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Radiografía de un fondo buitre ensañado con Argentina

Radiografía de un fondo buitre ensañado con Argentina


Por Jorge Argüello




Corría 2005 y Bill Clinton, ex presidente, varios años después de entregar el poder al republicano George Bush, se mantenía activamente vinculado con las campañas de recaudación de fondos para su Partido Demócrata.

Quienes conocen el sistema político estadounidense saben cuán políticamente decisivos resultan los apoyos financieros para conquistar una administración a cualquier nivel: local, estadual o nacional. La maquinaria electoral de los dos grandes partidos es voraz y obliga a buscar y rebuscar todas las posibilidades de financiación legal posible. O casi todas…

En febrero de ese 2005, el flamante líder demócrata, Howard Dean, invitó a Clinton a una de esas reuniones para recolectar fondos. La cita era en Florida, pero cuando el ex presidente leyó los datos de la dueña de casa, la esposa del financista Kenneth Dart, se tomó el trabajo de sentarse a escribirle a Dean una carta pública para explicarle por qué faltaría a la cita.

“La señora Dart es una gran donante demócrata, pero no puedo ni acercarme a su esposo, Kenneth Dart”, arrancó Clinton, sin vueltas. El ex presidente tenía sus razones y las resumía en un término suficientemente expresivo en ese contexto recaudatorio: “fondo buitre”
http://billclintondailydiary.blogspot.com/2005/02/kenneth-dart-citizenship-and-tax.html

Clinton recordó entonces que los Dart eran los mayores fabricantes de envases de telgopor del país, pero que Kenneth Dart había renunciado a la ciudadanía estadounidense durante su presidencia sólo para evitar el pago de impuestos (“cientos de millones”). Semanas después, su nuevo país de residencia, Belice, le había pedido nombrarlo su cónsul en Florida, “otra maniobra de Dart para eludir impuestos” a través de la condición diplomática. “Obviamente, dije que no”.

Por si los popes demócratas resultaban extrañados, Clinton agregó antecedentes. “Es uno de los hombres de negocio más odiados en Sudamérica”, recordó, por sus maniobras especulativas con lo que se podría llamar “fondos buitre”. Citó específicamente su ataque sobre la renegociación de la deuda de Brasil, en la que se hizo agresivamente de cientos de millones de dólares.

La parte más suculenta del argumento de Clinton nos tocaba bien de cerca. Era 2005. “Su última apuesta -resumió Clinton- es forzar al gobierno de Argentina a pagar la deuda en default. Otra vez, pagó centavos de dólar por la deuda y pretende que los argentinos le paguen el valor nominal de los títulos en su poder. Argentina sigue por ahora en bancarrota. La mitad de su población vive por debajo de la línea de pobreza”.

Siete años más tarde, el fondo buitre EM Ltd, controlado por Dart, junto con el NML Capital Ltd. (de su “colega” Paul Singer), reclama judicialmente el embargo por 100 millones de dólares de fondos de Banco Central depositados en Nueva York, siempre como parte de su antiguo reclamo de bonos en default que se negó a renegociar en 2005 y después en 2010, a diferencia de lo que ya ocurrió con el 93 por ciento restante de las acreencias caídas en 2001.

Dart espera ansioso ahora que otra administración demócrata, la del presidente Barack Obama, de sólidos lazos políticos con Bill Clinton –su esposa es la actual secretaria de Estado- se expida sobre una eventual audiencia en la Corte Suprema estadounidense. El máximo tribunal pidió opinión a la Casa Blanca para decidir luego si cabe concederles una audiencia y con esos fines.

La Corte Suprema estadounidense se tomará su tiempo para definir el caso 11-604, “EM Ltd v. Republic of Argentina”. Pero, mientras tanto, ¿cómo es que Dart se ha convertido en titular de un fondo buitre? ¿Cómo opera políticamente, qué vacíos legales lo favorecen? Y, sobre todo, ¿por qué no le asiste ninguna razón?



