Check the new version here

Popular channels

Qué hacer ante el derrumbe de Arg y Ven.







En América Latina no hay excusas para negar las violaciones a los derechos humanos que ocurren bajo la gestión de Cristina Fernández y Nicolás Maduro. Análisis de Nicolás Albertoni





(*Licenciado en Negocios Internacionales e Integración por la Universidad Católica y maestrando en Política Exterior en la Universidad Georgetown, EEUU)

Recién asomaba la primavera del año 1942 en Inglaterra cuando llegó una carta proveniente de Polonia al despacho del entonces Ministro de Relaciones Exteriores Anthony Eden. No fue igual a las tantas misivas que llegaban cada mañana a ese mismo despacho, sino, muy posiblemente, una de las más importantes en muchos años. Al leerla, ese ministro pasaba a ser testigo de un testimonio escrito sobre uno de los hechos más crueles que haya vivido la humanidad: el “Holocausto” del pueblo Judío.

Una de las tantas preguntas que muchos se hacen al conocer los lamentables resultados del “Holocausto” es si no existieron testigos capaces de detener aquella masacre. Esta interrogante, seguramente nunca encontrará respuestas acabadas, aunque sí debería motivarnos a pensar sobre el papel del testigo en nuestro presente y futuro.

Llegan a millones los judíos y no judíos asesinados por los nazis o que murieron como resultado directo de las medidas discriminatorias de aquellas décadas. Sin embargo, el asesinato sistemático no se inicio? sino hasta la invasión alemana de la exUnio?n Sovie?tica, en junio de 1941. Desde el 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller de Alemania, existían violaciones a los derechos humanos de varios grupos sociales y políticos que se oponían a los nazis. Muchas de aquellas violaciones se hicieron públicas, pero otras tantas (entre ellas la “Solución Final”, plan alemán que consistía en asesinar a todos los judíos de Europa), tardaron varios meses en encontrar testigos más allá del las victimas y los culpables.

La carta que llegó al despacho del ministro inglés representa el primer informe escrito histórico que se tenga conocimiento acerca del plan para llevar a cabo el asesinato masivo de los judíos. Muchas hipótesis existen acerca de que nada de esto se desconocía, pero lo que sí es seguro es que aquella misiva –como toda palabra escrita– impedía toda excusa posible de desconocimiento de aquella masacre.

Fue el polaco Jan Karski el emisario de aquella carta. Tras salvarse de la masacre de Katyn, una serie de asesinatos en masa realizada por la URSS en 1940, y gracias a su carta, Karski se transformó en “el primer mensajero del holocausto”. Asimismo, más allá de su testimonio, la reacción de los aliados no fue inmediata. Muchas vidas se perdieron en los meses siguientes de conocerse las atrocidades que aquella carta testimoniaba. Recién en enero de 1944 se estableció una Comité para Refugiados de Guerra, con el objetivo de salvar a las víctimas de la persecución nazi. Ya era tarde.

Las “cartas” sobre Argentina y Venezuela

¿Qué nos deja esta historia de la carta de Jan Karski ante los lamentables hechos de violencia que acontecen hoy en países como Venezuela y Argentina? Ante todo, interrogantes. Una de ellas es que, si bien previamente a aquel testimonio muchos podrían haber sido los rumores sobre lo que sucedía en Polonia y otros puntos de Europa, las comunicaciones no eran las mismas que hoy. Y muy posiblemente los gritos de la muerte de los campos de concentración nazi, estuvieron por tiempo guardados en el dolor de las víctimas y en la culpa (si es que existió) de los culpables. Pero, ¿hoy tenemos derecho a decir que desconocemos las violaciones a los derechos humanos que acontecen en Venezuela y Argentina? ¿Acaso no estamos siendo testigos directos de lo que en estas naciones sucede? ¿Por momentos no actuamos cómo aquellos aliados que más allá de conocer lo que sucedía, la reacción inmediata que muchos toman es el silencio o peor aún hasta el respaldo a quienes llevan a cabo esas violaciones?

Entiendo que las generaciones actuales somos más testigos de los hechos que acontecen en nuestros días, que lo que pudieron haber sido las generaciones del pasado. La razón es muy sencilla: la masividad de la comunicación. La misma que hoy muchos gobiernos repudian y tratan de tapar.

Está claro que muchas veces el mensaje que se comunica puede ser difuso, pero hay hechos que trascienden la posibilidad de engaño. Además, ¿qué posibilidad existe de engaño en un país donde ya casi no existe prensa independiente? Quien relata es quien sufre. ¿Por qué no creerles entonces?

La “generación testigo”

Desde esa perspectiva es que defino a la generación actual como “generación testigo”. Por eso creo que no tenemos excusas para decir que no sabemos lo que está sucediendo en Venezuela o Argentina. Crecemos siendo testigo de hechos que antes bien podrían haber sido desconocidos. La carta de Jan Karski llega todos los días a nuestras manos.

