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Un Cordobés en el Titanic.

TITÁNIC UNA HISTORIA
Una Historia Argentina

Rescatamos esta nota.
Una historia de nuestra historia, un destino y un final. Cuanto se ha dicho del Titanic, tantas anécdotas como tripulantes vivieron su final, pero el Titanic no ha sido el único naufragio donde miles de vidas se perdieron. Quizás es el mas famoso por que con el se hundió una certeza, la tecnología nunca va a ser totalmente segura. La naturaleza es mucho mas grande que el mas grande de los hombres, y no hay barco que no pueda irse al fondo. Aprendimos una lección : la soberbia no es buena capitana y como el viejo dicho “ la mar es una señora a la que no hay que faltarle el respeto”

Edgardo Andrew nació el 28 de Marzo de 1895 en 'El Durazno', una estancia de más de 10.000 hectáreas, en la provincia de Córdoba, Argentina. La comarca se llamaba 'San Ambrosio' pues junto a otros cinco establecimientos con más de 300.000 hectáreas, habían sido adquiridos por un visionario emprendedor, don Ambrosio Olmos, quien había sido gobernador de Córdoba en 1886.



A fines del siglo XIX, la ganadería se expandía y la Argentina se erigía en el "granero del mundo". Los nuevos terratenientes sabían poco del negocio, por lo que necesitaban mayordomos o administradores bien capacitados.

El primer mayordomo de 'El Durazno' fue el padre de Edgardo, Samuel Andrew, quien junto a su esposa, Annie Robson, eran inmigrantes ingleses procedentes de Whitby, Yorkshire, y se habían establecido en la Argentina en la década de 1870. Tuvieron 8 hijos: Silvano Alfredo (nacido en 1883), Isabel Mercedes (1885), Wilfred (1887), Ethel Ana (1888), Hilda (1890), William Henry (1892) , Edgardo (1895) y John Vickers (1899), quien murió a los seis meses de edad, convirtiendo a Edgardo en el benjamín de la familia.

También provenientes de Inglaterra, los Cowan llegaron al país poco después de los Andrew. Su hija Josefina -o 'Josey', como habituaban llamarla- iniciaría posteriormente una relación muy cercana con Edgardo, que no olvidaría por el resto de su vida.



Samuel Andrew falleció en 1906 y su hijo Wilfred se hizo cargo de la administración de la estancia. A principios del siglo XX, las clases sociales estaban bien diferenciadas y los Andrew, nada ajenos a las costumbres de época, pertenecían a la clase media rural. Para ellos era usual y casi obligado enviar a sus hijos a Inglaterra para estudiar y conocer a sus familiares. Así, al igual que lo habían hecho previamente sus hermanos Silvano, Wilfred y Ethel, en 1911 le tocó a Edgardo emprender el largo viaje. Sin embargo, él no iría a Inglaterra, sino a EE.UU., a visitar a su hermano Silvano Alfredo, que se encontraba allí por motivos de trabajo.

En la estación ferroviaria de Río Cuarto, a 27 kilómetros de San Ambrosio, su madre lo despidió por última vez. Su equipaje cargado de sueños no pesaría tanto como los sucesos que pronto acontecerían.


LLAMADO DE ESTADOS UNIDOS
Edgardo no habría de permanecer en EE.UU. durante mucho tiempo. Dos meses después, Silvano Alfredo buscó una escuela en Bournemouth, Inglaterra, y envió a su inquieto hermano a cursar estudios allí.

Silvano Alfredo Andrew había sido el primero en abandonar la estancia para estudiar en Inglaterra; permaneció un año en Whitby y más de seis en Stockton-on-Tees, donde estudió Ingeniería Naval y se convirtió en un experto en máquinas de vapor. El 3 de diciembre de 1906 regresó a Buenos Aires y se incorporó a la Armada Nacional.

En 1911, a los 28 años, Alfredo (como prefería que lo llamaran) fue enviado a EE.UU. por el almirante Manuel Domecq García, para formar parte del equipo de profesionales que supervisaría la construcción de los nuevos 'Dreadnoughts' argentinos. Al principio trabajó en Quincy, Massachusetts, astillero que albergaba al Rivadavia, pronto a ser botado; luego se mudó a Nueva Jersey, donde se construía el acorazado Moreno.

