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¿Podemos seguir hablando de la generación perdida?

No, este artículo no va de los brotes verdes de siempre, sino de algunos cuantos lugares comunes proyectados sobre una generación, y sobre los "otros brotes verdes". Escuchamos a Isaac Rosa y Lucía Martín.


Se le han dado infinitas vueltas a las características de una generación a la que se ha tildado de perdida debido a su presente poco floreciente y su carácter conformista e individualista, según la han definido los supuestos expertos. Sin embargo, no todas las realidades son como las pintan los analistas y sobre todo, una gran pregunta se presenta con el paso del tiempo ¿Qué futuro les espera a la juventud y a sus sucesores? ¿Harán propio, de nuevo, el himno del "no futuro", o aún quedan razones para confiar?

A la gente le gustan las etiquetas desde mucho antes de las redes sociales. Un caso claro es el de las generaciones. Aún hoy siguen latentes los atributos referidos a la "Generación X", conformada por aquellos nacidos entre los 60 y los 80 e identificada a mediados de la década de los 90. Y eso a pesar de que aquellos jóvenes acusados de individualismo, inmadurez y falta de valores sean ahora padres de familia, creadores reconocidos, dirigentes mundiales o analistas dedicados a etiquetar a las generaciones que siguieron a la suya.


Esa afición por la clasificación de los grupos sociales definidos por la edad se ejemplifica perfectamente con la conocida como "Generación perdida". Fue en 2010 cuando Dominique Strauss-Kahn, en aquel momento director gerente del Fondo Monetario Internacional, pronunció el término para alertar de las posibles consecuencias de la crisis económica en países como España. Rápidamente la definición se estableció como habitual, y se utilizó para definir a uno de los grupos sociales que más estaba notando el desplome del mercado laboral, aquellos nacidos entre mediados de los 70 y los 90. "Generación Y", "millennials" o "ninis" fueron otros de los nombres otorgados a dicha juventud, aunque las fechas que abarcan las denominaciones pueden variar década arriba-abajo según quién la haya establecido y los factores en los que se haya fijado.

Por supuesto, esa generación tenía problemas dados por la coyuntura económica internacional, pero también por su presunto individualismo, su falta de valores y la perspectiva vital, atributos que prácticamente desde los años 70 las generaciones encargadas de las etiquetas han atribuido a sus sucesores. La periodista Lucía Martín escribió en 2011 el libro "¿Generación perdida? Desmontando ideas sobre los jóvenes" (editorial Áltera, 2011), y allí quiso desmontar los prejuicios que se tenían sobre la juventud en aquel momento: "Justamente, cuando yo lo publiqué pasó el 15M, que vino a corroborar un poco lo que yo defendía en el libro: la gente sí tenía valores, pero quizás no eran los que la sociedad había venido teniendo hasta ahora como cómprate una casa, etcétera".


En aquel momento aún había otra perspectiva -un tanto más esperanzadora- que ha cambiado rápidamente en los pocos años que han transcurrido desde entonces: "Lo que no quiero transmitir es la idea de que esta crisis va a hacer que este colectivo sea una generación perdida porque la crisis está afectando a muchas edades y hay gente que lo está pasando muy mal con 30, con 40 y con 50. Sí creo que a este colectivo en concreto les está retrasando absolutamente todo en comparación con otras generaciones".

Esa idea de que el término de "perdida" se sale de los límites generacionales establecidos se ha generalizado con el avance de la crisis. Para el escritor Isaac Rosa, autor de "La mano invisible" o "El país del miedo", los jóvenes que podrían entrar en dicho grupo social ni siquiera serán los que se lleven la peor parte: "Más preocupante me parece la situación de quienes hoy tienen 40-50 años, que tienen todavía por delante años de paro y subempleo, lo que hundirá sus pensiones de jubilación y les impedirá formar un colchón económico, para ellos y para los suyos. Los trabajadores precarios de hoy serán jubilados precarios mañana. Muy triste".

