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LUFTHANSA: el mayor robo de la historia yankee













Para empezar, esta es una historia muy larga de un robo ocurrido en Estados Unidos, New York, en 1978, repito, es una historia larga pero muy interesante.






bueno... empezamos





Este robo aparece reflejado en la pelicula "buenos muchachos" traducida o con su nombre original "Goodfellas", la cual es una película estadounidense de drama criminal semi-ficticia de 1990 dirigida por Martin Scorsese.
Está basada en el libro no ficticio Wiseguy de Nicholas Pileggi, quien también co-escribió el guion para la película con Scorsese. El film sigue el ascenso y caída de tres delincuentes, abarcando tres décadas. Fue protagonizada por Robert De Niro, Ray Liotta, Joe Pesci, Lorraine Bracco y Paul Sorvino en los roles principales
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Cuando fue cometido, en 1978, fue el mayor golpe de la historia de Estados Unidos, es decir, el golpe en el que más dinero se robo en un solo atraco. Nada menos que 5 millones de dólares en dinero y otros 800.000 dólares en joyas, más o menos. El caso se aclaró bastante rápido, no había mucho misterio en lo que había pasado, y sin embargo, nunca jamás apareció ni un solo dolar del dinero robado. Lo que sí apareció poco a poco fueron los cadáveres de los hampones implicados en el robo. Fueron apareciendo durante años, uno tras otro, hasta el punto de que exceptuando a Louis Werner (el típico pringao cabeza de turco que siempre se lleva la parte mala de este tipo de fregaos), nadie fue condenado jamás por el robo de la Lufthansa, ya que a medida que se iban identificando posibles culpables, o simplemente posibles informantes que pudieran facilitar información al FBI, éstos iban apareciendo fiambres en algún descampado de Queens con un tiro en la sien, o directamente se esfumaban sin que nunca hayan vuelto a aparecer. Se cree incluso que más de un asesinato sin esclarecer registrado en Nueva York por aquellas fechas estaba en realidad relacionado con el robo. ¿Qué fue lo que sucedió en realidad? ¿Por qué había tanta gente implicada y quién se los estaba cargando? ¿Dónde estaba el dinero robado? ¿Quién planeó el golpe? El robo de la Lufthansa es una de esos fascinantes episodios de la Historia del Crimen en los que el robo en cuestión no es tan interesante como la historia de las personas que estuvieron detrás. Scorsese supo verlo, y consagró una de sus mejores películas a retratarlas, pasando de puntillas por el robo propiamente dicho, que apenas figura en la película salvo como mero macguffin para desencadenar el deterioro de las relaciones entre los personajes y la trágica espiral de violencia y traición que caracterizaba a ese submundo neoyorquino que, aunque parezca cosa de las películas, existió realmente tal cual.



....el golpe en el que más dinero se robo en un solo atraco. Nada menos que 5 millones de dólares en dinero y otros 800.000 dólares en joyas, más o menos




desarrollo de los hechos:



El lunes 11 de diciembre de 1978, aproximadamente a las tres de la madrugada, una furgoneta aparcó delante de la terminal de carga de Lufthansa, en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York. Era la hora del bocadillo y los empleados de la terminal se ausentaban de sus puestos y se iban a tomar café y sandwiches a una especie de comedor que tenían allí. Que vale que tampoco eran horas, a las tres de la mañana, pero la gente que hace el turno de noche se acostumbra, suponemos, a estas cosas. El propio guarda de la terminal también se había ausentado de su garita, con idénticos propósitos. Cuatro hombres vestidos de negro descendieron de la furgoneta y entraron en el edificio. Todos llevaban máscaras negras de esquí. La furgoneta entonces prosiguió su camino, dio la vuelta por detrás del edificio y se topó con una puerta cerrada con candado. Un quinto hombre vestido de negro se apeó con unos alicates y rompió la cadena para poder abrir la puerta. A continuación metieron la furgoneta dentro y volvieron a cerrar la puerta reemplazando la cerradura inicial por otra, pero dejándola abierta. Un poco después, un Buick último modelo entró en el aparcamiento de la terminal y se quedó allí estacionado con las luces apagadas.






Mientras tanto, dentro del edificio, John Murray, un veterano agente de aduanas, estaba echando una siesta en su puesto y no vio llegar a los cuatro hombres. Estos lo capturaron y lo llevaron por la fuerza al comedor, donde había otros cinco empleados. Los intrusos obligaron a los cinco a tumbarse en el suelo boca abajo y con los ojos cerrados, y uno de ellos acompañó a Murray a su despacho para que hiciera una llamada telefónica. Dado que faltaban tres empleados, que al parecer se hallaban en el almacén, Murray telefoneó allí y le dijo al director de planta que bajara para atender una llamada urgente de Frankfurt. El director de planta acudió a coger la presunta llamada telefónica y se encontró con un panorama de lo más preocupante: seis de sus subordinados tumbados en el suelo boca abajo, y unos hombres enmascarados apuntándole con armas. Le preguntaron cuántos empleados más había en la terminal, y dónde había ido el guardia de la entrada. Al principio el tío se hizo el longuis y respondió con evasivas, pero en cuanto vio que su interlocutor sacaba una bonita escopeta recortada de doble cañón y que no albergaba precisamente intenciones muy amistosas se decidió a hablar. Faltaban tres hombres, dijo. Dos empleados de la Lufthansa y el guarda de seguridad. Así que los intrusos se pusieron a buscarlos por todo el complejo. Al segurata lo encontraron cotejando unos listados en el almacén, y se lo llevaron al comedor con el resto de sus compañeros. Los otros dos no aparecían por ningún lado, hasta que uno de los dos hombres que aguardaban en la furgoneta se presentó allí preguntando a ver qué cojones pasaba y por qué tardaban tanto, y ya de paso, informó de que habían capturado a los dos empleados de Lufthansa en el aparcamiento. De lo que no informó era de que al capturarlos, los muy tontos se habían quitado las máscaras "porque les daban calor", de tal suerte que uno de los dos empleados de Lufthansa, Rolf Rebmann, había visto la cara de uno de los intrusos. Para peor, Rebmann era lo que llamaríamos un apasionado de los coches y el mundo del motor en general, por lo que reconoció enseguida el modelo exacto de la furgoneta en la que fue introducido a punta de pistola. El caso es que llevaron a los dos al comedor y completaron el staff de la terminal. Obligaron al director de planta a abrir la puerta de la cámara acorazada y metieron la furgoneta en el interior.



