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Sobre Tinelli, el poder y la muerte



Aníbal Pachano se quebró.

–Yo no lo voy a perdonar, que lo perdone Dios– dijo, desconsolado.

El coreógrafo no podía contener las lágrimas. Marcelo Tinelli le sostenía el micrófono para que el gran protagonista de la noche pudiera hacer su descargo.

Alex Freyre, también portador de HIV, le había pronosticado la muerte por apoyar a Sergio Massa. No por capricho sino, dijo, como consecuencia de las políticas de salud del candidato presidencial.

El funcionario kirchnerista hizo terrorismo mediático en plena campaña con el simple objetivo de llevar agua para su molino. Un error del que se arrepintió y se disculpó demasiado tarde.

En ese marco, Tinelli extendió la alfombra para que Pachano transitara su bronca en Bailando por un sueño, acaso un gesto de apoyo razonable a quien es integrante de su staff.

Hasta allí el conductor de ShowMatch se mostró medido, comprensivo y hasta conmovido por el mal trago que tuvo que pasar el bailarín. La angustia se extendió hacia el jurado del exitoso ciclo televisivo.

Sin embargo, inmediatamente después, cuando buscó dar su propio punto de vista, no sólo echó más leña al fuego de la polémica sino que, además, incurrió en el mismo error de Freyre. Jugó con la muerte, la trajo innecesariamente a un debate que no debe ser más que de ideas.

"Parece que ahora es... si te pueden ver muerto, bienvenido sea. Este 'vamos por todos' que escuché hace un tiempo, parecería ser, incluso, vamos por tu vida o algo así", dijo en el remate de una larga arenga.

Aludió a una falta de escrúpulos del gobierno nacional. Se sabe, el "vamos por todo" es parte de la jerga oficial y hasta Cristina Kirchner hizo propia la frase en 2012, en Rosario, durante la conmemoración del primer izamiento de la bandera nacional.

Aunque el rey del rating quiera ubicarse, legítimamente, en las antípodas del gobierno, y cuestionarlo con dureza y sobrados argumentos, no parece que la forma sea haciendo aquello que critica, en este caso, echando mano al terrorismo mediático.

Invocar la muerte –que, en definitiva, fue lo mismo que hizo Freyre– no puede ni debe ser un elemento para sacar ventaja política. Habla mal del acusador, habla pestes de quien apela a ese recurso rastrero, miserable y antidemocrático.

De eso pudo dar cuenta Herminio Iglesias en 1983, cuando quemó una corona y un ataúd con los colores de la UCR en el acto de cierre de campaña del PJ, lo que para muchos analistas políticos signó la derrota de Ítalo Lúder frente a Raúl Alfonsín.

Tinelli dijo no conciliar con la violencia y para ello puso de ejemplo la mesa familiar de los domingos, en las que su abuelo radical y su padre peronista eran protagonistas de apasionadas tertulias, a las que retrató como intensas pero afectivas.

Sacó de la galera su propia historia para condenar la beligerancia ya no de un discurso puntual sino de la política en general. Pero terminó direccionando todos los dardos hacia el gobierno, a quien le asignó la responsabilidad exclusiva de la llamada grieta social.

Para decirlo de otro modo, fue parte del espiral de los discursos intolerantes a los que alimentó y de los que fue víctima. El martes, después de sus palabras, Freyre escribió en la red social del pajarito: "Hola @CuervoTinelli, mandé un mail a Ideas para contactarte y por las amenazas de muerte que recibo desde anoche, después de tus palabras. Abz." Ayer, por la misma vía, el vicepresidente de San Lorenzo dijo: "Se levantaron activos los muchachos hoy. Insultos, descalificaciones y amenazas vía twitter. Los quiero mucho."

El quiebre de Tinelli, su tirria con el oficialismo –con quien comulgó y compartió actos–, asoma recién ahora, en la postrimerías de la gestión de Cristina Kirchner, luego de su fracasado ingreso al manejo de Fútbol para Todos y los obstáculos que le ponen desde el poder político para su desembarco como mandamás de la AFA.

Probablemente, imaginó que la sociedad con el empresario kirchnerista Cristóbal López, a quien le vendió el paquete mayoritario de Ideas del Sur, se convertiría en un trampolín hacia la expansión de sus negocios.

La Casa Rosada también tenía depositada en esa sociedad una enorme expectativa, sobre todo para neutralizar el juego político del conductor de Canal 13, quien se viene mostrando amplio y transversal a la hora de los acuerdos comerciales.

Tinelli firmó con el sciolismo para ser la cara de una campaña publicitaria de Provincia Seguros, cerró con el macrismo el sponsoreo del Banco Ciudad en la camiseta de San Lorenzo, y congenió con el massismo la disponibilidad de escenarios naturales de Tigre para sus programas televisivos.

No disimula ni un ápice su relación con Scioli, Massa y Macri, donde ve el futuro político de la Argentina. A los tres los hizo parte de un programa desopilante donde el protagonista central era Martín Insaurralde, el candidato a gobernador bonaerense de nadie sabe qué partido.

"Marce" los llamaba por teléfono en vivo para peguntarles si iban a concurrir al inminente casamiento de "Martín" y su novia, Jésica Cirio. Ese programa descorrió el velo y dejó ver la realidad: no era el conductor buscando al poder sino que era el poder yendo a los pies del conductor, a la sazón, el verdadero poderoso en esa relación.

No tuvo la dicha de ser atendido por la presidenta. En la previa a las elecciones de 2009, aquellas que catapultaron a Francisco de Narváez con el famoso "alika-alikate", Néstor Kirchner fue el único de los candidatos que se negó a ir al programa, aunque finalmente aceptó una conversación telefónica.

Cristina, pese a los denodados esfuerzos de Tinelli, quien la llamaba insistentemente a la Quinta de Olivos, no le dio ni siquiera ese gusto. El cupo oficialista en el show televisivo lo saldó el senador Aníbal Fernández.

Aquella búsqueda de popularidad por parte de los candidatos, como si se obtuviera por ósmosis, tuvo su último mojón esta semana, cuando la Legislatura porteña declaró a Tinelli como "personalidad destacada de la cultura".

A diferencia de otros protagonistas que lograron el mismo galardón, el ex periodista deportivo fue recibido en la ceremonia por el mismísimo Macri. Ambos se prodigaron elogios y se reconocieron no sólo como buenos sino también como viejos amigos.

El debate posterior sobre el "merecimiento" resulta estéril si no se lo mira en clave política, ya que todos encuentran argumentos a favor y en contra. Unos dicen que el programa cosifica a las mujeres, las muestra ligeras de ropa y con planos casi ginecológicos; los otros aseguran que el Bailando permite que aquellos que no tienen dinero para un abono en el Teatro Colón puedan ver a estrellas como Hernán Piquín o Eleonora Cassano.

Se escucharon también las quejas hacia el conductor por cierta predisposición al escándalo, la estigmatización del distinto, el chiste soez y el humor de doble sentido y, simultáneamente, aparecieron los elogios a su faceta empresaria por haber producido ciclos como Okupas o el primer Todo por dos pesos.

Lo cierto es que el hecho de que todos hablen de Tinelli es otro éxito del propio Tinelli. Y es básicamente a este éxito al que se quieren adosar muchos de los candidatos. La decisión de Macri, al premiarlo, tampoco escapa a esta lógica.

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