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Tan parecido y sin embargo tan diferente

Los cielos le fueron abiertos, y vio (Jesús) al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.
Mateo 3:16-17

Tan parecido y sin embargo tan diferente

Jesús vino a la tierra como un hombre. Nada con respecto a su apariencia lo diferenciaba de los demás. Muchos sólo veían en él al hijo del carpintero. Sin embargo, el cielo se abrió para este hombre, y Dios declaró: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”.
Incluso si la mayoría de sus contemporáneos no lo diferenciaron de los demás, Jesucristo era diferente de los otros hombres. Jesús, el Hijo de Dios, Hombre único, concebido por el Espíritu Santo en el vientre de María, no tenía pecado. Era a la vez plenamente hombre y plenamente Dios.
Consagrado a hacer la voluntad de Dios su Padre, llevaba el amor divino incluso a los que trataban de hacerle mal. Mientras que el orgullo, el odio y el egoísmo caracterizaban a toda la humanidad, Él se sacrificó durante toda su vida, humildemente y sin cansarse, para aliviar las penas de los que le rodeaban. Sus palabras y su comportamiento revelaban la maldad del hombre, por ello hicieron todo lo posible para deshacerse de él. Fue crucificado entre dos malhechores, clavado en una cruz… Aceptó morir para salvar a los que estaban perdidos.
Pero resucitó y vive eternamente; y cada creyente puede decir: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres” (Salmo 45:2).
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). “No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).
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