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Países que fueron y dejaron de ser en Norteamérica

República de Vermont (1777-1791), el país más progresista del mundo



Rodeado por los estados de New York, Massachusetts y New Hampshire y la provincia canadiense de Quebec se encuentra el estado estadounidense de Vermont. Su territorio ha estado escasamente habitado desde la época precolombina y todavía lo está (de hecho, por orden de población, es el penúltimo estado gringo). Los franceses reclamaron el territorio a principios del siglo XVII, le pusieron por nombre “la tierra de los montes verdes” (Les Verts Monts, y de ahí a Vermont hay un solo paso) y mantuvieron su dominio por 150 años; claro que para ajustarnos a la verdad, el “dominio” se limitaba a unos cuantos fuertes esparcidos por ese potrero de veinticuatro mil kilómetros cuadrados, y de hecho los ingleses también habían logrado establecer un par de fuertes por ahí.



La histórica rivalidad de ingleses y franceses no tardó en alcanzar un momento de alta tensión y un nuevo episodio de esa guerra casi milenaria estalló en tierras americanas en 1754. Pero lo que podía ser bastante disputado en Europa, en América representaba una dispareja lucha entre ochenta mil franceses (eso era lo que sumaban quebequeses y vermonteses) y dos millones de súbditos británicos (entre colonos e indios); adivinen quién ganó. Cuando Francia capituló en 1763 la que pasó a ser conocida como Guerra Franco-India, el territorio de Vermont se convirtió en parte del dominio británico, quedando repartido entre las colonias de New York y New Hampshire. Los poquísimos vermonteses de entonces vivieron unos años de tira y afloje entre las dos colonias (y desde 1776, los dos estados) y en 1777, en una convención que reunió delegados de 28 poblados diferentes, decidieron que ese potrero era suyo y de nadie más y que querían entrar a hacer parte de los nacientes Estados Unidos bajo su propia jurisdicción. Pero sus vecinos se opusieron ferozmente al ingreso de Vermont como nuevo estado.

Regresar a la colonia británica no era una opción, así que decidieron mantenerse como una república independiente, la República de Vermont (durante unos meses intentaron otros nombres: New Hampshire Grants, New Connecticut, Green Mountains, pero finalmente se impuso la tradición francesa). Proclamaron su constitución, la primera en el mundo que consagraba la abolición de la esclavitud y el sufragio universal para los varones; imprimieron su propia moneda y organizaron su servicio postal. Durante la Guerra de Independencia se aliaron con los Estados Unidos contra los británicos, y nunca organizaron un servicio exterior propio, ante la expectativa de incorporarse a las antiguas trece colonias. Finalmente en 1791, luego de catorce años de independencia, Vermont fue aceptado como el estado número catorce de la Unión. El espíritu progresista que animó a la antigua república sigue vivo y de hecho Bernie Sanders, uno de los dos senadores que al día de hoy representa a Vermont en el Congreso en Washington D.C., es el único parlamentario socialista de los Estados Unidos.





Austin, Houston y la República de Texas (1836-1845/46)



Durante la colonia española, Texas era una de las provincias del Virreinato de Nueva España y hacía parte de las llamadas “Provincias Internas”, que eran los territorios más al norte y más despoblados de todo el virreinato (otras provincias internas eran California, Sonora, Coahuila y Nuevo México, por ejemplo). Los españoles no habían hecho mucho por consolidar su dominio en la provincia de Texas, pero se sintieron realmente amenazados cuando Estados Unidos le compró la Louisiana a Francia en 1804. La Louisiana no era solamente el actual estado gringo, sino que se extendía por más de dos millones de kilómetros cuadrados hasta el actual Canadá (ver mapa aquí). En el marco del afán expansionista de los Estados Unidos, ellos reclamaban que Texas también era parte del territorio comprado a los franceses y por lo tanto ya no era español. En 1819 con el tratado de Adams-Onís los gringos básicamente dijeron “está bien, Texas es de ustedes, pero la Florida es mía”, y hasta ahí todos felices. El problema fue que al poco tiempo de la independencia mexicana y dado el poco interés del gobierno por aprovechar el territorio, crecientes grupos de estadounidenses empezaron a establecerse en la región. Aunque inicialmente el gobierno mexicano admitió con gusto a “Los Empresarios”, como eran llamados, pronto fueron tantos que se les salieron de las manos y no estaban dispuestos a aceptar más directrices de un gobierno con el que no compartían prácticamente nada.

