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Otra promesa difícil para Barack Obama

ESTADOS UNIDOS
Otra promesa difícil para Barack Obama





Foto: Familia musulmana, Obama, su padre y hermano




Si el prestigio de un político depende del cumplimiento de sus promesas, Barack Obama no debe mandar tropas a combatir a las milicias del Estado Islámico (EI) en Irak, aunque algunos estadounidenses opinen lo contrario.


Pero no sería la primera vez que el mandatario fracasa en su deseo de llevar a la practica lo que había prometido durante su campaña electoral, ya que hasta la fecha no pudo cerrar la cárcel de prisioneros de Guantánamo, Cuba.


¿Qué va a hacer el presidente estadounidense si los bombardeos y los drones (aviones no tripulados) no surten el efecto deseado para detener a los rebeldes fundamentalistas que quieren aplicar la versión más primitiva de la sharia en una extensa zona comprendida entre Damasco y Bagdad?



¿Cómo va a ser para entrenar a lo que considera la oposición moderada siria, sin entrar en roce con el gobierno de Bachar al Assad, luego de que el Congreso lo autorizará a armar a los rebeldes que luchan contra el EI?


Son todos interrogantes que aún no tienen respuesta cuando se analiza una nueva intervención de Washington en Irak, la cuarta desde de que en 1991 el ex presidente republicano George H. Bush lideró una coalición internacional para expulsar al ejército iraquí de Kuwait.


Muchos políticos norteamericanos tienen dudas sobre las medidas adoptadas por Obama, entre ellas Elizabeth Warren, senadora demócrata por Massachusetts, quien dijo en una declaración que no está convencida que la propuesta de entrenar fuerzas sirias opositoras beneficien a los intereses de la Casa Blanca "de manera adecuada".


Por lo tanto, la legisladora afirmó: "Yo no quiero que los norteamericanos sean arrastrados a otra guerra terrestre en Medio Oriente".



Alarmado por el avance de las milicias islámicas, que se financian a través del petróleo y de los territorios que conquistan, Obama autorizó los bombardeos contra el EI, el pasado 8 de agosto, tres años después del retiro de las tropas estadounidenses de ese país.


Esta semana, una activista entró al Senado con una pancarta que decía "Más guerra = más extremismo", después de que Estados Unidos le declara la guerra a los yihadistas, tras el asesinato de dos periodistas norteamericanos en Siria.


El hecho ocurrió en momentos en que el secretario de Defensa, Chuck Hagel, y el jefe del Estado Mayor conjunto, el general Martín Dempsey, brindaba un informe sobre los bombardeos a Irak.


Aparentemente, las declaraciones de Dempsey no estuvieron en la misma sintonía que las de Obama. "Si las circunstancias cambian, recomendaría al presidente que (soldados estadounidenses) trabajaran asesorando cerca de la zona de combate y acompañando a soldados iraquíes en ataques concretos", afirmó.


Por ese motivo, durante un discurso pronunciado en la base militar de Tampa, Florida, Obama volvió a insistir en que los soldados enviados a Irak "no tienen ni tendrán una misión de combate".


No será fácil atenuar el accionar del EI, un desprendimiento de Al Qaeda, la organización que liderada el el abatido millonario saudita Osama Ben laden, quien en una primera etapa trabajó para la Agencia central de Inteligencia (CIA) durante la invasión soviética de Afganistán, entre 1979 y 1989.


Es cierto que muchos combatientes de Al Qaeda, al que Washington responsabiliza por los atentados del 11 de septiembre de 2001, se pasaron a las filas del Estados Islámico de Irak y el Levante (EIIL) y luego al Estado Islámico.


Por eso Obama planteó la necesidad de que Estados Unidos encabece una coalición internacional, formada por países occidentales y árabes entre los que destacan Francia, Reino Unidos, Arabia Saudita y Qatar.


Pero la fuerza militar no basta para acabar con el EI, ya que algunos analistas sostienen que los ataques militares desde el exterior han beneficiado el alistamiento de decenas de miles de nuevos yihadistas que representan a una docena de países de Medio Oriente.


En medio de este panorama, el analista conservador estadounidense Thomas L. Friedman se preguntó: "¿El conflicto con el EI es nuestro o es de ellos?".


Friedman, en un comentario en el diario The New York Times, aseguró que Arabia Saudita es "el más grande financiador de las escuelas y las mezquitas a través del mundo islámico, prometiendo la versión más puritana del islam, conocida como salafismo, lo cual es hostil a la modernidad, las mujeres y el pluralismo religioso, sobre todo el pluralismo islámico".


"Arabia Saudita no puede continuar combatiendo al EI y alimentando la ideología que nutre" a los fundamentalistas islámicos, afirma.



Otros expertos respaldan el análisis de Friedman y señalan que Arabia Saudita y Qatar financiaron a grupos que tenían fuertes credenciales islamistas, ante la posibilidad de que fuera derrocado el gobierno sirio durante la guerra civil que asola a ese país desde marzo de 2011.


Varios de estos grupos, que tienen en común su rechazo al Irán chiita, tenían tenues lazos con Jabhat al Nusra, el brazo de Al Qaeda en Siria.



Según informes de la BBC de Londres, entre un 30% y un 40% de los combatientes extranjeros que pelean en la milicia sunnita proceden de países como Francia, Bélgica, el Reino Unido, Alemania y los países nórdicos.



La promesa formulada por Obama de no enviar tropas norteamericanas a combatir al EI preocupa no sólo a los estadounidenses sino a Occidente que vio en el Premio Nobel de la Paz a un político diferente del ex presidente republicano George W. Bush, quien invadió Afganistán e Irak tras el 11-S.


Ante la posibilidad de que la Casa Blanca participe en una nueva guerra, que podría extenderse más allá de los dos años que aún le restan de mandato a Obama, el analista David Ignatius afirmó: "Déjenme ser honesto: las botas estadounidenses están ya sobre el terreno y más están viniendo".


"La pregunta es si Obama decidirá decirlo públicamente o si permanecerá en su rol preferido de comandante en jefe", afirmó.



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