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Reflexiones sobre nuestra Patria

Han pasado más de ciento cincuenta años desde que Juan Bautista Alberdi escribiese desde el exilio su famosa obra maestra, las Bases y puntos de partida para la Organización Nacional. Qué pensaría aquel si viese en lo que hemos convertido sus ideales, en el estado en que se encuentran nuestras instituciones, nuestras costumbres, nuestros rencores. Las circunstancias hacen que me pregunte si verdaderamente merecemos a los próceres que tuvimos. Qué dirían Belgrano, San Martín, Moreno, Castelli o Güemes del país que hemos construido sobre sus cimientos, sus ideales, su sangre y la sangre de tantos que dieron la vida por nuestra patria.

Este año conmemoramos el Bicentenario de la Independencia, de la libertad de un pueblo subyugado por el imperialismo español, de un pueblo oprimido, que puso el grito en el cielo y movió mares y montañas para comandar la liberación de un continente. De un pueblo que cargó a sus espaldas los ideales más nobles, liberales y progresistas de una época, que dio todo, absolutamente todo, por lograr el ansiado cometido. Un pueblo entregado al sacrificio de arriesgar hasta su vida, de depositar su fe y confianza ciegamente, sin dudar, en las convicciones de aquellos valerosos hombres y mujeres que tenían una visión de progreso y libertad para estas tierras platenses.

Y sin embargo hoy veo un país que nunca despegó, la eterna promesa del desarrollo, de la modernización, la ilusión del Granero del Mundo, la estrella de Latinoamérica, ¿qué fue de todo eso? Recuerdo una frase de un discurso de Alfonsín, en aquel cierre de campaña tan rememorado y custodiado en esos lugares incorruptibles del alma, que rezaba “que nadie se deje deslumbrar por los resplandores de las glorias del pasado”, es una frase que siempre me hizo ruido. Principalmente porque hace referencia a una de las actitudes más comunes de los argentinos, nos refugiamos en el pasado para justificar el presente mientras que a la vez recordamos con nostalgia aquella buena época cuando supimos ser el Granero del Mundo. Actitud que es, de todas formas, totalmente comprensible. Cuando la realidad en la que vivimos no se ajusta ni se parece en nada a las proyecciones que el mundo nos hacía, a los sueños y expectativas que se imaginaban nuestros abuelos, a las esperanzas de viejas generaciones, no podemos culparnos por extrañar y añorar aquellos tiempos donde solo se veía un futuro dorado.

Pero el futuro no está en los libros de historia, está en el presente, en todos nosotros que día a día modelamos el mundo y escribimos los anales de la historia ¿Y qué es entonces lo que debemos hacer si queremos volver a aquella senda del crecimiento, de la igualdad, de la riqueza, de la prosperidad, a aquel futuro que nos prometieron pero que nunca llegó? Desafortunadamente no tengo las soluciones, solo tengo ideales, creencias, convicciones y una inquebrantable voluntad para ofrecerles, espero sea suficiente.

Si me permiten me gustaría dar un breve diagnóstico sobre uno de los mayores problemas que en mi opinión aquejan a la República, y este es, la falta de políticas de estado. En nuestro país los virajes en cuestiones estructurales de largo plazo son parte de los cambios de gobierno. Ahora me pregunto, cómo es posible lograr cierta estabilidad si no somos capaces siquiera de mantener por más de un período político ciertas cuestiones de fondo que sirvan para cimentar y marcar el camino del progreso que tanto buscamos, y que tan fácilmente parece evadirnos. Cómo será posible hacerlo si no podemos ponernos de acuerdo siquiera en una serie de puntos que trasciendan las ideologías y los colores políticos en pos del bien común de todos los argentinos. Y si bien considero que hay varias políticas de estado que son importantes y que deben ser discutidas y definidas, hay tres que considero cruciales, si es que pretendemos salir del modelo del subdesarrollo. Estas son, la educación, la corrupción y el rol del Estado.

Educación, que podemos decir de ella que no se haya escrito, la verdad no lo sé, pero lo que sí sé es que si no reformamos el sistema educativo, si no somos capaces de brindarle las mismas oportunidades educativas básicas a todos los habitantes de nuestro suelo, pues entonces no podemos pretender convertirnos en un país desarrollado, jamás podremos aspirar a ser esa sociedad equitativa e igualitaria que tanto añoramos. No existe herramienta más igualadora que la educación. Últimamente mucho se ha hablado de la meritocracia, un concepto verdaderamente fascinante (tal vez el modelo de sociedad ideal al que deberíamos aspirar) pero impracticable en un país que se encuentra en una situación tan endeble como el nuestro. Si no corregimos los defectos básicos de nuestro sistema, jamás podremos aspirar a llegar tan lejos. La meritocracia requiere de un sistema educativo que sea igual para todos en su excelencia, porque tampoco se trata de nivelar hacia abajo, sino todo lo contrario, hay que nivelar hacia arriba, hacia lo más arriba que podamos. Es inconcebible hablar de justicia social y de igualdad de oportunidades cuando las cifras de los últimos censos revelan que solo 1 de cada 10 argentinos llega a obtener un título universitario. Si solo por el hecho de haber nacido en Formosa tenés cien por ciento menos de posibilidades de obtener un título universitario que un joven nacido en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