Murray telefoneó allí y le dijo al director de planta que bajara para atender una llamada urgente de Frankfurt. El director de planta acudió a coger la presunta llamada telefónica y se encontró con un panorama de lo más preocupante: seis de sus subordinados tumbados en el suelo boca abajo, y unos thombres enmascarados apuntándole con armas.



Se concentraron entonces en aquello que habían ido a buscar. Le dijeron al director de planta que conocían minuciosamente todo el sistema de alarmas del complejo y que no intentara engañarles. Le dijeron además que sabían su nombre y su dirección, y que en aquellos momentos otros dos hombres estaban en su casa y que habían tomado como rehenes a su mujer y a sus hijos. Si él no cooperaba daría la orden de que les hicieran daño. Esto último era mentira , claro, pero al director no le pareció descabellado. Por cómo habían entrado en la terminal, era evidente que aquellos hombres disponían de información sobre el sistema de seguridad del lugar y conocían bien dónde estaba cada cosa y los horarios de los empleados. No habría sido extraño que tuvieran también sus datos personales e información sobre el sistema de alarma. Así que no le quedó más remedio que entregarles lo que le pidieron.


Le dijeron además que sabían su nombre y su dirección, y que en aquellos momentos otros dos hombres estaban en su casa y que habían tomado como rehenes a su mujer y a sus hijos. Si él no cooperaba daría la orden de que les hicieran daño. Esto último era mentira



Aquellos hombres se llevaron exactamente 72 cajas de unos 7 kilos de peso cada una, repletas de billetes no consecutivos. Se trataba de dólares americanos cambiados en Alemania por turistas, diplomáticos y personal militar. Una especie de compilación de todos los billetes yanquis de curso legal que habían acabado en bancos y oficinas de cambio de la Alemania occidental. De vez en cuando, los teutones los enviaban a los States en cumplimiento de un acuerdo internacional relativo a las divisas, y se almacenaban allí en la terminal de carga hasta que pasaba el furgón blindado a recogerlos. No eran billetes emitidos en una serie determinada ni nada, sólo billetes sueltos al azar que habían ido cayendo por allá. En otras palabras, no se podía rastrear ni localizar de ninguna manera. Era obvio que los ladrones, que se llevaron el botín en la furgoneta, sabían que aquello estaba allí precisamente aquel día y estaban informados del funcionamiento del complejo. Todo apuntaba a que alguien les había dado el soplo.



Era obvio que los ladrones, que se llevaron el botín en la furgoneta, sabían que aquello estaba allí precisamente aquel día y estaban informados del funcionamiento del complejo. Todo apuntaba a que alguien les había dado el soplo.



Cuatro de los seis enmascarados huyeron en la furgoneta, y otros dos en el Buick, justo detrás, sin encontrar ningún tipo de obstáculo. Todo perfectamente limpio y sin pegar un solo disparo. Dejaron a todos los empleados esposados en el suelo boca abajo, excepto al director de planta, al que ataron las manos con cinta aislante. Se les dieron instrucciones para que cerraran los ojos y no los abrieran hasta pasados diez minutos. También les quitaron las llaves de sus coches, y al director de planta le robaron la cartera como advertencia de que a partir de ese instante tenían su identificación y sabían dónde vivía. Transcurridos los diez minutos, el director se deshizo de la cinta aislante, se levantó y telefoneó a las Autoridades Portuarias. Eran las cuatro y media de la madrugada. Él aún no lo sabía, pero acaba de cometerse el robo más grande la historia americana, y para el amanecer los cuatro cuerpos de policía que participaron en su investigación compartían ya la misma teoría sobre cómo había sucedido: era sin duda un trabajo organizado desde el interior.


....Él aún no lo sabía, pero acaba de cometerse el robo más grande la historia americana, y para el amanecer los cuatro cuerpos de policía que participaron en su investigación compartían ya la misma teoría sobre cómo había sucedido: era sin duda un trabajo organizado desde el interior


investigacion del caso por parte de las autoridades:


La policía no se equivocaba. Había un topo en la Lufthansa. En realidad, había más de uno, pero uno en concreto había sido el detonante de la operación: Louis Werner, empleado de la compañía y ludópata con eternos problemas de deudas. Él fue quien lo inició todo. Para él no tenía nada de extraño tener que vivir por encima de sus posibilidades, pero en aquel momento debía un total de 18.000 dólares a los corredores de apuestas y empezaba a verse con el agua al cuello. Téngase en cuenta que hablamos del típico americano de a pie con mujer, tres hijos, una querida, una hipoteca, un préstamo ilegal pendiente de pago y un sueldo de unos 15.000 dólares al año, lo cual, dada su poco recomendable costumbre de fundirse 3.000 dólares diarios en apuestas, ocasionaba que anduviera siempre con algún acreedor pisándole los talones. Este buen hombre ya había dado antes algún palo a la compañía. Concretamente dos años antes, en el 76, y en colaboración con otro empleado de la aerolínea llamado Peter Gruenwald, que se encargaba de controlar los cargamentos enviados al extranjero en el aeropuerto JFK. Werner y Gruenwald habían robado un envío de marcos alemanes de la terminal de carga por valor de 22.000 dólares, y con la ayuda de un amigo de Werner (en realidad un amigo peculiar que se estaba tirando a su mujer a sus espaldas) lo fueron cambiando en diferentes bancos de Manhattan, siempre en cantidades inferiores a 500 dólares, para no despertar sospechas. Aunque se abrió una investigación en la que Werner fue en todo momento el principal sospechoso, no se pudo probar nada y la compañía tuvo que seguir teniéndolo en nómina. El caso es que ahora, ahogado de nuevo por las deudas, Werner le propuso a Gruenwald un nuevo golpe, pero Gruenwald pasaba de jugarse de nuevo el pellejo para sacar en limpio su triste comisión de 5.000 dólares. No merecía la pena jugarse tanto por tan poco, así que le dijo a Werner que sólo entraría en el tema si se trataba de "algo grande". Así que Werner empezó a planear el robo de uno de los cargamentos de dólares que procedían de Alemania. Gruenwald se encargaría de elaborar el plan del atraco y de contratar a los hombres para llevarlo a cabo, y Werner, gracias a su cargo de supervisor, les proporcionaría un plano detallado de las instalaciones, los horarios del personal y un croquis con el funcionamiento exacto del sistema de alarmas.



