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¿Por qué el kirchnerismo no se desgasta?


Y la plaza fue, finalmente, del pueblo. A casi 12 años de aquel 25 de mayo de 2003, tras casi 12 años de gobierno nacional y popular, el apoyo al kirchnerismo en vez de menguar viene en aumento. Y el multitudinario acto del domingo es la prueba de la vigencia del modelo, más allá de los “fines de ciclo” que son anunciados recurrentemente por los medios opositores y los agoreros orgánicos de las clases dominantes.

Nunca en la historia de nuestro país un gobierno pudo finalizar su mandato en buenos términos. Desde el retorno de la democracia (para no entrar en recuentos históricos demasiado extensos), Alfonsín y De la Rúa se vieron obligados a retirarse antes de lo previsto y el único que pudo terminar su mandato (el innombrable), lo hizo absolutamente agotado, repudiado y en medio a una profunda recesión que estallaría en crisis terminal dos años después. Esos sí, señores, que fueron fines de ciclo.

Es lugar común en el debate político la cuestión del “desgaste” que afecta, o afectaría, al gobernante tras el ejercicio más o menos prolongado del gobierno. Habría allí un cansancio natural que parecería ser un límite a cualquier proceso político, tras lo cual el golpe de timón sería inevitable. Después de algunos años (10 en el caso del innombrable, menos para De la Rúa y Alfonsín), por el desgaste, un gobierno debería retirarse necesariamente de mala manera.

A diferencia de los gobiernos anteriores, el kirchnerismo no abandona sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada ni las abandona tras algunos años de ejercicio del poder político. El kirchnerismo no baja las banderas ni negocia las ilusiones de aquellos que lo condujeron al gobierno y lo mantienen allí. El kirchnerismo de hoy es el mismo del 2003 y tiene, por lo tanto, el mismo desgaste que tenía entonces, o sea, ninguno.

La derecha, por su parte, está arrepentida de su última movida golpista, la que pergeñó a partir de la muerte del fiscal: apostó a un desgaste que no existía y terminó azuzando a un pueblo que estaba más bien quieto. Ahora, no solo pasa que la popularidad y la aprobación de Cristina siguen intactas, sino que además se han plasmado en la calle, se han hecho visibles en la multitud que copó la Plaza el domingo último

Y como en nuestro país las cosas suelen ser al revés, el desgaste supuesto que sería inherente al ejercicio del poder político no afecta al gobierno: afecta a la oposición. El kirchnerismo hace y la oposición comete los errores. En este país de locos, donde el árbol suele mear al perro, alguna vez tenía que venir un gobierno que invirtiera la lógica del desgaste. Y así es como Cristina se fortalece más y más hacia el final de su mandato, mientras la oposición se sigue deshilachando.

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