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¡No rompa el espejo! Salmo 90:1, 8

Señor… Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro.
Salmo 90:1, 8


A ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados.
Isaías 38:17

¡No rompa el espejo!

Se cuenta que una reina había recibido como regalo un magnífico espejo. Pero cuando observó su rostro se vio tan fea que, llena de ira, rompió el espejo. ¿Y qué habría dicho si el espejo le hubiese revelado todos los secretos de su corazón?
Es difícil conocerse a sí mismo. ¿Quién nos conoce realmente? Sólo Dios. ¿Y qué dice? “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Él puede decir esto porque “todas las cosas están desnudas y abiertas” ante sus ojos (Hebreos 4:13).
Lo que nos sorprende es que Dios, conociendo toda la maldad del hombre, haya podido amarlo. El Dios bienaventurado a quien nada le falta, ¿por qué quiso llevar a su presencia a hombres culpables? ¿Debido a nuestros méritos?
No, nos ama porque es amor. Pero también es el Dios justo y santo. No puede renunciar a las exigencias de su justicia y de su santidad, por ello es necesario que los hombres sean purificados, hechos justos. ¿Cómo puede hacerse esto? A través de Cristo, quien sufrió en nuestro lugar el juicio que nosotros merecíamos. Los que lo aceptan por la fe son “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24).
La Biblia es como el espejo del alma. ¡Léala! Ella le dirá lo que usted es a los ojos de Dios, y lo que merece, pero también le mostrará cómo Jesucristo puede liberarlo de lo que lo avergüenza. ¡No rompa el espejo! ¡Lea la Biblia!
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