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Octubre electoral



El próximo mes de octubre está colmado de elecciones de gran importancia para América del Sur. Brasil, Bolivia y Uruguay, en ese orden, eligen presidente para la segunda parte de la década. A pesar de los pesares, todo indica que los gobiernos progresistas seguirán revalidados por los ciudadanos. Y si los oficialismos progresistas tienen muchos puntos en común, el otro dato es que las oposiciones se parecen cada vez más.

Pasó el Mundial y ni siquiera la vergüenza carioca del 7 a 1 volvió reales los pronósticos de protestas multitudinarias que pondrían en jaque al gobierno y a la Copa. Si la selección de fútbol no estuvo a la altura de las circunstancias, al fin y al cabo, con las dificultades propias de un país periférico, la organización del evento deportivo más importante del mundo estuvo razonablemente bien. Basta un ejemplo “casero”: 300.000 argentinos pudieron viajar, recorrer las principales ciudades y hasta gozar al anfitrión sin que se produjeran desmanes de envergadura. Algo bien se hizo.

Con esa borrachera emocional y organizativa, Brasil ingresa ahora en la recta política hasta las elecciones presidenciales del 5 de octubre. El dato es que poco y nada viene cambiando en el escenario político: Dilma Rousseff está consolidada en torno a un 38% de intención de votos, y recién 16 puntos abajo aparece el opositor mejor ubicado, Aécio Neves. Todas las encuestan señalan que habrá segunda vuelta y todas, también, dan como favorita a la actual presidenta.

Una de las últimas encuestas de Ibope marca el acento regional y social de esos votos. Como viene pasando desde los tiempos del gobierno de Lula, el PT se consolida como el partido político de los más pobres y los asalariados medios. Y, junto a eso, un desplazamiento de los apoyos desde las grandes ciudades (donde, como San Pablo, fueron la cuna de aquel partido de izquierda sindical e intelectual) a las urbes medias y pequeñas y, sobre todo, hacia el nordeste del país. El acento es contundente: el 38% que votaría a Dilma en todo el país, sube al 55% en esa zona. Aécio Neves, incluso queda relegado al tercer lugar por Eduardo Campos, ex ministro de Lula y oriundo de Pernambuco, estado nordestino.

Más allá de los números (o explicándolos, en parte) aparece la política. Y las diferencias entre el oficialismo y las oposiciones hacen aparecer a los números de las encuestas como una victoria ajustada. El PT, con casi tres mandatos cumplidos, asoma con no sólo con una candidatura fuerte, sino con un liderazgo partidario y social que la apoya y completa. Lula y Dilma, en ese orden, componen una alianza política y personal exitosa, hasta el punto de que nadie en Brasil piensa que dos mandatos seguidos de Rousseff pueden eclipsar en algo el peso todavía relevante (si no decisivo) que tiene el ex presidente obrero. Un liderazgo “administrativo” y otro de “garantía” programática. Amén de diferencias notorias, cuando las elecciones argentinas obliguen a discutir el rol futuro de Cristina en un eventual nuevo gobierno del Frente para la Victoria, esta alquimia debe ser, al menos, mirada.

Por el contrario, la oposición, además de fragmentada, tiene un problema serio de agenda: el candidato Neves sacó su carta “fuerte” hace pocos días: dijo que renunciaba a su salario en el Senado mientras sea candidato. También propuso bajar el gasto del Estado anulando el Ministerio de Pesca y algunos más. Y eso es todo. Fue, eso sí, tratado con algodones en la reunión de la Confederación Nacional de Industrias (como la UIA, pero en serio) cuando presentó, igual que los demás candidatos su programa de gobierno, donde habló de reformas laborales y fiscales pro mercado. Con la película repetida ya varias veces desde la elección de Lula en el 2003, la apuesta del establishment no parece ser el presidente -cuando todo indica que la mayoría de los brasileños seguirán votando al PT- sino el Congreso, ese bastión conservador por ahora inexpungable para las fuerzas progresistas. Ahí están las palabras del propio padrino de Neves, Fernando Henrique Cardoso, cuando hablando de su partido y el PT, declaró: “ninguno de los dos partidos dispone (ni dispondrá) de mayoría en el Congreso. Consecuentemente ambos buscarán aliados: los mismos aliados... Es decir, los sectores políticos tradicionales de expresión regional, casi siempre clientelistas y, en general, poco favorables a reformas.”