Ese año, Alfredo conoció a una viuda muy rica bastante mayor que él, llamada Harriet Fisher; quien pronto sería su prometida y lo impulsaría a abandonar la carrera naval, y también su ciudadanía argentina, para convertirse en un ejecutivo de primera línea en la industria mecánica. Habría de desempeñarse, más precisamente, como director de Fisher & Norris Anvil Works, una de las empresas proveedoras del Departamento de Defensa de EE.UU., de propiedad de Harriet.



Mientras estudiaba en Bournemouth, Edgardo recibió una carta de su hermano mayor invitándolo nuevamente a los EE.UU., a asistir a su boda, que se celebraría el 27 de Abril de 1912 en Grace Church, Broadway, New York; pero además, lo convidaba con su nueva fortuna. Había lugar para otro Andrew en la compañía de su futura esposa.

Edgardo admiraba a Alfredo, quien se había convertido en una figura paterna para él, enviándole periódicamente sumas de dinero y pagando su educación en Inglaterra. Acaso pensó que junto a él tendría la oportunidad de aprender mucho más sobre la técnica que en los rígidos institutos ingleses.

La fecha del casamiento estaba bastante próxima y las fuerzas del destino apenas comenzaban a forjar su compleja telaraña, en la que Edgardo se vería atrapado irremediablemente.

El viaje de Edgardo a EEUU estaría pronto a concretarse. Sería el miércoles 17 de abril de 1912, día en que zarparía a bordo del vapor 'Oceanic'. Sin embargo, circunstancias aviesas tornarían su partida en un punto sin retorno.


UN PASAJE DE IDA
El destino de Edgardo había alterado su curso debido a la propuesta de su hermano; pero sucedió algo más que lo empujó hacia una zona velada, de incertidumbre y desazón, que terminaría por conducirlo a la fatalidad: fue una huelga de carboneros.

Debido a dicha huelga, la White Star Line canceló el viaje del 'Oceanic', en el que debía partir Edgardo, al igual que los de otros dos transatlánticos de la compañía, el 'Majestic' y el 'New York'; con el objeto de proveerle todo el carbón disponible a su rutilante estrella, el 'Titanic', cuya partida era impensable postergar dada la gran expectativa mundial que se había creado en torno de su viaje inaugural.

Si Edgardo esperaba el fin de la huelga, no llegaría a EE.UU. a tiempo para la boda de su hermano. No tenía más opción que acatar la realidad: debía embarcarse en el Titanic. Sin embargo, el célebre trasatlántico zarparía el 10 de abril, una semana antes que el ya cancelado viaje del Oceanic.

Este hecho representaba un problema inesperado: Josey Cowan, su amiga tan cercana, le había escrito pocas semanas atrás diciéndole que viajaría a Inglaterra, noticia que lo había colmado de alegría, pero su llegada sería algunos días después de esa fecha.

Debió haber sido un momento realmente difícil para Edgardo, ya que tendría que resignarse a perder la oportunidad de reencontrarse con la joven Josey después de muchos meses sin verla. No obstante, lo esperaban en EE.UU., y al tomar su decisión, aún con pesadumbre, su sentido del deber prevaleció sobre sus deseos más íntimos ('...así es el mundo', le escribiría a Josey en una conmovedora carta). El esplendor del Titanic no lo cegaba en absoluto, pero era hora de asumir que sería uno de los pasajeros del barco más grande y más lujoso del mundo.




Edgardo se dirigió a las oficinas de la White Star Line para cambiar su billete. No podía desembolsar dinero para uno de primera clase y tal vez pensó que la tercera sería demasiado incómoda, así que pagó 12 libras por uno de segunda clase (60 dólares de entonces y lo que serían 600 dólares hoy en día, cuando el salario de un camarero era de 3 libras y 15 peniques por mes). Era mucho capital para él pero de ese modo imaginaba escalar una posición deseada.

La suerte estaba echada. Sin saber, Edgardo había aceptado la inexorable invitación del destino, que sigilosamente preparaba los últimos detalles de un desastre inminente, al tiempo que le permitía vislumbrar en un destello, una imagen de ese acontecimiento futuro bajo la forma de una estremecedora confesión sentimental, expresada en palabras que perseguirían a Josey para siempre.



