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Sobre el plebiscito de Escocia de mañana

Este 18 de setiembre podría transformarse en la fecha más importante en la rica historia de Escocia. El pueblo responderá la siguiente pregunta: ¿Debería Escocia ser una nación independiente?. Escribe Toti Sarasola, uruguayo radicado en Escocia.





Ya sea en los pubs de Edimburgo, Glasgow o Aberdeen, las pintas de cerveza descansan completas —algo insólito, siempre están vacías— mientras sus dueños están inmersos en enérgicas discusiones. Desde las ventanas de algunas casas flamea la Saltire escocesa, aunque la Unión Jack británica adorna otras. Los carteles por el “Yes we can!” e “Independence!” compiten con los del “No thanks” y “Better Together” por una mayor visibilidad frente a las cámaras. Cada ciudadano que uno se cruza en las calles explicita su postura con un pin abrochado en lo alto del saco: Yes or No.

Este 18 de setiembre podría transformarse en la fecha más importante en la rica historia de Escocia. El pueblo responderá la siguiente pregunta: “¿Debería Escocia ser una nación independiente?”. Los residentes en este país de origen británico o europeo mayores de 16 años podrán hacer uso de su voto no obligatorio para decidir el futuro de esta pequeña nación. La carrera es muy reñida y la BBC informa que el “No” tiene 48 % y el “Yes” 52 %, aunque eso sería sacando de la ecuación a cerca de un 7 % de indecisos.

¿Pero independencia de quién? ¿No es Escocia un país ya? Sí y no. Es una nación pero no un estado-nación. Junto a otras tres naciones —Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte— ha formado un Estado, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Esta unión no es reciente como la europea, sino que data de 1707. Una expedición imperial fallida en las Américas significó que Escocia derrochara cerca del 25 por ciento de sus reservas y quedara al borde de la bancarrota. Para evitar el colapso económico, aceptó ser rescatada por Inglaterra bajo la condición de disolver su parlamento, unirse políticamente y crear un parlamento único en Londres.

Fue recién en 1999 cuando a Escocia se le devolvió gran parte de sus poderes y pudo crear su propio parlamento en Edimburgo, Holyrood. Pero, aunque tiene autonomía total a la hora de decidir ciertos aspectos de la vida del país —transporte, cultura, educación, salud—, no cuenta con poder suficiente en otras áreas como en la recaudación de impuestos y defensa, ambos decididos por el parlamento en Westminster.

Esa es la clave que concierne al voto del jueves: lo que los nacionalistas desean con fervor es que el parlamento escocés posea total control sobre los asuntos que conciernen a su país. Muchos se preguntan: “¿Por qué las decisiones que conciernen a Escocia son tomadas por políticos en Londres que vienen al norte menos de una vez al año? ¿No somos suficientemente maduros como para tomar nuestras propias decisiones? ¿No es hora de salir de la sombra de Inglaterra de una vez por todas?”. Este argumento, conocido normalmente como el de auto-determinación, es uno de los motores fundamentales de la campaña a favor de “Yes”, liderada por el Primer Ministro escocés, Alex Salmond.

A esto se le suma otro argumento similar: el anti-Londres. Muchos amigos en Uruguay me preguntan hasta qué punto esa retórica nacionalista anti-inglesa, llevada a la pantalla grande en el film Corazón Valiente con William Wallace como su emblema, ha jugado un rol en esta campaña. Lo cierto es que los tiempos han cambiado y ese discurso prácticamente no ha formado parte de la campaña; no solo porque sería un argumento muy pobre, sino también porque los ingleses y escoceses gozan de una gran amistad e historia en común.

De todas formas, aunque no hay una retórica contra los ingleses en sí por parte de los nacionalistas, sí se observa una que se vuelca contra los Conservadores y contra Londres, que probablemente date de la época de Margaret Thatcher. No hay que olvidar que el gobierno del Reino Unido es liderado por el Conservador David Cameron. Existe una diferencia fundamental que debe tenerse en cuenta respecto a las visiones ideológicas de los dos países: Escocia se encuentra bastante más a la izquierda en el espectro político que Inglaterra. Mientras que en Inglaterra los Conservadores son la fuerza política mayoritaria, en Escocia solo hay un parlamentario conservador. De los 59 representantes parlamentarios escoceses en Westminster, 40 son laboristas. He ahí el descontento de gran parte de la población: han votado al Partido Laborista toda su vida y se encuentran bajo el mando de los Conservadores. Eso se debe a que Escocia tiene 59 representantes de 650 miembros del parlamento del Reino Unido.

Muchos se han cansado de ser dirigidos por una clase política a la que no han votado y que creen que representa los intereses de una minoría elitista, y confían que una nación independiente podrá alcanzar el ideal de justicia social que el liberalismo económico conservador no permite.

Pero estos argumentos serían muy débiles si no se vieran sustentados por una promesa económica. Aquí hace su entrada estelar uno de los temas más recurrentes de la campaña: el petróleo escocés. Desde que se descubrió la existencia de gigantescas reservas en el Mar del Norte, los escoceses han visto sus ganancias viajar desde sus costas hacia Londres para ser redistribuidas posteriormente. Los nacionalistas argumentan que una Escocia independiente que obtenga todas las ganancias del petróleo se transformaría en uno de los países más ricos y prósperos del planeta. Podría alcanzar los niveles de vida de los países escandinavos, combinando una economía próspera con un alto grado de justicia social, tal como Noruega.