¿Y qué implica ser testigos? Primo Levi, uno de los pocos judíos sobrevivientes al exterminio nazi que pudo regresar a su patria, lejos de transmitir felicidad por su suerte, en abril de 1946 envía una carta a su amigo Jean Samuel diciéndole: “Lo queramos o no, somos testigos y llevamos el peso de nuestro testimonio”. Ser testigo para Levi es transformarse en una persona sin descanso, que pasa a cargar por siempre en su espalda la responsabilidad de lo que vivió.

Muchos podrán preguntarse por qué la analogía entre lo que sucedió alguna vez en Europa con lo que sucede hoy en algunos países de América Latina. La respuesta es sencilla: sucede que cuando se hace el mal, a diferencia del bien, importa más el adjetivo que las escalas. El ladrón de una joyería lo es tanto como el que roba una pequeña verdulería. En ambos casos el culpable del hecho es ladrón. Lo mismo sucede con quienes usaron y usan el poder para reprimir el libre pensamiento de una sociedad. El adjetivo que los describa siempre debería de ser el mismo…

Muchos teóricos han buscado comprender la importancia de la memoria en la historia. Paul Ricœur plantea que “la historia es heredera de un problema que se plantea en cierto modo por debajo de ella, en el plano de la memoria y el olvido”. San Agustín, por su parte, es quien introduce la meditación secular referente a las relaciones entre el pasado de las cosas recordadas, el presente de las cosas percibidas y el futuro de las cosas esperadas. Más en el pasado aún, Sócrates, en Teéteto, reflexiona sobre este tema diciendo: “Imagínate que alguien te hiciera esta pregunta: ‘Si uno ha llegado a saber algo en un momento determinado y aún tiene y conserva el recuerdo de ello, ¿es posible que no sepa eso mismo que recuerda en el instante mismo en que lo recuerda? Puede que exprese prolijamente pero lo que quiero preguntar es si alguien que ha aprendido una cosa y la recuerda no lo sabe’”.

Ante el planteo que este ensayo busca poner en debate, sugiriendo que la masificación de la comunicación nos hace testigos a “todos” y es por eso que debemos denunciar –desde el lugar donde nos toque estar– las violaciones a los derechos humanos que suceden en Argentina y Venezuela, bien valdría la reflexión sobre qué sucede si en esa comunicación –como señalábamos antes–, existe un mensaje “difuso”, “no cabalmente real”. Sobre este punto, Ricœur plantea algunos elementos que nos ayudan a zanjar la interrogante: “¿Nos engañamos? ¿Somos engañados? A menudo, sin duda. Pero permítanme insistir: no tenemos nada mejor que la imagen-recuerdo en el momento del reconocimiento”.

Un último aspecto conceptual pasa por recordar la noción de “memoria colectiva”, en la que bien podría encontrarse la raíz de nuestra idea de “generación testigo”. Maurice Halbwachs llega incluso a cuestionarse de si la memoria individual no sería sino un retoño, un enclave de la memoria colectiva. Esto nos lleva a pensar en un plano de la memoria que bien podría pertenecer a un “todo”, es decir, a un pueblo que es testigo de un determinado hecho.

No todos los testigos actúan igual. Quienes se refugian bajo el manto de “testigos moderados” son cada vez más. Son aquellos que más allá de ser testigos no ven el silencio con culpa, sino que bajo una visión que la diplomacia ha denominado como el principio de la “no injerencia” o la “no intromisión en los asuntos internos”. Es decir, no meterse si no es “su problema”. Esta visión además de crecer cada vez más en las relaciones internacionales, también alcanza al tejido social de los países y cada vez más son aquellos individuos que se refugian en esta noción de “moderados”, no necesariamente con una real intensión de no intromisión o moderación, sino más bien de comodidad, porque a los efectos del testigo (tomando la perspectiva de Primo Levi) es mejor incluso morir que ser testigos. Acaso ¿no era más cómodo para el canciller Anthony Eden no haber recibido jamás la carta de Jan Karski? Posiblemente sí, sucede que desde esta visión de “testigos moderados-pasivos” el mundo no progresa. Son ellos el mejor alimento de la injusticia. Seguiríamos viendo pasar ante nuestros ojos “moderadamente” violaciones a los derechos humanos sin que jamás se nos mueva un pelo. Pero desde esta perspectiva, cuando el hecho es una violación, ¿el “moderado” no pasa a ser cómplice y en alguna medida también víctima? Vale resaltar igualmente que, en las relaciones internacionales, el “respaldo” de un gobierno a otro, es también una forma de injerencia.

Diferente a la perspectiva de moderación antes planteada, es la del testigo que mantiene una moderación activa. Aquel que busca ser escuchado pero sin gritar, sin agraviar, promoviendo cambios desde la razón. Sobre esto, Montesquieu escribía en una carta que en 1750 enviara al marqués de Stainville: “he corrido la suerte de todas las personas moderadas y me encuentro en la situación que el gran Cosme de Médicis describiera como los que viven en el segundo piso de los edificios y a quienes incomoda el ruido de arriba y el humo que viene de abajo”. Son estos testigos los que pueden cambiar la realidad. Los que buscan promover el cambio desde la razón y no desde el grito, la violencia o la revancha. Al fin y al cabo, solo desde el diálogo constructivo una sociedad podría mirar hacia delante y progresar.

