honor muy rígido.
2. En el Japón actual, oficial del ejército.

Los samuráis eran individuos pertenecientes a una clase inferior de la nobleza feudal japonesa, constituida por los militares que estaban al servicio de los daimyos. Antes del siglo XII aplicábase solamente a los soldados del palacio del Micado, pero no tardó en darse este nombre a todo el elemento militar por oposición al elemento popular (heimin). Los samuráis llegaron a ser famosos por su disciplina, su sentido del honor y su extraordinario dominio de las artes marciales.


En el Japón feudal, la palabra samurai designó a una clase de guerreros japoneses, especialmente entrenados en la práctica de las artes marciales, que se hallaban vinculados a un señor de la corte imperial, quien los utilizaba como guardia personal, función que se refleja de manera clara en la etimología, pues el término primitivo fue saburai (de sabuna, 'estar al lado'), de donde derivó samurai, que literalmente significa 'guardia'. Con el tiempo, se aplicó esta denominación a todos los militares (bushi) de cierto rango que pertenecían a familias guerreras (buke), por oposición a las familias nobles (honke), y a partir del siglo XII fue adoptado por el gobierno militar de Kamakura como nombre oficial del Departamento de Guerra (Samuray-dokoro).

La clase de los bushi -cuyas técnicas se transmitían de padres a hijos y de maestro a discípulo- se desarrolló principalmente en las provincias del Norte de Japón, donde los propietarios de tierras (daimyos) debían defenderse de los ataques de los ainu. Formaron entonces poderosos clanes que se oponían, desde el siglo XII, a las familias nobles que giraban en torno a la familia imperial de Kioto. Dos de los clanes más poderosos fueron los Minamoto y los Taira, que compitieron entre sí por detentar el poder y, sobre todo, el control sobre el territorio -algo vital en un país en el que menos de un cuarto de la tierra es adecuado para la agricultura- durante la época Heian (794-1185).









Uno de estos señores feudales, Tokugawa Ieyasu, quien gobernaba la parte oriental de Japón desde su castillo en Edo (la actual Tokio), se alzó con la supremacía al derrotar al resto de los daimyos en la batalla de Sekigahara en 1600 y tres años después adoptó el título de sogún. El país se gobernaba a través de una serie de daimyos semiautónomos, cuyo número ascendía hasta casi trescientos, que a su vez controlaban sus feudos por medio de samuráis hereditarios. Se les conocía por dos nombres: samurai o caballeros y bushi o bujin, que eran los guerreros de clase baja. Fue durante esta época cuando la figura de estos guerreros-aristócratas experimentó su mayor auge, porque tras las terribles guerras domésticas que habían azotado el país se hizo necesario vigilar estrechamente la paz, labor que tenían encomendada. La consecuencia inmediata fue un clasismo brutal entre samuráis, que tenían derecho a llevar armas y apellido, y plebeyos (comerciantes, artesanos y campesinos), que no lo tenían por muy ricos que fueran.

Pero hubo, además, otros cambios. Con la paz, los guerreros se percataron de que toda su pericia militar no les servía para ganarse la vida, así que muchos de ellos tornaron espadas y lanzas por plumas y papel se dedicaron a labores administrativas (resulta sorprendente, de hecho, lo muy extendida que estaba la alfabetización a principios del siglo XVII). En la nueva sociedad en paz del siglo XVII, los samuráis podían cultivar de nuevo el arte de la espada (iaido), súmmun de las artes marciales, que habían tenido que abandonar en la segunda mitad del siglo XVI, cuando los portugueses introdujeron los mosquetes de mecha. En aquel momento fue cuando comenzaron las escuelas de artes marciales como medio de formación del carácter, pues no había guerras en las que demostrar las habilidades marciales.

Cuando Japón comenzó su viraje hacia Occidente en 1868, aquellos hombres que antaño consagraban su vida al arte de la guerra no tenían razón de existir. Los samuráis y su estilo de vida no fueron prohibidos, pero sí oficialmente abolidos a principios de 1870. El desmantelamiento de la clase samurái fue definitivo cuando, en 1876, perdieron el derecho a llevar sable y se vetaron los combates entre las familias nobles. La mayor parte de los samuráis no supieron hacer con éxito la transición a la nueva era y se perdieron en el anonimato. Hasta bien entrado el siglo XX se había preservado una historia de más de mil años, esencia del espíritu del pueblo nipón, pero el nuevo Japón exigía un cambio. Con todo, el carácter espiritual y ético permaneció en la mentalidad de la nación, a lo que contribuyeron sin duda algunas novelas como Musashi, películas y obras teatrales creadas para el teatro kabuki del siglo XVII, muchas de las cuales se seguían representando a principios del siglo XXI, que narran las gestas de los samuráis con gran realismo.









