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TESTIMONIO SOBREVIVIENTE DE HIROSHIMA



Luz intensa, conmoción, quemaduras severas, intenso dolor, heridos que gritan y cuerpos calcinados por doquier, desesperación por hallar a desaparecidos, tristeza por la muerte de seres queridos, efectos tardíos de la radiación...

Éstas son tan sólo algunas de las frases con las que los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki describen su experiencia en una de las mayores tragedias del siglo XX.

TAKASHI MORITA


Takashi es el presidente de la Asociación de Víctimas de la Bomba Atómica, en Brasil.

Tenía 21 años cuando le tocó presenciar el bombardeo en Hiroshima.

TESTIMONIO:

Como miembro de la Policía Militar, en ese momento se dirigía a las afueras de la ciudad para cumplir una misión. "Cuando vi la luz ya estaba en el suelo...".

Quemaduras:

Yo tenía 21 años y era miembro de la Policía Militar. Aquel día, yo y otros soldados teníamos la misión de llevar a un grupo de trabajadores que debían construir un refugio antiaéreo en una colina en las afueras de la ciudad.

Yo vivía en un cuartel militar, en el centro, y había salido antes de las 8:00 y aún estaba en la ciudad, camino a las afueras. Había tomado el tranvía por tres paradas y había seguido el camino a pie.


Estaba a poco más de un kilómetro del epicentro cuando sentí como si hubiera sido lanzado adentro de una bola de fuego. Fue todo instantáneo y no escuché nada. Fui lanzado como diez metros hacia adelante, hubo una luz, pero fue todo tan rápido que ni siquiera lo procesé conscientemente; cuando vi la luz ya estaba en el suelo.

Cuando levanté la cabeza, vi justo en frente el sitio de una escuela para niñas. El edificio, de dos plantas, había sido aplastado como una caja de fósforos. Enseguida la polvareda y la oscuridad lo invadieron todo y no veíamos nada, quedamos en una penumbra.


Lo primero que pensé es que había explotado un depósito de pólvora que estaba próximo. Me levanté y traté de llamar a mis compañeros. No conseguía ver. Algunos me respondieron y cuando se levantaron vi que estaban todos, pero había varios heridos.

Seguimos andando en dirección a la colina. Una anciana salió de una casa en escombros me llamó: “¡Soldado! Ven aquí, mi nuera y su hjo están atrapados dentro”.



Fuimos corriendo, removimos los escombros y encontramos a la madre, su cuerpo estaba sobre el de su hijo, porque cuando comenzó a caer la casa había intentado instintivamente protegerlo. Logramos liberarlos, pero poco después el fuego comenzó a invadir el lugar.


Cuando cayó la bomba, a las 8:15 de la mañana, muchos en sus casas tenían las cocinas prendidas porque preparaban el desayuno. En el verano de Japón el calor es casi insoportable, pero como soldado yo debía vestir mi uniforme, con gorro y botas, y eso me salvó de mayores quemaduras. Como el impacto fue por detrás, tenía quemaduras en la nuca y en las orejas.

El uniforme era de color verde claro. Si la ropa hubiera sido oscura, habría absorbido más el calor.



Seguimos andando y logramos llegar a la colina. Desde allí pude ver a la ciudad de Hiroshima prácticamente tomada por el fuego. No sabía qué había sucedido. Me di cuenta que no podía haber sido una explosión de un depósito de pólvora. Tampoco había oído ninguna sirena antiaérea, no se había oído nada.

Fue algo muy repentino porque, como supe después, se había tratado de un sólo avión, que voló a gran altura y por eso ni siquiera habían hecho sonar la señal de alerta. Tomó a la gente totalmente desprevenida.


Sólo algunas personas que estaban bastante lejos llegaron a oír el sonido de un avión y hasta lograron verlo, porque era un día de sol, y relataron que vieron un avión “muy brillante” y “bien alto”.

Desde la colina, sólo veíamos a la ciudad como en un mar de fuego. Un comandante dijo: “Alguien debe ir al cuartel a ver qué ha sucedido con Hiroshima”. Como yo no estaba tan herido como otros, me ofrecí a entrar en la ciudad. Tuve que dar muchas vueltas porque muchas avenidas estaban bloqueadas por el fuego y la gente estaba intentando huir.

No se si teníamos los oídos afectados, pero sólo se escuchaba un gran silencio.



Y empece a ver que la gente venía cargando muchos trapos o ropa colgada del brazo o de la mano. Caminaban como si arrastraran el paso. Cuando llegaron cerca, vi que lo que estaban cargando era su propia piel que se había soltado del cuerpo. La piel había caído como un trapo y estaba prendida sólo de las uñas. Arrastraban su propia piel, mientras gemían “¡Quiero agua, agua!”

Al principio me asusté mucho, pero después eran tantos, tantos que venían así, que empecé a perder noción de las cosas. Pasé por muchos lugares, tuve muchos encuentros.