El 12 de octubre en Bolivia no se festeja el “día de la raza” (en verdad, sólo un país latinoamericano, Honduras, mantiene esa denominación) sino de " el día de la descolonización”. Este día también se vota presidente y legisladores. Evo Morales (y toda Bolivia) da por descontado el triunfo, pero Evo quiere uno específico: subir otro escalón de diez puntos. En el 2005 ganó por el 54%, en el 2009 por el 64%, ahora quiere llegar al 74%...difícil, pero no imposible.

El caso boliviano es la cuadratura del círculo: pasó de ser un “estado fallido” en los 2000, a ser de los que más crecen en la región (en el 2013 apenas estuvo detrás de Colombia, por poco), con más reservas en su Banco Central en relación al PBI, junto a la reducción de la pobreza y la desigualdad. El “viento de cola” es, en todos lados, una forma perezosa o interesada de explicar por qué un país pasa por un buen momento. En Bolivia es todavía más absurdo: el Estado raquítico que en el 2005 recaudaba 300 millones por sus riquezas naturales, ahora recibe 6.000 millones (y además los reparte). No hay mucho misterio.

En ese contexto, la hegemonía del evismo es casi total. Y eso se ve en forma muy clara en el discurso opositor. Samuel Doria Medina, su principal candidato, es además el empresario cementero más importante del país. Pero en busca de algún resquicio electoral que lo acerque al menos a los dos dígitos declaró que “en el siglo XXI los recursos naturales no renovables deben estar en manos del Estado, no hay dudas de eso”. Y frente a los bonos sociales del gobierno de Morales, la propuesta opositora es apoyar a los empresarios dándoles...un “bono para emprendedores”. Semejante nivel de abducción de un discurso por otro refleja la enorme diferencia que hoy separa a oficialistas y opositores.

La última elección de octubre es la uruguaya. Y en este caso también la continuidad parece casi asegurada. Uruguay, se sabe, es un país viejo. Pero al crecimiento lento y casi vegetativo de su población se le contrapone otra costumbre oriental: un civismo extremo, lo que hace que para esta elección se hayan inscripto 250.000 jóvenes que votarán por primera vez. Según una encuesta de Cifra, el 60% de estos nuevos votantes se identifican con el Frente Amplio. Explicaciones hay muchas, pero una es la más obvia: es una generación que casi sólo recuerda una década de crecimiento y expansión de consumo.

También es una generación que, desde los primeros años de la escuela, recibió una netbook y acceso a internet, gracias al programa oficial Ceibal. La otra conclusión no es tan obvia, pero casi: no hace falta ser viejo para hacer comparaciones políticas y “recordar” los malos momentos. La continuidad democrática permite la construcción de un hilo político y social intergeneracional, donde se “aprende” sin necesidad de experimentar en carne propia.

Un reciente documento de la mesa política del Frente Amplio refleja este tema: “El desafío acá pasa por mostrar que somos nosotros quienes podemos seguir cambiando y que no se crea que el cambio está en otro lado, porque lo único que se conoce es el gobierno del FA”.

Algunos se entusiasman por el crecimiento en las encuestas de jóven Lacalle, hijo del que compitió contra Mujica, hace cinco años. De tono relajado, canchero, fanático de la banda argentina Sumo, con notorios clics y modismos de clase pudiente, no le cuesta diferenciarse de los 74 años de Tabaré. De todas maneras, parece algo estridente para un país que votó a un sobrio oncólogo y a un viejo líder de modos camperos.

Brasil, Bolivia, Uruguay, tres países de la región donde muy probablemente en poco tiempo se sepa que serán gobernados por fuerzas progresistas hasta las puertas del 2020. La novedad parece ser que las cosas (mucho) no están cambiando.

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