Los antiguos habitantes de Japón, los yayoi, desarrollaron durante siglos las armas, la armadura y el código samurái. Las primeras armas incluían arcos, flechas y espadas, las a posteriori famosas katanas. La armadura se componía de un casco para la cabeza y protecciones para la barbilla, el pecho y los hombros; con el tiempo aparecieron nuevos elementos para proteger las piernas, pues la armadura cambiaba según se introducían nuevas técnicas de combate: al principio se luchaba a pie en el suelo, pero cuando en el siglo V se introdujeron las caballerías se pasó al combate a caballo; asimismo, si en los primeros tiempos se enfatizaba en la lucha con arco, cuando los mongoles invadieron Japón a finales del siglo XIII, se dio prioridad a la espada, que permitía un mejor combate cuerpo a cuerpo y degollar luego al enemigo; más tarde se comenzó a utilizar la lanza, que podía ser usada para golpear, cortar o ensartar; a mediados del siglo XVI se introdujeron las armas de fuego portuguesas.

El código samurái se basó en su primer momento en el código chino que establecía las virtudes del guerrero, denominado Kyuba-no Michi (la Vía del caballo y del arco) y que luego dio lugar al código bushido (la Vía del guerrero), filosofía de vida del espíritu samurái. Éste se formó a partir de la unión de varios preceptos religiosos, entre los cuales fue especialmente importante la veneración a las fuerzas de la Naturaleza que preconizaba el sintoísmo. El fin de todo guerrero era llegar a la absoluta claridad mental y física (sumi-kiri) y ser un todo con el Universo, lo cual sólo se conseguía mediante un larguísimo adiestramiento mental y físico. La parte psíquica llegaba a través de la meditación zen, mientras que la corporal era resultado del entrenamiento constante en la práctica de las artes marciales, el tiro con arco, la esgrima y la equitación; a éstas se sumaba un conjunto de normas de etiqueta y de comportamiento que regía todos los actos del samurái. La lealtad de éste al emperador o a su señor (daimyo) era incuestionable. Los samuráis habían eliminado el sentido de posesión de sus mentes; vivían de manera frugal, con absoluto desprecio por las cosas materiales, pues no les interesaba más que su honor y su orgullo. Un samurái era retribuido por sus servicios con alojamiento y comida, jamás con dinero, pues además de mancillar al poseedor, provocaba en éste la preocupación de perderlo (es más, este rasgo subsiste todavía entre muchos maestros de artes marciales -sensei-, que imparten su docencia de forma gratuita).

Los samuráis estaban en lo alto de la jerarquía estamental japonesa. Su posición social les concedía incluso el derecho sobre la vida y la muerte de cualquiera que les faltase al respeto (Kirisute Gomen, literalmente 'abatir y abandonar'), pues estaban convencidos de que el pueblo bajo olvidaría fácilmente sus deberes en aras de una vida muelle si se le presentaba la oportunidad de hacerlo, razón que explica la constante vigilancia que a que era sometido el campesinado por parte de los samuráis. Por otra parte, castigar a los delincuentes sin someterlos a la ley era una práctica samurái firmemente establecida.

El samurái encaminaba su vida a ser el mejor en el Arte de la Guerra y, como guerrero que era, un samurái no tenía miedo a morir. Sin embargo, la muerte debía tener lugar en determinadas circunstancias. Una muerte heroica en, por ejemplo, una gran batalla, traería el orgullo sobre su nombre y sobre su familia durante generaciones, pero convertir un agravio personal en un combate era tomado como una demostración de poder y, por tanto, una cobardía. Durante la batalla, los samuráis preferían luchar con un solo adversario, siempre de sus mismas características. Antes de entrar en combate invocaban el nombre de su familia, de su señor, su rango y sus triunfos. Cuando habían dado muerte a su enemigo cortaban su cabeza y se la llevaban como prueba de su triunfo. Las cabezas de los generales y los oficiales de rango superior eran transportadas hasta la capital. Si un samurái era vencido o hecho prisionero no había más que un camino, el harakiri o suicidio ritual.









