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Obama: Negociando con “terroristas”




Obama: Negociando con “terroristas”








Atrapado en las contradicciones entre la política interior y exterior de Estados Unidos, el gobierno de Barack Obama enfrenta en la actual coyuntura la dificultosa tarea de avanzar negociaciones con países a los que por decenios ha catalogado como “terroristas”.



Tales son los casos de Cuba e Irán, e indirectamente Siria, de cuyo régimen necesita para detener el avance del grupo, ese sí terrorista, Estado Islámico (EI).




Interrogado sobre esta paradoja, el secretario de Estado, John Kerry, explicó que la designación de países que promueven el terrorismo “es un proceso separado, no una negociación”.



Y agregó que para aparecer o no en la lista que elabora cada año la dependencia a su cargo se realiza una evaluación “bajo un conjunto muy estricto de criterios establecidos por el Congreso”, por lo que “nada se hará respecto de esta lista hasta que se complete la revisión”.



Entre los criterios para sacar o no a un país de dicha lista está la verificación de que en los seis meses anteriores el gobierno en cuestión no haya apoyado, ayudado o sido cómplice de actos internacionales de terrorismo.


Fuera del sistema de Naciones Unidas, Estados Unidos es el único país que se arroga el derecho de juzgar a sus pares por actividades de esta naturaleza y aplicarles sanciones.


La Unión Europea también tiene un listado, pero se refiere más a organizaciones que a gobiernos.


Las sanciones que Washington aplica a los países enlistados son la prohibición de venta de cualquier tipo de armas; el control de la exportación de materiales de uso dual, para lo cual se requiere notificar al Congreso con 30 días de anticipación de cualquier bien o servicio que pueda incrementar significativamente la capacidad del país en cuestión de apoyar el terrorismo; la suspensión de ayuda económica, y la imposición de diversas restricciones financieras.




Los motivos para formar parte de esta lista inaugurada en 1979 no siempre son evidentes y con frecuencia dejan asomar criterios políticos.


Sus primeros integrantes fueron Irak, Libia, Siria y Yemen del Sur; luego fueron añadidos Cuba (1982), Irán (1984), Corea del Norte (1988) y Sudán (1993). Nunca figuraron Afganistán y Paquistán, a pesar de sus vínculos documentados con organizaciones yihadistas.




Las salidas también son aleatorias. Irak, por ejemplo, fue quitado en 1982 y vuelto a poner en 1990, para desaparecer definitivamente en 2004, tras el derrocamiento de Sadam Hussein.


Libia salió en 2006, antes de la caída de Muamar Gaddafi, y ahora es refugio del yihadismo armado.


Lo mismo puede decirse de Yemen del Sur, que fue retirado tras su fusión en 1990 con Yemen del Norte.


En 2008 se quitó a Corea del Norte, a cambio de la renuncia a su programa nuclear, pero luego del ciberataque a Sony Pictures, del que Washington responsabiliza a Pyongyang, Obama estudia volverla a incluir.




En todo caso, en la última lista disponible del Departamento de Estado, emitida en 2014 y que corresponde a los acontecimientos de 2013, quedaron sólo cuatro países: Cuba, Irán, Siria y Sudán.



Acusada de apoyar a la insurgencia de izquierda en América Latina y otras partes del mundo –a la que se estigmatizó como terrorista–, Cuba mereció en el último reporte sólo dos párrafos, en los que si bien se menciona que la isla ha sido santuario para miembros de la ETA española y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), se aclara que La Habana ha tomado distancia y negociado con Madrid la devolución de varios de los primeros, así como albergado pláticas entre la guerrilla y el gobierno de Bogotá, en busca de un acuerdo de paz en Colombia.




También se admite que el gobierno cubano no ha proporcionado armas ni entrenamiento militar a grupos terroristas, aunque se hace hincapie en que ha dado cobijo a fugitivos de la ley de Estados Unidos.




Irán, por el contrario, ocupa casi dos páginas.


En ellas se asienta que ha seguido dando apoyo a grupos terroristas palestinos en Gaza, como Hamas y la Yihad Islámica, y a Hezbolá en Líbano.


También ha incrementado su presencia en África e intentó contrabandear armas a los separatistas hutis en Yemen y a la oposición chiita en Bahrein.