Gruenwald se encargaría de elaborar el plan del atraco y de contratar a los hombres para llevarlo a cabo, y Werner, gracias a su cargo de supervisor, les proporcionaría un plano detallado de las instalaciones, los horarios del personal y un croquis con el funcionamiento exacto del sistema de alarmas.



Hasta aquí la idea inicial. Pero claro, el tiempo pasaba y los acreedores iban apretándole las tuercas a Werner cada vez más, y Gruenwald no conseguía dar con profesionales que cometieran el atraco, así que Werner decidió acelerar el proceso por su cuenta: en vez de robar el dinero, acudiría a uno de sus principales corredores de apuestas, Martin Krugman, a quien debía bastante pasta, y le daría el soplo para que fuera él quien organizara el golpe. Werner sabía que Krugman tenía tratos con la mafia y que podía conseguir gente que lo hiciera. Además, él les proporcionaría desde dentro toda la ayuda que necesitaran y sólo se llevaría una comisión del 10%, con la que sin duda podría pagar la deuda que tenía con Krugman (en un principio no se sabía cuánto dinero habría en cada cargamento, pero Werner había calculado que serían unos 2 millones de dólares, por lo que era previsible que con ese porcentaje pudiera liquidar sus deudas). Lo que Werner no sabía era que Krugman no era en realidad un mafioso de mucha enjundia, sino un simple tipo que tenía negocios con algún miembro de la familia Lucchese, pero que en general ni siquiera les caía bien a sus hombres más influyentes. Martin "Bug Eyes" Krugman era el típico pesado que andaba siempre merodeando por los restaurantes y bares en los que se reunía la banda de Paul Vario, haciéndose el colega simpatico a ver si trepaba algo en el área de influencias de gangsters importantes como Vario o Jimmy Burke, aunque fuera por accidente. Para que le pongas cara, es el personaje que interpreta Chuck Low en UNO DE LOS NUESTROS (aunque le cambian el nombre por el de Morris Kessler), el gordo de la tienda de pelucas que está toda la película fastidiando a De Niro. Bueno, ese. En la realidad, era un tipo más bien delgado, calvo y prematuramente envejecido, que además de sus tiendas llevaba un bar clandestino de apuestas del que la mafia se llevaba una comisión a cambio de ofrecerle protección. Cuando Krugman recibió el soplo, no tardó en ir corriendo donde Henry Hill, el gangster con el que más confianza tenía, a contarle la buena noticia, imaginamos que con la esperanza de ganarse la confianza de la familia. En cuanto se enteró, Hill se puso en contacto con Jimmy Burke, que sería quien se encargaría de planear realmente el golpe.


.....el tiempo pasaba y los acreedores iban apretándole las tuercas a Werner cada vez más, y Gruenwald no conseguía dar con profesionales que cometieran el atraco, así que Werner decidió acelerar el proceso por su cuenta: en vez de robar el dinero, acudiría a uno de sus principales corredores de apuestas, Martin Krugman, a quien debía bastante pasta, y le daría el soplo para que fuera él quien organizara el golpe






Hill y Burke eran en realidad integrantes de una banda de mafiosos conocida como la banda del Robert's Lounge, restaurante que era propiedad de Paul Vario y en el que se solían reunir los hampones en cuestión. Vario era un capo importante de la familia Lucchese, una de las principales familias de la mafia de Nueva York, por lo que se podría decir que la banda del Robert's Lounge era en realidad una ramificación de la familia Lucchese, aunque ninguno de sus integrantes fuera realmente miembro de la familia. A partir de aquí a todos les tendría que sonar porque estamos hablando de los personajes que salen en la película: Vario toma el nombre de Paulie Cicero (encarnado por Paul Sorvino), y Jimmie Burke el de Jimmie Conway (Robert De Niro). El de Henry Hill (Ray Liotta) permanece tal cual, puesto que él mismo colaboró en el film y hasta ha acabado haciendo negocio con el film como reclamo autobiográfico, El DVD de la edición especial de Warner hasta contiene un audiocomentario de la peli con el propio Hill y el agente del FBI que se encarga de su custodia.

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Vario toma el nombre de Paulie Cicero (encarnado por Paul Sorvino)
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Jimmie Burke el de Jimmie Conway (Robert De Niro)







Henry Hill (Ray Liotta)





si es el...






Hill, Burke y el resto de la banda se dedicaban, bajo el beneplácito de Vario, a negocios lucrativos de la más variada índole, tales como el chantaje, la extorsión, el robo a mano armada, el asesinato, el secuestro, el soborno o el cobro a morosos con métodos no precisamente muy diplomáticos. Al igual que en las películas, ellos vivían así los siete días de la semana de forma cotidiana. Esa era su profesión, la de gángster. Se dedicaban a eso a tiempo completo y no se planteaban ser ninguna otra cosa. Aunque Hill sea el protagonista de la película, y la figura central a través de la cual conocemos al resto de la banda, en realidad no tuvo mucho que ver con el robo de la Lufthansa. De hecho, ni siquiera participó en él, que se sepa. Le dio el soplo a Burke y él se encargó de todo.

ellos vivían así los siete días de la semana de forma cotidiana. Esa era su profesión, la de gángster.