Sin futuro desde hace un siglo

Por supuesto, el término de "Generación perdida" no es nuevo. Su primer uso se remite a un grupo literario en cuyas obras se plasmó el pesimismo y la turbación de los jóvenes norteamericanos que vivieron la crueldad de la I Guerra Mundial, y la desolación de la Gran Depresión. Era la misma sensación que luego se repetiría en el punk en los 70 del siglo pasado, cuando la Crisis del Petróleo saqueó a la sociedad y la que se respira en la actualidad.


"A los jóvenes no les espera ningún futuro. Y esto no tiene que ser malo de por sí. Para mi generación (n.1974) había futuro, nos colocaron delante un futuro hacia el que caminar, y cuando ese futuro se ha descubierto espejismo y se ha desvanecido, nos lo han sustituido por un futuro negro, y así estamos: mirando atrás, buscando el futuro en el ayer, teniendo por horizonte el pasado al que queremos volver. En cambio a los más jóvenes nadie les ha prometido futuro", afirma Isaac Rosa. Para Lucía Martín, la clave de los años venideros será el aplazamiento: "Va a haber un descenso de tasa de natalidad, un retraso en la formación de hogares y en la mayoría de los aspectos de la vida en general".

Sin embargo, hay una parte de ese no futuro que va a ser construida no solo por los que ahora conforman esa "Generación perdida" de jóvenes con destino incierto, sino por los que les siguen pisándoles los talones: ahí están los "posts-millenials", o "Generación Z". Ellos han crecido viendo cómo sus hermanos mayores estudiaban carreras universitarias para acabar trabajando por menos de mil euros en la caja registradora de un supermercado. También tuvieron que volver a compartir habitación con ellos después de ser despedidos de sectores como la construcción, donde podían enriquecerse con facilidad sin haber estudiado.

¿Qué pasa con ellos y ellas? Isaac Rosa mantiene su tesis: "Cuánto más jóvenes, menos futuro prefijado, menos que perder, y por tanto menos miedo", aunque también reconoce que la falta de miedo tampoco es una garantía de buenos resultados: "Es cierto que esto puede conducirles a una toma de conciencia colectiva, pero también al individualismo total, al sálvese quien pueda. Veremos".

La vinculación de los estudios superiores a la funcionalidad -es decir la idea de estudiar una carrera con el propósito de obtener un buen trabajo, y no porque la cultura y el conocimiento sean importantes per se- y el fallo de dicho planteamiento también puede determinar las decisiones de muchos de esos futuros profesionales. "Tú te fijas en el 'corto plazo' y es el que te afecta, pero esto es una carrera de fondo. Quizás los estudios universitarios no te van a asegurar la plaza que tú esperabas, pero evidentemente, en caso de crisis económica una persona que tiene estudios lo pasa bastante mejor que una persona que no los tiene, aunque solo sea porque en realidad sus alternativas son mayores", sostiene Lucía Martín.


Si los valores que precedieron a dichas generaciones ya no sirven, y el futuro está por construir sin patrones de guía, entonces lo que queda es mantener la esperanza, (por maltratada que haya sido la palabra). "Vamos hacia sociedades mucho más competitivas y con muchísima más gente en el mercado laboral y, por narices, o te acabas deprimiendo o acabas innovando y prefiero pensar que se optará por lo segundo", aventura Lucía.

Para Isaac también es posible, aunque teniendo en cuenta alternativas que planteen opciones fuera de las actuales: "¿Esperanza? Si no existiera, emigraríamos o prenderíamos fuego a todo. La esperanza no está en la 'recuperación' económica, sino para mí en otros 'brotes verdes': los brotes verdes ciudadanos, las formas de activismo y desobediencia que se abren paso, los cambios de mentalidad que algunos ya hacen, las transformaciones ya visibles (aunque sean a pequeña escala, de barrio o de pueblo, y aisladas, discontinuas, efímeras). Por ahí creo que pueden venir las buenas noticias, por parte de quienes ya han entendido de qué va la 'crisis' y están construyendo otras formas de ser y de estar. Por ahora es poco, y no nos permitirá estar mejor el año que viene ni dentro de cinco años, pero es el camino a seguir (sin por ello abandonar otros frentes)".
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