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Soy mujer y a mí también me acosaron en el ejército español

Cuando escuché a Zaida Cantera relatar lo que le había ocurrido en el ejército, sentí rabia. No porque el ejército permitiese tal situación, sentí rabia porque no creía que Zaida tuviera derecho a contar públicamente su experiencia. Mentalmente decía "debería callarse y apechugar, se lo ha buscado ella solita entrando en el ejército". Ahora lo escribo y me doy cuenta de lo irracional que puede llegar a ser el ser humano cuando siente miedo, un miedo atroz que comenzó en 2009, cuando pasé a formar parte de las fuerzas armadas como militar de tropa.



Acababa de terminar la fase de formación y era el primer día en mi destino, nada más llegar me asignaron una camareta (habitación) que compartiría con una soldado y una cabo primero. No es habitual compartir camareta con un superior pero la zona destinada a mujeres, estaba muy limitada y por el momento tendría que ser así. Al día siguiente, cuando por primera vez empezó mi jornada laboral como militar profesional, descubrí que no solo compartía camareta con un superior sino que además era mi superior. La cabo primero B.M. sería mi mando directo dentro de la compañía. Se presentó como una persona cercana y amable, tanto así que al finalizar la jornada, nos invitó a una compañera y a mi a tomar unas cervezas fuera del cuartel y accedimos gustosamente. La tarde se desarrolló con normalidad pero yo sentía mucha tensión. Seguía tratando a la cabo primero con el protocolo en el que se me había adoctrinado y en varias ocasiones, tanto mi compañera (mucho más relajada que yo) como la cabo primero, insistieron en que dejara los protocolos a un lado, pero yo me negaba. Se hizo de noche y el bar iba a cerrar, así que la cabo primero nos dijo que nos llevaría a un sitio que estaba abierto todos los días hasta altas horas de la noche. Cual fue mi sorpresa cuando llegamos y descubrí que ese lugar era un prostíbulo de carretera que efectivamente, abría 24/7.

Por supuesto, no estaba en nuestros planes acceder a los servicios que ofrecían las chicas. Nos tomamos unas copas con el mismo buen rollo con el que llevábamos toda la tarde, más aún si cabe, ya que la situación era poco menos que curiosa, pero cuando ya era notable cierto grado de embriaguez, la cabo primero comenzó a insinuarse de manera sexual. Yo me lo tomaba a broma ya que no estaba en absoluto interesada en ella y no quería problemas, pero entonces, de repente, la cabo primero metió su mano en mis pantalones. He de explicar que en aquella época toda mi ropa me quedaba grande ya que había perdido muchísimo peso en la fase de entrenamiento y aún no había tenido ni tiempo ni dinero para comprarme ropa nueva, así que resultaba bastante fácil meter una mano en mis pantalones sin desabrocharlos. Yo rápidamente le aparté la mano, miré a mi compañera pero ella solo gesticuló una sonrisa cómplice y apartó la vista. No me mostré enfadada porque no terminaba de asumir lo que había ocurrido y tenía miedo de faltar al respeto de la cabo primero. Les dije que ya era tarde y que deberíamos irnos al cuartel y así lo hicimos. Los días siguientes, la cabo primero me dedicó todo tipo de miradas cómplices y sonrisas durante la jornada laboral, tanto así que el resto de compañeros se percataron del asunto y comenzaron a preguntar, pero sobre todo comenzaron a advertirme. "Ten cuidado con la cabo primero B.M. Al principio se hace la simpática pero puede ser una hija de puta". Cuando les dije que compartía camareta con ella, se echaron las manos a la cabeza, no lo entendían y me compadecían continuamente y eso que ellos ni siquiera sabían lo que había ocurrido aquella noche de copas. Yo sabía que algo no iba bien pero no imaginaba exactamente a lo que se referían, aunque pronto lo descubrí.

Estábamos haciendo un ejercicio con una pieza de artillería, era la primera vez que yo lo realizaba y estaba aprendiendo. Como era previsible, me equivoqué en una de las ejecuciones del ejercicio y entonces la cabo primero B.M. se dirigió a mí muy furiosa y levantó la mano para pegarme, a lo que yo reaccioné apartándome, pero eso la cabreó aún más así que ordenó que me pusiera firme, yo obedecí porque así se me había instruido y porque tenía miedo. Seguidamente me dijo que inclinase un poco la cabeza, se puso tras de mí y me golpeó tan fuerte que perdí el equilibrio, a lo que volvió a ordenarme que siguiera firme. Yo obedecí sin rechistar. Todos mis compañeros lo presenciaron, se rieron, para ellos era completamente normal. Me aguanté las lagrimas como pude, me hice la dura, me autoconvencí de que aquello no era más que otra prueba que debía superar, como otro obstáculo de la pista americana, pero no lo era.

