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Un Islam con sello francés




Un Islam con sello francés






Un partido musulmán irrumpe en Francia en pleno debate sobre la integración






Dos mujeres musulmanas en un centro comercial de Lyon (Francia) ROBERT PRATTA REUTERS




"Tiene todo el sentido del mundo que surja un partido musulmán en Francia". Lo decía el escritor Michel Houellebecq antes de decidir desaparecer del mapa por una temporada tras los atentados de París y la polémica desatada por 'Sumisión', su última novela, en la que profetiza que en el 2022 un tal Mohamed Ben Abbes, un personaje inventado que lidera el también inventado partido Fraternidad Musulmana, se convertirá en 2022 en presidente de Francia. Su argumentación es que los musulmanes franceses no tienen quien les representen políticamente.



Pero eso está cambiando. Un partido fundado recientemente y bautizado como Unión Democrática de Musulmanes Franceses acaba de anunciar que representará candidatos en ocho circunscripciones (incluidas algunas en Marsella, Lyon, Nizza y dos en el suburbio parisino de Bobigny) en las elecciones locales que el mes que viene se celebrarán en Francia. Su líder y fundador, Nagib Azergui, asegura que los valores de su partido son perfectamente compatibles con los de la democracia francesa y que para nada pretenden imponer en el país la 'sharia' (ley islámica) ni 'islamizar' Francia. Por ahora solo tiene 900 afiliados y unos 8.000 simpatizantes, pero si algún día crecieran hasta ganar las elecciones por las calles de Francia se vería a mujeres caminando cubiertas con el velo integral...



La Unión Democrática de Musulmanes Franceses propugna la cancelación de la ley que prohíbe en Francia cubrirse con un burka en público o acudir con velo a una escuela pública, defiende que se enseñe árabe en los colegios, aboga por que se modifiquen los programas escolares de historia y promueve una política financiera islámica que, entre otras cosas, prohíba cobrar intereses.



Tan dada como es al racionalismo, hace ya tiempo que Francia se cuestiona sobre la crisis de identidad que padece, sobre el papel que juega el Islám en su sociedad y el que debería de jugar.



Pero desde los atentados perpetrados el mes pasado en París por tres fundamentalistas islámicos contra la revista satírica 'Charlie Hebdo' y un supermercado de comida judía, ese debate se ha azuzado intensamente, alimentado por la preocupación ante los más de 1.100 ciudadanos franceses que, según las autoridades, están vinculados a las redes yihadistas (380 se encontrarían en estos momentos en Siria o Irak) y por el aumento también de las agresiones registradas contra mezquitas y musulmanes.



Aunque no hay estadísticas oficiales sobre el número de musulmanes que hay en Francia -una ley de 1872 prohíbe que en los censos de población se haga referencia al origen étnico o religioso de sus ciudadanos por considerar que se trata de una información privada- se calcula que en 2014 el número de musulmanes en Francia alcanzó cerca de seis millones, lo que representa alrededor del 10% de los 66 millones que componen el total de la población. Francia tiene el mayor número de musulmanes de toda Europa.






También se sabe que alrededor del que el 60% de la población reclusa francesa -es decir, unos 40.000 presos- son de origen o cultura musulmana. Se sabe que en las barriadas del extrarradio de las principales ciudades francesas, la tasa de desempleo es desproporcionadamente elevada entre los franceses de origen magrebí o africano. Tampoco es ningún secreto que los musulmanes están infrarrepresentados en las élites culturales, empresariales y políticas francesas. Y a eso se suma que según una encuesta de Ipsos el 63% de los ciudadanos considera que el Islam "no es compatible con los valores franceses" y el 59% se queja de que "los inmigrantes no se esfuerzan lo suficiente en integrarse", lo que en parte explica el auge del Frente Nacional, el partido de Marine Le Pen que ha hecho de su discurso antiinmigración y xenófobo su principal caballo de batalla (en las 11 ciudades donde gobierna ha eliminado por ejemplo los menús que los colegios ofrecen específicamente para los escolares musulmanes) y que en las elecciones europeas de mayo pasado se erigió como la primera fuerza política del país.



Todo eso hace que muchos musulmanes se sientan, en la práctica, ciudadanos de segunda división, lo que en algunos casos les lleva a dar la espalda a la sociedad. De hecho, un informe confidencial de la inteligencia gala, del que se hacía eco hace algunos meses el diario 'Le Figaro', advierte que incluso en los colegios públicos los estudiantes musulmanes forman con frecuencia un grupo separado del resto, aislado de los otros escolares.



El primer ministro, Manuel Valls, defendía el jueves en el Senado la necesidad de un "Islam totalmente integrado, plenamente compatible con los valores de la república francesa". Y para conseguirlo anunciaba que la próxima semana el ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, iniciará una ronda de consultas con filósofos, imanes y miembros de la sociedad civil musulmana para tratar de encontrar el modo de lograrlo. Pero el socialista Valls ya ha dejado claro por dónde van los tiros de la reforma que tiene en mente: reformar el Consejo Francés del Culto Musulmám, el organismo creado hace 12 años, que oficialmente representa a los cerca de seis millones de musulmanes franceses (unos 2,2 millones practicantes) y que se ocupa de las necesidades de esa comunidad, incluida la financiación de las organizaciones islámicas.


Sobre la mesa estarán cuestiones como la formación que reciben los imanes, como se costean las mezquitas y hasta qué punto se debe permitir que fondos procedentes de países extranjeros sirvan para financiar el Islam en Francia. "¿Cómo podemos aceptar que el islam en Francia reciba financiación de algunos países extranjeros, no importa cuáles sean?", preguntaba Valls durante su intervención en el senado. La propuesta de Valls pasa por establecer un diálogo con los países musulmanes sobre esa delicada cuestión y en ningún caso tocar la 'sacrosanta' legislación de 1905 que establece la separación entre el Estado y la religión, como propugnan algunos...


"Yo estoy comprometido con el principio del secularismo, pero asumir que nada necesita cambiar es un error. La ley de 1905 no es una reliquia de museo", opina por su parte el ex primer ministro conservador François Fillon. "Si queremos integrar con éxito a la religión musulmana en la república francesa nada debería estar prohibido".


Nicolas Sarkozy, por su parte, también ha decidido abrir un debate sobre el Islam que analice el papel que esa religión debe jugar en Francia. Pero hace unos días, en el congreso nacional de su partido, dejaba claras sus ideas: que el modelo de integración ha "fracasado" y que las políticas para encarar la inmigración deben a partir de ahora de apostar por la "asimilación", porque los inmigrantes abracen la cultura, la historia y los valores franceses.



"La cuestión no es saber lo que Francia puede hacer por el Islam sino lo que el Islam puede hacer para convertirse en el Islam de Francia", en sus propias palabras.


Detrás del concepto de "asimilación" que defiende Sarkozy, y que algunos historiadores como Pascal Blanchard rechazan por sus reverberaciones colonialistas, se encuentra también el deseo de ponerle la zancadilla a Alian Juppé, su principal contrincante en la carrera para convertirse en el candidato a presidente en las elecciones de 2017 por las filas del partido conservador. Al fin y al cabo Juppé rechaza el modelo de asimilación y se ha declarado a favor de la integración.








Pero los debates sobre el Islam involucran sobre todo a la población no musulmana, ya que es un hecho que los musulmanes brillan por su ausencia en la política francesa. "Nuestro objetivo pecisamente es dar voz a esa parte de la sociedad que no se siempre representada por los partidos tradicionales", afirma Nabig Azergui, líder de la Unión Democrática de Musulmanes Franceses y candidato a cumplir el vaticinio de Houellebecq.






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