Burke, aka "Jimmy the Gent", era el equivalente más cercano al arquetipo del self-made man que pueda encontrarse en el mundo del hampa. De todos los que salen en la película, su personaje es probablemente el más fiel al modelo original. Tras una infancia repleta de desgracias dickensianas, de recibir malos tratos, de entrar y salir de orfanatos y correccionales, y de juntarse con todo tipo de lacras sociales, Burke se ganó su reputación de caballero de honor, curiosamente, en prisión. Lo detuvieron en Brooklyn a los 18 años por tratar de cobrar cheques falsificados. La policía lo apaleó y lo torturó para que delatara a los mafiosos para los que trabajaba, pero Burke no abrió la boca. Estuvo cuatro años en el penal de Aurburn, donde fue una figura muy respetada, pues se rumoreaba que tenía contactos con grandes capos de la mafia. Y aunque en aquel momento no fuera cierto, lo acabó siendo. La reputación de hombre leal sin piedad alguna le acompañó durante toda su vida. Se rumoreaba que había cortado en pedazos al ex-marido de su novia y repartido los cachos por la ciudad, sólo porque éste la rondaba. Se decía que había puesto a sus hijos nombres de asesinos famosos, que era el típico hombre que aplaudía en el cine cuando el malo mataba a algún personaje inocente. Era un mito viviente, un héroe del mundo del crimen, admirado y temido al mismo tiempo. Durante los años 60, su principal oficio era el secuestro y el sabotaje. Contrataba a estibadores para que lo ayudaran a interceptar los cargamentos que iban camino del aeropuerto JFK (entonces Idlewild), y disfrutaba con las cargas que robaba como si fuera un niño abriendo sus regalos de Navidad. Era un ladrón vocacional, alguien que disfrutaba realmente de su oficio, como si para él no fuera más que un juego en el que sabe que es bueno y que puede ganar con facilidad. A pesar de lo cual, la gente lo veneraba cada vez que entraba en algún bar ilegal de apuestas y se ponía a repartir propinas a todo el mundo, empezando por el tío que le abría la puerta y terminando por el camarero o el croupier. Confiaba tanto en sí mismo que le parecía imposible que sus planes fracasaran, y el robo de la Lufthansa no fue una excepción. Henry Hill lo describía con estas palabras: "La mayoría de los ladrones solían quitarle el carné de conducir al conductor del trailer a modo de advertencia. Así el camionero sabe que tú sabes dónde vive, y que si colabora demasiado con los polis o con la compañía de seguros puede tener problemas. Pero a Jimmy lo consideraban todo un caballero porque solía quitarles el carné de conducir de la cartera, como hacía todo el mundo, sólo que dejando un billete de 50 dólares en su lugar por las molestias. No imaginas cuántos amigos hizo en el aeropuerto sólo con eso. La gente lo adoraba. Los conductores solían dar el chivatazo a sus hombres cada vez que traían un cargamento valioso. La cosa se puso tan fea que los polis llegaron a enviar a todo un ejército para detenerlo, pero no consiguieron nada, porque Jimmy negociaba con los polis y los convertía en sus socios. Jimmy era capaz de corromper a un santo. Decía que sobornar a los polis era tan fácil como dar de comer a los elefantes en el zoo: 'Lo único que necesitas son manies '."


La mayoría de los ladrones solían quitarle el carné de conducir al conductor del trailer a modo de advertencia. Así el camionero sabe que tú sabes dónde vive, y que si colabora demasiado con los polis o con la compañía de seguros puede tener problemas. Pero a Jimmy lo consideraban todo un caballero porque solía quitarles el carné de conducir de la cartera, como hacía todo el mundo, sólo que dejando un billete de 50 dólares en su lugar por las molestias. No imaginas cuántos amigos hizo en el aeropuerto sólo con eso. La gente lo adoraba.



El resto de los miembros de la banda del Robert's Lounge serán también de sobra conocidos para quienes hayan visto el film de Scorsese: Robert "Frenchy" MacMahon (interpretado por Mike Starr en la peli), un ex-empleado de Air France que daba soplos a Burke a cambio de una comisión, y que finalmente se asoció con él como contable y consejero financiero; Joseph "Joe Buddha" Manri (Clem Caserta en la peli), un hispano gordo que era compañero de piso y de juergas de MacMahon; Angelo Sepe, un ratero con un largo historial criminal y veterano de varias prisiones y correccionales; Stacks Edwards (Samuel L. Jackson en la peli), que no pertenecía realmente a la banda, pero que actuaba como músico de blues en el Robert's Lounge y prestaba servicios ocasionales para la banda, como chófer o recadista, siempre cobrando sus trabajos en especie con cargo a las partidas de mercancías robadas; Louis Cafora, un mafioso glotón que lideraba una red de narcotráfico y que pesaba unos 135 kilos; y como no, el ilustre Tommy de Simone (Joe Pesci en la peli, bajo el nombre de Tommy DeVito), que en la realidad no se parecía en nada a Pesci y sí a Errol Flynn, pues era un tipo fachero, alto y elegante que se las levantaba a todas, aún siendo calcado a su personaje en cuanto a su carácter impulsivo e irascible de gatillo fácil. Todos ellos serían los encargados de llevar a cabo el golpe de la Lufthansa. Cinco de ellos, junto a otro miembro de la familia Gambino llamado Paolo LiCastri, formarían el equipo de seis hombres enmascarados que robaron el botín, mientras que Edwards se encargaría posteriormente de deshacerse de la furgoneta, y Jimmy Burke de proteger el dinero y asignar a cada uno su parte. Pero aunque tras la huida de la terminal de carga pareciera que todo iba como la seda, Edwards cometió un error garrafal al deshacerse de la furgoneta. Un error que activaría la fatal sucesión de asesinatos que irían encadenándose de forma trágica, como una macabra caída de piezas de dominó en la que cada pieza incriminatoria empujara a la siguiente, desconcertando por igual a la policía y a la ciudadanía de Nueva York.

