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Reglas, trampas, picaresca y libertad en el fútbol

¿Se deben sancionar este tipo de jugadas en las que el jugador hace conscientemente trampas? ¿Se deben arbitrar los partidos por video?

1)¿Qué es el fútbol? En una primera definición de mínimos, podemos convenir que en sus aspectos fundamentales, el fútbol es un juego. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define un juego como un “ejercicio recreativo sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde”. Es decir, un juego es un conjunto determinado de normas que son asumidas por los participantes durante el desarrollo del mismo.

Históricamente, el fútbol asociación tiene su origen, de hecho, en la célebre reunión en la Freemason’s Tavern de Londres el día 26 de octubre de 1863, en la que representantes de varias escuelas que practicaban diferentes variantes del “football” intentaron llegar a un acuerdo para unificar las reglas. En aquella reunión se produjo una escisión entre quienes querían prohibir el uso de las manos para controlar el balón y los que preferían reglarlo. Los primeros fundaron el llamado “football asociación” y los segundos, liderados por los representantes de las escuelas de la localidad de Rugby, fundaron años más tarde (1871) la Football Rugby Union.

Lo que quiero mostrar con este pequeño inciso histórico es que, en sus orígenes, el fútbol moderno, tal y como lo conocemos ahora, nació precisamente en torno a la definición de las reglas que lo componen.

Una cuestión que nos aleja un poco del tema del post, pero que me parece muy interesante es la de la laxitud de las reglas. Si convenimos, con la definición de la RAE, que el fútbol, definido por sus reglas básicas, es un “juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuya finalidad es hacer entrar un balón por una portería conforme a reglas determinadas, de las que la más característica es que no puede ser tocado con las manos ni con los brazos”, nos encontramos con un pequeño escollo. ¿Podemos decir con propiedad que cinco niños que juegan con un balón, dos contra dos y un portero, a una sola portería están jugando a fútbol? ¿Podemos afirmar que esos partidos que se juegan en los campos africanos, en los que treinta niños a la vez disputan un partido con una pelota de trapos, sin porterías, es fútbol?

Yo creo que sí. Y lo creo porque por un matiz que considero fundamental para entender la defensa –con matices- que después voy a hacer de la picaresca en el fútbol. Este matiz es que creo que por encima de las reglas reside siempre el acuerdo de los participantes sobre la vigencia de las mismas. Cuando se juegan esos partidos de niños, antes de empezar se acuerdan las reglas que los rigen. Por ejemplo, en el partido de los cinco niños es norma habitual que el equipo que defiende tenga que sacar el balón del área, antes de poder atacar sobre la misma portería –una norma ad hoc para mejorar la dinámica del juego-. Es habitual, por otro lado, que en los partidos de niños se prohíba lo que en mi época se denominaba “el barrenón”, esto es, chutar con toda la fuerza posible (esto se hacía, entre otros motivos, para evitar pasarse el recreo yendo a buscar el balón al patio de los mayores).
En este sentido, es de señalar que la mayoría de los partidos de fútbol que se juegan en el mundo se juegan sin fuera de juego y sin tarjetas, por ejemplo. Y sin embargo, creo, se puede decir con propiedad que son, efectivamente, partidos de fútbol.

Repito la idea: por encima de las reglas está el acuerdo para la aplicación o no de las mismas. En los partidos improvisados, algunas se eliminan, sin que por ello se deje de jugar a “fútbol”.

De hecho, históricamente las reglas del fútbol han variado. Por ejemplo, en sus orígenes en el fútbol no había árbitros. Las controversias en torno a jugadas puntuales, como en los partidos de la calle, se arreglaban conversando entre los capitanes de los dos equipos. Después, como con este sistema, el juego se paraba mucho y había largas disputas en torno a jugadas polémicas, se acordó la inclusión de unos jueces para que tomaran decisiones cuando había que tomar decisiones. Así, se aprobó la inclusión del árbitro. Más precisamente: de los árbitros, ya que había dos, uno por equipo. Los árbitros no actuaban por iniciativa propia, sino que respondían a las reclamaciones de los equipos, cada uno a su árbitro.

Con. Por ello, en 1891, junto con otras decisiones que comentaremos, se aprobó la figura de un árbitro principal, y los otros pasaron a ser “asistentes” o “jueces de línea”.

El fuera de juego, por ejemplo, estaba contemplado desde la primera reglamentación del fútbol moderno, de 1863, pero al principio no eran dos, sino tres los defensas delante del balón necesarios para habilitar la posición del delantero. No fue hasta 1925 que se instauró el fuera de juego actual.