La campaña por el “No” tiene varias respuestas para estos argumentos. En primer lugar, señalan que la demonización hacia Westminster es excesiva. Escocia tiene su propio parlamento en el que toma la gran mayoría de las decisiones, y una representación acorde a la demografía del Reino Unido en Westminster. Esta dicotomía artificial que la campaña por el “Yes” ha desarrollado —Escocia= buenos, Londres= malos— es simplemente una táctica publicitaria que apela a nuestra esencia humana tribal donde nos definimos en contraste con el otro. En segundo lugar, los mandatarios políticos del Reino Unido han asegurado descentralizar el poder de Londres, y —en el caso de que gane el “No”— otorgarle a Edimburgo más poderes, entre ellos, el control sobre sus propios impuestos.

Pero no cabe duda que el foco principal de la campaña por el “No” ha sido generar dudas respecto a las promesas económicas de Alex Salmond, y predecir un futuro pesimista para la economía de una Escocia independiente. Ellos argumentan que no es viable pretender que un país sea sustentando por las exportaciones de un producto cuyo precio es tan volátil como el del petróleo, y que ya tiene fecha de expiración (aproximadamente dentro de 30 años). Lo que muchos especialistas señalan es que simplemente los números no dan: Escocia no podría mantener el alto nivel de gasto público que le permite proporcionar un gran nivel de servicios a sus ciudadanos —entre ellos se destacan salud y educación gratuita— y al mismo tiempo generar reservas para no sucumbir el día que el petróleo se acabe. Las industrias alternativas —la del whisky y energía eólica, por ejemplo— no podrían compensar las pérdidas que implicarían salir de ese mercado común de 64 millones de personas que es el Reino Unido, dice la campaña por el “No”.

La pregunta sobre qué moneda utilizaría una Escocia independiente ha sido un punto central en el debate. Alex Salmond ha sido enfático en que una Escocia independiente continuaría utilizando la libra esterlina, y que el resto del Reino Unido no lo puede detener. Desde Londres, el canciller George Osborne y demás políticos se han mostrado acérrimos: una Escocia independiente no podrá utilizar la libra. Hay muchas preguntas que Salmond no ha sido claro en responder: ¿cuál es el Plan B si no se le permite usar la libra? ¿Por qué se querría usar la moneda de lo que será un país extranjero? ¿Utilizaría Escocia la libra tal como Panamá utiliza el dólar? ¿Cuál sería el valor de una potencial nueva moneda escocesa? ¿Obligarán a Escocia a adoptar el euro una vez que quiera aplicar a la Euro Zona como un país independiente? Con los problemas de países como España con sus respectivos movimientos independentistas, ¿podría esto complicar la aceptación de Escocia a la UE? Muchos ciudadanos no están dispuestos a dar el salto a la independencia cuando existe una gran posibilidad de perder la libra en el camino y enfrentarse a un futuro incierto respecto a su economía y pertenencia a la Unión Europea.

Es cierto que la campaña del “No” ha pecado de excesiva negatividad y hoy lo están pagando caro. Alex Salmond la ha llamado, quizás con razón, “la campaña del miedo”. Pero también existe un argumento positivo a favor de la unión, y este se refiere a la identidad británica. Mientras que es inevitable recordar la enemistad que caracterizó la relación entre estos dos países durante cientos de años, la historia reciente sugiere una mayor unión. La época de la Ilustración Británica vio florecer tanto a pensadores ingleses —John Locke o Stuart Mill— como a los escoceses, David Hume o Adam Smith, influyendo en conjunto al pensamiento occidental.

Más cerca en el tiempo, escoceses e ingleses pelearon unidos por la Union Jack junto a los Aliados frente a Alemania en ambas guerras mundiales. En los cementerios los soldados no son ni ingleses, ni escoceses, ni galeses, ni irlandeses: son británicos. Muchos ciudadanos se sienten escoceses pero al mismo tiempo británicos, y consideran que estas identidades son complementarias, no contradictorias. Ellos ven a alguien de Manchester, Liverpool o Cardiff como un ciudadano más, y no como un extranjero. Defender esta identidad británica es una de las principales razones por las que muchos escoceses votarán “No”. Por otro lado, muchos nacionalistas jamás se definirían como británicos y confían que la cultura e identidad escocesa florecería luego de liberarse de las cadenas del Reino Unido, que inevitablemente asocian con su pasado imperial.

Se ha vuelto un cliché de la campaña decir algo que mi peluquero me comentó el otro día: "Si voto con el corazón voto ‘Yes’, si voto con la cabeza voto ‘No’”. Por más que esta sea una falsa dicotomía —las emociones y la razón están más entrelazadas de lo que creemos a la hora de tomar decisiones— igual tiene un dejo de verdad. Por un lado, el sentimiento idealista y romántico de abrazar la incertidumbre y construir un país mejor. Por otro, la seguridad económica, política y militar que trae pertenecer a una unión robusta entre diferentes países. El futuro de Escocia está en las manos de ese 7 % de indecisos y qué pesará más cuando estén en la soledad del cuarto secreto: ¿idealismo o pragmatismo?
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