Robert "Frenchy" MacMahon (Mike Starr )





joseph "Joe Buddha" Manri (Clem Caserta)





Tommy de Simone (Joe Pesci en la peli, bajo el nombre de Tommy DeVito)






Tras huir del lugar de los hechos, los seis hombres de la banda de Burke se dirigieron a Brooklyn, al taller mecánico donde debían encontrarse con éste. Allí sacaron las cajas de dinero de la furgoneta y las metieron en los maleteros de dos coches diferentes. Burke se fue al volante de uno de ellos. Otros cuatro hombres (Joe Buddha, Frenchy, Tommy y Sepe) se fueron con el otro. A Louis Cafaro lo recogió su mujer en un cadillac un par de manzanas más allá y LiCastri se fue a casa en metro. Stacks Edwards, por su parte, se llevó la furgoneta, a la que se suponía que debía cambiar las placas de matrícula y llevar después a un desguace de Nueva Jersey en el que la convertirían en chatarra.


El impacto en la sociedad y la prensa como encubridora:



Pese a la importancia del robo, se ve que el FBI no quiso que se supiera tan pronto, porque el New York Times no informó del mismo hasta pasados cuatro días. En las noticias no se daban las cifras exactas y no se describía el golpe como "el mayor robo de la historia de Estados Unidos". Ni qué decir tiene que los agentes de la ley tampoco eran idiotas y enseguida supusieron quién podría andar detrás de todo el asunto. Los nombres de Burke, Tommy, Sepe y Joe Buddha fueron los primeros que se les ocurrieron, pero claro, lo difícil era conseguir alguna prueba más o menos significativa que los incriminase, porque de lo contrario era como no tener nada. Los testigos colaboraron en la creación de un retrato robot de los dos hombres que se habían quitado las máscaras, y sus caretas (o una versión aproximada de los mismos) aparecieron en la prensa junto con una descripción de la furgoneta que habían utilizado, pero tampoco sirvió de mucho.


[size=12]en busca de complices....[/size]

La policía investigó también a la empresa responsable de trasladar el dinero al Chase Manhattan Bank. Al parecer, el furgón blindado de la empresa Brinks había sido enviado allí aquella misma tarde para recoger el dinero procedente del Commerzbank de Frankfurt, por lo que aquella noche el dinero no tendría por que haber estado aún en la cámara acorazada. Pero los empleados de seguridad que conducían el furgón declararon que un supervisor de la Lufthansa les había informado de que para poder entregarles el cargamento necesitaba la firma y el visto bueno de un miembro directivo de la compañía. Uno de los guardias del furgón le contestó que ese no era el procedimiento habitual, pero el supervisor había insistido en que a partir de ahora era necesaria la firma de un superior. Tras una hora y media de espera y sin que ningún directivo hubiera aparecido por allí, los seguratas simplemente se cansaron de esperar y se fueron. El supervisor que había abortado la entrega era, evidentemente, Louis Werner.

empiezan a aparecer culpables y con ellos... sus muertes.


Stacks Edwards fue el primero el caer, y detrás vinieron todos los demás. Edwards cayó por inepto y por mendrugo. Por alguna razón, la furgoneta de la que debía deshacerse el día de autos fue hallada dos días más tarde por la policía. El muy cenutrio no sólo no de deshizo de ella, sino que la dejó aparcada en mitad de Brooklyn en una zona en la que estaba prohibido aparcar. Por si una furgoneta robada aparcada en zona prohibida no llamara suficientemente la atención (máxime cuando el modelo coincidía con el de la utilizada en el atraco), Edwards encima se había dejado la cartera del director de planta de la Lufthansa en la guantera, y no contento con ello, había dejado sus huellas por toda la furgoneta. Y para colmo, por si su comportamiento no hubiera sido lo bastante subóptimo, esa misma noche acudió a la fiesta de Navidad organizada por Paul Vario en el Robert's Lounge y se dedicó a bromear sobre el asunto y a vacilar a los hombres de Burke delante de todo el mundo sobre todos los millones que habían robado. Ni qué decir tiene que con tan imprudente comportamiento, lo único que consiguió fue amanecer en su domicilio de Queens con seis disparos de bala en la cabeza, por cortesía de Tommy DeSimone al parecer (en la película, la escena es bastante divertida, con Pesci diciendo aquello de "¿Pero qué haces, idiota? ¿Vas a llevarte el café?").






Marty Krugman fue el siguiente. Y no era sólo una cuestión relativa al golpe, sino a viejas rencillas personales. En otras palabras, Jimmy Burke odiaba a Krugman, estaba harto de tenerlo todo el día merodeando, tratando de caer bien a los muchachos, dándole el coñazo... Vale que el golpe de la Lufthansa había sido posible gracias a su soplo, pero tras el robo Krugman empezó a comportarse de forma ingenua, alardeando del medio millón de dólares que iba a sacar como tajada, y descuidando cualquier intento de ser discreto en aquellos días en los que los clientes del Robert's Lounge estaban en el punto de mira de las investigaciones policiales y federales. Henry Hill lo describe así: "Marty iba a ser el siguiente, estaba claro, le estaba tocando los huevos a Jimmy. Hasta a mí me estaba tocando los huevos. Venía llorando diciendo que necesitaba el dinero para pagar a los prestamistas. Quería saber por qué tenía que seguir pagándoles la comisión por sus negocios cada semana, ahora que eran socios. Yo le dije que se tranquilizara, le aseguré que cobraría el dinero, pero Marty se negaba a pagar la comisión. El caso es que estábamos ya en enero y el tío andaba revoloteando por el Robert's Lounge todo el santo día. Era imposible librarse de él, la cosa cada vez iba a peor. Estaba en el lugar más inoportuno en aquel momento, porque para entonces había una vigilancia constante alrededor de todo el mundo. Había coches aparcados a una manzana del bar durante todo el día. Los federales estaban a la vuelta de la esquina. La presión era cada vez mayor, pero a Marty le daba igual, él seguía viniendo". A fecha de hoy, aún no está muy claro quién ni cuándo mató a Marty Krugman. Tal vez acabara en el fondo del río Hudson o en el triturador de un camión de basura, quién sabe. En lo concerniente a los archivos policiales, simplemente figuraría eternamente como "desaparecido". Henry Hill y su mujer, que tenían bastante amistad con los Krugman, estuvieron un tiempo recibiendo llamadas de la mujer de Marty rogando que le dijeran algo sobre el paradero de su marido, pero Hill tampoco sabía nada con seguridad. Según sus palabras: "Estar en el Robert's Lounge era estar continuamente con la poli a tus espaldas, así que todo el mundo se estaba largando. Vinnie Asaro abrió un bar nuevo en Rockaway Boulevard, así que fui allí y vi el coche de Jimmy aparcado en la puerta. Entré y le conté que Fran Krugman acababa de llamarme. Jimmy estaba allí sentado, al lado de Vinnie, y me dijo: 'se ha ido'. Así tal cual. Yo lo miré y asentí con la cabeza. Y él me dijo: 'recoge a tu mujer y ve luego a su casa. Cuéntale que es posible que esté con alguna de sus novias, invéntate alguna historia".