¿Testigos de la impunidad?

No es objeto de este ensayo explayarse en las realidades políticas de ambos países que ya son de sobra conocidas. Realidades que en ambos casos han reducido notoriamente el nivel de diálogo político y aumentado el debilitamiento de las instituciones democráticas. Solo a modo de ejemplo, basta con recordar la reciente muerte de un fiscal de la nación la noche antes en que iba a presentar las razones al Parlamento de por qué entendía que la Presidenta de la República había impedido el esclarecimiento de los casos de dos atentados terroristas a instituciones de la colectividad judía durante la década del 90. Ya muerto el fiscal, la presidenta argentina, Cristina Fernández, lo seguía criticando vía redes sociales.

En Venezuela, ya son varios los estudiantes muertos (el 24 de febrero ha muertos un joven de 14 años como consecuencia de una resolución presidencial que habilita el uso de armas de fuego para reprimir manifestaciones). Como si no bastara que haya políticos opositores presos, el presidente venezolano, Nicolás Maduro, piensa encerrar en una celda aún más aislada al líder Leopoldo López impidiendo hace semanas que hasta su propia familia lo pueda visitar. Hace pocos días también fue encarcelado violentamente el Alcalde de Caracas, Antonio Ledezma. Hasta las Naciones Unidas ha expresado su repudio a que los representantes políticos de la oposición no puedan hacer uso de su libre expresión. ¿Quién les dirá basta? ¿Acaso no hay testigos que puedan detener esta situación?

¿Cómo se puede decir que todos estos hechos son resultado de injerencia o de una deformación de la información? ¿Acaso en más de 10 años que llevan estos gobiernos en el poder nada tienen que ver con los desastrosos resultados económicos, sociales y políticos que hoy llevan a miles de personas a manifestarse? ¿Todo es injerencia, culpa del de “afuera”? ¿Por qué seguimos invirtiendo tanto tiempo en culpar a otros sin siquiera pensar que en nosotros –latinoamericanos– puede estar el error?

Desde hace varios años basamos nuestros fracasos en un discurso anticolonialista, pensando que el mal siempre vino desde afuera y nuestros pesares no eran más que consecuencia de ello. Quizá alguna vez tuvimos razón; hoy no. Siento que cuando queremos empezar a fortalecer (o quizá recién construir) nuestra propia identidad latinoamericana (gracias a la oportunidad que presenta un mundo cada vez más multipolar y abierto a la diversidad) no hacemos más que transformarnos en nuestros propios enemigos. Hoy el principal imperio que nos corrompe es el de nuestro propio discurso regional retórico y demagógico, que cada vez más contribuyen a una visión polarizadora entre nosotros mismos y no pone foco en los problemas reales que debemos resolver entre todos.

La casi obligada reflexión sobre nosotros como latinoamericanos y particularmente sobre aquellas naciones que hoy viven una terrible situación política, es la de ¿nos indignamos o nos estamos acostumbrando a ser testigos de la impunidad?

Siento, ante tantas búsquedas de respuestas, que no será fácil curar las heridas que hoy vive América Latina. Tuvimos todo para crecer y dar el salto no solo económico sino social y político. Pero el futuro de nuestras democracias es más incierto aún que antes. Me pregunto: ¿cómo vivirá mañana la generación que vio a los líderes que “ayer” reclamaban justicia, hoy ser reclamados por usar las mismas “armas” que en el pasado buscaban silenciarlos? Peor aún, que quienes ayer resaltaban en sus discursos que ellos buscaban derribar la impunidad, la corrupción y otros tantos males de una nación, lejos de haberlo logrado, son quienes hoy se silencian y hasta respaldan lo que hasta ayer repudiaban.

No niego que gran parte del no herirnos al ver el mal del presente pase por no haber sabido cerrar las heridas del pasado reciente. Cerrarlas pero con justicia, no con olvido. Pero, ¿cómo es posible que las nuevas generaciones que no vivieron el “ayer” vean como real un llamado de justicia a violaciones del pasado, cuando nadie se indigna ni reclama justicia –sino que hasta respaldan– violaciones del presente? No hay coherencia en el mensaje, lo que hay es impunidad.

Al concluir, solo me quedan preguntas y quizá las que más me alarman son ¿qué tanta memoria tiene América Latina? ¿Cuánto aprendimos del pasado? ¿Hemos avanzado socialmente? O cómo bien nos increpa Sócrates: “¿es posible que alguien no sepa eso mismo que recuerda en el instante mismo en que lo recuerda?”.

Somos testigos, no solo para no olvidar sino también para testimoniar que es también una forma de justicia. San Alberto Hurtado decía alguna vez que “lo más grave, peor que la persecución, es que la verdad se quede sin testimonio”.





0
0
0
0
0No comments yet