El último presidente que se preocupó por la educación, que entendió que no es posible salir de la vía del subdesarrollo si se continuaba relegando y subordinando la educación a la situación económica fue Arturo Illia. Destinó el 23% del presupuesto nacional a educación, cifra absolutamente histórica. Y como fue recompensado el presidente, con un golpe de estado.

La segunda cuestión de fondo que también ha ocupado y ocupa muchas de las grandes discusiones en la actualidad es la corrupción. He escuchado en varias oportunidades que la corrupción es inherente al sistema político/social actual, una verdadera aberración. El típico latiguillo criollo del “roba pero hace” es la resignación más grande que puede hacer un ciudadano. La internalización de la corrupción es tan común y tan aceptada en la sociedad en su conjunto, que hasta los mismos políticos admiten que la corrupción forma parte del juego político. Y sin embargo nos sorprendemos y nos quejamos cuando las rutas están destruidas, cuando faltan cloacas, cuando no hay insumos en los hospitales, cuando los maestros no cobran. Con qué derecho pretendemos ahora reclamar y exigir resultados si fuimos nosotros los que avalamos este sistema de corrupción. No es necesario ser un corrupto para ser cómplice del sistema, el mirar para otro lado, el saber y no hablar, el justificar lo injustificable, son todas formas de contribuir a este sistema podrido.

La corrupción mata, se cobra vidas todos los días, pero sin embargo, elegimos no verlo, total, es problema de otro. Ahora, no sea cosa que te toque a vos, que vos o algún conocido tuyo sea la víctima, porque ahí movemos cielo y tierra para mostrarle al mundo nuestra indignación, nuestra frustración, nuestro enojo y nuestro supuesto compromiso de emprender, una vez más, una cruzada contra la corrupción.

Pensar que una sola persona, un individuo común, puede pelear contra la corrupción es condenarlo a batallar toda su vida contra molinos de viento. La respuesta está en la toma de conciencia y asunción de responsabilidad de parte de la sociedad. La corrupción debe ser condenada, no solo jurídicamente, sino socialmente. No podemos permitir que aquel que le roba a las arcas del Estado sea visto con los mismos ojos que una persona honesta, porque la primera sentencia no la da la Justicia, sino la sociedad. Simultáneamente, se requiere la consolidación de un Poder Judicial independiente, que posea las herramientas necesarias para investigar, indagar y condenar a los culpables, pero más importante aún, que tenga la decisión y la convicción de hacerlo. Que no dependa del visto bueno del poder de turno, que no comercie favores, que no sea esclava de la presión social o de los medios, que sea más expeditiva. Como pretendemos arrancar esta mala hierba de raíz si los juicios duran hasta más de una década, si de alguna forma u otra se sortean las penalidades, si reina la impunidad.
La comparación suele ser engañosa, y es utilizada por muchos para pintar la realidad de modo tal que se vean favorecidos, pero lo cierto es que a veces es necesario comparar para poder obtener cierta perspectiva. No debe ser casualidad que la gran mayoría de los países subdesarrollados o en vía de desarrollo tengan altos niveles de corrupción pública. Porque lo cierto es que la corrupción no distingue entre lo público y lo privado, pero la responsabilidad nuestra no es con las empresas o las corporaciones, sino con los bienes que nos corresponden a todos, con los bienes públicos y con las instituciones del Estado. Tampoco creo que sea casualidad que los países más desarrollados tengan los niveles de corrupción más bajos del planeta. Más que casualidad, me parece que es causalidad. Porque no es que la corrupción política no abunde en otros países porque son gente de bien, que jamás pensaría en robar o estafar, que son todas almas bondadosas, eso es mentira. Como tampoco es cierto que aquí se roba porque son todos mala leche. La diferencia de fondo yace en la estructura del sistema político, de las Instituciones del Estado.