Cuando en 1994 Kenneth Dart decidió renunciar a la ciudadanía estadounidense y adoptar la de Belice, el patrimonio forjado por esta familia de negocios (incluídos padre, abuelo y hermanos) era estimado públicamente en unos 3 mil millones de dólares.

Para convertirse en un inversor en “fondos de riesgo”, Dart se apoyó inicialmente en el negocio fundacional del grupo familiar: la compañía de envases tiene actualmente unos mil empleados en su base de Mason, Michigan; media docena de plantas en todo el mundo; y ganancias que se calculan en varios cientos de millones de dólares al año, por lo menos.

El empresario devenido en financista mostró sus primeras habilidades mucho antes de abandonar la bandera norteamericana. En 1986, la división de bienes del ya poderoso grupo Dart le permitió entrar en el juego bursátil, donde deslumbró por las ganancias que lograba. Pero también léase lo que sigue como un anticipo: uno de los hermanos se consideró perjudicado por el reparto del grupo y acudió a un tribunal de Michigan. Su principal temor era que el resto de la familia hubiera girado irregularmente dinero de la primitiva compañía a… ¡paraísos fiscales extranjeros!

A principios de los 90, su primera ofensiva “buitre” se hizo notoria en Brasil, donde con una pesada deuda externa en renegociación se hizo por sólo 375 millones de dólares del 4 por ciento de los títulos en juego, unos 35 mil millones de dólares en valor nominal. Reclamó un pago de 980 millones, pero obtuvo finalmente 605 millones, o sea, el 161 por ciento de lo que había apostado en su maniobra de especulación. La nación brasileña había lidiado con 750 bancos para renegociar 50 mil millones de dólares a repagar.

Cuando tras su aventura brasileña renunció a la ciudadanía estadounidense, los analistas del mercado estadounidense estimaron que la Corporación Dart eludía con esa maniobra el pago de unos 800 millones de dólares en impuestos varios. Sus andanzas de “inversor” continuaron en la Rusia post comunista de gigantescas privatizaciones de producción y servicios energéticos, sin olvidar nuevas especulaciones con deudas externas en default en Perú y en Polonia.

Fondos como el de Dart, o el de Singer, proclaman “asumir un alto riesgo para encontrar oportunidades”. Sacan del apuro a quien lo necesite comprando al menos por algo lo que parece inviable. Técnicamente, “instrumentos especializados en reestructuraciones”. Pero, para amigos y enemigos, son “fondos buitre”. Compran por cientos para vender por millones y su única herramienta es la especulación sin límites en tiempos de crisis. Caen sobre deudas de naciones de economías agonizantes para volar luego a los tribunales y reclamar a un valor nominal de 100 un título que se valuaba en la décima parte o menos.

Entonces, en 2001, a Dart le llegó el turno de Argentina, como observaría hasta el propio Bill Clinton. Con el default, el PBI había caído más de 20 por ciento desde 1998, el desempleo superaba el 25 por ciento, la pobreza rozaba el 50 por ciento, los bancos quebraban y los depositantes perdían sus ahorros. El país acumuló 81.800 millones de deuda externa nominal.

Pero el proceso de reestructuración de la deuda argentina, de los más complejos del mundo con los de Irak y Grecia, fue en su caso de los más exitosos. Involucró 152 tipos de bonos en 7 divisas diferentes bajo 8 legislaciones distintas. Se completó por 35.300 millones de valor real tras 70 consultas con grupos de acreedores. Pero, sobre todo, se hizo sin apoyo financiero internacional y, por si fuera poco, debió seguir pagando cuotas de deuda al FMI, hasta que la canceló totalmente.

A los bonistas se les ofreció una reestructuración en la que podían compartir los réditos del futuro crecimiento del país con cupones atados al PBI. El 76,15 por ciento aceptó y hasta el 82 por ciento en el caso de deuda bajo jurisdicción del distrito de Nueva York. Una segunda reestructuración, en 2010, llevó a 93 por ciento la deuda renegociada que había sido defaulteada en 2001.



