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Tengo una madre alcoholica y te lo cuento, " Linceso "



Conozco a muchos alcohólicos, desde bebedores habituales hasta borrachos eternos. También conozco a muchas personas que son hijas de alcohólicos: yo misma soy una de ellas.

No obstante, la mayor parte de las historias de alcoholismo que he leído, especialmente desde la aparición del internet, se aferran a mostrar un cierto grado de ridiculez.

Es frecuente que contengan algunos tropos de abuso o negligencia, e incluso cuando las comparto en internet debido a que encuentro algo en ellas que es verdad, me siento como un vergonzoso cliché . ¿Pero qué puedo hacer? Es mi historia...



Mi mamá siempre bebió mucho. Cuando era joven era algo normal. Sus amigos le decían "la Reina" porque siempre era el centro de atención.

Tanto ella como mi padre eran músicos y eso significaba que se la pasaban viajando. Entiendo que esto parece una generalización, pero para mí su personalidad extrovertida y su estilo de vida libre de rutinas era la combinación perfecta para su alcoholismo.



Las cosas se volvieron mucho peores cuando mi padre y ella se separaron. Ella me amaba y quería cuidarme, pero también estaba abrumada por la separación.

Mi primer recuerdo es de una Navidad en la que me la pasé llorando porque ella me había pegado. Me senté en el pasillo de nuestro departamento pensando en que me había estado golpeando a diario durante varias semanas y en que quisiera que las cosas fueran diferentes en ese día tan especial.



En ese entonces mi mamá era maestra. Cuando me enfermaba, ella me compraba dulces y estampitas. Me gustaba enfermarme, pero a ella se le olvidaba esa amabilidad cuando bebía. Yo me encerraba en mi cuarto y ella se paraba afuera de la puerta durante horas y me gritaba groserías y que saliera de allí.



En la mañana todo estaría bien: mi mamá me compraría mi chocolate favorito y si yo le hablaba de la golpiza que me había dado la noche anterior ella me diría: "Estás mintiendo. Yo nunca te golpeé. Yo te amo mucho como para hacer eso". Ella sigue creyendo eso hasta hoy.



Su enfermedad se volvió peor con la edad. Ella aún seguía yendo a trabajar —era su forma de intentar mantenerse "bajo control"—, así que yo temía los fines de semana y sus tiempos libres.

Durante estos tiempos libres, ella se la pasaba bebiendo todo el día y en la noche casi siempre me necesitaba para ayudarla a caminar. Mientras su condición empeoraba, ella se volvía cada vez más paranoica. Un día decidió rociar repelente de insectos a través de la puerta del dueño del edificio porque estaba convencida de que él estaba envenenando nuestra agua.



Otro recuerdo que tengo es en el que llegué a la sala en un domingo. Era una enorme, ordenada y luminosa sala y mi mamá estaba sentada en el sillón viendo una vitrina. Ésta estaba hecha de madera oscura que brillaba con la luz del sol. "Tú", le decía a la vitrina. "Puedo verlo ahora, estás hecha de oro".



Ella inventaba reglas constantemente y luego las olvidaba.

Si yo llegaba media hora después, ella me gritaba que era una prostituta. Y

o tenía 16 y ella 43. Íbamos a restaurantes caros y ella bebía antes y después de la comida. Ella me acusaba de comer demasiado y otras veces se quejaba de que comía muy poco. Me decía que era gorda para que dejara de comer. Durante casi un año lo único que comí en todo el día fue medio pan, una ensalada y seis manzanas. Si comía algo más, me castigaba a mí misma.



Cuando tenía 17 me fui de vacaciones con una amiga. Cuando volví, ella estaba en el hospital.

Aparentemente, mientras estuve fuera ella sufrió de delirium tremens, una especia de ataque epiléptico que sufren los alcohólicos debido a la abstinencia. Ella estuvo a punto de morir. Me dijeron que estaba alucinando que yo había muerto, por lo que se vistió de negro y caminó de cementerio en cementerio buscando mi tumba.



La visité en el psiquiátrico. Ella estaba sobria por primera vez en años. No la reconocí. Es como si al fin tuviera una especie de madre en vez de un monstruo. Ella pintó un búho para mí.



Era otoño. Ella llegó a casa y comenzó a tomar de nuevo. Yo terminé vaciando la botella de champaña sin alcohol que había traído por el drenaje. Fuimos a un restaurante y ella quiso pedir vino, pero yo le pedí que no lo hiciera. "Bebe cuando quieras pero no cuando estés cerca de mí", le supliqué. Ella ordenó vino y yo me fui.



Me di cuenta que el alcohol era más importante que yo. Me di cuenta de que no la podía ayudar. Me di cuenta de que su adicción es más fuerte que yo y que siempre lo sería.

Yo ya tenía 18, así que decidí irme de casa.