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Por las calles del Gran Buenos Aires

El territorio que simboliza la Argentina
Por Luis Gregorich



El Gran Buenos Aires, se sabe, es el nudo inexpugnable de la tradición peronista y, en general, del deseo electoral. También podría ser calificado como una gran metáfora de la sociedad argentina. Además guarda, por su complejidad, enigmas de comprensión e interpretación que ningún estudio sociológico ha develado lo suficiente.

Al norte, opulento con islotes de exclusión y miseria; al sur y al oeste, más bien pobre, con grandes áreas de indigencia y núcleos de holgura social más reducidos. Más de diez millones de habitantes, y dos (o muchos más) mundos diferenciados y dispersos: uno, próximo a las estaciones ferroviarias (y pequeños o grandes centros comerciales); otro, más alejado y desolado, con precarias construcciones y déficit de servicios básicos. Es, seguramente, el territorio argentino más sembrado de countries . Urbanizaciones amuralladas donde, no siempre exitosamente, se enfrenta la invasión de los Otros, que a su vez han multiplicado los temibles Fuertes Apaches y Villas Carlos Gardel. Frustraciones, decadencia, lucha por sobrevivir, progresos parciales que bruscamente se interrumpen; distribución del ingreso que mejora un poco y que, inmediatamente, se degrada; ahora, más agresivo crecimiento de la inseguridad, la violencia y el tráfico y consumo de droga. Y al este, recostada sobre el río, la promesa y la fantasía de la ciudad de Buenos Aires propiamente dicha, sobre la que se derraman sin pausa sus vecinos -compatriotas e inmigrantes-, traspasando, casi siempre por necesidad, las fronteras de la General Paz.

Valga, con disculpas previas, un testimonio personal. Viví, durante 20 años -las décadas de 1950 y 1960-, en un modesto barrio obrero del oeste del Gran Buenos Aires, sembrado de calles con nombres de músicos famosos, de los que me tocó Verdi, cerca de la esquina con Liszt. Fue la época del final de la escuela primaria, del Colegio Nacional, de los primeros empleos editoriales, a cuyas sedes yo también, como otros cientos de miles de personas, concurrí como invasor de la gran ciudad modelo, después de caminar cinco o seis cuadras hasta la avenida suburbana que me había tocado en suerte, allí tomar el colectivo hasta la estación ferroviaria, embarcarme en el tren correspondiente y, por fin, completar mediante el subterráneo el viaje hacia mi destino laboral. Hora y media o un poco más de ida, y otro tanto de vuelta. Súmense a estos itinerarios otros menos previsibles, con regreso a altas horas de la noche.

Doy este rutinario ejemplo para poder decir que, durante esos años, jamás experimenté un sentimiento de inseguridad o miedo, ya fuera de día o de noche, al circular por las calles del barrio en que vivía. Podré haber sufrido, como otros tantos, por apremios económicos, por viajar mal o por no poder comprarme libros (lo que suplía pidiéndolos prestados en una sustanciosa biblioteca municipal), pero nunca por temor a que alguien me asaltara a la vuelta de la esquina, o me matara por unas zapatillas o una ración de droga.

Mi barrio estaba formado por las típicas casitas de uno o dos ambientes, baño y cocina, edificadas casi siempre, ladrillo a ladrillo, por sus propios moradores después de haber comprado el lote, o bien adquiridas gracias a larguísimos planes de pago en cuotas. No había, o no se conocían, casas o terrenos intrusados. Cada uno era dueño de su casita, y hasta reinaba cierta atmósfera solidaria, limitada, eso sí, por rivalidades futbolísticas o por la competencia establecida entre las diversas fábricas en que trabajaban los jefes de familia.

¿A qué se debe, hoy, el dramático cambio de escenario? Es cierto: hay varios millones más de personas en el mismo territorio, los ecos benéficos del primer peronismo se han apagado hace mucho, la falta de polos de desarrollo del interior sigue expulsando a gente hacia los confines de la Capital y las fuentes de trabajo, sobre todo industrial, se han estancado. ¿Pero esta enumeración lo explica y lo justifica todo? ¿Es capaz de explicar, por ejemplo, el presente absoluto en que se mueven como fantasmas y el frío desprecio por la vida, ajena y propia, de adolescentes asesinos, entrenados o no por sus mayores?

Así aparece, en un inevitable primer plano, el tema de la inseguridad y el delito, más notorios en el Gran Buenos Aires que en ningún otro ámbito del país, aunque ya inscriptos en todas partes. Podríamos esperanzarnos: si empieza a solucionarse en el conurbano bonaerense (otra manera de denominar al cosmos poblacional que nos ocupa), las soluciones se contagiarán. Dicho sea sólo de paso: falta también un análisis objetivo de los medios de comunicación, sobre todo audiovisuales, convertidos en noticieros policiales que naturalizan los hechos delictivos y saturan el aire con su apropiación.