Para ello, dice, Teherán ha utilizado a miembros de la guardia revolucionaria islámica Al Quds y sus testaferros en el extranjero.



Según el análisis, Siria es un aliado crucial para Irán en la región, no sólo por la filiación alauita de su régimen, cercana al chiismo, sino porque es un santuario y la principal ruta de abastecimiento militar para Hezbolá, su principal brazo ejecutor en el exterior.




De hecho, esta milicia libanesa no sólo es señalada de apoyar militarmente al gobierno de Bashar el Assad, sino de reclutar y entrenar a chiitas iraquíes para que vayan a combatir a suelo sirio.



Sin embargo, miembros de Al Quds también se habrían involucrado directamente en combates en Siria, aunque Teherán sólo reconoce una labor de asesoría.



Responsables de las operaciones de inteligencia, estos militares de élite no sólo han sido detectados transportando armas y explosivos para Yemen y Bahrein, sino merodeando por Georgia, India y Tailandia, donde hubo una serie de atentados en 2012.



Cabe recordar que los ataques de 1994 en Buenos Aires contra la embajada de Israel y la mutual israelita argentina AMIA, se atribuyeron a agentes iraníes y milicianos de Hezbolá.





El caso de Siria está directamente vinculado con el de Irán, ya que a Damasco se le acusa de dar cobijo a Hezbolá y a Teherán de armar en territorio sirio a esta milicia chiita.


Además se atribuye a Assad el crecimiento de las redes terroristas, al permitir el paso de extremistas para combatir en Irak y que luego regresaron a luchar en territorio sirio.




El informe destaca que el régimen de Damasco ha intentado presentarse a sí mismo como víctima del terrorismo, al caracterizar a todos sus opositores como “terroristas”.




Llama también la atención sobre un posible esquema de financiamiento ilegal, ya que 60% de todas las transacciones comerciales en el país se hacen en efectivo y 80% de los sirios no utiliza el sistema bancario formal, lo que favorece un extenso mercado negro.



Tanto en el caso de Irán, con su programa nuclear, como en el de Siria, con su arsenal de armas químicas, Estados Unidos se dice pendiente de que no sean utilizados como amenaza contra sus vecinos ni caigan en manos de individuos u organizaciones que puedan utilizarlos como armas para infundir terror.



A reserva de que este año sea presentado un nuevo informe sobre los países que Estados Unidos considera “terroristas”, ésta es la base sobre la que Washington ha emprendido negociaciones con La Habana, para normalizar sus relaciones con Cuba, y con Teherán, para alcanzar un acuerdo sobre el programa nuclear de Irán.


Aunque hay muchos puntos sobre la mesa, el 27 de febrero uno de los negociadores cubanos, Gustavo Machín, condicionó la reapertura de embajadas en ambos países a que la isla sea sacada del listado. “Constituye un contrasentido que restablezcamos relaciones diplomáticas si Cuba continúa en esa lista”, asentó.



La consideración no es meramente diplomática.

Desde hace más de un año, la sección cubana de intereses en Washington enfrenta una difícil situación que le impide hacer operaciones bancarias y otras transacciones básicas debido al embargo y las sanciones económicas impuestas por aparecer en esa lista.

En estas condiciones, abrir una embajada sería materialmente imposible.



A pesar de ello, el secretario Kerry repitió el argumento de que se trataba de dos procesos diferentes, y que no habría ningún cambio hasta que se terminara la revisión anual. Voces anticastristas de la Florida se han manifestado en contra, y Robert Menéndez, un cubano-estadunidense considerado el demócrata más influyente en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, exigió primero la devolución de los fugitivos estadunidenses refugiados en la isla.



Sin embargo otra legisladora demócrata, Anna Eshoo, miembro de la delegación que vistó La Habana, dijo que en unas dos semanas Cuba sería sacada de la lista.



Es de suponerse que en el próximo informe del Departamento de Estado simplemente la isla ya no aparezca, creando el “contexto adecuado” que ha mencionado la negociadora cubana en jefe, Josefina Vidal.



De cualquier modo, el tema causó también escozor en otras esferas. De visita en La Habana, donde fue recibido por el presidente Raúl Castro a pesar de no ir en misión oficial, el expresidente socialista español, José Luis Rodríguez Zapatero, se pronunció por la exclusión de Cuba como patrocinadora del terrorismo y recordó el apoyo que le había dado el gobierno isleño para dar fin a las acciones armadas de ETA.