Uno o dos días después volvió a tocar entrenamiento con piezas de artillería y otra vez volví a fallar en algo, ni siquiera recuerdo en qué. La cabo primero B.M. me ordenó como castigo ir a uno de los hangares y traer una antigua caja de munición llena de arena que pesaba unos 60 kilos (yo pesaba 68). Debía recorrer con ella a hombros 100 metros, sin guantes y sin ayuda de ningún tipo. Lo intenté con todas mis fuerzas y finalmente lo conseguí, dejándome la espalda y las manos en ello, pero para la cabo primero B.M. no fui lo suficientemente rápida así que cuando terminamos el entrenamiento me ordenó llevar la caja hasta la compañía, que estaba a más de 500 metros de distancia.

Yo estaba exhausta y muy dolorida así que me resultó imposible volver a cargar la dichosa caja. Por suerte, un compañero y la cabo R.M. se apiadaron de mi, y aprovechando que la cabo primero ya se había ido, decidieron ayudarme. La cabo R.M. me amenazó con "arruinarme la existencia" si se lo contaba a alguien. Al día siguiente todos mis compañeros, un montón de tíos duros, con cuerpo de gimnasio, algunos con misiones en Afganistán, coincidían en que aquel castigo había sido muy duro.

Tuve que ir al médico porque tenía fuertes dolores de espalda y éste me prescribió antiinflamatorios y una baja de una semana que se hacía efectiva justo en ese momento. En el cuartel nadie tomó en serio mi baja, coincidió que me tocaba guardia esos días y todo el mundo pensó que quería librarme. Me ordenaron hacer la guardia con mi papel de baja firmado, sellado y completamente legal. Yo obedecí porque no obedecer en el ejército supone ganarte un arresto, lo que significa privación de libertad.

Al día siguiente, por fin hicieron caso de mi baja, lo cual tampoco sería fácil puesto que mi domicilio, en el que debía pasar la baja, era el cuartel, más concretamente la camareta que compartía con mi cabo primero B.M. Ella actuaba con total normalidad, incluso me propuso en varias ocasiones salir a tomar algo, a lo que yo me negué en rotundo. Al finalizar la baja me encontré con un ambiente completamente hostil, tanto compañeros como superiores no paraban de hacer comentarios insultándome. Los pocos que no lo hacían, me decían que me había equivocado por completo cogiéndome esa baja y que lo iba a pasar muy mal por eso. En un momento del día, la cabo que me había ayudado a cargar con la famosa caja, me arrinconó a empujones cuando estábamos a solas y me dijo que la cabo primero se había quejado de mí porque yo no paraba de hablar por teléfono en la camareta. Me advirtió que si volvía a quejarse, se iba a encargar personalmente de hacerme la vida imposible, y que tuviera muy en cuenta que podía hacerlo porque era mi superior y tenía poder. Ya no era libre de hacer lo que quisiera ni siquiera fuera de la jornada laboral.

Después de esto empecé a vivir atemorizada. Conseguí alquilar un piso y así dejar de vivir en el cuartel pero la cabo y la cabo primero centraban todos sus castigos en mí. Ya no existía nadie más, si había que castigar a alguien, esa iba a ser siempre yo. Odiaba ir a trabajar, hasta tal punto que hice todo lo posible por no hacerlo y en ocasiones tomaba gran cantidad de paracetamol para enfermar y poder faltar. Finalmente decidí que debía ir a un psicólogo porque aquello se me había ido completamente de las manos. Cuando empecé las sesiones, todos en la compañía se enteraron, ya que el motivo de las bajas de los soldados se apuntan en un panel a la vista de todos y la cabo primero me ordenó entregarle a ella personalmente y fuera del horario de trabajo, un justificante en el que pusiera que yo estaba asistiendo a terapia. Obedecí sin ni siquiera plantearme que aquello estuviera permitido porque le tenía absoluto pánico. La cabo primero no era la encargada de gestionar bajas dentro de mi compañía, ni siquiera la persona encargada de esta tarea me pidió tales justificantes, ya que eran cosas que sucedían fuera de la jornada laboral y del acuartelamiento.

No pasó ni un mes hasta que decidí que quería dejar el ejercito, lo que no fue tarea fácil. Probablemente la mayoría de los ciudadanos desconocen este dato pero cuando firmas un contrato con el ejército, solo ellos pueden romperlo. Ausentarse de tu puesto de trabajo es desertar, lo que constituye un delito con pena de cárcel. Yo tuve que luchar un año entero con informes psiquiátricos y médicos hasta que por fin rescindieron mi contrato y me liberaron.

El día en el que me dieron la licencia (el papel en el que se rescinde legalmente tu contrato con las Fuerzas Armadas) tuve una conversación con una de las compañeras que para mí fue terrorífica. Me contó que cuando ella entró nueva en el cuartel tuvo una experiencia similar a la mía, la cabo primero la estuvo acosando durante meses y en varias ocasiones intentó propasarse con ella. Esta chica nunca dio parte de estos hechos, se sinceró conmigo solo porque sabía que yo ya no iba a volver al ejército.



El ejército es duro, física y mentalmente, y creo que es por eso que no son habituales las denuncias de acoso. Cuando tu día a día es una continua lucha, un continuo sacrificio, no te paras a pensar si lo que está ocurriendo forma parte de tu trabajo o se excede por completo, simplemente lo superas o abandonas.




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