Batalla sobre el río Uji-Kawa (1180)

BUSHIDO

Del jap. bushi 'samurái' y do 'modo, conducta'.
1. Código de honor y valores morales por el que se regía la casta militar de los samuráis japoneses o miembros de la clase guerrera, implantado en Japón hacia el Siglo XII, en plena era feudal. En él se integraban los preceptos morales de Confucio, las creencias sintoístas y los dogmas del budismo Zen, y estaba regido por tres preceptos esenciales: al samurai se le exige una lealtad incondicional hacia su señor y a su palabra y debe estar dispuesto a derramar su sangre sin dudarlo. La infidelidad era condenada con el Hara-Kiri, un obligado suicidio ritual. Se tiene constancia de la existencia de códigos más antiguos en el Siglo X, pero el bushido cobró un auge especial a partir del Siglo XVIII, si bien la influencias de teóricos confuci9onistas como Yamaga Soko y Oishi Yoshio ha acabado por transformarlo en una especie de moral de tipo nacionalista. A principios del Siglo XX el ideal bushido fue ensalzado e impulsado por los dirigentes nipones.

Con el término bushido se designa el código de honor y de comportamiento social que debían observar los guerreros y nobles samuráis japoneses, desarrollado en plena época feudal, entre los períodos Heian y Tokugawa (en torno al siglo XII de la era cristiana), basado en los principios de lealtad, sacrificio, justicia, valor, modestia y honor, y fuertemente influenciado por tres religiones -budismo, confucianismo y shintoísmo- y una escuela de pensamiento, el zen. el término bushido, que literalmente significa 'vía del guerrero', se compone de dos palabras: bushi, que significa 'guerrero', y designaba a aquéllos que formaban parte de las buke o familias de tradición guerrera, por oposición a las honke o familias nobles, y la sílaba -do que, como sucede en los términos aiki-do o ju-do, significa 'camino' o 'vía'.


La palabra bushido se documenta por primera vez en el idioma japonés en las obras de los siglos XVI y XVII, entre las cuales fueron famosas, por ejemplo, Dokukodo, cuya autoría se atribuye al célebre samurái Miyamoto Musashi (1584-1645), los libros de Toji Mototada (1539-1600), del filósofo confuciano Yamaga Soko (1622-1685) o del discípulo de éste, Daidoji Yuzan, quien proporciona una información más detallada del bushido que la que puede encontrarse en series de ensayos como las Cien leyes de Takeda Shingen. Se considera que el primer código escrito es el Buke Sho-hatto (Regla de las familias guerreras), recogido en 1615 por orden del shogun Ieyasu; posterior a éste es Hagakure (Escondido bajo las hojas) una obra sobre artes marciales y el espíritu del bushido, escrita hacia 1716 por el samurái Yamamoto Tsunetono. Sin embargo, algunos estudiosos europeos sostienen que tanto el término como su significado son invenciones del período Meiji, nacidas con objeto de reforzar la identidad nipona, hasta entonces inexistente. En Occidente, la palabra bushido se generalizó a partir de la publicación, en 1905, de una obra de Inazo Nitobe (1862-1933), titulada precisamente así, Bushido, motivo por el cual se consideró, erróneamente, inventor del término a este autor.

El bushido, que podría definirse como la caballerosidad japonesa, nació para suceder al Kyubano-Michi ('Vía del arco y del caballo') y estaba destinado en principio a regir las relaciones entre los estamentos sociales que había en Japón durante los setecientos años que duró el shogunado: los bushi (guerreros), los daimyos (señores feudales, jefes de clan o de provincias), el shogun y la gente del pueblo (campesinos, artesanos y comerciantes). No obstante, sus pautas de conducta quedaron tan arraigadas que, a pesar de que en 1868 el emperador Meiji abolió el feudalismo y suprimió la clase de los samuráis en sus intentos de conducir al Japón a una nueva era tecnológica, muchos de los principios éticos y de conducta que establece esta norma se mantuvieron en la vida social de la sociedad japonesa, al extremo de que la palabra bushido se ha incorporado a algunas lenguas occidentales para designar el espíritu nacional japonés.
Orígenes e influencias