La gota que derramó la copa fue la decisión del General Antonio López de Santa Anna, presidente de México, de revocar la constitución federalista de 1824 y retomar para sí muchos de los poderes de las regiones en 1835. Los Empresarios, liderados por don Stephen Austin se organizaron para luchar contra el centralismo de Santa Anna, pero pocos meses después, el dos de marzo de 1836 y con los ánimos exacerbados, proclamaron su independencia de México y el nacimiento de la República de Texas. Durante su corta existencia, la república se mantuvo en constante conflicto con México, que como es de esperarse, se negaba a reconocer la independencia de los texanos. Esto llevó a la formación de dos bandos: los que querían mantenerse como un país soberano, y los que veían la necesidad de adherirse a los Estados Unidos para evitar la retoma por parte de los mexicanos. Este último bando, liderado por el presidente Sam Houston, logró la aprobación de la anexión luego de dos años de negociaciones en 1845. En diciembre de ese año, Texas fue admitida como la estrellita número 28 en la bandera gringa y en febrero de 1846 la legislatura del estado declinó formalmente su soberanía.

Las ciudades de Austin y Houston le deben sus nombres a los dos próceres texanos (y no, estuve buscando pero no hubo un señor Dallas). Más aún, Houston, quien fue gobernador de Tennessee en su juventud, terminó su carrera como senador y gobernador de Texas, lo que lo convierte (récords pendejos que le gustan a la gente rara como yo) en la única persona elegida para gobernar dos estados diferentes de los Estados Unidos y el único exmandatario de un país extranjero en servir como gobernador y congresista en ese país



La República de California (1846), el país de la bandera del oso



La historia de la brevísima República de California está muy ligada con la anterior. Como Texas, Las Californias había sido una de las Provincias Internas de Nueva España, y al igual que Texas, era un potrero gigantesco y escasamente poblado, propicio para el establecimiento de nuevos colonos. El nombre en plural se refiere a la Baja o Vieja California (la península que hoy por hoy sigue siendo mexicana) y la Alta o Nueva California (el actual territorio estadounidense donde se encuentran California, Nevada, Utah, Arizona y partes de Colorado y Wyoming). Eran tan poco pobladas que cuando México se independizó no fueron admitidas como estados, sino como “territorios federales” y sinceramente poco le importaba al gobierno central la suerte de esa región inhóspita. En 1845 los californios (los habitantes hispanos de la región) habían expulsado al gobernador nombrado desde Ciudad de México y, aunque seguían siendo mexicanos, empezaban a discutir opciones: ¿protectorado británico? ¿dominio francés? ¿independencia? ¿anexión a los Estados Unidos?

Mientras tanto, el presidente estadounidense James Polk se sentía en su salsa; había ganado las elecciones presidenciales de 1844 prometiendo la anexión de Texas y la había logrado; ahora estaba decidido a ir por más. Envió una comisión de exploración a la Alta California liderada por el capitán John Frémont, y pronto empezaron a contar con el decidido apoyo de los colonos. Así, mientras los californios se dejaban ganar por las ansias de poder y no lograban acuerdos, los colonos, bajo la batuta del señor William Ide, se seguían organizando (a los lectores colombianos de este blog les sonara familiar el término Patria Boba). En abril de 1846 ya había barcos estadounidenses atracando en la bahía de San Francisco y a principios de junio empezaron escaramuzas para tomarse distintos pueblos de la región. El 15 de junio, luego de que se difundieran rumores de una posible intervención del gobierno mexicano, Frémont y los colonos se tomaron la ciudad de Sonoma y proclamaron la República de California, con William Ide como presidente. En la plaza del pueblo izaron una bandera con una estrella y un oso grizzli y pronto fueron conocidos como “los osos” o los de la “Revuelta de la bandera del oso”. Durante poco más de tres semanas la joven República batalló contra los diferentes bandos de californios tratando de ganar reconocimiento. Los de la bandera del oso no tenían ni idea que dos meses antes, el presidente Polk le había declarado la guerra a México y ya se estaban produciendo combates en diferentes frentes. El 5 de julio, conocidas las noticias, los colonos decidieron ponerle fin a su república, bajar la bandera del oso, izar la de las barras y estrellas y convertirse en un batallón más del ejército estadounidense.

La guerra entre México y Estados Unidos duró dos años y al final México perdió casi la mitad de su territorio (ver mapa aquí). Y aunque la República sólo duró tres semanas, su legado ha permanecido gracias al diseño de la bandera del estado de California: ahí siguen la estrella, el oso y la pomposa frase “California Republic”.


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