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Si estos pibes del gobierno no hacen algo, estamos al horno.















La venta de pasajes al exterior marcó un récord absoluto en septiembre.


Y sólo para ese rubro –o sea, sin contar hoteles, autos y gastos de alimentación– se habrían destinado US$ 400 millones, en lo que constituye uno de los síntomas más evidentes de que se vive un fin de época en materia cambiaria.

Los operadores aseguran que, como nunca antes, ya tienen vendidos paquetes turísticos al exterior para las próximas vacaciones de ... invierno.


La combinación de atraso del dólar (vale recordar que el oficial cotiza en $ 9,43 y el turista, con el recargo de 35%, lo ubica en $ 12,73) y la posibilidad de pagar pasajes y paquetes en 12 o 18 cuotas generó un importante golpe adicional a las ya menguadas reservas.

La salida de divisas por ahorro y turismo llegó en los últimos dos meses a US$ 12.791 millones e insistió en que este año se irían US$ 14.000 millones por esos dos motivos.

El superávit comercial es igual a cero, con ventas importantes por turismo y ahorro (el mes pasado los ahorristas se llevaron otros US$ 660 millones), las reservas del Banco Central siguen mostrando los efectos de la cosmética del “swap” de China y no caen de los US$ 33.000 millones, aunque en los próximos días estarán bajo presión.

Sin intentar siquiera un canje (los expertos en finanzas hablan de una notable falta de pericia), el Gobierno se apresta a desembolsar cerca de US$ 6.000 millones para cumplir con el pago de deuda externa e interna, y surgen un par de preguntas simples: ¿adónde irán a parar esos dólares?, ¿se perdió el Banco Central la posibilidad de recuperar parte de esas reservas?


La Argentina vive un momento cambiario particular en el que todas las cartas están dadas vuelta sobre la mesa y los jugadores entonces las pueden ver.

Una de esas cartas se observa con claridad en el gráfico sobre la evolución histórica del tipo de cambio.



Vuelve a estar en un “piso” del cual, según la experiencia, se suele salir hacia arriba.

Otra de esas cartas exhibe que el gobierno de Cristina Kirchner está de salida y el 10 de diciembre habrá otro presidente que, entre la infinidad de temas que deberá abordar en forma prioritaria, enfrentará el problema del atraso cambiario que le dejó su predecesora.

Daniel Scioli, Mauricio Macri, Sergio Massa o quien vaya a asumir el 10 de diciembre saben que, en materia cambiaria, se deberá transitar el desierto que implica el verano, hasta que a fines de marzo empiecen a llegar los dólares de la soja.

Un dato que alivia a los economistas de los candidatos es que la soja retenida por los productores podría representar a precios de hoy unos US$ 6.500 millones, una verdadera montaña de divisas para un gobierno que estará comenzando pero que, para aparecer, requerirá una mejora del tipo de cambio que convenza, sea por la vía cambiaria o por una rebaja en el nivel de retenciones a la exportación.

Entre las cartas dadas vuelta está también, sin duda y de manera categórica, la devaluación del real brasileño.

El problema de la falta de competitividad de la producción argentina frente a la brasileña después del derrape del real empieza a traducirse en números contantes y sonantes.

Un fabricante de autopartes admitía ayer que lo que acá cuesta producir 87 dólares, en San Pablo lo están haciendo por 57.

Esa diferencia de 34,5% en el rubro autopartista resulta insuperable en el corto plazo. Y puede servir de muestra sobre la pérdida de competitividad que ocasiona el pronunciado atraso cambiario que impuso el Gobierno y por el que hace meses viene pagando la gran mayoría de las economías regionales.

Frente a Brasil, además, las perspectivas se agravan porque el principal socio comercial de la Argentina tiene muchos saldos exportables que intentará colocar donde pueda.

Entre las certezas con que cuentan los mercados se anota que el próximo gobierno encarará una negociación con los fondos buitre o “holdouts” (la denominación podría ir variando en función de las necesidades financieras) desde el inicio mismo de la gestión.

Hoy el odiado Paul Singer, del fondo MNL, posiblemente no sólo agradezca a Cristina Kirchner no haber negociado, sino que tal vez esté sacando cuentas de cuántos bonos recibirá y a qué precio.

La encerrona financiera internacional del país, que se traduce en que pague una tasa de 10% anual en dólares mientras que los vecinos pagan menos de la mitad, va teniendo fecha de finalización más por la falta de dólares del Banco Central que por la debilidad de los acreedores.

En el final de su gobierno, la Presidenta profundizó el esquema de atrasar el precio del dólar frente al avance de la inflación justo cuando, simultáneamente, el dólar se fortalecía a nivel mundial.

El “swap” del Banco Central chino le va permitiendo al Central esconder el nivel real de las reservas líquidas, aunque el tiempo se encargará de correr ese telón.

Pero, entre las cartas dadas vuelta, hay una de la herencia económica que seduce con intensidad a los candidatos y sus equipos económicos.

Y es el bajo nivel de deuda externa, de la que flota en los mercados, que recibirá la futura administración.

Después del pago de los Boden, la deuda flotante en dólares (que es la que más le importa a los políticos porque es la más difícil de dejar de pagar) rondaría los US$ 50.000 millones y el 60% sería a largo plazo.

Quien llegue a la Casa Rosada deberá enfrentar la solución del atraso cambiario y de cómo salir del congelamiento de tarifas.

Pero a varios ya le brillan los ojos pensando en el amplio margen para endeudarse. El dólar atrasado y la deuda siempre generan pasión en la Argentina.
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