El código de valores de bushido se formó a partir de la combinación de tres religiones -el confucianismo, el shintoísmo y el budismo- y de la escuela de pensamiento zen. El bushido aprendió del budismo a no temer al peligro ni a la muerte, pues educó a los samuráis en la creencia de que existe otra vida en la tierra después de la muerte, en la cual participarán tras su reencarnación. Ese nivel de conciencia superior, en el que es posible conocerse hasta lo absoluto y así ignorar la muerte, se alcanza a través de la meditación zen. Las doctrinas shintoístas dieron al bushido el sentido de la lealtad a los antepasados y la familia imperial, lealtad que hacía que los samuráis pusieran su vida -en su sentido más literal- al servicio del emperador o de su daimyo ('señor'). Esta misma lealtad, como es lógico, también determinó un marcado sentido patriótico hacia la tierra, a la que se alimenta, llegado el caso, con la propia vida, en justa correspondencia por los dones que ofrece (muy posiblemente sea ésta la razón que explica la afición de los samuráis por la agricultura). Por último, el confucianismo marcó los cinco tipos de relaciones con el mundo de los hombres, el entorno y la familia: entre señor y sirviente, padre e hijo, marido y esposa, hermano mayor y hermano pequeño y entre amigo y amigo, y la manera en que el samurái debe acogerse a ellas.
Preceptos del bushido

El bushido es, en sí, una regla mental muy estricta que cubre todos los aspectos de la vida de los samuráis. Se sustenta en el entrenamiento y la disciplina y se manifiesta en tres niveles de maestría: físico, psíquico y espiritual. Establece una serie de leyes internas y una etiqueta que deben cumplir estos aristócratas guerreros todos los días de su vida, basadas en conceptos tales como el honor y la lealtad, la indiferencia al dolor, el sentido del deber y la justicia, el desapego por lo material, el absoluto control de las emociones y una ética insobornable.

El fin de estas reglas básicas era enseñar al samurái a vivir como un guerrero en tiempo de paz. Así pues, había de estar siempre presto para el combate, pues por encima de todo era un guerrero: ya estuviera cultivando trigo o durmiendo, debía llevar siempre su espada encima. Tampoco podía mostrar los propios sentimientos, pues un samurái no se perdonaría nunca haber causado la compasión de los demás; sólo le estaba permitido llorar en el caso de que muriera la propia madre. El desapego por las cosas materiales alcanzaba, desde luego, al dinero, del que se pensaba que ensuciaba a su poseedor; un samurái no se avergonzaría de ser pobre (de hecho, los samurái ricos fueron raras excepciones), aunque sí de parecerlo, razón por la cual cuidaban extremadamente su apariencia (este último aspecto se mantiene hoy día en muchos maestros de artes marciales que se ganan la vida mediante un oficio pues no cobran por su docencia).









Pero, por encima de los anteriores, el bushido se sustenta sobre dos principios básicos. El primero es que todo samurái "debe siempre, ante todo, tener presente el hecho de que un día ha de morir", pues la existencia humana y, muy especialmente, la del guerrero, es del todo impermanente. No en balde es la frágil flor del cerezo -que apenas dura unas horas- el símbolo de la vida del samurái. Se podría decir que el bushido enseña la manera de morir, pero eso sería reducir el concepto a su explicación simplista. El bushido en realidad enseña a un samurái a imaginar la escena de su muerte cada noche antes de dormir; después de varios años de este entrenamiento, lo cierto es que desde el punto de vista mental el samurái está muerto, algo que le confiere un enorme poder, pues un hombre muerto no tiene miedo de nada. Esto no significa que no valore su muerte; es más, dado que vivir es prepararse para morir, la muerte de un samurái debe ser consecuencia de un acto valeroso que perpetúe su nombre entre las generaciones venideras. Sería una terrible desgracia para él que una flecha le alcanzara casualmente en el campo de batalla. Por otra parte, un samurái elegirá morir antes que ver su nombre desacreditado (la muerte no es eterna, el deshonor sí), lo cual podía ocurrir si era tachado de cobarde o si transgredía alguna de las normas del bushido. La única forma de recuperar el honor perdido para el infractor era recurrir al harakiri o suicidio ritual.

El segundo principio es el de la lealtad y la fidelidad más estrictas a las disposiciones de los gobernantes del país, los daimyos, pero sobre todo a las del emperador. Sólo había una lealtad superior a la del samurái, y era la del daimyo hacia sus súbditos.

