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¿Soy libre?

No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
Romanos 7:19-20

¿Soy libre?

Para responder a esta pregunta necesito tener una definición de la palabra libertad, o de su antónimo, la esclavitud.
Ser esclavo del mal es constatar que “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Qué situación tan miserable: sé que ciertas cosas son malas, que me hacen daño a mí y a los demás, pero no puedo evitar hacerlas. Por otro lado, quisiera progresar, ayudar a los demás, pero, a pesar de mi gran deseo, ¡soy incapaz de hacerlo!
En Romanos 7 vemos a un creyente que toma en serio la enseñanza de Cristo. Pero no ha sido liberado de la fuerza del mal que está en él. ¡Es un creyente desgraciado! Por eso clama: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (v. 24).
¿Es este mi caso? ¿Éste es también mi grito desesperado? Entonces escuchemos la respuesta que da la Palabra de Dios: Jesucristo es quien libera, pues llevó la condenación de mi mala naturaleza y me dio su propia naturaleza junto con el Espíritu Santo.
¿Cómo puedo experimentar esta liberación? Aceptando que Jesús dirija mi vida. Entonces ya no soy yo quien combate contra el mal, sino Cristo, quien me ayuda a hacer el bien. Así puedo, pues, vivir como escondido en él, estando atento a la acción del Espíritu Santo. Éste me conduce a orar a Dios sin cesar, me invita a hacer el bien y me da la fuerza para hacerlo, sólo por la gracia de Dios. Cuando Cristo pasa a ser el Señor de mi vida, Dios mismo enriquece mi existencia con una gracia nueva.
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