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Tramposo, ¿y qué?

Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.
Romanos 14:12


No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.
Hebreos 4:13

Tramposo, ¿y qué?

Había cometido una falta flagrante, el gol había sido aceptado por el árbitro… ¡y el equipo de fútbol había logrado su clasificación! Uno de los dirigentes del fútbol respondió a las críticas con estas expresiones de indiferencia: «¿Qué es una trampa? ¿Qué es un tramposo? Que la gente eche una ojeada al mundo… ¡existen tantas trampas!».
Esta actitud es frecuente, no sólo en el ámbito deportivo. Siempre encontramos a personas «peores» que nosotros, y nos servimos de esto para adormecer nuestra conciencia, pensando que si no somos más malos que los demás, ganaremos un lugar en el paraíso.
Pero Dios no ve las cosas así, y no aceptará en el cielo ningún hombre sobre la base de un comportamiento «normal, corriente». Él no compara a los hombres entre sí para determinar cuáles son «mejores» que los otros, sino que los evalúa a todos según el mismo criterio: el de su propia santidad. Un árbitro puede equivocarse, pero Dios jamás se equivoca. Ve todos nuestros hechos y gestos, y también conoce nuestras intenciones. Su veredicto es el mismo para todos: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10).
No creamos que podemos escapar al ojo de Dios. Más bien, confesémosle nuestros pecados y aceptemos su gracia. Jesucristo, su Hijo, vino en persona a la tierra para sufrir en nuestro lugar el juicio que nosotros merecíamos. Su amor lo condujo a aceptar esto para que no pereciésemos, y también para darnos un corazón puro, para enseñarnos la verdad y la rectitud.
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