El antes citado Nitobe definió así las siete virtudes que debían poseer los bushi: el sentido de la justicia y de la honestidad, el valor y el desprecio de la muerte, la simpatía hacia todos, la educación y el respeto a la etiqueta, la sinceridad y el respeto de la palabra dada, la lealtad absoluta hacia los superiores y, finalmente, la defensa del honor del nombre y del clan, lo que se resumía en deber (giri), resolución (shiki), generosidad (ansha), firmeza de alma (fudo), magnanimidad (doryo) y humanidad (ninyo). Todos estos factores hacían del bushido un código muy simple. Sin embargo, a pesar de su falta de sofisticación, o precisamente por esto, el bushido alimentó a toda una nación a través de los siglos, y a través de guerras civiles, bombas atómicas e invasiones.

El samurái podía permitirse cualquier cosa, pues se hallaba a la cabeza de las tres castas sociales, pero debía ser siempre justo y considerado y no cometer ningún abuso de poder, como excederse en el cobro de impuestos o en los castigos. La justicia era uno de los máximos valores del código samurái y una de las virtudes supremas. Era importante diferenciar entre justo e injusto, ya que la tendencia natural del hombre es seguir el segundo camino, mucho más placentero. El bushido establecía que, en tiempos de paz, los samuráis debían poner su fuerza al servicio de los débiles y su sabiduría debía actuar como maestra de los ignorantes. Existe, de hecho, una expresión del bushido, "Bushi no Nasake" (cuya traducción sería 'ternura del guerrero'), que expresa la necesidad de que los hombres más fuertes y más valientes sean también mostrarse accesibles a sentimientos tales como la compasión, la dulzura o la justicia hacia todos los seres.

El samurái debía poseer, además, una exquisita educación y un amplio conocimiento de las cosas. Antiguamente los jóvenes guerreros eran enviados al combate a la edad de quince o dieciséis años, así que su formación militar comenzaba a los doce o trece años, sin tiempo para cultivarse intelectualmente, lo que los convertía casi en analfabetos. Posteriormente esto cambió y antes de ser iniciados en la carrera de las armas, a los siete u ocho años, los niños eran introducidos en los Cuatro Libros y en el arte de la caligrafía. Cuando cumplían quince años se les enseñaba el tiro con arco, la equitación, el manejo de la espada, el jujitsu y otras artes militares.










Ordenanzas del bushido

Las ordenanzas del bushido estaban divididas en dos secciones: las de los oficiales y las de los soldados, y éstas a su vez contemplan las del ejército por un lado, y las de los asuntos de batalla por otro.

Los oficiales tenían la obligación de estar siempre limpios, debían lavarse las manos y los pies por la mañana y por la noche, y bañarse diariamente. Tenían también que arreglarse el cabello cada día y llevar completamente afeitada la parte superior de la frente. Siempre debían llevar la ropa ceremonial adecuada para la ocasión y portar sus dos espadas (daisho) y el abanico (gumpai) en su cinturón. Todos sus actos -tanto en tiempo de paz como de guerra- estaban regidos por una rigurosa etiqueta, desde recibir a un amigo, coger una taza de té o un cuenco de arroz, e incluso dormir, pues los dedos de los pies no debían apuntar nunca en la dirección en la que se encontrara su señor. Tampoco debían estar nunca desocupados, así pues, si se encontraban fuera de servicio empleaban su tiempo en el estudio de la historia, el zen, el arte de preparar el té, la pintura, la talla de estatuas o la práctica de la caligrafía, disciplinas útiles para perfeccionar el dominio de la espada. No obstante, los samuráis no opinaban como Confucio en que el hombre sólo alcanza la perfección sólo mediante el desarrollo intelectual, la lectura o la composición de poemas; antes al contrario, había que hacer hincapié en el adiestramiento en la disciplina castrense que evitaba cometer errores o ser tomado por sorpresa.

Los soldados, por su parte, debían conocer todo lo referente al arte militar, el uso de la lanza, el tiro con arco y ballesta y el ejercicio de hacer vallas. Un inspector del ejército tenía que saberlo todo sobre cómo actuar según el número de enemigos o cuál era el mejor lugar para establecer un campamento. Los asuntos de batalla se referían a la manera de dirigir el ejército cuando entra en batalla y cómo conducirlo a la victoria, lo cual llevaba aparejado el conocimiento de las artes de logística, estrategia, comunicaciones e inteligencia, aunque no las técnicas de combate cuerpo a cuerpo.





