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¿Por qué los precios suben si los comercios venden menos?


¿Por qué los precios suben si los comercios venden menos?


El Gobierno dio su índice de septiembre que arrojó un alza del 1,4%. Los consumidores se quejan al ver cómo aumentan las cosas, los comerciantes sufren por las menores ventas y el Ejecutivo también, porque la economía sigue fría ¿Qué falla y que cambió respecto a los buenos tiempos?

Cada día más parecido al viejo índice de inflación, el de la "era Moreno", el nuevo IPCNu de Axel Kicillof aumenta su brecha respecto de las mediciones que hacen las consultoras privadas.

Con el 1,4% publicado ayer para el mes de septiembre, la distancia pasó a ser del 74% respecto del "índice del Congreso".

Y los parecidos con los viejos tiempos llegan al punto tal que Augusto Costa, secretario de Comercio, criticó los relevamientos privados y aseguró que hay "una tendencia a la desaceleración de precios".

Pero, a esta altura, la credibilidad de la estadística oficial es ya un debate que no levanta mucho "rating" en el público.

Más bien, hoy el gran tema que concita el interés es: ¿Por qué los precios suben pese a que los comercios venden menos, la recesión no da tregua e, incluso, a pesar de que el Banco Central haya pasado la "aspiradora" para retirar pesos del mercado?

Es un tema que preocupa a los analistas y a empresarios, porque va en contra de la tendencia habitual: cuando la economía se enfría, el "consuelo" suele ser una moderación del impulso inflacionario.

"Lo que se ha inaugurado es un ciclo de recesión sin desinflación", grafica el economista Carlos Melconian.


La plata quema en los bolsillos

La emisión de títulos Lebacs (que el Banco Central ofrece a los bancos para que éstos le entreguen pesos), sumada al efecto inflación, ha hecho que la cantidad "real" de dinero cayera un 15%.

¿Cómo se explica, entonces, que pese a esta contracción los precios reaccionen al alza?

Para los expertos, esto es una clara señal de que se está dando uno de los fenómenos más temidos: la caída en la demanda de dinero.

Es la expresión que usan los economistas para designar el momento en el cual el público pierde la confianza en la moneda local y entonces trata de sacársela de encima lo antes posible, ante el temor de una rápida pérdida de poder adquisitivo.

"Hay, en términos reales, menos pesos que el año pasado. Pero el problema es que ahora circulan mucho más rápido y ese factor resulta suficiente para seguir presionando sobre los precios y el dólar", apunta el consultor Federico Muñoz.

¿Cuánto cayó esa demanda de dinero? Según cálculos del Estudio Broda, esa caída viene siendo de entre el 10 y 15% en lo que va del año, con una inflación proyectada del 42% para 2014.

En este sentido, el economista Roberto Cachanosky alega que al Gobierno le irá resultando cada vez más difícil valerse de la inflación como vía del financiamiento fiscal.

"En la medida en que los particulares quieran sacarse los pesos más rápido de encima, disminuye la base imponible sobre la que se aplica el impuesto inflacionario y esto hace que el Gobierno deba avanzar con una tasa de impuesto inflacionario cada vez mayor para recaudar lo mismo", argumenta.

Su opinión es compartida por el analista Diego Giacomini, de Economía&Regiones: "La caída en la demanda de dinero es la principal causa de que se sostenga la inflación y genera altos riesgos de que espiralice".


Lo que viene, lo que viene

De cara a los próximos meses, la perspectiva no luce alentadora. Se espera que el mercado se inunde de pesos, con una maquinita de emitir que imprimirá no menos de $100.000 millones en lo que resta del año

Desde Economía & Regiones plantean tres alternativas para una base de monetaria que crecerá cerca un 20%:

1. Demanda de dinero cae 15%: la inflación ascendería al 45% anual.
2. Demanda de dinero baja 20%: la inflación treparía al 54% anual.
3. Demanda de dinero cae 25%: la inflación subiría al 64% anual.

Claro que no todo está perdido para el bolsillo de los argentinos: si el Banco Central en vez de emitir consigue hacer una colocación de deuda para "bancar" el gasto, la inflación podría estacionarse en un 42% anual, calculan desde el Estudio Broda.


Fin del modelo pro-inflacionario

Esta tendencia a "huir del peso" es lo que explica el porqué los precios continúan hacia arriba -y a velocidades crecientes- pese a que los comercios vendan menos y a que haya caído el nivel de compras.

Lo que están planteando los economistas, en definitiva, es que ese mismo combustible que durante años fogoneó la demanda interna -y, por lo tanto, favoreció al consumo y al empleo- ya dejó de surtir efecto y hasta está jugando en contra.

En los buenos tiempos del modelo K, se generaba el fenómeno que algunos bautizaron como de "reactinflación", que consistía en poner todos los incentivos para que los argentinos vuelquen sus pesos a comprar.

Con alta inflación y bajas tasas de interés, las personas preferían no mantener sus ahorros en el banco y los transformaban en mercaderías.

Incluso, hasta se había instalado la idea de que era un buen "negocio" adelantar consumos.

La suba constante de precios se combinaba con la expansión del crédito, posibilitando el fenómeno de la "licuación de cuotas".