En la lucha contra la inseguridad, ¿garantismo o posturas más conservadoras? Desde ahora me declaro garantista, simplemente porque cualquier sociedad que se respete debe garantizar a todos sus miembros la igualdad ante la ley y la vigencia de los derechos humanos tal como lo establecen la Carta de las Naciones Unidas y los diversos pactos internacionales.

Asimismo, se ha planteado, en ese debate, que el delito sólo cederá si mejoran las condiciones sociales, si baja la desocupación y si se accede a una distribución del ingreso más justa. Aunque, en este caso, la relación de causa a efecto es menos comprobable, tampoco hay demasiado para discutir ante una postura tan obvia. Sólo que la necesidad de la justicia social, y su gestión por el Estado, deben ser previas, y en cierto modo asimétricas, respecto del crecimiento de la inseguridad. Son obligación de los diferentes gobiernos, objetivos inexorables que no dependen de que haya más o menos delitos. Apenas si los pueden diferenciar los matices ideológicos y los rumbos prácticos que cada elenco gubernativo sostenga.

Ahora bien: el garantismo no puede implicar la falta de una política de seguridad. Garantistas, pero no inermes y descerebrados. La opción no debe ser gatillo fácil, mano dura y racismo apenas encubierto, por un lado, o impunidad para delinquir, crítica al abominable derecho penal y población indefensa, por el otro. No se trata de elegir entre Lombroso y Foucault. Se trata de articular, mejor, una política global con un costado de corto, cortísimo plazo, y otro de mediano y largo aliento. Entre las medidas de cumplimiento inmediato no hay nada nuevo que se haya inventado: para la policía y su capacidad de prevención y represión, más efectivos, mayor equipamiento y mejores salarios. Las manchas de corrupción que se han extendido por las fuerzas policiales no cancelan el sacrificio de una mayoría de agentes y oficiales honestos.

Las edades de imputabilidad se han ido bajando y quizá convenga hacerlo un escalón más, sobre todo para el asesinato aberrante y alevoso. Violar la sacralidad de la vida merece un castigo en todas las sociedades, aunque la pena deba regularse según la edad y la conciencia de lo hecho por los homicidas. Pero lo que debería ser objeto de severísimas sanciones, incluso con modificaciones y actualizaciones del Código Penal, es el papel de los padres y tutores de los niños y adolescentes asesinos, responsables, en última instancia -cuando no cómplices-, del camino que hayan tomado sus hijos. La lucha inflexible contra la facilitada compraventa de armas y el tráfico y consumo de drogas (de la próspera cocaína al indigente paco) se agregan a la nómina de medidas que no admiten dilación.

Por supuesto, la visión de mediano y largo plazo requiere otros instrumentos, políticos e intelectuales. El desafío para una interpretación global del conurbano sigue en pie: no tenemos aún el gran estudio sociológico del Gran Buenos Aires, como tampoco una importante novela que lo caracterice (si es que algo tan diverso y fugitivo puede ser caracterizado de una vez). Sabemos, sí, que el peronismo es la corriente política que ha predominado allí, como heredero aventajado de los viejos caudillos conservadores, aunque esta vez con una positiva inserción, al menos en una primera etapa, en las masas obreras y sus organizaciones.

Más tarde, en concordancia con el sindicalismo de Estado, vendrían el egoísmo neoliberal de Menem y el exasperado clientelismo de los Kirchner, reemplazando en ambos casos, si bien con discursos diferentes, la cultura del trabajo por la cultura de la dádiva. Sospechamos, aunque no podamos demostrarlo, que existe conexión entre el aumento de la inseguridad, la violencia criminal y las prácticas corruptas de intendentes comprometidos con el oficialismo peronista, cualquiera que este sea. Hay que decirlo: los partidos opositores han comprendido poco, mucho menos que el peronismo, de este trajín sociopolítico.

Ese es el territorio que simboliza la Argentina, con sus bienes y sus males, y que hoy se debate entre la violencia y la anomia. En tanto se ponen en marcha las indispensables medidas correctivas de cumplimiento inmediato -y esperamos que tanto el gobierno nacional como el bonaerense hagan su parte-, proponemos, como utopía alcanzable, un acuerdo sobre minoridad en el que intervengan todas las fuerzas políticas y sociales del país, con inversiones importantes para sustraer a los chicos, desde este mismo instante y a través de un pacto de muchos años, de la droga y el delito, reinsertándolos en la escuela y en sus sucedáneos para el tiempo libre, como el deporte, la música y las nuevas tecnologías. Podría constituir, junto con el incremento de fuentes de trabajo para los padres, una recuperada forma de la dignidad.

Para que algún día -no será hoy, ni mañana- las calles del Gran Buenos Aires profundo puedan ser nuevamente caminadas, de día o de noche, con libre decisión, sin tener que mirar a nuestras espaldas.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1221191#lectores
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