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¡Trucha!



(Por Rubén Lasagno)La ex presidenta es una trucha en todos los sentidos. Lo fue como mandataria, lo fue como legisladora, lo es como oposición y ahora lo sigue siendo como candidata. El término “trucho” es bien argentino, deviene del lunfardo que en principio significa “cara”, “rostro”, de ahí la denominación de “trucha” a la cara de una persona y se cree que a partir de la calificación “cara de piedra”, para todo aquel que carece de vergüenza, es falso, mentiroso, etc, se transfirió al término análogo y se dice que el primero en mencionarlo al aire en su programa “Radio Bangok”, fue Lalo Mir en el año 1986, cuando al término “trucho” le dio la impronta de algo engañoso, de mala calidad, una cosa de imitación, sin valor, una copia falsa.
Como sea que haya aparecido “trucho” o, en este caso “trucha”, es la palabra que puede definir a Cristina Fernández de Kirchner, al verla en televisión desplegar su acting de campaña, tratar de aparecer como entrevistada por la prensa, arreglando reportajes para que no le pregunten cosas indebidas y además, por todo lo que dice en cada oportunidad en la que pretende fingir que en este país no ha pasado nada.

Ella cree (y dice ser) una perseguida política por parte de un gobierno que no es democrático, sino una dictadura y hace alarde de sus malos modales y léxico callejero, impropio de una ex jefa de Estado, a colaboradores o periodistas, demostrando, más que una posición irreductible de firmeza, decisión y autoridad, la convicción de que es una mal educada, de bajo linaje, cuya ordinariez le surge por los poros y deja entrever la verdadera cuna social de la que proviene.



Se imposta, actúa, pretende ser simpática y es grotesca, construye un personaje de falsa empatía cuya falsedad innata aflora en su real magnitud, cuando sus ojos brillan ante una mínima pregunta incómoda de su entrevistador y lo taladran con ganas de saltarle encima. Es trucha cuando pretende ser irónica y no es para menos, la ironía y la irreverencia están solo reservadas a los inteligentes. No el que quiere puede ser irónico o irreverente, sino el que puede; y a ella le está vedada la ironía porque carece de sutileza, de sagacidad, de sensibilidad, pero básicamente, porque en la ironía se ponen en juego los mecanismos de la crítica ácida, casi ejemplificadora, funciona como reproches encubiertos, donde se dice algo pero se da a entender otra cosa distinta y CFK no tiene autoridad moral para criticar a nadie, ni aún a los peores gobernantes que pueda padecer nuestra Argentina, porque ella y su banda (recordemos que es jefa de una asociación ilícita), fueron abyectos, ladrones y estuvieron desprovistos de toda moral durante su paso por el poder.




A los truchos todos les esquivan y por ese motivo y no por otro, los laderos políticos de la ex presidenta, los que al menos pretenden guardar un mínimo de capital político en el futuro, aquellos más jóvenes que pueden restañar heridas, cerrar la enorme grieta que los separa de la sociedad, abierta a sus pies merced al apoyo irrestricto que le dieron durante una década de la corrupción kirchnerista, empiezan a dejarla de lado y cuando en política alguien empieza a estar solo, es una clara señal de que los tiempos por venir no son de lo mejor y lo peor de todo, que las oportunidades llegaron a su fin.

Fingida, egoísta, autoritaria, egocéntrica mentirosa, facciosa, falsa, cobarde, ailacionista, demagoga, quien demostró ser una déspota en el poder, no puede construir nada nuevo y bueno. Por ese motivo y no por otro, a Cristina Fernández nadie le cree y hasta podríamos decir que el propio círculo rojo de la ex presidenta sabe que es inviable, pero para no caer víctimas de las críticas, siguen sosteniendo su “lealtad”, pero solo ante las cámaras; en privado las críticas arrecian y la diáspora es cada vez mayor.



Trucha, en definitiva, es una mala imitación de algo que parece ser genuino de lejos pero cuando nos acercamos al producto, le encontramos las fallas propias de su factura ordinaria, descuidada, grotesca y burda que lo aleja sideralmente de producto que pretendíamos comprar. Relacionado con las personas lo trucho es más grave, porque impresionan socialmente y como el caso de Cristina Fernández, cuando la opinión pública se da cuenta de su falsedad, es porque ha empezado a sufrir las consecuencias de haber comprado barato lo que en definitiva termina costándole al país una inmensa fortuna. (Agencia OPI Santa Cruz)


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