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Máximo Gómez, defensor leal de la independencia

Defensor leal de la independencia

El 18 de noviembre de 1836 nace en Baní, República Dominicana, el Generalísimo Máximo Gómez, un hombre imprescindible en la historia de Cuba

Autor: Pedro Antonio García | [email protected]
17 de noviembre de 2014 21:11:20


Máximo Gómez Báez.


Encabezó a los cubanos en la memorable carga de Pinos de Baire, un día de octubre, al inicio de la Guerra Grande. Fue el vencedor de mil batallas: La Sacra y Palo Seco, El Naranjo y Las Guásimas, Mal Tiempo y Saratoga, entre otras; el estratega brillante de las campañas Circular, La Lanzadera y La Reforma; el que le hizo gastar a España hasta la última peseta y el último soldado.

Según confesión propia, el Generalísimo Máximo Gómez amaba la montaña, la sabana, las palmas, el arroyo, la vereda tortuosa para la emboscada, la noche oscura y lóbrega para el descanso de los suyos o para el asalto al descuidado fuerte español.

Amó más aún la lluvia que obstruía el paso del enemigo y denunciaba su huella, el tronco en que podía disparar a cubierto y certero; quiso como una novia el fusil; idolatró cual una divinidad al machete. Y cuando el amor fue correspondido —so­lía decir—, y supo acomodarlo a sus miras y propósitos, entonces el combatiente se sintió gigante y se rió de España.


IMAGEN DEL HÉROE

Cuenta el general mambí Miró Argenter que era Gómez de buena estatura, de pocas carnes, flaco, de tez trigueña, mirada viva y penetrante. Quienes le conocieron coincidían en afirmar que no fumaba ni profería malas palabras, ni permitía tampoco que se dijeran en su campamento.

Su uniforme, sencillo: botas de cuero, pantalón de casimir oscuro y una blusa guerrera color gris a rayas: en invierno se abrigaba con un saco de paño negro. Solo usaba como insignias el escudo de Cuba y la estrella solitaria, prendidas del lado izquierdo del pecho. Al cinto, un revólver con cabo de nácar y en los últimos tiempos, el machete curvo que había sido de Martí.

Muy sobrio en las comidas, preferiblemente asadas, gustaba de vegetales y dulces. Era tomador de café y solía obsequiárselo a los visitantes. Siempre llevaba consigo un jarrito de plata para los líquidos, que ataba en la parte posterior de la montura.

Escribía de noche hasta altas horas. Su cama habitual era la hamaca. Al toque de diana se levantaba el primero y su asistente le vertía sobre la cabeza un galón de agua, incluso en pleno invierno, ante el asombro del doctor Pérez Abréu. “Así no se cogen catarros”, decía simplemente el Generalísimo.


EL MÁS CAPAZ DE TODOS
Rápido y resuelto en su acción describía a Máximo Gómez el mambisito Miguel Varona Guerrero, quien apenas un adolescente se ganó machete en mano las estrellas de oficial. El general Enrique Loynaz del Castillo añadía: “Sus cabellos, más blancos que la humareda de los fusiles, a vanguardia siempre nos señalaban en el combate el camino del honor”.

Organizador enérgico, solía decir Martí, donde está Gómez, está lo sano del país, y lo que recuerda y lo que espera. ¿No es el más capaz de todos —señalaba Maceo—, y el que ahoga la ambición mezquina con su gloria y con su espada, más grande y más brillante que todos?

La historia militar del Generalísimo —escribió Miró Ar­genter—, se halla tan estrechamente unida a los fastos gloriosos de la rebelión de Cuba que bien puede decirse que él la escribió toda con su espada invicta. Fue iniciador de nuestra vocación internacionalista, el maestro en el campo de batalla de alumnos mozos y soldados inexpertos que llegaron a la categoría de caudillos de fama universal. Como por ejemplo, de Antonio Maceo.

Incluso los españoles no le escatimaron elogios. Arsenio Martínez Campos lo llamaría “el primer guerrillero de América”; Armiñán, “el que más valía de nuestros enemigos”; Cánovas le calificaría “el mejor general de ambos bandos en la guerra de Cuba”.

Entretanto, Gómez solo se consideraba a sí mismo “un soldado defensor, leal y entusiasta, de la causa de un pueblo noble, valiente y tan cercano, que casi es lo mismo, a la tierra donde se meció mi cuna”. Siempre estaré pronto a ocupar mi puesto de combate para la independencia —confesó el dominicano a Martí—, sin otra ambición que obligar a los cubanos a que amen a los míos y me recuerden mañana con cariño.
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