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Me niego a conspirar contra Kicillof.

El Chino Zannini es terrible. En pleno apogeo de Kicillof me pide que desde este espacio empiece a remar a candidatos que puedan reemplazarlo. Mi reacción fue negarme, y expuse tres razones. 1) Si le damos tiempo va a conseguir encaminar la economía. 2) Para la Presidenta es intocable. 3) Es un tipo que me cae definitivamente bien. Zannini replicó mis argumentos. Dijo. 1) Si le damos tiempo nos va a enterrar a todos. 2) Para la Presidenta no hay nadie más intocable que Néstor y, sin embargo, este chico está destruyendo el modelo económico que él legó. 3) Me cae definitivamente mal.

Ya ven, me dejó poco margen para resistirme. Para peor, sobre su escritorio tenía decenas de recortes de diarios de esta semana. Empezó a leerme los títulos. "Volvió a aumentar la nafta: 44% desde enero y 60% en un año". Es culpa del neoliberal de Galuccio, dije; no pensaba quedarme callado. "La recaudación crece menos que el gasto y el déficit es imparable". Lo de la recaudación -expliqué- es culpa de Echegaray, y el gasto y el déficit, de la herencia maldita, los poderes concentrados y los medios. "El dólar vuelve a batir récords". Culpa de los buitres. "Se desplomó el comercio con Brasil". Culpa del Mundial. "Las ventas de autos están en caída libre". Ya lo dijo la Presidenta: es culpa de las automotrices. Los encanutan. Odian vender autos. "Crece la recesión en la industria y el comercio". También lo explicó Cristina: culpa de la crisis global. Aunque hagas las cosas bien, es difícil ir contra el mundo. "La inflación no baja de 2% mensual". Culpa de las mediciones de las consultoras privadas. "Decenas de restaurantes cierran sus puertas". Gracias a nuestro modelo, que desterró el hambre.

Seguía leyéndome títulos, sin poder disimular su felicidad con la interminable sucesión de malas noticias económicas. Y yo, aunque él no me escuchaba, seguía contestándole, dispuesto a inmolarme en defensa de Kichi. "Caen las reservas del Banco Central". Culpa de Fábrega, un gastador compulsivo. "Aumenta la desocupación". Culpa de la gente, que no quiere laburar. "Crisis del sector inmobiliario". Mentira: hay que ver cómo aumenta la construcción en las villas. "Comenzaron a llegar las facturas de gas con aumentos de hasta 670%". Habiendo leña y estufas eléctricas... "Salarios y jubilaciones cerrarán el año con caída en el poder de compra". Culpa del año, que se está haciendo larguísimo.

Dejó los recortes y me encaró. "¿Pero no te das cuenta de que la economía cruje por todos lados y que en un par de meses para apagar esto vamos a tener que llamar a los bomberos?" No me animé a decirle que seguramente para entonces los bomberos van a estar de paro o pidiendo que se reabran las paritarias. De pronto le sonó el celular. Era Cristina. "Claro que sí, señora. Por supuesto, señora. Lo que usted mande, señora. Ya mismo, señora". Cortó y me dijo: "No entiende nada". Y siguió con su lamento y su estrategia. "La cosa se deteriora día tras día, y no va a faltar mucho para que ella me llame y me pida que a este chico le busque una embajada. Por eso es perentorio que vayamos instalando un candidato."

Me puso en un apuro, porque sabe que lo último que haría es conspirar contra Kichi. No es sólo un problema de lealtad con mi amigo y confidente. Le tengo miedo. Fíjense el poder e influencia que tiene, que hasta se da el lujo de bajarle línea a la Presidenta y mandarla al frente: "Señora, sobre los autos diga esto; sobre la recesión, esto otro; sobre la desocupación, tal cosa". Y ella, obediente, va, pone la cara y lo dice. Hay que animarse contra un groso así, eh.

Entonces, se me ocurrió hacerme el tonto (cosa que, según me dicen todos, me sale bárbaro). "Mire, Zannini, si hay que pensar en un nuevo ministro, diría que un buen candidato es Marianito Recalde. Se ve que se maneja bien con los números porque, siendo un gurrumín, acaba de declarar un patrimonio de más de 6 millones de pesos, que creció casi 20% el año pasado. Aerolíneas pierde una bocha de guita, unos dos palos verdes por día, pero a él le va muy bien. Deberíamos darle una oportunidad."

El Chino me miraba con ojos de vaca, es decir, con expresión de nada. O eso me pareció. Seguí. "Leyendo esta semana las declaraciones juradas de los de La Cámpora, me pareció que ahí hay otros buenos candidatos; chicos que han sabido invertir en propiedades, en dólares... No podemos menospreciar a gente que, a pesar de estar totalmente entregada a la militancia, logra ir haciéndose de una fortuna. Y, hablando de fortuna, obviamente no me olvido de que el patrimonio de la señora creció 15% el año pasado: tenía 48 millones y ahora tiene 55. Ya sé, usted me va a decir que las ganancias fueron, básicamente, fruto de alquileres y plazos fijos, un perfil de riqueza más vinculado con la renta que con un modelo productivista como el nuestro. Es cierto, pero igual no despreciaría a alguien que sabe administrar tan bien su capital. ¿Y si ponemos a un cualquiera y que la que tenga la palabra final en todas las decisiones sea ella?"

Dejé el despacho de Zannini feliz de haber ganado mi batalla: no me sumé al plan para empujar a Kichi. Eso sí, no soy necio y alguna bala me entró. Busqué en Google y anoté el número de teléfono. Un numerito fácil: el 100. El de los bomberos
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