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¿Por qué votar a Macri?

¿Por qué hay que votar a Macri?



El voto es sólo una parte de la democracia. No es todo. También es necesario informarse, formarse e involucrarse en política en la medida de lo posible, conforme la disponibilidad de tiempo y recursos de cada uno. Pero a la hora de la verdad, en última instancia lo que define es el voto y todo lo otro es un medio para un fin: mejorar la calidad y representatividad de la dirigencia política.



Este año los argentinos volvemos a las urnas, como afortunadamente ya es habitual. Y tenemos nada menos que una gran disyuntiva: elegir entre la exacerbación del autoritarismo, la corrupción, el clientelismo y la impunidad hasta límites extremos, o bien lograr que haya un castigo popular a todos esos males y un recambio de dirigencia política favorable a la democracia, la división de poderes y la tolerancia.

El populismo ideologizado es un camino de autoritarismo progresivo que tiende paulatinamente a consolidar una dictadura de vocación totalitaria. Su tendencia a la concentración del poder y a justificar cualquier medio por los supuestos fines benéficos alegados no tiene límites. De hecho, la historia da muestras sobradas de esto. El mismo Perón llegó a plantear la violencia física directa y a encarcelar y silenciar a opositores, como ahora está ocurriendo en Venezuela. La disyuntiva en Latinoamérica ya no es populismo o dictadura militar, como equivocadamente se planteó la política en el siglo pasado. Hoy el dilema es dictadura populista o democracia republicana.

El populismo, como método político de concentración del poder fundado en una voluntad popular hipotética, consta de ciertas fases. Presenta sus variantes en función del contexto de cada sociedad, pero su objetivo es siempre la máxima concentración del poder posible, y en ese sentido es sumamente predecible. No hay más vuelta que darle. El “vamos por todo” no fue sólo un eslogan triunfalista ocasional, sino una síntesis de la ambición de poder insaciable inherente a todo proyecto populista.

Dicho esto, es bueno recordar que el fundamento de la democracia no es sólo que todos nacemos libres e iguales y nadie tiene un derecho de mando arbitrario sobre los demás, sino también que se necesitan instituciones políticas adecuadas para que el desarrollo pueda ser sostenido en el tiempo. Sólo instituciones políticas sometidas al imperio de la ley, a la transparencia y al control del pueblo pueden cumplir sus funciones de manera razonable y generar un entorno de libertad y oportunidad para todos los integrantes de la comunidad. Esto exige división de poderes, no absolutismo; desconcentración, no acumulación creciente de poder; tolerancia y respeto, no ruptura social y violencia.

Los últimos movimientos del kirchnerismo tendientes redoblar su agresión al Poder Judicial y a ubicar en cargos estratégicos a los cuadros más adictos y extremistas, como Zannini y los miembros de La Cámpora, no es más que un eslabón del proceso populista cada vez más totalitario en marcha desde 2003. El populismo tiene como debilidad la fuerte dependencia de un líder carismático, y si se permite que triunfe jugando una segunda carta, como Scioli, es de esperar que salga de esa experiencia fortalecido y potenciado.

La discusión que se plantea es entonces si queremos que nuestro sistema político ejerza una dominación sistemática sobre nosotros, los electores, o si preferimos que el poder tenga ciertos límites razonables que protejan la esfera de influencia y libertad de cada uno. Esto último nos corresponde por el hecho de ser personas, y es lo que precisamos para poder aspirar a construir nuestro futuro de manera autónoma, sin depender denigrantemente del arbitrio del Estado ni de gobierno alguno.

Optar por un cambio nunca garantiza nada. Pero el hecho de repudiar el extremismo y castigar las malas prácticas políticas es un precedente que ejerce presión a favor de una mayor calidad y representatividad de la dirigencia. Votar en contra del kirchnerismo sería en cualquier caso un buen precedente y la apertura de un posible camino de reconstrucción de nuestra agobiada y castigada nación.

Ahora bien, es importante que, más allá de la preferencia que establezcamos en las elecciones internas, en las elecciones generales votemos a aquella propuesta democrática y republicana que mejor posicionada esté para ganarle al oficialismo. Y esta opción es hoy por hoy el PRO de Mauricio Macri, y nada pareciera indicar que pueda haber algún cambio de acá a octubre a este respecto.

Quien escribe votó en 2011 a Binner. Esa era para mí la opción democrática y republicana más competitiva ese año. En 2007 voté a Carrió y en 2003 a López Murphy. Si en cualquiera de esos años hubiera ganado alguna de esas opciones, la realidad de la Argentina sería hoy muy diferente. Estaríamos más o menos encaminados hacia la consolidación de una democracia representativa estable, como Uruguay o Chile. Nuestras instituciones estarían sometidas a un control razonable y eficaz de legalidad posibilitado por una división real de poderes. La tolerancia y la moderación hubieran permitido el pacto de políticas de Estado orientadas al largo plazo. Nuestro Estado hubiera abandonado la arbitrariedad clientelista que degrada, somete y excluye, para pasar a garantizar derechos que son herramientas de autosuperación. Estaríamos discutiendo si movernos un poco más a la izquierda o a la derecha, como se discute en todos los países desarrollados o en proceso de desarrollo, pero con la tranquilidad de saber que lo que se decida se implementará de manera transparente y razonable, con los debidos controles y filtros inherentes a la república.

Mauricio Macri y su partido PRO adhieren a una centroderecha sumamente moderada y morigerada por la coyuntura argentina, inspirada en el desarrollismo frondizista tan alabado hoy en día. En Chile serían verdaderos izquierdistas. O sea que no es un partido extremista ni mucho menos, y no hay una diferencia sustancial en la Argentina de hoy entre centroizquierda y centroderecha. Por su parte, han gobernado en la CABA respetando la división de poderes y transparentando la información pública. Han invertido de manera eficiente en infraestructura que hacía mucho tiempo estaba abandonada y en deterioro en nuestra capital. Y no han tenido prácticamente casos de corrupción, lo que demuestra que no es un partido o grupo político integrado al sistema político vigente a nivel nacional, que se basa en el verticalismo prebendario y la corrupción sistémica y estructural.

Así que lo que propongo humildemente en estas elecciones presidenciales de 2015 es que los argentinos que creemos en la democracia, que confiamos en nuestro propio potencial y que estamos cansados de ver a nuestra patria desmoronarse ante nosotros en cámara lenta sin que nadie haga nada para evitarlo, votemos a la opción democrática y republicana más competitiva, o sea al día de hoy al PRO.

Votemos según nuestros principios, pero también de manera inteligente; mirando nuestro corazón, pero también el entorno que nos rodea. Si no lo hacemos, puede que cuando nos arrepintamos ya sea demasiado tarde y elegir el cambio tenga otro tipo de costos, como ocurre hoy en Venezuela.

Basta de Peronismo barato, Cambiemos

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