En la época más reciente también ha habido cambios de reglas. La prohibición para el portero de tocar el balón con las manos a pase de un compañero, por ejemplo, es de 1992.

2)
Con la ampliación del juego a campeonatos, y con su crecimiento casi mundial, las normas se amplían, suben un peldaño. Ya no incumben exclusivamente a lo que sucede en el terreno de juego –como sucedía al principio, sino que van más allá. Rigen los modelos de competición, los traspasos de jugadores, etcétera, todo lo que rodea al juego fútbol.

Actualmente, las normas del fútbol se pueden dividir en tres tipos:

a) las que afectan a lo que ocurre dentro del terreno de juego (el partido)
b) las que rigen los campeonatos (ligas, mundiales, copas, etcétera)
c) las que afectan a todo lo que rodea los previos y posteriores a los partidos y campeonatos (traspasos, cuestiones económicas, etcétera)

Consecuentemente, la supervisión del cumplimiento por parte de los jugadores de estas reglas depende, en cada ámbito, de un organismo diferente. Muy resumidamente podemos decir que las primeras, las que se aplican en el terreno de juego, competen a la figura del árbitro. Las segundas, a los organizadores de cada campeonato, y a las instancias que están por encima de los organizadores. Las terceras, tanto a las Federaciones, como a la UEFA, la FIFA y, en última instancia, a la legislación de cada país. Estos organismos funcionan jerarquizados.

En lo que ahora nos interesa, vemos que hay tres ámbitos en los que se pueden hacer trampas. ¿Son igualmente dañinas las trampas en cada ámbito? ¿Atentan contra el juego de la misma manera? Yo creo que no, que las trampas que afectan a los dos niveles más altos –campeonatos y el mundo del fútbol- han de ser perseguidas sistemáticamente porque pervierten la competición. No creo, en cambio, que las que atañen al terreno de juego, las realizadas en la dinámica de un partido por los jugadores, hagan excesivo daño al fútbol, tal y como lo conocemos actualmente. A riesgo de adelantarme en mis argumentos, puedo afirmar que creo, por el contrario, que hay un espacio, conscientemente reservado a la pequeña trampa, que convierte al fútbol en una preciosa metáfora sobre la vida. Este pequeño espacio, donde el jugador es libre de elegir el camino que quiere tomar para lograr la ansiada victoria, permite que en las victorias –al contrario de lo que sucede en otros juegos- haya una jerarquía: no es lo mismo ganar de un modo que de otro.

3)
En una entrevista, el escritor peruano Bryce Echenique se jactaba, en tono de broma, de que la Constitución peruana fue la primera de América Latina en recoger el derecho fundamental de todo peruano a la educación a pesar, decía, de que en todo Perú sólo había en el momento de la aprobación de la ley una o dos escuelas.

La anécdota la recojo ahora como muestra de que no vale con postular una ley, o una de las normas que definen un juego, sino que hay que establecer los modos por los cuales la misma se aplicará. En lo concerniente a las reglas dentro del terreno de juego (vamos a dejar de lado en nuestra argumentación las referidas a campeonatos y reglamentación de traspasos, etcétera) tenemos a la figura del árbitro. En este sentido, la tesis principal que quiero defender en este post es que hay una flexibilidad consciente en la aplicación de las reglas del juego “fútbol”, que hacen que éste soporte cierto grado de trampas. Éstas se permiten en la medida en que la aplicación de las normas se dejan en las manos de la visión de los árbitros, sin medidas tecnológicas de ningún tipo –el video, por ejemplo-. Esto es la aplicación de las normas que rigen el juego se realiza por un sistema fundamentalmente falible. El árbitro, quiera o no, errará sin duda alguna vez. Volveré a esto más adelante.

Por el momento, hemos de afirmar que, en todo caso, es responsabilidad de los jugadores la aplicación de las normas. Es en ellos en quienes, en primera instancia recae la responsabilidad de la aplicación de las normas y sobre todo, el acatar los dictados del árbitro, sean errados o no. Por ejemplo, una tarjeta roja se asume como expulsión. Una vez mostrada, no hay lugar para que sea revocada la decisión en el terreno de juego. Una tarjeta roja es expulsión sea justa o no. Es después del partido, o antes, cuando se discuten las normas. Nunca durante el mismo. Así, el árbitro se entiende como legitimado para la aplicación de las normas, más allá de que estas sean justas o no.