El bushido en la actualidad

Durante las caóticas luchas intestinas de los siglos XV y XVI, la ética militar se distorsionó un tanto. Llegó un momento en el que cualquiera que blandiese una espada podía ser considerado un samurái si su técnica era lo suficientemente buena, al margen de que dominase o no el significado interno del bushido (el 'camino'). Con la Restauración Meiij, cuando ya el tiempo de los samuráis había pasado y se sucedían los cambios en el Japón, se hizo patente que había que establecer un nuevo Camino que medulara la fuerza de la nación japonesa. Con la Segunda Guerra Mundial surgió un nuevo tipo de samurái, condicionado a buscar su Camino en medio de la creciente modernización del país y a buscar otro tipo de señor al que ofrecer sus servicios. Las grandes compañías (zaibatsu), nacidas al calor de la industrialización ocuparon bien este puesto, pues desempeñaban más el papel de una familia que de una empresa, lo cual generaba un sentimiento de lealtad -germen del anciano bushido- hacia los jefes inquebrantable, sentimiento que perdura en nuestros días. También ocurre a la inversa: ser injusto o cometer un error con los subordinados acarrea el deshonor más absoluto sobre el que lo hace y sobre su compañía, pues los japoneses de nuestros días otorgan el mismo carácter a los negocios que sus abuelos dieron a la guerra y, de forma subyacente a las apariencias, todo combate es un combate sagrado.


Guerreros Samurai

KATANA

La katana es el sable de combate de los samuráis, al que consideraban como su propia alma. En la katana residía el espíritu del samurái, quien la hacía garante de su propia integridad, lo que no deja de resultar paradójico en un mundo en el que el samurái tenía poder sobre la vida de otros hombres. Un samurái cuidaba su katana casi más que a sí mismo, le daba un nombre y nunca permitía que volviese a su vaina sucia de sangre, lo que le causaría manchas de orín y herrumbre. Por otra parte, el acto de desenvainar era medido cuidadosamente, pues una vez que la espada estaba fuera de su funda la tradición exigía mancharla de sangre. Claro exponente de la importancia de esta acción es que dió origen a un arte marcial, el iaido. Muy ilustrativos de cuál era la relación que el samurái debía establecer con su arma son los siguientes versos del maestro Ueshiba Morihei, fundador del aikido:

"Clara como el cristal,
aguda y brillante,
la espada sagrada
no admite sitio
para alojar el mal".






La austera katana fue en un primer momento una recia espada de hierro importada de la península coreana o de China, pero con el tiempo, hacia el siglo IX, se fue depurando en un sable más ligero y afilado. La espada japonesa se compone de hoja y empuñadura (tsuka) y a veces llevaba una guarda (tsuba) bellamente decorada en oro y plata. La hoja estaba hecha de hierro combinado con carbono y tenía un núcleo de acero más blando que le confería una inusitada flexibilidad; se componía de filo, punta, parte posterior y shinogi (un acanalamiento longitudinal situado entre el filo y la parte posterior), partes éstas que tenían funciones diferentes en el combate.

Considerada uno de los tres tesoros simbólicos del país (los otros dos son un espejo y una joya), la katana tenía carácter sagrado, pues había sido forjada delante de un altar shinto por un sacerdote vestido de blanco -para simbolizar la purificación- que estaba imbuido de un conocimiento divino y asistido por los espíritus (kami en japonés). Tras los ritos purificadores que clarificaban su mente, el forjador comenzaba su trabajo, para el cual utilizaba fuego, agua, un yunque y un martillo. El lingote de hierro primigenio era dividido en dos y en él se iban insertando piezas de metal de distinta dureza. Esta mezcla se batía para hacerla homogénea y luego se le daba la forma, más o menos curva. La hoja se calentaba al rojo varias veces y se templaba en agua con sal, mientras que el filo (sólo uno), cuyo templado era distinto, se protegía con arcilla. Después, la hoja se llevaba al pulidor y, finalmente, había que comprobar si estaba bien afilada, lo cual se hacía en el cuerpo de los condenados a muerte, primero en los huesos pequeños y luego en los grandes. El resultado de esta prueba se escribía en el nakago, una pequeña pieza que unía la empuñadura con la hoja. Los secretos de esta ciencia cuasi sacra se transmitían de padres a hijos y constituían parte del misterio de la extraordinaria calidad de estas armas.

El edicto de Hideyoshi otorgó a los samuráis el derecho a llevar dos espadas, el conjunto de las cuales recibía el nombre de daisho ('grande y pequeña') y era un símbolo de la posición social y el espíritu combatiente del samurái. La hoja de la espada larga, katana o daito, medía más de 61 cm, mientras que la del sable corto, wakizashi o shoto variaba entre los 31 y los 61 cm. Se llevaban colgando del del obi (cinturón), siempre con el lado cortante hacia arriba.

