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Rodolfo Walsh

Mi lugar de publicación habitual es otro, pero ese espacio me fue negado. No por censura, sino por un problema que tiene que ver con la estupidez de una persona y la falta de interés de lidiar con esa estupidez de otra.


Rodól Fowólsh

Sebastián Rosso

Marzo 25. 1977. Una pareja se despide en un andén de Constitución. Ella le recuerda que riegue las lechugas, a lo que el hombre del sombrero de paja responde con una sonrisa. Pocas horas más tarde se defendía con su Walter PPK calibre .22 del Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA. Abatido por la ráfaga de una ametralladora, el hombre de sombrero de paja muere en la esquina de San Juan y Entre Ríos. Cuenta una leyenda urbana inventada ahora que una señora vio todo lo sucedido desde la ventana de su casa, y que cuando se llevaron el cuerpo del hombre le dijo a su nieto “algo habrá hecho…”. El hombre se llama Rodolfo Walsh.

Se cree que en el instante que morimos, vemos toda nuestra vida en una fracción de segundo. ¿Qué sentimientos pasan por su cabeza?

Recuerda que su nombre no terminaba de convencerle cuando era chico, porque “pensaba que no me serviría para ser, por ejemplo, presidente de la República”. Hasta que descubrió que podía pronunciarlo como dos yambos aliterados: Rodól Fowólsh.

Siente alegría; compartirá el mismo destino de su hija mayor María Victoria, Vicki. El 29 de septiembre de 1976, luego de horas de batalla, le grita a los militares con los que se estaba enfrentando “ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”, se lleva el arma a la sien y dispara. Lo que sucedía con los prisioneros no eran secreto para los militantes.

Siente tristeza; no conoce a su nieto, el hijo de su hija menor Patricia.

Siente alivio; logró dejar en el correo su Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar, antes de ser emboscado.

Siente preocupación; entre sus papeles lleva la escritura de la casa donde vive con Lilia, su compañera. La fortuna y ese sexto sentido que surge en las situaciones de peligro hicieron que ella no corriera su misma suerte.

El cuerpo de Rodolfo Walsh fue llevado a la ESMA, donde fue expuesto como un trofeo. Sobrevivientes de ese campo de concentración afirmaron que la ráfaga que lo mató lo dejó casi partido al medio. Treinta y dos años después, al igual que muchos otros, sus restos siguen desaparecidos.


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