Como estaba de uniforme, muchos me pedían ayuda, hasta hubo casos de partos. Una mujer mayor me pidió ayuda porque su nuera estaba dando a luz, yo, con mis 21 años, no sabía que hacer. Vi unas señoras que huían y con la autoridad que tenía les dije que ayudaran a la madre, yo también ayudé.



Mucho después supe que ese niño estaba vivo después de la guerra. La madre estaba agradecida por nuestra ayuda, porque muchos que huían atemorizados ni siquiera reaccionaron. Sólo querían escapar del centro. Sólo sabían que algo terrible había ocurrido en el centro de la ciudad.


Cerca del mediodía llegué a la zona del epicentro y ahí encontré soldados de una ciudad próxima que habían logrado entrar a Hiroshima y ellos dijeron que se trataba de un arma nuclear. Creo que fui uno de los primeros en saber qué había sucedido.

El seis de agosto, todas las escuelas de Hiroshima estaban participando con sus alumnos en un “día de limpieza” de la ciudad. Por ello había muchos niños y adolescentes en las calles de la zona del epicentro. La mayoría murieron, ni siquiera se logró hallar sus cuerpos.



En aquella época, la ciudad de Hiroshima era un delta, tenía siete ríos que corrían por la ciudad. Todos los ríos estaban repletos de niños y adultos con quemaduras que se tiraban al agua porque las heridas ardían. Muchos cuerpos, vivos y muertos, fueron arrastrados.

Me acuerdo de los niños que al principio gritaban y luego sólo lloraban, y todos gemían por agua. Pero los soldados nos decían que no podíamos darles agua, porque si una persona tiene quemaduras graves y se le da agua, puede morir. Muchos soldados lamentaron después no haber dado agua a los heridos, porque iban a morir de todas formas, pero cumplían órdenes.


Tengo muchos, muchos recuerdos, pero al mismo tiempo, a veces no quiero recordar.

Pasé la noche en unas ruinas que todavía seguían en pie, había tantos heridos alrededor... De mañana, cuando me despertaba, encontraba a muchos muertos. Y como era verano, había muchas moscas e incluso aquellos que estaban vivos estaban llenos de larvas. No había remedios. Así que los enfermeros les pasaban aceite de cocina y hasta eso se acabó, así que lo único que podíamos hacer era recoger cadáveres, apilarlos donde se pudiera y quemarlos.

Después de dos días comenzaron a entrar a la ciudad muchas personas de otros lugares para buscar familiares y de estas personas también muchas murieron porque la contaminación era tan grande.



Se considera sobrevivientes de bomba atómica a las personas que estaban en Hiroshima o que entraron a la ciudad dentro de las dos primeras semanas después de la bomba, porque recibieron mucha radiación.

Recuerdo que cuando iba por la ciudad después de la bomba, ni siquiera prestaba atención a mis quemaduras, pero una señora me dijo: "¡Soldado! Ven aquí que estás muy herido". Ella partió un tipo de zapallo y me pasó el líquido de la planta en las heridas. Me alivió bastante.

Fue allí cuando caí en la cuenta de que estaba herido, porque veía tantas personas quemadas, que para mí lo mío no era nada. El día 9 me interné en un hospital improvisado en una ciudad próxima; era una escuela transformada y allí me encontró mi familia.

Destrucción sobre destrucción

Hasta el 17 de setiembre, Hiroshima fue devastada dos veces por tifones. Muchas personas decían: “En este mundo no existe Dios, porque después de ser masacrados tenemos dos tifones”.

Los tifones son comunes en Japón, pero en general Hiroshima no era muy afectada. Pero más tarde vimos que los tifones fueron una bendición de Dios, lo que el hombre destruyó, la Naturaleza intentó limpiar.

Habían dicho que durante muchos años no crecería ni un pasto en la ciudad, pero yo creo, aunque no tenga pruebas científicas, que los tifones limpiaron algo de la radiación, porque poco después comenzaron a brotar algunos pastitos y en los árboles quemados comenzaron a salir hojas, y la gente que no tenía esperanza empezó a tener esperanza. Cuando pienso en eso quedo emocionado.



Muchas personas después de la guerra preguntaban: "¿Pero cómo es que ustedes continuaron en la ciudad de Hiroshima? Es que no había adónde ir.

Cuando terminó la guerra, los militares estadounidenses entraron a la ciudad y ya no se podía hablar de la bomba atómica. Hasta se le prohibió a la prensa japonesa hablar sobre la realidad de Hiroshima al resto del país.


Al final de agosto entró un equipo internacional presidido por un médico para ver qué había sucedido en la ciudad. Él se quedó horrorizado por lo que vio y escribió una carta a Naciones Unidas para que mandara la mayor cantidad de ayuda posible, pero esa carta nunca fue llevada a la ONU.

Estados Unidos prohibió la entrada de extranjeros a Hiroshima y Nagasaki. Sólo en diciembre entró un segundo equipo internacional. En todo ese período no llegaba ni ayuda internacional ni del resto de Japón, porque el país estaba arrasado.



Cada uno sobrevivía como podía, cada uno buscaba qué comer y ver por si mismo. Algunos quedaron algun tiempo en casas de conocidos o parientes en el interior o la periferia, y poco a poco intentaron volver a su lugar de origen y construir viviendas precarias.

