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Mira el antes y despues de pandilleros Mexicanos



Lavaplatos, jardinero, chalán o rufero: No importa el oficio ni el origen, mucho menos el rostro. Todo lo que se oculta debajo de la piel morena, curtida por los rayos del sol, cubierta por un sinfín de tatuajes con motivos prehispánicos, letras y números, nombres de mujeres y representaciones de la muerte, no vale nada.

Discriminados por default, perseguidos de oficio en algunos estados y junto con los negros, el tiro al no-blanco favorito de los oficiales de policía, la comunidad chicana se abre paso con la misma fuerza y terquedad que el grano de maíz desgarrando el surco. Por necesidad, como un instinto vital que se revela (en palabras de Flores Magón) a través de la rebeldía.




El chicano se enfrenta a un mundo donde el análisis superficial y apologético de su cultura no basta para ocultar el craso fallo del Estado mexicano en la misión esencial de garantizar el desarrollo integral de más de un centenar de millones de personas.

He ahí su génesis, que sin embargo, omite históricamente su figura, como si se tratara de una mutación, un híbrido desagradable con voluntad y espíritu propio, que se abrió paso tomando un poco de entre decenas de culturas que forman identidades tan variadas a uno y otro lado del Río Bravo, pero suelen resumirse en estadounidenses o mexicanos.



“Los chicanos no saben si son de aquí o son de allá, pero se defienden y aseguran que son de ambos lados”, afirmaba categórico Carlos Fuentes. Desde Saint-Germain-des-Prés, a 9 mil kilómetros de la frontera entre México y Estados Unidos, la cuestión parece un tanto trivial.

La misma opinión comparten millones de mexicanos, que culpan al chicano de negar sus raíces, sentir orgullo por la bandera de las barras y las estrellas y tomar como propio lo poco que viven de la falsa promesa del American Way of Life.




Ignoran que frente a la sociedad norteamericana, se levanta un muro con idéntica fachada, pero construido con el peso de más de tres siglos de exclusión y diferencia racial: cholos, lowriders, gangs, marginados, drogadictos y delincuentes son las imágenes que pasan por la mente del ciudadano norteamericano promedio cuando para su desgracia, comparte el vecindario con alguien que por definición, resulta inferior.

El chicano no es reconocido como parte de la riqueza étnica y cultural que forjó a los Estados Unidos, ni tampoco como un mexicano, producto de un éxodo absurdo y sin retorno a un territorio donde su única ayuda está en ellos mismos.




Este sentimiento enaltece el orgullo chicano. ¿Cómo abrazar las costumbres de dos culturas que sistemáticamente, desde la esfera gubernamental y social, rechazan cada manifestación de la realidad diaria de los apátridas, negados por su país y excluidos de la sociedad norteamericana?

De ahí que la identidad de los chicanos responda a un origen y circunstancias propias, un contexto de emergencia y rebeldía, donde el modo de hablar y vestir, la forma de pensar y cada rasgo cultural es una resistencia, un grito sordo contra la incapacidad de su país y los complejos de una tierra donde no se encuentra y de la que también terminará ajeno, inmerso en su propia expresión cultural que abraza a todos cuantos la única nación y rasgos culturales son los creados a partir de una situación política y social decadente.




“Skin Deep” de Steven Burton es una serie fotográfica de más de dos años de realización, donde 9 pandilleros colaboraron con él. las primeras imágenes corresponden a las fotografías reales, mientras las del lado derecho fueron manipuladas digitalmente para mostrarlas a las mismas personas.

En palabras de Burton, ” la idea era eliminar digitalmente los tatuajes, presentar el antes y después y ver cómo reaccionarían. Sabía que los sujetos estarían impactados por las imágenes, pero no me había dado cuenta del impacto total de estas fotos podría tener en ellos”.


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