PREMONICION
El 8 de Abril, dos días antes de la partida del Titanic, en el poblado de Bournemouth, al sur de Inglaterra y tratando de mantenerse a flote en medio de la intimidad de su propio océano de emociones, Edgardo escribió la carta que se convertiría en el amargo epitafio de su relación con Josey Cowan.

Las palabras de Edgardo, escritas con la frescura de un muchacho de 17 años, son, de por sí, conmovedoras, pero llegan a estremecer profundamente desde la perspectiva de los acontecimientos posteriores.

Su escrito comienza tratando, de alguna forma, de no desanimar a Josey, pero es él quien no puede evitar mostrarse descorazonado desde el primer párrafo:

"No puede imaginarse cuanto siento el irme sin verla y tengo que marchar y no hay mas remedio..."

Sin embargo, la frase siguiente es un tanto más perturbadora, ya que fluye en ella una clara evidencia del contraste entre la inmensa felicidad que sentía Edgardo y la frustración ante la imposibilidad de materializar sus planes. Los momentos que podría haber compartido con Josey se le escaparían para siempre.

"Cuando recibí en su primer carta... -continúa escribiendo el joven Andrew- ...en donde me decía que pensaba venir á esta, estaba tan contento con la noticia que no podía pensar en otra cosa, y hacía cada programa... pero desgraciadamente mis anticipados programas no llegarán a realizarse."

Al explicarle a Josey acerca del azaroso cambio de boleto para viajar en el soberbio Titanic, la imagen recurrente de lo inexorable de su partida aparece una vez más. Como antes, esta frase va ligada a otra que evidencia la pena de Edgardo. Afiebrada, su letra se desliza sobre el fino papel:

"Realmente parece increíble que tenga que irme unos cuantos días antes de su llegada, pero que hacerle, tengo que marchar."

Hasta el momento había intentado infructuosamente encontrar las palabras justas que expresasen cómo se sentía en realidad y cuánto habría querido quedarse. Tenía que lograr que emergiesen sus torbellinos interiores.

Para imprimir en Josey la naturaleza de sus sentimientos con un sello indisoluble, se atrevió a imaginar la forma de librarse de lo único que se interponía entre ellos en ese momento: el Titanic.

En el tercer parágrafo escribe acentuando la tinta:

"Figúrese Josey que me embarco en el vapor más grande del mundo, pero no me encuentro nada de orgulloso, pues en estos momentos desearía que el Titanic estuviera sumergido en el fondo del océano."

Sin duda, representaba una metáfora contundente para el día en que la escribió, pero se transformaría en una realidad devastadora una semana después. Edgardo jamás imaginó que, de la manera más implacable, su deseo le sería concedido.



EL GRAN BARCO
La mañana del miércoles 10 de Abril, Edgardo llegó en tren a Southampton, mezclándose, poco tiempo después, con la multitud que esperaba abordar el "barco de los sueños", cuyas cuatro chimeneas se elevaban imponentes ante el asombro de todos, mientras el movimiento en los muelles se intensificaba minuto a minuto.

Edgardo -que en las Islas prefería registrarse como Edgar Andrew- presentó su boleto, y una vez a bordo quedó fascinado por tamaña ostentación ante sus ojos. La segunda clase era mucho mejor de lo que esperaba, pues además del camarote doble con baño compartido, el resto de las instalaciones era igual a cualquier primera de otro barco conocido: había biblioteca, salón comedor, salón de fumar y una bien provista peluquería.

Sin embargo, antes de zarpar, Edgardo pudo comprobar que la primera clase del Titanic era aún más lujosa que lo imaginado, cuando tuvo la oportunidad, junto a otros pasajeros de segunda, de visitar las comodidades de la clase más costosa.



Al mediodía, cuando la expectativa general había alcanzado su punto más alto, el gran transatlántico comenzó a alejarse lentamente, arrastrado por los tenaces remolcadores y acompañado en su desplazamiento por muchas personas desde el muelle. A bordo, desde las cubiertas y los puentes, todo era saludos y algarabía, expresiones de felicidad que eran tapadas por la potente sirena anunciando al mundo su viaje inaugural.