Tampoco el cuerpo de Tommy DeSimone apareció jamás. Al igual que en la peli de Scorsese, alguien aprovechó la ausencia de Hill y Burke, que estaban en Florida cerrando un trato relativo a un cargamento de farlopa, y decidió hacerle a Tommy miembro de honor de la familia Lucchese. Todo ocurrió en ausencia de sus amigos. Hill narra cómo, al igual que en la peli, averiguó lo ocurrido cuando vio a Jimmy Burke llamar por teléfono desde Florida y salir de la cabina con los ojos llenos de lágrimas. Hill cree que en el caso de Tommy no tuvo nada que ver con lo de la Lufthansa, que los de arriba se lo cargaron por compromiso, para evitar una guerra con la familia Gambino, puesto que al parecer Tommy se había cargado sin motivo a uno de sus miembros, un tal Billy Batts. ¿Recordas la escena del limpiabotas en la peli? Pues ese era Billy Batts, el personaje interpretado por Frank Vincent, que acaba muerto en el maletero de un coche mientras Jimmy, Tommy y Hill cenan espagueti en casa de la madre de Tommy. El caso es que fuera o no por ese motivo, Tommy DeSimone pasó a ser historia sin que nunca se encontrara su cadáver.


Billy Batts, personaje interpretado por Frank Vincent



Si alguien hubiese rodado una película policíaca sobre las conspiraciones ocultas tras el robo de la Lufthansa, es posible que Kevin Costner o Harrison Ford hubiesen encarnado al hombre que estuvo husmeando detrás del asunto durante años. Su nombre era Edward A. McDonald, ayudante del Fiscal de los Estados Unidos, o el que coño sea el cargo judicial equivalente a estos que tienen al otro lado del Atlántico. Según McDonald, nunca hubo ningún misterio sobre quién había cometido el atraco. Tenían soplones de la familia Colombo que habían delatado a Burke y a los suyos al de pocas horas de cometerse el robo, y los testigos, tras ver las fotografías oportunas, confirmaron las identidades de Tommy y de Angelo Sepe como los hombres que se habían quitado las máscaras. Vamos, que no había mucho que investigar. La incógnita estaba, como poder suponer, no en los culpables, sino en dónde coño estaba el dinero. El FBI autorizó a McDonald a poner escuchas en las casas de los sospechosos y localizadores en sus coches. Muchos de aquellos hombres estaban en aquel momento en libertad condicional (Burke, Sepe, Joe Buddha), podrían haberlos trincado en cualquier instante por cualquiera de las múltiples violaciones de la condicional que cometían día sí y día también: posesión ilegal de armas, convivencia con otros delincuentes, viajes fuera del Estado... Pero era obvio que aquello no iba a ayudarles a encontrar el dinero. Era mejor dejarles que se confiaran, a ver si acababan encontrando alguna pista sobre el paradero del botín. Al fin y al cabo, 5 millones de dólares no desaparecen así como así, alguno acabaría cometiendo algún derroche imprudente tarde o temprano.


....podrían haberlos trincado en cualquier instante por cualquiera de las múltiples violaciones de la condicional que cometían día sí y día también: posesión ilegal de armas, convivencia con otros delincuentes, viajes fuera del Estado... Pero era obvio que aquello no iba a ayudarles a encontrar el dinero


Sin embargo, cuando empezó a desaparecer la gente, McDonald se empezó a poner nervioso y optó por arrestar a sus sospechosos directamente antes de que también "desaparecieran". Arrestaron a Sepe y a Burke por cargos menores, y por realizar no sé qué carajos de negocio para Paul Vario, pero el juez no tardaba en desestimar los cargos por falta de pruebas y enseguida estaban otra vez en la calle. En los interrogatorios, ninguno soltaba prenda. Al fin y al cabo, eran hombres acostumbrados a pasar noches en prisión y se sabían los trucos sucios usados para estas cosas. No eran fácilmente impresionables, así que el FBI decidió cambiar de estrategia e ir a por Louis Werner y Peter Gruenwald, que quizás por ser simples empleados del aeropuerto sin grandes contactos en el mundo del hampa eran presas más fáciles. La estrategia dio resultado, aunque tampoco esto consiguió llevarles hasta el dinero de la Lufthansa. Werner declaró que no sabía nada del asunto y que no había recibido ningún dinero de la mafia, a pesar de que sospechosamente acababa de comprarse una furgoneta nueva cuando antes debía dinero hasta al apuntador. Dijo que su boyante situación económica se debía a que había tenido un afortunado golpe de suerte en las apuestas. En cambio a Gruenwald, que era el más pringao de todos porque ni siquiera había participado en el plan, le bastó una noche a la sombra en la prisión del condado de Nassau para decidirse a hablar. Gruenwald les confesó a los agentes todo lo que sabía, que no era mucho. Sabía que Werner había organizado el robo, que había pasado información a uno de sus acreedores sobre los sistemas de seguridad de la terminal, y que su contacto se había puesto en contacto con los hombres que cometerían el robo, reservando para Werner una comisión. Esto sirvió para enchironar definitivamente a Louis Werner, que hasta hoy ha sido el único inculpado por el atraco, mientras que Gruenwald fue puesto en libertad sin cargos. Claro que ni Werner ni Gruenwald sabían dónde estaba el dinero ni quién había cometido el robo, y el único contacto de Werner, que era Marty Krugman, había desaparecido.


