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El final de Diesel



Las aguas del Canal de la Mancha se mostraban intranquilas aquella noche del 29 de septiembre de 1913. Surcándolas, un vapor que había partido de Amberes, avanzaba con premura hacia Inglaterra. En cubierta, contemplando el paisaje marítimo y el oscuro cielo otoñal, un hombre soñador y aventurero ignoraba que su vida estaba llegando a su fin. ¿O sí lo sabía? He ahí el misterio.



Aquel personaje cambió el mundo y, todavía hoy, diariamente muchas personas utilizan vehículos o máquinas que son animadas por ingenios nacidos de su mente. En la noche, mirando al horizonte, Rudolf Diesel posiblemente dedicó unos momentos a recordar algunos momentos de su existencia1. Aquel alemán, que había nacido en París en 1858, había recorrido un largo camino hasta dar forma a su obra maestra, el motor que lleva, como nombre, el suyo propio. Tras huir de París en los días de la Guerra Franco-prusiana, el jovencito Diesel llegó a Alemania, donde sus primeros pasos como ingeniero fueron alimentados por un maestro de excepción, Carl von Linde, el “mago” del frío, padre de la industria frigorífica, el primero en licuar el aire y lograr obtener, de esa forma, oxígeno y nitrógeno líquidos. Pero, para eso, todavía quedaba algún tiempo. Cuando Diesel estaba aprendiendo los entresijos del arte ingenieril junto a Linde, quedaba bastante para que las voluminosas máquinas frigoríficas de Carl lograran convertir el aire gaseoso en gélido líquido, origen de millonarias industrias, desde las dedicadas a gases terapéuticos, a la de soldadura.

Con los años, Rudolf trabajó como representante de varias industrias alemanas en París y, además, se empeñó en lograr un motor completamente nuevo. Empezó pensando en el combustible, ¿qué utilizar? Pensó en aceites vegetales, como el de palma, pero pronto se fijó en los derivados del petróleo. Por otra parte, encontró tiempo para crear toda una filosofía social propia que pretendió extender a los cuatro vientos por medio de sus escritos, claro que, en ese aspecto, y en su lucha a favor del esperanto como lengua internacional de amplio uso, no le hacía caso casi nadie.

Por fortuna, sí se fijaron en sus máquinas. Rudolf se volvía loco con los motores, diseñó todo tipo de ingenios motrices, desde los propulsadas con aire comprimido o calor solar, a su célebre motor de combustión interna, tal y como aparece descrito en sus patentes. Su primer motor “diésel” fue puesto en marcha entre 1892 y 93. Se trataba de una máquina de raro aspecto, con un gran cilindro único. Podría ser feo, pero era la mar de efectivo. Poco a poco lo perfeccionó y, en el umbral del siglo XX, ya había logrado motores fiables y potentes, además de una gran fortuna. Sí, Rudolf era millonario, sus largos años en la industria alemana habían dado sus frutos, podía estar satisfecho, pero aquella noche, en cubierta, sucedió algo inesperado.

¿Por qué el motor diésel ha sobrevivido con tanto éxito? En aquellos años se diseñaron decenas de motores de todo tipo, pero con el tiempo sólo han sobrevivido unos pocos. El diésel surgió como un motor capaz de “tragarse” cualquier cosa. Originalmente pensado para ser alimentado con aceites o, incluso, polvo de carbón, encontró en el gasóleo su más firme aliado. Era necesario contar con un combustible más pesado que la gasolina para poder lograr el “milagro” de la autoinflamación sin necesidad de chipas eléctricas. Para esa misión, el gasóleo se mostró ideal. El motor diésel consume menos combustible, un alimento que, además, es más barato que la gasolina o, al menos, hasta hace no mucho tiempo lo era con bastante diferencia. Hoy, con la electrónica y las tecnologías de inyección aplicadas a los motores de gasolina, la competición clásica entre robusto y “barato” diésel contra potente pero caro motor de gasolina, está perdiendo parte de su sentido, pero a pesar de ello los motores diésel parece que tienen vida para bastante tiempo.

El éxito de la máquina no pudo ser contemplado por Rudolf. Al amanecer, acercándose a las costas británicas, la inquietud invadió al navío. El sol asomaba la mañana del 30 de septiembre de 1913 y, con la luz del día, se pudo comprobar que una persona había desaparecido del barco durante la noche. Diesel se había esfumado. Su cuerpo sin vida apareció al poco tiempo, flotando en las frías aguas del Canal, pero aquello no solucionó el misterio. ¿Decidió Diesel acabar con su vida? ¿Sufrió un accidente? ¿Fue asesinado? Con el paso de las décadas se ha especulado de todo, desde conspiraciones y espionaje en el tenso ambiente que precedió a la Gran Guerra, hasta historias fantásticas sin base alguna. Lo único seguro es que, aquella noche, el genio que ideó una máquina maravillosa, dejó nuestro mundo de forma súbita y enigmática.

Fuente:
http://www.alpoma.net/