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los siete ultra ricos argentinos



Mas allá de nombres y apellidos un análisis de las grandes desigualdades a nivel global en nuestro planeta.



La Presidenta contó que en el almuerzo del sábado en el Vaticano compartieron con el Papa la lectura de un pasaje de “La alegría del Evangelio”, la exhortación apostólica que Francisco difundió el año pasado. Cristina dijo que leyeron especialmente el punto 56 que “habla de la deuda, de cómo acosan a los países, de la deuda y de los intereses, de que si esto se lleva adelante es la pobreza y la miseria para los pueblos; parece escrito para la Argentina”. Efectivamente, el punto 56 dice textualmente que “la deuda y sus intereses alejan a los países de las posibilidades viables de su economía y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real”.



En el punto 56 dice otras cosas que también parecen escritas para la Argentina. A los efectos dañinos de la deuda, agrega “una corrupción ramificada y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales”.

Y ese punto 56, que forma parte de un capítulo titulado “No a una economía de la exclusión y la inequidad”, comienza con la siguiente frase: “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de las mayorías se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”.




El crecimiento exponencial de las ganancias de unos pocos fue expuesto por un informe que la Unión de Bancos Suizos y la consultora de Singapur Wealth X habían publicado tres días antes del almuerzo entre Cristina y el Papa. Según los datos del censo 2014 de súper-ricos, el número de individuos con más de mil millones de dólares de patrimonio alcanzó un récord de 2.325 personas, que en conjunto acumulan una riqueza de 7.300.000 millones de dólares; cifra equivalente a doce veces el Producto Bruto argentino.

Esa elite logró en el último año un imponente incremento patrimonial del 12 por ciento. En promedio, cada uno de ellos aumentó su fortuna en 600 millones de dólares.

Ese incremento del 12 por ciento en la fortuna de los más ricos está en consonancia con la tesis del ya célebre libro de Thomas Piketty El Capital en el Siglo XXI, que sostiene que la tasa de ganancia del capital crece más que la economía y, por lo tanto, la riqueza tiende a concentrarse. Y la brecha entre satisfechos y excluidos se ensancha aún más.

El abismo es espantoso. Según estimaciones de UBS-Wealth X y del Credit Suisse, mientras que los 2.325 individuos con más de 1.000 millones poseen en conjunto el 4 por ciento de la riqueza mundial, la mitad más pobre de la población mundial tiene apenas el 1 por ciento.

Y si en lugar de tomar esas 2.325 personas se considera el 1 por ciento más rico, la comparación arroja que ese 1 por ciento dispone del 46 por ciento de la riqueza mundial mientras, como ya se vio, la mitad más pobre es dueña de sólo el 1 por ciento.

En otras palabras, las 70 millones de personas con más patrimonio tienen 46 veces más que los 3.500 millones que peor viven en el mundo.




Ninguna de las poquísimas notas periodísticas que se publicaron sobre el reporte dio cuenta de que entre esas 2.325 personas hay siete argentinos que suman riqueza por 13.000 millones de dólares.

Si bien no están identificados, el cruce de información con relevamientos similares sirve como aproximación. El último ranking de la revista Forbes sobre personas con más de 1.000 millones de riqueza neta incluye a seis argentinos:

los hermanos Paolo y Gianfelice Rocca (grupo Techint) con 6.100 millones de dólares



los hermanos Carlos y Alejandro Bulgheroni (Bridas) con 5.500 millones de dolares.



Eduardo Eurnekian con 1.800 millones de dolares.



Gregorio Pérez Companc con 1.500 millones de dolares



Inés Lafuente (heredera de Amalia Lacroze de Fortabat) con 1.200 millones de dolares.



y Alberto Roemmers con 1.100 millones.



El séptimo sería alguno de los otros cinco empresarios que según la versión local de la misma revista poseen más de 1.000 millones de dólares: Luis Pagani (Arcor), Roberto Urquía (Aceitera General Deheza), Edith Rodríguez de Rey (heredera de Pluspetrol), Alfredo Román y Hugo Sigman (grupo Insud). Llama la atención que no figure en ninguna de esas listas Ernestina Herrera de Noble
.

La riqueza no sólo tiende a concentrarse porque el capital rinde más que lo que crece la economía. La brecha también se agranda porque el flujo de ingresos totales se distribuye inequitativamente. La Argentina es un ejemplo. Si bien el reparto de la torta venía mejorando durante el kirchnerismo, la tendencia se revirtió últimamente, y en una situación distributiva que sigue siendo muy desigual.

Según los datos que el Indec publicó el lunes pasado, el coeficiente Gini (toma valor cero en el caso extremo en que el ingreso se reparte a todos por igual y valor uno si todo el ingreso lo recibe una sola persona) del segundo trimestre de este año fue de 0,381, mayor que el 0,375 de un año atrás (venía bajando desde 0,452 en el segundo trimestre de 2004). En la actualidad, mientras los dos deciles más pobres de hogares (con ingresos mensuales de hasta 4.200 pesos) se quedan con el 5,6 por ciento del ingreso, los dos deciles de arriba de la pirámide (hogares con más de 14.600 pesos mensuales) reciben una porción equivalente al 43,8 por ciento del total.

La tendencia hacia una mayor desigualdad que registra la mayor parte del mundo en los últimos años no es indefectible. No hay determinismo económico que lo imponga. Jeffrey Frankel, profesor de la Escuela de Gobierno de Harvard y ex asesor del presidente Bill Clinton, publicó días atrás un artículo sobre Piketty en el que sostiene que “si la brecha entre ricos y pobres continúa aumentando, van a aparecer fuerzas compensatorias”, y da como ejemplo a la Democracia. Dice que si en un futuro vivimos en un “mundo a lo Piketty, donde la herencia y los ingresos generen una desigualdad estratosférica, la mayoría del 99 por ciento no va a dejarse persuadir de votar en contra de sus intereses”.

En las conclusiones de su libro –de inminente traducción al castellano– Piketty también muestra una salida política a su sombría proyección. Señala que la solución ideal a la creciente desigualdad es el establecimiento a escala global de un impuesto progresivo a la riqueza, con acceso gubernamental e intercambio internacional de información bancaria. Agrega como alternativas soluciones más autoritarias.

Son temas de los que no se ocupa ninguno de los principales precandidatos a la presidencia.




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