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Mis Viejos

Pero si alguna viuda tiene hijos, o nietos, aprendan éstos primero a ser piadosos para con su propia familia, y a recompensar a sus padres; porque esto es lo bueno y agradable delante de Dios.
1 Timoteo 5:4


Y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies.
Proverbios 23:22

Mis Viejos

Traje al mundo un niño al que rodeé con todos mis cuidados maternales. Si lloraba durante la noche, me levantaba y lo tranquilizaba tiernamente en mis brazos. Me olvidaba de mi cansancio y me quedaba junto a él hasta que se volviera a dormir. Cuando estaba enfermo lo llevaba al médico y me preocupaba por su salud. Sufría al verlo sufrir, ¡y hubiera preferido estar enferma en su lugar!
Cuando daba sus primeros pasos, agarraba con firmeza su pequeña mano y estaba atenta para que no tropezara. Caminaba pacientemente al ritmo de sus cortas piernas y me esforzaba en responder a sus preguntas infantiles poniéndome en su lugar…
Ahora tengo ochenta años. Pierdo la memoria. A mi hijo le molesta que le haga varias veces la misma pregunta. Cuando vamos de paseo, ya no puedo caminar sin bastón y me tengo que apoyar en el brazo de alguien. Debo pedirle a mi hijo que me lleve a las citas, y esto me cuesta, porque tiene mucho trabajo. Antes siempre estaba ocupada, pero ahora los días me parecen largos. Me siento sola… Mis nietos dicen: «Oh, la abuelita es vieja…».
Todos conocemos las situaciones que acabamos de describir. Fue el Creador quien puso en el corazón de una madre esta ternura natural, que la hace soportar tantas cosas por su hijo. También es Dios quien nos invita a devolver a nuestros padres los cuidados que hemos recibido. ¡Esto es algo justo y agradable ante él!


Respetemos a nuestros viejos que dieron mucho por nosotros.
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