Doblemente molesto, porque cuando visitó recientemente la isla Castro no lo recibió, el actual ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, se quejó de que Rodríguez Zapatero no lo había consultado antes de hacer tal declaración, y dijo que ésta afectaba las negociaciones “bajo cuerda” que la Cancillería hacía para la extradición de los últimos refugiados de ETA.


El ministro no aclaró por qué este procedimiento era secreto, pero en todo caso sus dichos abundaron en el sentido de que Cuba estaba dispuesta a cooperar.


En el caso de Irán ni siquiera se plantea que salga de la infamante lista, pese a lo cual desde hace un año y medio el llamado Grupo 5+1, integrado por Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, China y Rusia, más Alemania, ha llevado a cabo negociaciones en Suiza con el fin de llegar a un acuerdo que garantice a la nación persa el legítimo uso civil de la energía nuclear, pero no le permita desarrollar armas atómicas.



No todos están convencidos.


Arabia Saudita y las monarquías del Golfo, que mantienen un pulso con Irán por el control regional, han expresado sus resquemores; pero sin duda el que más vehementemente se ha opuesto es Israel, que en boca de su primer ministro, Benjamín Netanyahu, acaba de protagonizar en Washington uno de los diferendos más sonados que gobierno israelí alguno haya tenido con su aliado estadunidense.



Invitado por la mayoría republicana en el Congreso –sin consultar al gobierno de Obama– Netanyahu pronunció un incendiario discurso en el que prácticamente acusó de ingenuos a Estados Unidos y las otras potencias que lo acompañan en las negociaciones con Irán.


“Es un acuerdo muy malo que no bloqueará el camino hacia una bomba atómica, sino al contrario lo pavimentará”, sentenció, y aseguró que “estaríamos mejor sin él”.



Pero el líder israelí no se limitó a criticar el acuerdo nuclear.


Aprovechó para recordarle al gobierno estadunidense que Teherán sigue en la lista de los gobiernos que patrocinan el terrorismo, y que financia a algunos de sus enemigos históricos como Hamas y Hezbolá.


Y también recordó, cómo no, los atentados perpetrados en Buenos Aires contra la embajada de Israel y la AMIA.


Netanyahu puede estar seguro de que Irán no saldrá de la lista, pero lo más probable es que el próximo 31 de marzo se anuncie el acuerdo definitivo sobre el programa nuclear con Teherán.



Y aunque tampoco ha habido insinuación alguna sobre un posible restablecimiento de relaciones diplomáticas –rotas desde hace 35 años–, está claro que desde que llegó a la presidencia el moderado Hasan Rohani, Washington tiene otra imagen del régimen iraní.


Si bien ya en otra ocasión había reconocido el rol militar que Irán está jugando para combatir al EI, hace una semana el secretario Kerry sostuvo ante una comisión del Congreso estadunidense que “aunque no tenemos ninguna cooperación, al menos tenemos un interés común”.


Y explicó que la nación chiita combate a los yihadistas tanto en Siria como en Irak. Paradójicamente, sus mismos combatientes son los que la mantienen en la lista de países terroristas.



Por lo que toca a Siria, no sólo no será eliminada del listado, sino que la condición sine qua non de que Assad abandone el poder se ha convertido en una trampa que impide a Washington acercarse al régimen de Damasco, que cuenta con la única fuerza militar organizada capaz de hacer frente a los milicianos del EI, con el continuado apoyo de Irán y el Hezbolá.



En fechas recientes el Pentágono anunció que entrenaría a rebeldes moderados sirios en Turquía, para enfrentar a los radicalizados grupos que combaten en Siria.


Sin embargo apenas se cuenta con un centenar de candidatos “confiables”, cuando se calcula que se requerirían por lo menos unos cinco mil.


El acuerdo se logró después de arduas negociaciones con Ankara, que pretendía que lucharan tanto contra el EI como contra el gobierno sirio, pero Washington impuso que se centraran en los yihadistas.



Y no es la primera vez que en los últimos meses Estados Unidos le da un cierto aire al régimen de Assad.



A veces las prioridades cambian.





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