Cuando un samurái entraba en casa de algún amigo, debía despojarse de su katana, que colocaba sobre un soporte especial (katana-kake), pero podía conservar su wakizashi; en presencia del emperador o shogun debía despojarse de las dos espadas y dejarlas a la entrada de la sala de audiencias. Los hijos de los bushi llevaban también una especie de katana más pequeña, llamada mamorigatana ('sable de protección'). Las mujeres de los bushi o samuráis llevaban un pequeño puñal sin guarda, denominado kaiken, que podía ser escondido fácilmente entre los pliegues del kimono. Les servía para defenderse y, en casos extremos, para abrirse la garganta y suicidarse.







HARAKIRI O SEPPUKU

Del jap. coloquial hara-kiri, término formado por hara 'estómago' y kiri 'corte'.
Así se designa la ceremonia sagrada japonesa, reservada a la clase de los samuráis, en la que éstos se suicidaban por destripamiento durante la etapa feudal. La expresión hara-kiri (literalmente 'abrirse el vientre'), se considera vulgar, el término correcto es seppuku.


Orígenes

El origen del seppuku data del período Heian, aproximadamente hacia el año 1.000 a.C. No se ha conservado el nombre del primer hombre que lo hizo pero sí que fue sospechoso de haber desobedecido al emperador. Sabido que uno de los principios básicos del código bushido era la lealtad absoluta al mikado, el que fuera culpable de haber cometido el delito no importaba demasiado; el solo hecho de que se sospechara de él era suficiente para acarrear el deshonor sobre su nombre y su familia durante generaciones, algo que sólo la muerte podría remediar. Así pues, para probar su inocencia, se mató días antes del juicio con sus propias manos.

Durante la etapa Edo, el seppuku fue una de las órdenes oficiales de ejecución. Cualquier noble que recibiera un comunicado del emperador instándole a hacerlo, estaba obligado a cometer seppuku; en caso contrario el deshonor le perseguiría a él y a su familia durante generaciones. El comunicado se acompañaba por lo general de una daga (kaiken) ricamente adornada que tenía que ser devuelta a la casa imperial manchada de sangre, en prueba de que la orden había sido ejecutada.

Se trata, no cabe duda, de un doloroso sistema de suicidio, más aún si se tiene en cuenta que existen muchas otras formas de darse muerte, tales como el veneno, el ahorcamiento o el corte de las venas de la muñeca, que permiten hacerlo sin dolor. Sin embargo, el que el método elegido fuera éste reside en la concepción japonesa de la belleza, gran parte de la cual se encuentra en la capacidad de soportar el dolor. El seppuku era un medio para probar la pureza de corazón y alma de los samuráis (parte del entrenamiento de un samurái era saber cómo y cuándo dar el gran paso del seppuku), pues un auténtico samurái temía más el deshonor y la vergüenza que aquél llevaba consigo que a la propia muerte. Por otra parte, desde tiempos remotos los japoneses pensaban que tanto el alma como el espíritu humano se encontraban en un punto del vientre, denominado hara, situado a unos a dos dedos del ombligo, entre éste y la columna vertebral, en el que se concentra el ki (la energía vital), de ahí que fuera éste el punto elegido para acabar con la vida.








Ritual

El seppuku era un ceremonial mortuorio imbuído de un carácter sagrado, razón por la cual el lugar elegido era muy importante. A menudo, se llevaba a cabo en los templos -aunque no en los santuarios shinto-, pero también podía ser en los jardines de las casas y en el interior de éstas. Las dimensiones del área venían dadas por el rango del samurái.