No florece la corrupción allí donde es combatida, donde es perseguida, donde es condenada y sancionada. De una sociedad que tolera la corrupción no se puede esperar otra cosa más que políticos corruptos. Aquí debo hacer una aclaración, no creo en las generalizaciones, no todos los políticos son corruptos, hay muchos honestos, con vocación, transparentes y sinceros, pero desgraciadamente no son los más, sino una escasa minoría. Las reformas institucionales son necesarias y con cierto grado de urgencia, el desprestigio que poseen nuestras instituciones les quita todo poder de acción posible, es por eso que debemos reformarlas, reestructurarlas o reconstruirlas si es necesario. Pues no es posible pensar en un país desarrollado que no cuente con las estructuras e instituciones necesarias para poder construir un progreso real. Ahora lo cierto es que esta reforma no es un proceso sencillo, mucho menos veloz, y escapa de las posibilidades de acción de la gran mayoría de nosotros. Por lo que el primer paso que debemos hacer todos, no basta con que sean unos pocos valientes, debemos ser todos, como sociedad, como conjunto, es condenar la corrupción. Los políticos son el resultado de un momento social, y no podemos aspirar a políticos honestos si no exigimos nosotros la honestidad de nuestros políticos. Los cambios no son de arriba para abajo, son de abajo para arriba. Lo único que se construye de arriba hacia abajo son los pozos. La ciudadanía elige a sus representantes, y ellos nos gobiernan. Nosotros debemos elegir representantes honestos y con vocación de promover las reformas necesarias, porque tampoco se trata de que cambien los nombres pero el problema de fondo continúe, la estructura política (y especialmente el sistema electoral) actual demanda una cantidad de recursos completamente excesiva e innecesaria, e incita a llenar esos huecos con negociados, dinero sucio, maniobras por debajo de la mesa, corrupción. Es momento de reformarlo, y si es necesario, reconstruirlo desde la base, desde la Constitución misma.
La tercera cuestión que considero que es de vital importancia es el rol del Estado. Es un tema del que he escuchado poco y nada, solo algunos políticos han hablado en alguna aislada ocasión del tema, y sin embargo es la base sobre la cual deberíamos construir el Estado que queremos. Para evitar confusión voy a aclarar que es lo que yo entiendo por rol del Estado. A lo largo de la historia ha habido una enorme cantidad de formas de gobierno, monarquías, repúblicas de diverso tipo, dictaduras, etc. Eso no es a lo que me refiero, como tampoco pongo en discusión el sistema democrático, y para ello me gustaría citar una frase de Sir Winston L. S. Churchill: “La democracia es el peor de los sistemas inventados por el hombre, a excepción de todos los demás”. El punto en cuestión para mí es, qué papel debe tener el Estado en nuestro país. Queremos un Estado pequeño, que ponga las reglas básicas de juego y que luego se limite a ser un mero espectador, queremos un Estado mediano, que intervenga en algunas cuestiones de índole económica, que tenga una cierta estructura, que sea un jugador más, o queremos un Estado grande, que intervenga en la economía, en cuestiones sociales, que sea el jugador más importante, el que vele por todos sus ciudadanos por igual.

Lo cierto es que dudo que esta discusión se haya hecho en algún momento de nuestra historia, fue más una sucesión de eventos y políticas de gobiernos que desembocaron en el Estado que hoy tenemos. A mi forma de entender, lo que hoy en día poseemos es un intento de Estado grande. Y digo intento porque es el resultado de una improvisación histórica, más que de una planificación. Creo que si se hiciese una encuesta nacional, notaremos que el argentino promedio quiere un Estado grande, que lo proteja, que lo cuide, que intervenga en cuestiones sociales, en la economía, que sea un activo participante en el día a día. Yo pertenezco a esta ideología, para mí el Estado debe ser el jugador más importante de todos, debe intervenir donde sea necesario y donde se lo requiera, especialmente en la economía, en la distribución y en la justicia social. Pero hay que ser consciente de lo que esto significa, un Estado grande implica, fuerte intervencionismo, un sistema de salud, educación, previsión, jubilación, seguridad y justicia. Es decir, una estructura institucional amplia, de gran tamaño y fuerza. Esto requiere que el Estado tenga muchos empleados y una gran cantidad de prestaciones, lo que a su vez implica la necesidad de generar una enorme recaudación. Puesto que las arcas del Estado son solventadas por los ciudadanos, una gran estructura estatal implica a su vez, una gran carga impositiva para todos. Acá es donde la cosa deja de ser tan linda. Porque es lógico que todos queremos tener grandes prestaciones, pero, esto también tiene un precio. Precio que no todos están dispuestos a pagar. Es por eso que se requiere una discusión seria y consciente del tema en cuestión, porque si reafirmamos la voluntad de querer un Estado grande, debemos comprometernos a solventar los gastos del mismo. Debemos pagar los impuestos, no evadir, dejar de lado la tragicómica “viveza criolla”, porque cuando evitamos los compromisos que asumimos comienzan los desfasajes y los problemas. Es responsabilidad de todos honrar nuestro compromiso y deber, si lo que verdaderamente queremos es un Estado grande.

Desde ya que los cambios no son de un día para el otro, y menos todavía si se trata de cambios de gran envergadura como los que propongo, pero es momento de hacernos cargo. Es momento de tomar las riendas de nuestra vida, de nuestro país y decidir qué rol estamos dispuestos a jugar en él.
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