La mayor crisis del fútbol surgiría si, por algún motivo, los jugadores y espectadores se rebelan contra la legitimidad del árbitro. El politólogo italiano Norberto Bobbio definía el Estado como aquel que utiliza legítimamente la violencia coercitiva. A través sobre todo de las leyes, el estado delimita los comportamientos de sus súbditos. Obviamente, el Estado entrará en crisis cuando los ciudadanos no entiendan como “legítimo” el uso que el Estado hace de la violencia coercitiva en la aplicación de las leyes (cuando por ejemplo, se entrometa en cuestiones que entendemos como privadas o cuando ejerza desproporcionadamente la violencia). En el caso de los árbitros sucede lo mismo. El fútbol sufriría su mayor crisis si la legitimidad de los árbitros para ejercer la ley se pusiera en entredicho. La legitimidad del árbitro en el terreno de juego para desempeñar su función es una premisa absolutamente necesaria del juego. Si los jugadores deciden, durante un partido, no acatar una sola de las decisiones del árbitro, se rompe el juego. Se termina con el mismo.

Aquí quiero hacer un inciso. No entiendo los discursos victimistas que acusan, a posteriori, de parcialidad a los árbitros. Si realmente un club de fútbol tiene argumentos para sospechar de la parcialidad de los árbitros, no se presentaría a la competición. Si se entra en el juego es bajo la premisa, indudable, de que todos participan en igualdad de condiciones con respecto a las normas.

Sin embargo, en fútbol hay un ámbito que se deja a la pequeña trampa. La picaresca viene permitida principalmente por el modo en que está consensuado que se vele por la aplicación del reglamento en el terreno de juego, esto es, con tres árbitros (uno principal y dos asistentes). El conjunto de acontecimientos que suceden en los 90 minutos de juego es imposible de ser controlado por tres personas, y por tanto, hay una posibilidad real, permitida por el modo de aplicación del reglamento, de hacer, efectivamente trampas sin ser visto.

Obviamente, después, en las repeticiones, en la mayoría de las ocasiones se verá la infracción y el “tramposo”, quedará en evidencia y podrá ser, consecuente y justamente, sancionado en un segundo nivel de la aplicación de las normas.

4)
En este sentido, podemos preguntarnos: ¿hizo bien Messi metiendo ese gol con la mano en el último partido frente al Barcelona?
Entre los que dicen que no, los argumentos esgrimidos remiten a la ética. No es bueno ganar a cualquier precio, y hay maneras y maneras de ganar. El periodista Martín Perarnau, por ejemplo, en relación a la famosa mano del Kun Agüero frente al Recreativo de Huelva, en la primera vuelta de la Liga, escribió un post titulado “¿Por qué en el fútbol hay tan poca nobleza y honradez?” en el que criticaba a quienes utilizan la pequeña trampa para ganar. Su tesis era que la “permisividad con la trampa ha desembocado en esta ausencia de nobleza y honestidad”.

Entre los defensores de la picaresca, están aquellos que dicen que el fútbol destaca sobre otros deportes, entre otras cuestiones, porque permite la polémica, alimenta el relato sobre las formas de ganar. Este lunes se hablaba de la mano de Messi; el anterior de la de Van Nistelrooy, y así, eternamente…

Yo me postulo más por la segunda postura. Me gusta que la polémica sea un ingrediente del fútbol. Pero defiendo el espacio reservado a la pequeña trampa por una razón más profunda. Creo que el hecho de que en el fútbol haya un espacio para la picaresca deja libertad a los jugadores para elegir el modo de ganar. Esto es importante: no es lo mismo, acordaremos, ganar de un modo que otro, pero es bueno que sea el jugador quien elija el modo en el que quiere ganar. La libertad para elegir entre un camino u otro para lograr la victoria, produce distintos tipos de héroes, genera diferentes relatos.

En este sentido, y como seguidor del Barcelona, creo que la imagen del Messi del gol de Getafe es bastante más gratificante que la del gol con la mano frente al Espanyol. El fútbol es algo que, creo, va más allá de los resultados.
Pero lo que sí creo es que si establecemos un sistema del estilo Gran Hermano, que vea absolutamente todo lo que sucede en el terreno de juego y que permita arbitrar en tiempo real, eliminaremos la libertad del jugador de elegir el camino a la victoria. No habrá ya jugadores tramposos, es cierto, pero no será por una cuestión de elección personal, sino porque el juego no los permitirá. Pero el precio a pagar será enorme, porque tampoco habrá, acordaremos, jugadores honrados, en el sentido en que el honrado no es aquel que no hace trampas porque le es imposible, sino aquel que pudiendo hacerlas, decide, libremente, no hacerlas.

Estableciendo un sistema de arbitraje infalible, en definitiva, creo que se elimina del ámbito del terreno de juego eso, tan etéreo, pero tan bello, que solemos llamar “deportividad”. Y ese es un precio que creo que no deberíamos pagar.



fuente: http://www.diariosdefutbol.com
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