En los interrogatorios, ninguno soltaba prenda. Al fin y al cabo, eran hombres acostumbrados a pasar noches en prisión y se sabían los trucos sucios usados para estas cosas



El 18 de febrero de 1979, de buena mañana, y mientras los federales apretaban las tuercas a Peter Gruenwald, unos niños que jugaban en un solar de Brooklyn en el que solían aparcar trailers, camiones y excavadoras, descubrieron el cadáver de un hombre dentro de un camión frigorífico. Estaba atado de pies y manos y, como es lógico, totalmente congelado. No llevaba ninguna identificación, pero en su bolsillo llevaba una pequeña agenda de teléfonos en la que, entre otros nombres irrelevantes, figuraba curiosamente el teléfono de un tal James Burke. Los polis enseguida vincularon el crimen al robo de la Lufthansa, aunque en aquel momento no sabían ni de quién carajos se trataba, porque desde luego no era ninguno de los hombres de la banda del Robert's Lounge. La policía siguió la pista del hombre hasta que un dentista que figuraba entre los restantes contactos de su agenda telefónica identificó al sujeto como Richard Eaton. Al parecer, Eaton tenía antecedentes en Florida por delitos de falsificación y estafa. Recientemente se había asociado con un mafioso canadiense llamado Thomas Monteleone, con el que había abierto un local llamado Players' Club en Fort Lauderdale, Florida. Dado que el círculo de amistades de Monteleone no estaba compuesto precisamente por personas respetables de la élite de la sociedad, el bar no tardó en convertirse en una parroquia de gangsters y rateros varios. Dos de los clientes habituales del local resultaron ser, mira por dónde, Jimmy Burke y Paul Vario. Burke había estado allí recientemente con Henry Hill para zanjar un trato relativo a un cargamento de cocaína (viaje que aprovechó la familia Lucchrese para quitar de en medio a Tommy DeSimone), y al parecer la otra parte de este negocio resultó ser, precisamente, Richard Eaton. Respecto a cómo y por qué terminó Eaton, que era de Florida, asesinado en un descampado de Brooklyn, a 1.500 kilómetros de su casa, nadie ha podido desvelarlo todavía. Pero fue una víctima más a sumar al recuento de fiambres que se iban amontonando alrededor de Jimmy Burke.



Ni siquiera fue el único asesinato sin resolver que se vinculó intuitivamente al golpe de la Lufthansa. La policía siguió la pista de Monteleone, el socio de Eaton, para constatar unos días después que acababa de aparecer muerto en un lugar tan absurdo como Connecticut, vaya usted a saber a razon de qué. También en aquella época desaparecieron Louis Cafora, el gordo de la banda de Burke, junto con su mujer Joanna, y Theresa Ferrara, una esteticista de Long Island que al parecer había sido uno de los ligues ocasionales de Paul Vario. Esta última abandonó su trabajo una mañana para hacer un recado, después de recibir una llamada telefónica. Salió del salón de belleza dejando allí su bolso, sus llaves de casa y su dinero, puesto que pensaba volver en un cuarto de hora. Jamás regresó y nadie la volvió a ver hasta tres meses después, cuando su cadáver apareció flotando en el embarcadero, aunque tampoco hay nada que la vincule con el robo ni con Jimmy Burke. No se sabe qué fue de ella. Tampoco se sabe nada de Cafora ni de su mujer, salvo que el gordo hampón había sido citado por McDonald para declarar sobre el asunto de Lufthansa. A partir de ahí todo son especulaciones.





Allá por mayo, coincidiendo con el juicio a Louis Werner, alguien debió de empezar a ponerse nervioso por la posibilidad de que alguien insospechado que conociera los detalles pudiera testificar. Werner fue declarado culpable, pero no deja de ser curioso que testigos que ya se habían comprometido previamente a declarar en contra del acusado (como sus corredores de apuestas o su propia esposa) empezaran de repente a retractarse de sus declaraciones iniciales y a afirmar que en realidad no sabían nada, y que Werner jamás les había dicho nada sobre ningún robo. Paralelamente, los protagonistas del gran golpe cayeron básicamente todos. La noche en que el juez dictó sentencia contra Werner, los gangsters Frenchy y Joe Buddha fueron hallados muertos en los asientos delanteros de un Buick aparcado en una zona industrial de Brooklyn. Habían muerto de sendos disparos en la nuca. Se sabía que ambos eran colaboradores de Jimmy Burke, y la policía concluyó que el asesino debía conocerlos en persona, porque iba con ellos en el asiento trasero, que era desde donde les había disparado. Absurdamente el coche era de dos puertas, por lo que el tirador tuvo que pasar por encima de los cadáveres para conseguir salir del vehículo.




Unas semanas después, el 13 de junio, apareció el cuerpo de Paolo LiCastri en Brooklyn, tirado en mitad de un vertedero, sin camisa ni zapatos y con cuatro disparos de bala. Esto desconcertó a la policía, que carecía de datos sobre la posible implicación de LiCastri, igual que habían desconocido la relación de Richard Eaton con el asunto. En palabras de Steve Carbone, inspector del FBI encargado del caso: "Es un caso que sigue abierto, no acaba de cerrarse. Cada vez que parece que ha dado sus últimos coletazos, aparece algo nuevo. Es como un rompecabezas enorme, pero ahora tenemos ya casi todas las piezas y nos falta poco para resolverlo". Sobre las muertes de Frenchy y Joe Buddha, Carbone admitió en el New York Times que "nosotros podríamos haberles salvado la vida sólo con que hubieran respondido a nuestras ofertas. Tratábamos de advertirles del peligro que corrían, pero nuestros avisos cayeron en saco roto. Puede que fueran demasiado ambiciosos, o quizás simplemente estaban asustados. Siempre es una tragedia ver cómo matan a la gente delante de tus narices, pero esta vez además era frustrante para nosotros, porque eran nuestros posibles enlaces para resolver el caso, y ahora esos enlaces están rotos".