Ahora todo indica que se llegó al final de esa etapa de "tolerancia social" a la constante alza en los precios.

"La devaluación de enero y las turbulencias financieras del verano han provocado un quiebre en el comportamiento del público, que ha tomado mayor conciencia de la virulencia del proceso de subas de precios", argumenta Muñoz.


El dólar, factor clave

Un factor clave para los pronósticos inflacionarios es la actitud que tome el Ejecutivo respecto del tipo de cambio.

Apenas Alejandro Vanoli asumió en el Banco Central, prometió que el dólar se iba a quedar quieto. Pero lo cierto es que el mercado no cree que pueda mantener por mucho tiempo al billete verde en la cotización actual mientras que el resto de los precios suben al 40% anual.

Sin embargo, ajustar el tipo de cambio -si no se corrige previamente el déficit del Estado y se modera la inflación- no traería mayores beneficios.

Se considera que una devaluación es exitosa si todos los bienes y servicios se abaratan -medidos en dólares- y el país recupera competitividad cambiaria, lo que produce un "efecto reactivante" en la economía (favorece las exportaciones y la sustitución de importaciones).

Si, en cambio, la suba del billete verde es acompañada por un aumento de todos los precios, entonces el salto devaluatorio se neutraliza y el Gobierno se queda con la peor de las combinaciones.

Esto es lo que sucedió tras el ajuste de enero y es lo que lleva a pensar que una nueva corrección brusca del dólar sería inútil en cuanto a los objetivos perseguidos.

Por el contrario, hay sobrados temores de que se pueda agudizar una aceleración de la inflación.

"Hay razones fundadas para temer que, con un nuevo ajuste de la divisa estadounidense, la reacción de las variables nominales será la de una aceleración abrupta", argumenta Muñoz.

En igual sentido opina Fausto Spotorno, del Estudio Ferreres : "Si llegara a ocurrir una devaluación como la de principios de año, entonces el alza de precios será más fuerte".


¿Por qué antes sí y ahora no?

Años atrás el Gobierno se jactaba de inyectar pesos a la economía cuando las cosas pintaban mal y con esto lograba una reactivación. Pero lo cierto es que ahora esto ya no resulta.

¿Por qué? Porque en períodos previos, las "cajas" estaban todavía a su disposición, de manera que el Ejecutivo podía expandir el gasto público sin que ello implicara caer en una dependencia absoluta del Banco Central ni "matar" al sector privado.

Hoy, en cambio, no hay forma de incrementar ese gasto sin que esto implique acelerar el ritmo de la "maquinita" de emitir.

Los economistas advierten que ahí es donde está el drama del "modelo contracíclico": la culpa es de la propia política. Cristina defendió el incremento del gasto de 44% en el primer semestre, como elemento reactivante de la economía.

Pero el remedio de inyectar más pesos, ahora, no hace más que empeorar la enfermedad.

"En ausencia de financiamiento genuino y con la emisión monetaria espuria como única fuente de fondeo- ese aumento del gasto público dista de ser expansivo y, por el contrario, termina siendo alimento para la inflación", advierte Muñoz.

En tanto, Giacomini, señala que el remedio contracíclico del Gobierno sólo logra "retroalimentar un círculo vicioso, con efectos opuestos a los buscados".

Y lo describe en las siguientes fases:

1. Se potencian las expectativas de devaluación e inflación.
2. Cae entonces la demanda de dinero
3. El dólar paralelo se encarece.
4. Se debilita el consumo, la inversión y desciende el nivel de actividad.
5. Al enfriarse la economía, la recaudación se contrae.
6. Se recurre a aumentar el déficit y la emisión para financiar al Tesoro.
7. Se vuelve a punto 1 y así se retroalimenta el círculo vicioso.

A esto se suman otras cuestiones vinculadas con la cantidad de pesos y de dólares en el circuito.

Mientras rigió la libertad con el billete verde, los productores agrícolas tenían un fuerte incentivo para liquidar su stock, con lo cual cambiaban sus divisas estadounidenses por pesos (ayudando así al "drenaje"), que luego invertían en la economía real.

Ahora, en cambio, el incentivo es retenerlo, dada la creciente brecha entre el tipo de cambio oficial y el blue, así como la fuerte expectativa devaluatoria.

Esta reducción de la oferta de dólares por parte del campo cobra mayor dimensión por otra cuestión: la "raquítica" balanza comercial.

• En años previos, el resultado de las ventas al mundo menos las importaciones mostraba cifras que se ubicaban cómodamente por encima de los u$s10.000 millones.

• Para este 2014, las consultoras proyectan un magro saldo de u$s7.000 millones, pese a una cosecha récord de soja, y con perspectivas de que en 2015 la balanza siga reduciéndose.

En otras palabras, antes había dólares. Ahora sobran pesos que, además, no tienen el mismo poder para reactivar el ritmo de compras.

Los consumidores buscan sacárselos rápidamente de encima, al tiempo que se quejan al ver cómo suben los precios.

Pero no son los únicos que se lamentan, también sufren los comerciantes que venden menos, pese a la batería de descuentos y beneficios que otorgan.

Lo cierto es que todos añoran esos viejos tiempos del "modelo K" en los el Gobierno "hacía llover" billetes y era buen negocio "ahorrar consumiendo".


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