El acto se llevaba a cabo de una forma muy meticulosa y estaba regido por una rigurosa etiqueta. Para empezar, el samurái que iba a cometer seppuku -cosa que ya tenía decidida- debía escribir un poema de despedida, lo que explica que siempre fueran pertrechados de papel y pluma; por otra parte, había estado ayunando desde al menos el día antes, con el fin de no hubiera nada contenido en su estómago que pudiera esparcirse por el tatami cuando se cortara el vientre. Tenía que contar además, con la presencia de un kaishakunin, un compañero o ayudante, que cortara de un tajo la cabeza del suicida y pusiera fin al procedimiento de manera limpia. A continuación, el samurái, vestido por completo de blanco -el color de la purificación- se sentaba sobre una esterilla (tatami) o estrado recubierto también de una tela blanca, en posición de reposo (seiza), con la espalda derecha, la cabeza recta y las manos sobre las rodillas, para meditar y hacer el vacío total en su espíritu. Enfrente de él se encontraba el arma con que iba a darse muerte, el wakizashi, la espada más corta de las dos que portaban los samuráis -la otra era la katana. Lo siguiente era desnudar el cuerpo hasta la cintura e insertar el puñal en el abdomen para proceder al corte, el cual, al contrario de lo que popularmente se piensa, no implicaba la perforación completa del abdomen. Podía ser en horizontal, pero lo corriente era hacerlo en sentido diagonal, empezando a rajar desde el extremo inferior izquierdo para luego, muy despacio, atravesar el abdomen hacia la derecha y, al llegar a la parte media de éste, ascender suavemente hacia arriba, y finalmente hacia abajo, momento en el cual el kaishakunin decapitaba al samurái.

Las esposas de los bushi o samuráis se suicidaban con un pequeño puñal sin guarda, denominado kaiken, con el que se abrían la garganta en la arteria carótida. Existía también una forma simbólica de seppuku en la que se usaba una espada de madera y no era necesario cortar el abdomen.

Las razones que conducían al seppuku eran de varios tipos: podía suceder que el daimyo ('señor') de un samurái lo hubiera hecho, motivo suficiente para que su servidor le siguiera en la muerte, única forma de resarcir la deuda de lealtad contraída con él, un buen samurái sentiría vergüenza de vivir más tiempo que su señor. Un caso ilustrativo fue el del general Nogi Maresuke y su mujer, que se quitaron la vida tras la muerte del emperador Meiji en 1912, cuando se había abolido el suicidio voluntario. Asimismo, un samurái se practicaba el seppuku si estaba afectado por una enfermedad grave y era evidente que iba a morir, como protesta ante una injusticia o para mostrar su disconformidad con una decisión que considerara inapropiada. También podía ocurrir que el samurái fuera capturado por el enemigo en el campo de batalla y prefiriera matarse antes que ser un prisionero de guerra, caso frecuente durante el conflicto ruso-japonés (1904-05) o la Segunda Guerra Mundial, pero también fue muy corriente que el comandante negociara con su seppuku para salvar las vidas de sus soldados. En la actualidad, y aunque el suicidio está considerado algo deplorable en Japón, no tiene tampoco las connotaciones negativas que tiene en el mundo occidental. Los japoneses todavía se suicidan por una mala racha en los negocios, por problemas amorosos o incluso por haber suspendido los exámenes escolares, pues, en la más pura línea de la tradición antigua, la muerte es considerada mejor que el deshonor.

Digno de mención es el caso del escritor Yukio Mishima, quien se suicidó según este ritual en 1970, la mañana en la que concluyó su último libro, para rebelarse contra una sociedad que consideraba sumida en el más profundo vacío moral y espiritual. Otro caso famoso es el que refleja la epopeya japonesa titulada Los cuarenta y siete ronin de Ako, escrita en el siglo XVII, cuya permanencia en el tiempo se plasma en las numerosas películas, obras de teatro y adaptaciones que ha generado. Los acontecimientos que en ella se narran tuvieron lugar en 1701, cuando Asano, señor de Ako, se hallaba de visita en la corte del shogun, e insultado por un alto dignatario, hirió a éste en un brazo. Esto fue considerado por el shogun como una grave falta contra al etiqueta, así que ordenó a Asano hacerse el seppuku. Con esto, el honor de Asano y su familia quedaba a salvo, pero cuarenta y siete de sus fieles vasallos, ahora convertidos en ronin (es decir, samuráis sin señor), resolvieron por su cuenta lavar con sangre el honor de su amo. Durante dos años aguardaron pacientemente hasta que, por fin, la noche del 14 de diciembre de 1702, entraron dieron muerte al cortesano. El emperador ordenó entonces un seppuku colectivo, lo cual hicieron al amanecer del 4 de febrero de 1703, sobre la tumba de Asano. El pueblo entero, que consideró este acto una prueba suprema de lealtad y valor, los aclamó como mártires y héroes, y sus figuras pasaron a simbolizar el puro espíritu del samurái y sus cualidades, lealtad, valor y honor.




0
16
0
0
16Comments