Llegada la hora de almorzar, en el restaurante de segunda clase donde las mesas eran para ocho personas, a Edgardo le fue asignada una cerca de la entrada, que compartió con Edwina Celia Troutt (más conocida como Winnie, quien sobrevivió y se convirtió en una de las fuentes más valiosas para los historiadores), una vivaz ex-maestra de escuela de 27 años, de Bath, Inglaterra; y con Jacob Milling, un empresario de 48 años, oriundo de Copenhague. Los tres llegarían a establecer una excelente relación de camaradería.

Ese mismo día, a la tarde, antes de llegar a Cherbourg, la primera escala, Edgardo compró en la peluquería -donde vendían platos conmemorativos, pisapapeles y otros recuerdos- dos postales, una para enviársela a su hermano Wilfred a la estancia de San Ambrosio y la otra para Pancho Despósito, un amigo argentino que se encontraba en Italia. Luego, en el salón de lectura, escribiría ambas.

Estas fueron sus palabras
para Wilfred:

"Desde este colosal barco tengo el placer de saludarte. Hoy llegaré a Irlanda, donde pasaré unas pocas horas. Yo lo estreno en su primer viaje a este... (ilegible)."


- Edgardo.




Al día siguiente, el 11 de abril, mientras se servía el almuerzo, arribaron a Queenstown, en la costa sur de Irlanda, donde más pasajeros abordaron el barco y fue despachado el correo, incluyendo las coloridas postales. El hermano de Edgardo recibiría la suya un mes después.




Una vez terminadas las formalidades, el magnífico vapor se deslizó ávidamente hacia las olas del Atlántico, para perderse en el horizonte. El crepúsculo estaba cerca.



UNA FRIA DESPEDIDA
En el atardecer del domingo 12 de Abril, a medida que la temperatura bajaba, la mayoría de los pasajeros comenzó a abandonar las cubiertas en busca de la calidez del interior del barco y de un placentero sueño nocturno. Al asentarse la noche, las estrellas se insinuaban cual tenues candelas, extendiendo su fulgor hacia la calma del inconmensurable océano. Nada parecía presagiar la tragedia pero, de pronto, una silueta fantasmagórica esculpida en hielo y fatalidad dibujó su amenazante perfil desde la oscura quietud.

La voz del vigía Frederick Fleet se oyó clara y fuerte: "¡Iceberg al frente!"

Poco tiempo después todo sería caos y confusión, aunque cada pasajero tomaría conciencia del hecho en distintos momentos y bajo distintas circunstancias.

Edgardo, que se encontraba en su camarote, advirtió que algo sucedía. Al salir al pasillo se encontró con Winnie Troutt y juntos le preguntaron a un tripulante el motivo por el cual el vapor se había detenido.

"Fue sólo un iceberg" contestó.

El impacto casi no había sido advertido en las habitaciones de primera y segunda clase que se encontraban más arriba o más hacia la popa que la tercera, pero sí en las cubiertas inferiores y en las salas de máquinas.



A medida que el tiempo pasaba, el agua invadía los compartimentos de proa y crecían las especulaciones.

Un tripulante gritó: "Todos los pasajeros pónganse sus salvavidas y vayan a la cubierta principal. Dejen todo. Es sólo por precaución... Luego podrán regresar a sus habitaciones."

Algunos pasajeros bromeaban por el tenor de las órdenes. Después de todo, creían realmente que el Titanic era 'insumergible'. Edgardo se había encontrado con Milling y, un momento más tarde, ambos fueron embestidos por Winnie, que se veía visiblemente perturbada.

"¿Cuál es el problema, Señorita Troutt?... ¿Qué significa todo esto?" preguntó Milling.

"Una muy triste despedida para todos nosotros... Este barco se va a hundir" contestó desconcertada.

"¡Imposible!" rió Edgardo. El, como muchos otros pasajeros, había subestimado la real dimensión del hecho.

Milling tomó las manos de Winnie para calmarla. Ella había visto a un grupo de la tripulación quitar el recubrimiento de lona de uno de los botes salvavidas, mientras otro era bajado a nivel de la cubierta. Su confianza en la invulnerabilidad del barco se había esfumado. Edgardo y Winnie dejaron a Milling hablando con otros pasajeros y se dirigieron a sus camarotes. El Titanic se estaba hundiendo. Era hora de aceptar la terrible verdad.

