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Mucho más que un hombre degollado.

Qué veo cuando veo la escena, atroz, del último acto en la vida de James Foley, el periodista norteamericano, de 40 años, degollado por el grupo Estado Islámico (EI), en algún lugar de Siria.



Postrado sobre la tierra, con una túnica naranja, cuerpo tieso, expresión de nada, no estoy viéndolo a él, tampoco a su verdugo -de negro, cuchillo en mano, salvajismo que se intuye y esconde detrás de una capucha que sólo deja al descubierto sus ojos-; tampoco el desierto, marco y telón de fondo silencioso de ese cuadro macabro, lacerante.

Más que a Foley, más que al asesino que le pone la mano en el hombro, me parece estar viendo y oyendo a los miles, muchos miles de jihadistas que ante este mismo video perturbador sonríen, y aprueban, y aplauden, y piden más. Un gringo, un hijo de las tinieblas, está pagando, por fin, sus pecados, y los de su país, y los de su cultura, y los de su credo.

No veo a Foley. Veo detrás de cámara. Hay gente ahí que ha organizado esto, que filma, que supervisa, que alienta, que apura. Que, cuando la cosa ha sido consumada, completa la faena. El cuerpo exangüe. La limpieza del arma. La pequeña escenografía. Gente que mira el video para comprobar que todo ha salido bien. Que la víctima y el victimario "están en cuadro". Gente que lo distribuirá como mercadería de valor y que lo venera como acción de culto. Que se presentará ante el más allá con el orgullo del deber cumplido.

¿Cuántos son? ¿Quiénes son? De ellos habló el Papa el domingo cuando dijo que hay que parar al agresor injusto. El verdugo de Foley habla un inglés de Gran Bretaña. Es decir, se ha criado entre nosotros. ¿Cuántos quisieran estar en su lugar? ¿Ya salen en busca de su próxima víctima?

No veo a Foley. Veo la guerra que desde aquí no vemos, aunque nos la cuenten. La ofensiva de Estado Islámico, nuevo Al-Qaeda, quizá mejor organizado, quizá más temible. La cruzada que lleva adelante para constituir -ya casi lo ha hecho- una nación propia en territorios de Irak y de Siria. El terror que amenaza expandirse hacia Occidente. Porque allí, en ese desierto, todo empieza, pero nada termina.

Veo a la familia de Foley. A sus amigos. A sus colegas del Global Post, medio para el que colaboraba. Veo a los cientos de periodistas que andan por esos mundos, a la caza de historias, y vaya a saber de qué otra cosa. Veo a Daniel Pearl, de The Wall Street Journal, también secuestrado, torturado y decapitado por extremistas jihadistas hace diez años, en Paquistán.

Veo que en Medio Oriente, pero no sólo allí, la noticia se sigue escribiendo con sangre.

Veo que, a veces, dan ganas ya de no ver nada.
La SIP, indignada con el asesinato

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) expresó su consternación e indignación por el asesinato del periodista norteamericano James Foley, de 40 años, en Siria, cuya ejecución en manos de un extremista del Estado Islámico (EI) fue dada a conocer mediante un video en las redes sociales.
Tiempo atrás, la SIP se pronunció para que el gobierno norteamericano ejecutara la ley libertad de prensa Daniel Pearl, que exige un mayor examen del estatus de las libertades de prensa en los países incluidos en los Informes Anuales de Prácticas de Derechos Humanos del Departamento de Estado.
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