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Muerte (cuento propio)

El siguiente cuento es mío, de Héctor Sandoval Muñoz.
La idea es compartirlo con ustedes y que den su opinión, cualquier comentario ofensivo será eliminado.

Muerte.


Los gritos se escuchaban cada vez más fuertes, y los golpes se sentían, retumbaban en el suelo y paredes de la casa y huían por las ventanas, se colaban por entre las rendijas y llegaban a los oídos del niño, que se cubría hasta la cabeza con la manta, e intentaba retener la respiración, “no me puedo mover, no me puedo mover”.




37 grados de temperatura mantuvieron la ciudad en un horrible calor ese día, y aún se mantenía durante la noche, pero en ese momento, el niño sentía mucho frío, y tenía las manos y los pies congelados y sudorosos, ahogó un gemido cuando sintió la puerta abrirse.



Ya no había más gritos, no había más golpes pero la oscuridad le aterraba, y algo le miraba desde la puerta, ese algo era frío e insensible, y sabía que el niño estaba asustado, pero no parecía importarle.
Cerró los ojos, como si cerrándolos escapara de la realidad, y la realidad era ésta:
Se encontraba petrificado, con el trasero pegado a la cama, sudando a mares, con escalofríos, y casi no respiraba, no quería que la cosa se enterara que estaba ahí…
Pero la cosa sabía, la cosa, siempre sabía.




Sintió la mano aferrarse a la manta y el niño saltó de la cama inmediatamente, no había nada, pero había algo, sus ojos no veían pero sus sentidos no le mentían, debía correr, su instinto así se lo decía, corrió y corrió, pero la puerta se alejaba y la distancia se hacía cada vez más larga, un eterno túnel sin fin, nuevamente habían vuelto los gritos, pero estaban sobre él, a su alrededor, era la muerte la que llamaba su nombre, y los gritos eran aquellos que había conocido en su vida, su padre, su madre, sus hermanos y primos, gritos de dolor y desesperación, como un coro terrible y burlón…



“La vida se trata de morir, no puedes evitarla para siempre”.
En el momento que “eso” se posaba sobre él y le tomaba los hombros, casi con cariño, con ternura, apenas una suave caricia, su pequeña mano alcanzó la puerta, quizás aún no era muy tarde, quizás podía lograrlo.


El anciano despertó en su camilla, en el hospital, el médico le había dicho que le quedaban pocas horas de vida, sentía el cuerpo débil, por todas las drogas de la quimioterapia.



A su lado, la enfermera de turno le miró, sorprendida.
-¿Desea algo?-le preguntó, quizás molesta de que aún no terminaba todo, esperando irse a casa.
-Un vaso de agua, por favor, he tenido un mal sueño.
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