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Rostros de la violencia y la impunidad



“Lo único perpetuo en este caos en el que vivimos es la ausencia de las víctimas”, afirma la fotógrafa Patricia Terán antes de comenzar el recorrido por su muestra Ausencia perpetua. Jóvenes víctimas de la violencia en democracia, que estos días se puede ver en el Centro Cultural Recoleta. Y mira las fotos que colgó en las paredes.



Jimena Hernández tenía 11 en 1988, años cuando apareció muerta en la pileta de natación de su colegio del barrio de Caballito. Los imputados de la causa nunca fueron juzgados; Paulina Lebbos tenía 24 años en 2003, cuando su cuerpo sin vida fue hallado en un zanjón de la ruta 341, a 30 kilómetros de San Miguel de Tucumán, sin pelo y con la piel desgarrada en la zona de la pelvis. También le faltaba un diente. Su padre denunció que en el crimen de su hija participaron los “hijos del poder”. Nadie fue detenido. “No solo me preocupa la inseguridad”, afirma Patricia. “Me preocupa la vulnerabilidad de todos ante la justicia ausente de este país”, dice, y sigue la recorrida.

Manuel Lischinsky tiraba monedas en la fuente del Monumento a los Españoles en 2006 cuando un conductor ebrio lo embistió y lo mató; tenía 18 años. A su asesino sólo le sacaron el registro. “¿Qué nos está pasando como sociedad? se pregunta la fotógrafa con lágrimas en los ojos. Y señala otra foto. Es Tatiana Kolodziey, la chaqueña de 33 años que fue violada y golpeada hasta la muerte. A su asesino lo soltaron por buena conducta. “Y no se trata de un fallo excepcional”, se lamenta Patricia, “es apenas una muestra de cómo funciona la Justicia de nuestro país”.

Y la lista sigue, porque estos son sólo algunos de los 50 protagonistas de esta muestra con la que la Patricia Terán brinda su propio homenaje a todas esas víctimas para cuyos crímenes nunca se encontro un culpable o se encontró, pero nunca fue condenado.



Fueron dos las razones que llevaron a Terán a realizar esta muestra: el hecho de que sus hijos adolescentes llegaran a casa –en varias ocasiones– y contaran que los habían asaltado en el camino: “Un día mi hijo mayor reaccionó muy violentamente contra su agresor y eso me preocupó mucho, pensé que la violencia no sólo está afuera, también está en casa”. El otro motivo fue la lectura del libro homónimo de la muestra, Ausencia perpetua, en el que Diana Cohen de Agrest cuenta el caso de su hijo Ezequiel, que a los 26 años fue asesinado de un tiro durante un asalto. El asesino, que tenía nueve condenas anteriores por agresión y posesión de armas, fue condenado a cadena perpetua pero la pena se revocó y quedó en 18 años de prisión. “En la portada están los ojos de Ezequiel. Al mirarla no podía dejar de pensar que podrían ser los de mis hijos”. Esta fotógrafa se hizo entonces una pregunta: “¿Tengo que esperar a que maten a mi hijo para hacer algo?”. Y así fue dando forma esta personal denuncia que llevó a Terán a la ardua tarea de hacer recuento de víctimas y contactar con sus familiares y amigos. “Muchos quedaron afuera”, dice la fotógrafa, “son muchísimos”.

Fotos. Fotos de muchos chicos, demasiados, que ya no están, y cuyos crímenes han caído en el olvido. “¿Qué nos está pasando como sociedad? ” se pregunta Patricia mientras trata de contener las lágrimas que otra vez casi le impiden hablar.

Al fondo de la sala se ve la imagen de un grupo de chicos que sostienen carteles con los nombres de los asesinados: son los alumnos de Terán. Enfrente, imágenes actuales de los amigos de Ezequiel Agrest. Están sentados a la mesa.



Hay una silla vacía.

Un llamado a la reflexión para una sociedad que parece haber naturalizado tanto la violencia como la impunidad. “Cada día hay actos violentos mínimos que dejamos pasar y eso no es gratis”, dice, y recuerda que d
e cada diez homicidios cometidos en el país, solo para tres se encuentra un culpable.
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