De los seis hombres enmascarados que participaron en el golpe tan sólo uno quedaba vivo: Angelo Sepe. Y la prensa comenzó a lanzar soflamas hacia la policía y el FBI por su incompetencia, dado que habían permitido que la montaña de cadáveres fuera creciendo cuando sabían desde el principio que todos aquellos hombres trabajaban para Paul Vario, y que Vario estaba relacionado con la familia Lucchrese. Sin embargo, durante todos los meses que duró la investigación, ninguno de ellos efectuó ningún movimiento en falso que lo delatara ni aportó indicio alguno de dónde podría estar el dinero, y los inspectores sabían que un botín tan sustancioso no se esfumaba así como así. Tuvo que transcurrir otro año entero hasta que finalmente, en junio de 1980 el FBI asumió que jamás recuperarían el dinero de la Lufthansa. La mayor parte de las personas involucradas habían muerto, y contra los vivos parecía ya imposible que fuera a aparecer ninguna prueba incriminatoria, así que Edward McDonald decidió darse por vencido aprovechando que Henry Hill acababa de ser arrestado por tráfico de cocaína y se enfrentaba a una posible condena de 25 años de prisión.

De los seis hombres enmascarados que participaron en el golpe tan sólo uno quedaba vivo: Angelo Sepe.


Henry Hill sabía que casi todos los que sabían algo del golpe de la Lufthansa habían acabado con un disparo en la sesera en cuanto se había temido que pudieran irse de la lengua ante la policía. Hill no sabía en realidad gran cosa sobre el robo, y aunque lo hubiera sabido era un hombre de confianza que no tenía motivo alguno para delatar a sus amigos (al fin y al cabo a él no lo vigilaban como sospechoso). Tal vez por eso era de los pocos miembros de la banda de Jimmy Burke que seguían vivos. Sin embargo, ahora que lo habían trincado por lo de la farlopa puede que sí tuviera motivos para convertirse en un delator. Burke sabía que el FBI le ofrecería un trato a cambio de rebajarle la condena. Hill, por su parte, sabía que Burke y Vario pensarían en eso. Incluso aunque Hill optara por no delatarlos y tragarse la condena íntegra, su vida corría peligro, porque después de lo de la Lufthansa estaba claro que los de arriba no iban a andarse con miramientos. Si cabía la más mínima sospecha de que Hill pudiera delatarlos lo eliminarían, y muerto el perro se acabó la rabia. Muchos colaboradores de Vario cumplían condena en la prisión del condado, así que ni siquiera en prisión estaba a salvo. Tal y como estaban las cosas, a Hill no le quedó más remedió que aceptar la propuesta del FBI y entrar en el Programa de Protección de Testigos. La propuesta, evidentemente, consistía en convencer a Hill para que les diera algo a los federales, cualquier cosa, siempre que sirviera para encarcelar a Jimmy Burke por algún delito mínimamente grave y que Hill estuviera dispuesto a declararlo ante un tribunal. No era mucho, pero para entonces tratar de encontrar una fuente fiable que testificase sobre el asunto de la Lufthansa era una mera utopía. Sin la ayuda de Hill lo máximo que podrían hacer sería detener a Burke por violar la condicional.





Así que así fue como terminó todo. A Jimmy Burke lo juzgarían en 1981 por, atención, amañar partidos de baloncesto de la liga universitaria en Boston. Fue lo único de lo que Hill pudo aportar alguna prueba. Le cayeron 20 años, aunque en 1985, y tras la aparición de pruebas posteriores, volvieron a juzgarlo por el asesinato de Richard Eaton, cayéndole definitivamente la perpétua. A Paul Vario, por su parte, le cayeron un total de 14 años de prisión por varios delitos fiscales y por cargos de extorsión y soborno en sus tratos con varias compañías aéreas encargadas del transporte de mercancías en el aeropuerto JFK. Ambos fueron delatados por Hill y ambos morirían en prisión: Vario en 1988 y Burke en 1996, cuando contaban edades ya bastante avanzadas. Henry Hill y su mujer se trasladaron a una casa en el culo del mundo, en las montañas Pocono de Pensilvania, tal y como les prometió el FBI a cambio de su cooperación en el caso contra Jimmy Burke. Respecto al último hombre que participó en el robo de la Lufthansa y que siguió vivito y coleando, Angelo Sepe, lo encontrarían muerto el 18 de julio de 1984 en Brooklyn, víctima de un ajuste de cuentas por parte de un traficante de drogas al que al parecer había robado un dinero. Teniendo en cuenta el estado del apartamento en que vivía, y que durante los años transcurridos desde el golpe de la Lufthansa había estado entrando y saliendo de prisión por violar una y otra vez la condicional, la policía no cree que Sepe llegara a cobrar jamás ningún dinero como recompensa por su participación en el robo. Habían pasado cinco años desde la noche en que fue asaltada la terminal de la Lufthansa, y todos los que habían participado en el asalto estaban encarcelados, desaparecidos o muertos. Jamás llegó a saberse dónde terminó el dinero.





En realidad, la historia acabó desembocando en un final tremendamente simbólico digno del film noir clásico. El botín conseguido, lejos de enriquecer a sus ladrones, se acabó convirtiendo en un auténtico macguffin que arrastró al otro barrio a todos y cada uno de los hombres que lo robaron. Ni siquiera tuvieron tiempo de gastarlo ni de hacer buen uso de él. El vil metal enfrentó entre sí a los hombres de la misma banda, propició sus desconfianzas y sus enemistades, sembró de cadaveres las calles de Nueva York, y después de todas las tragedias ocurridas, nadie sabe qué fue del dinero. Lo único que sabemos es lo que sabía Henry Hill, que fue la fuente principal de información del libro que sacó a la luz la verdad: el fascinante "Wiseguy, Life in a Mafia family" de Nicholas Pileggi (1985, Simon & Schuster), que fue de donde se adaptó luego el guión de la película de Scorsese y de donde proceden todos los datos aquí expuestos. Si existe alguien que conozca lo que ocurrió en realidad y sigue vivo, es bastante probable que esa información se la lleve a la tumba. Por lo que conocemos, incluso es posible que el dinero aún esté enterrado en algún descampado de Queens o sepultado bajo un bloque de hormigón, en una cruel ironía del destino



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