Pero el escorpión, esta probado, no puede con su naturaleza. Dart y Singer impulsan año tras año en la Cámara de Representantes de Estados Unidos un proyecto llamado de “Responsabilidad por Evasión de Sentencias de Países Extranjeros” (Judgment Evading Foreign States Accountability Act). Hasta ahora su lobby dio escasos frutos, pero los argumentos escritos de su ofensiva no hacen más que desnudar su falta de razones.

Afirmar que Argentina se ha negado a renegociar su deuda es ridículo. El país nunca, jamás, ha repudiado su deuda soberana, y los acreedores que renegociaron sus títulos en 2005 y 2010 pueden confirmarlo. Más absurdo es, como alega Dart, que los bonistas y contribuyentes norteamericanos sean los más perjudicados (¡y lo dice él, un “ex estadounidense” por voluntad!). De los 3.600 millones de deuda judicializados en cortes estadounidenses, el 85 por ciento de las demandas corresponde a fondos buitres y a particulares sin residencia en Estados Unidos. Y las demandas de norteamericanos implican 303 millones de los 3.600 millones en disputa (8,3 por ciento).

También corresponde refutar que Argentina ignore los fallos de los tribunales estadounidenses reconocidos en el caso de su deuda soberana. Ante la persistencia de reclamos de unos pocos bonistas, Argentina coopera judicialmente. Sin embargo, sostiene su posición en términos de equidad y de no discriminación frente a pagos ordenados por algunos tribunales estadounidenses, apoyado en el derecho internacional y, principalmente, en la ausencia de un régimen acordado globalmente para enfrentar default soberanos.

Nuestro país ya instó a superar ese vacío legal, con un proyecto propio presentado ante el G-20, el grupo que integra junto a potencias como Estados Unidos y otras de Europa. Son esos mismos mercados los que ahora, una década después del default argentino, pueden dar fe de que no hay economía que esté exenta de sufrir graves crisis y tener que compartir sus consecuencias. Basta, nuevamente, observar el caso de Grecia.

A los legisladores norteamericanos también les llegan las charadas de Dart sobre los reclamos por deudas del Estado hechos ante la instancia del CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones) como tribunal reconocido, del Banco Mundial. Pero el caso es que Argentina renegoció el 92 por ciento de los contratos con el Estado tras el default y más del 60 por ciento de las demandas ante el CIADI, por un monto total de más de 9 mil millones de dólares.

Y aún así, Argentina ha ganado numerosos casos (iniciados por Continental Casualty Co, LG&E Energy, Enron Corporation, Sempra Energy, entre otros). De más de 50 casos iniciados, sólo cuatro favorecieron a los demandantes en el CIADI y los mismos fueron reconocidos por el país. Según el artículo 54 de las normas del CIADI, las sentencias deben finiquitarse en una instancia local, en este caso argentino. Sin embargo, los titulares de los laudos arbitrales plantean una interpretación diferente de las normas y los casos esperan una solución definitiva.

A nivel político regional, ya la UNASUR advirtió sobre lo que puede representar para la economía de la región el accionar de fondos buitres y ordenó preparar al Consejo Suramericano de Economía y Finanzas del grupo elaborar un conjunto de recomendaciones para controlarlos o, al menos, minimizar sus efectos adversos.

Como dijo Clinton, el dinero provoca efectos raros en algunas personas. Para ser más fiel con la cita del ex presidente demócrata y sus temores ya por entonces más que justificados: “No se en qué andará cuando dona fondos a nuestro partido, pero a este tipo no quiero ni acercarme”.

No son palabras que un gran líder político de una gran potencia capitalista dedicaría, precisamente, a un buen inversor.


Fuente:

http://www.embajadaabierta.com/?p=1883
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