Cuando el epílogo del cuento de hadas convertido en pesadilla se acercaba, hubo un breve y definitivo encuentro entre Edgardo y Winnie. Fue, también, la última oportunidad que tuvo Edgardo de ejercer la cortesía. Sucedió en medio de la confusión reinante en cubierta. Al verla desesperada y sin su salvavidas, el joven Andrew no dudó en quitarse el suyo y cedérselo. Momentos después, una conmocionada Winnie veía como Edgardo saltaba a las heladas aguas. Sin embargo, su gesto heroico no fue decisivo en la supervivencia de la señorita Troutt: en el Titanic la única posibilidad era acercarse a un bote. La joven necesitaba además una razón para vivir. Siendo soltera, consideraba injusto salvarse en lugar de otras mujeres con esposos e hijos, así que se había resignado a su destino. Sin embargo, poco tiempo después, un hombre le puso un bebé en sus brazos, y la convenció de responsabilizarse del niño, lo que determinó que abordase el último lanchón que fue bajado, el plegable D.

Mientras su bote se alejaba lentamente del gran transatlántico, Winnie presenció momentos de hondo dramatismo, al contemplar la visión casi surrealista del naufragio en medio de los gritos desesperados de quienes intentaban asirse a sus últimos instantes de vida, condenados por las mortales dagas de un mar congelado.



Horas después, la gélida madrugada brotó con cierto sosiego, al irrumpir los primeros rayos del sol. Winnie Troutt, devastada emocionalmente por la terrible experiencia que le había tocado vivir, observaba desde su bote las tonalidades rojizas y violáceas de la luz reflejada en las formaciones de hielo que rodeaban a los sobrevivientes. Entonces, ante el cautivante esplendor del paisaje, reflexionó: cómo tanta belleza podía haber sido la causa de tanto horror.

La naturaleza y el destino habían hecho su trabajo y la historia se ocuparía de hacer el suyo. Junto con Edgardo, otras 1522 personas habían tenido un trágico final. Sus vidas, sus sueños, sus afanes, se habían desvanecido; para hallar refugio en la pena y el dolor que inundaría los corazones de sus seres queridos.



IRONIA Y DOLOR
En 1912 las comunicaciones eran lentas e imposibles de predecir. Las noticias podían recibirse en un orden que llegaba a convertir la realidad en algo casi irónico.

Una carta escrita el 29 de Abril de ese año en la estancia 'El Durazno' testimonia que la familia de Edgardo aún no sabía que había abordado el Titanic, cuando hacía dos semanas que él ya no se encontraba en este mundo.

Josey Cowan llegó a Londres a bordo de un vapor inglés el 21 de abril para encontrar días después un sobre con su nombre, en casa de las tías, y un "Sin Dirección" estampado apresuradamente por Edgardo. No se sabe con certeza qué fue lo que recibió primero; si la noticia del hundimiento del Titanic, la paradójica carta del muchacho o la certeza de que él era una de las víctimas. Cualquiera haya sido la sucesión de los hechos, ya nada sería igual para ella. Desde entonces debería resignarse a que Edgardo fuese tan sólo un recuerdo. Y mucho más que eso, una profunda herida en su corazón.



El cuerpo de Edgardo nunca fue recuperado. El testimonio de Winnie Troutt fue lo único que tuvieron sus familiares para acercarse a él en sus horas finales. Todos tuvieron que sobrellevar la conmoción de la pérdida y, quizás, escondiendo en su orgullo tan británico el desgarrante dolor, lograron hacerlo finalmente. Excepto Josey.

Cuántos interrogantes habrán acechado la mente de la bella joven a lo largo de su vida. Cuántas veces habrá leído y releído aquél párrafo que tanto la estremecía, ese, que con las mismas palabras que expresaban una premonición lacerante, además le insinuaba un amor sonrojado, evasivo, prisionero en los confines de esa amarillenta hoja de papel. Un amor que se le escapó subrepticiamente y se extinguió una lejana madrugada de abril en las oscuras profundidades del océano, donde una parte de ella también se perdería para siempre.

Fuente:http://www.elportaldelosbarcos.com/principal/titanic.htm
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