El centro de la ciudad fue totalmente destruido y hoy es un parque memorial. Pero antes estaba habitado.

Ratón de laboratorio

Muchos me preguntan si tengo rabia de los estadounidenses. Pero yo siempre digo, no, tengo rabia de la guerra. Porque yo siento que cada soldado estadounidense también era víctima hasta cierto punto.

El soldado estadounidense no era mi enemigo, el enemigo mayor de todos era la guerra.

Después de la guerra, Estados Unidos trató de esconder lo más que pudo la información sobre la bomba atómica y confiscaron todas las fotos que podía. Esas imágenes que a veces se ven, son de los pocos que consiguieron esconderlas.



El museo de Hiroshima hizo una campaña para que los sobrevivientes pintaran lo que recordaban de la bomba atómica. De a poco, Estados Unidos va liberando las imágenes que confiscaron.

Todos los sobrevivientes en Brasil celebramos reuniones cada mes, somos 140 en todo el país, y a veces nos decimos: cómo es que Estados Unidos nunca pidió disculpas por la bomba; por lo menos una vez en la vida nos gustaría escuchar qué sienten mucho lo que hicieron, porque lo que hicieron fue un experimento.


Si lo que querían era mostrar la potencia de Estados Unidos, podían haber lanzado la bomba en un área menos poblada como advertencia de que lo mismo podía ocurrir en una ciudad, pero lanzaron una bomba el 6 en Hiroshima y el 9 en Nagasaki, cuando sabían que Japón no estaba en condiciones de seguir peleando por mucho tiempo más.

Eran dos bombas diferentes en potencia y contenido. Era un experimento, querían ver el efecto que provocarían en los cuerpos humanos.

Recuerdo que poco después entró en Hiroshima una delegación estadounidense de un instituto llamado ABCC (The Atomic Bomb Casualty Comission), un centro de estudios sobre los efectos de la bomba, y realizaron exámenes en muchos sobrevivientes pero nunca divulgaron los resultados.



A mí también me hicieron pruebas. Nos llevaban de un lado para otro, venía un jeep estadounidense a recogernos y a dejarnos, pero un día me dije a mí mismo y a mi familia: "Jamás iré de nuevo a esos exámenes, porque me tratan como un ratón de laboratorio".

Por eso, aun cuando tenía aquellos ataques de leucemia no fui al hospital, porque me iban a examinar como si fuese un animal.

Brasil me recibe

Como perdieron los padres, muchos intentaban sobrevivir como podían.

Diez años después del fin de la guerra, Brasil estaba intentando atraer inmigrantes. Y Japón buscaba que emigraran. Porque muchos que habían ido a establecerse en los países invadidos por Japón regresaron y entonces el gobierno había empezado campañas para fomentar la emigración.

Yo antes de la guerra era relojero y tenía un pequeño comercio donde también vendía máquinas de cocer. Allí llegó un día un señor japonés que vivía en Brasil y fue a Japón para ver cómo estaba el país y lo encontró hecho una miseria; Brasil era un paraíso. Él quería comprar unas máquinas de coser para llevar a Brasil y llegó a mi tienda.



Fue él que insistió en que yo me fuera a Brasil y después de un año me mandó los papeles. Había empezado la guerra de Corea y pense: si Japón entra en la guerra me llamarán a pelear. Mi esposa no quería viajar, ya me había casado en esa época y tenía dos hijos. La convencí, no quería que mi familia viviera otra guerra y hoy estamos aquí.


Brasil es un país que recibe muy bien a las personas, y el clima de San Pablo es muy bueno.

En Hiroshima, en los diez años que permanecí después de la guerra, sufrí de un tipo de leucemia, mis glóbulos blancos aumentaban exageradamente y me daban unos ataques como de malaria. Temblaba todo el tiempo de frío, aun cubierto de mantas. Pero en Brasil, nunca más me enfermé así.

Mi mensaje es que lo que tenemos que combatir no es a fulano o mengano, o a una nación. Lo que tenemos que combatir es la guerra.



Este año, la Asociación en Brasil organizó muchos eventos, por ejemplo un festival de la colonia japonesa en Brasil con una exposición de fotos y dibujos de sobrevivientes; también recibimos una joven de Nagasaki.

Desde 2000, estudiantes de Nagasaki comenzaron a juntar firmas por la paz, y el movimiento está creciendo.



Todos los 6 de agosto celebramos una misa en un templo budista, y el 9 de agosto en una iglesia católica, porque la ciudad de Nagasaki es muy católica.

Y el mensaje es siempre el mismo, vamos a luchar por la paz y no vamos a olvidar la destrucción que todas las armas nucleares pueden traer a la Tierra. La lucha es por la extinción de armas nucleares y por la paz mundial, ése es el lema de nuestra asociación.

Lo que yo quiero es que el mundo sea pacífico, y la base para ello es la educación.

Yo, como soldado, había sido educado desde pequeño en temas militares y encontraba que ésa era la forma correcta de ver las cosas. Había sido educado erróneamente.


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